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Tridecálogo del escritor amargado

Tridecálogo del escritor amargado

Panfletario reúne muchos de los más importantes escritos de Iban Zaldua en torno a la literatura, traducidos por él mismo del euskera, textos que adoptan diferentes formas (el decálogo, el cuento, el panfleto) para analizar el hecho literario y sus alrededores. Con una fina ironía, Zaldua nos enseña a redactar un prólogo, organizar un acto cultural, buscar novedosas estrategias comunicativas para obras célebres o rellenar la solapa de un libro.

Zenda reproduce el Tridecálogo del escritor amargado.

 

Escribí este intento de decálogo —que se alargó hasta contener trece puntos, al final—, pensando en el escritor vasco. De hecho, empezaba proponiendo que el paradigma del escritor vasco no era, como defienden algunos, el escritor vasco «posmoderno», ni tampoco el de la «generación de la autonomía», o el escritor «comprometido»: afirmaba que el paradigma del escritor vasco —eterno, universal— era el escritor amargado. Y a continuación proponía cuáles podrían ser sus mandamientos; me salieron, muy adecuadamente, trece. Ahora me he dado cuenta, releyendo el primero de los mismos y después la mayoría de los siguientes, de que mi intuición abarcaba mucho más allá del minoritario escritor eusquérico, y que bien podía ser aplicable a casi cualquier escritor del mundo mundial. Eso es lo que he intentado mostrar con esta adaptación.

1. «Escritor vasco amargado» es una expresión redundante. No, evidentemente, en referencia a su segundo elemento —en tal caso todos los vascos tendrían que sentir la pulsión de ser escritores, y, por fortuna, eso no es así—, sino porque todos los escritores están amargados por definición. De hecho, he comprobado que, incluso suprimiendo «vasco» de la ecuación, la cosa sigue siendo redundante, pues es una patología que afecta, en mayor o menor medida, a todos los que han sido, son y llegarán a ser escritores.

2. Da lo mismo en qué punto de la geografía de la República de las Letras se halle dicho escritor, es decir, esté en la punta de la pirámide literaria de su barrio, municipio, valle, distrito, provincia, comunidad autónoma, nación, estado o del mundo —táchense todos los términos que no procedan—, o esté en las catacumbas de la pirámide literaria de su barrio, municipio, valle, distrito, provincia, comunidad autónoma, nación, estado o del mundo —táchense, una vez más, todos los términos que no procedan—: el escritor siempre encontrará motivos para estar amargado.

3. Si el escritor se encuentra en las profundidades subterráneas de la pirámide literaria que le corresponda, o, qué demonios, en cualquier punto real o imaginario que no sea su cúspide, será la soberbia de los que supuestamente están situados en ella lo que le apesadumbrará, así como los injustos obstáculos que ponen para impedir que avance en su camino hacia el éxito: es decir, la misma mera existencia de esos escritores que tiene por encima en la cadena trófico-literaria. El escritor amargado es un envidiosillo: siente envidia, siempre y en todo momento, de las cifras de venta de este o aquel autor, de su presencia mediática, de los bolos a los que le invitan, etc.

4. De todas formas, hallarse en el vértice, real o imaginario, de alguna de dichas pirámides literarias no es garantía contra la pesadumbre autoral: lo que le amargarán, en tal caso, serán la envidia y las intrigas que contra él o ella dirijan sus colegas menos afortunados y, diacrónicamente, la posibilidad de que algún día pueda ser desalojado de dicha cúspide, que, claro está no hace sino aumentar con el tiempo —como es natural: el darwinismo literario es implacable, el escritor amargado es consciente de ello, y el saberlo lo amarga aún más—. La conspiranoia —que va desde un «muchos están contra mí…» hasta un «todos están contra mí…»— será su imprescindible compañera de viaje, en esos casos.

5. El escritor amargado siempre se sentirá marginado: por ser mujer, por ser hombre, por ser homosexual, por ser heterosexual, por ser nacionalista, por ser no nacionalista, por no haber sido premiado, por haberlo sido, por ser joven, por ser mayor, por ser periférico, por no serlo tanto. Etcétera.

6. Al escritor amargado no le satisface de ningún modo la literatura que se hace hoy en día y, sobre todas, la de su país. Todo le deja indiferente, todo es desolación, basura y decadencia en la literatura —vasca, española, andorrana, samoana…— actual, y no hay ninguna propuesta que despierte su interés, ni por parte de los autores más jóvenes —¡malditos arribistas!—, ni por parte de los escritores mayores que él —¡esos dinosaurios!—, y, menos aún, siendo cualquiera la generación a la que pertenezca, por parte de sus contemporáneos —¡ignorantes indocumentados!—. La desolación es absoluta, por lo visto, en un desierto en el que —implícitamente— solo existe un oasis. El de su obra, claro está.

7. Por ello, el escritor amargado nunca tomará el nombre de otro escritor, ni en vano, ni —menos aún— conspicuamente, salvo que pertenezca a su propia bandería literaria, si es que la tiene, y a estos, a ser posible, tampoco les dará mucha comba, por si las moscas. Cuando hable de un escritor contemporáneo, eso sí, tendrá que tener cuidado en tratarlo como si estuviera muerto, utilizando frases tipo «si Montaigne, Borges y X no hubieran existido, yo nunca me habría convertido en escritor», donde X sería, claro está, el escritor contemporáneo —y aún productivo— que (no) se quiere mencionar.

8. El escritor amargado tiende a ser adanista. (Esto, seguramente, es más aplicable a las literaturas con un recorrido más bien corto en número de obras publicadas, como es históricamente el caso de la vasca, pero me da la impresión de que también pueden encontrarse en otras «mayores» como la hispánica). Es decir, el escritor amargado siempre ha sido el primero en algo: el creador del primer detective jubilado, pelirrojo y con discapacidad de la historia de la literatura X; el pionero en el cruce entre ciencia ficción y novela históricosentimental; el primero en desarrollar la descripción de una relación zoofílica a lo largo de un poemario de doscientas páginas; el primer practicante —en la lengua Y— del género de autobiografía colectivomineral… Y como ese logro adánico no se le reconocerá lo suficiente, el escritor se amargará, inevitablemente, aún más…

9. La mayor fuente de aflicción del escritor amargado son los críticos: todos se han aliado, en algún momento, en su contra, y son ellos los que, por razones puramente conspirativas, le hurtan las reseñas positivas de las que su último libro era acreedor, los que le impiden ganar los premios que —sin duda ninguna— merecía ganar, y los que, sádicamente, le niegan el pan y la sal —y la posibilidad de participar en alguna que otra antología—.

10. La mayor fuente de aflicción del escritor amargado son los editores: no defienden —con la suficiente vehemencia— la obra maestra que le acaban de publicar, descuidan su catálogo sin ningún miramiento, mantienen sus libros olvidados y acumulando polvo en algún inmenso almacén semejante a aquel que mostraba en sus últimos fotogramas la película En busca del arca perdida, nunca toman en cuenta sus propuestas de edición más vanguardistas y renovadoras, lo tratan como si fuera de usar y tirar… y, lo que es peor, no lo miman, no lo cuidan, no lo alaban ni lo ayudan a desarrollarse como es debido.

11. La mayor fuente de aflicción del escritor amargado son los lectores: no están lo suficientemente preparados, son hipócritas —porque no aman de verdad la cultura y, por lo tanto, no la consumen, con la excepción de algunos pocos actos ritualizados como ir de paseo a la feria del libro de turno—, prefieren leer —si se es escritor amargado en una lengua minorizada— en lenguas imperialistas y opresoras, se pliegan a la propaganda de premios literarios corruptos como el Planeta o el Nobel, ni siquiera dominan la sagrada lengua en la que escribe el autor, y, por lo tanto, no le entienden. ¡Y, sobre todo, no compran los libros salidos de su pluma!

12. Al escritor amargado jamás se le pasará por la cabeza que las críticas que recibe, que los silencios con que son acogidas sus propuestas o que el escaso eco que obtienen sus libros tengan absolutamente nada que ver con la calidad de su trabajo, con su pertinencia o con su atractivo. Eso, ni pensarlo siquiera.

13. El escritor amargado jamás reconocerá estar amargado: en lugar de eso empleará discrecionalmente conceptos como «injusticia», «escándalo», «traición», «poderes», «conspiración», «marginación» y otros similares. Y cuando proteste, desde luego, no lo hará en su nombre o pensando en sí mismo, sino en lo que es mejor para su literatura local/regional/nacional e incluso para la literatura mundial, es decir —perdón—, en lo Mejor Para La Literatura En General.

Es decir, exactamente lo que estoy haciendo con este tridecálogo.

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Autor: Iban Zaldua. Título: Panfletario. Editorial: Pepitas de Calabaza. Venta: Todostuslibros y Amazon

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