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Továrich Lucho

Un año sin Luis Sepúlveda

En la primavera de 2006 nació en Gijón, sin pompa ni acta de fundación, la Brigada Toñanes, y ese mismo verano comenzó nuestra sana costumbre de vernos en la Torre de Cameros para comer, charlar, beber, fumar, pasear y celebrar nuestros cumpleaños. Todo el que ha compartido tertulia en ese porche de piedra se ha sentido, con todo derecho, parte de un grupo en el que las narraciones orales de Lucho eran, junto a la tarta de limón de Emilia, el plato fuerte de cada fiesta. Ambas cosas, pasteles y leyendas, mejoraban de una vez para otra, y Alfonso y yo nos seguimos preguntando, admirados, cómo puede ser que cada año multiplicasen tanto el resultado si los ingredientes eran siempre los mismos, para el hojaldre y la crema como para los relatos sobre la revolución sandinista, los cuerpo a cuerpo contra los nazis refugiados en Chile o el secuestro en Moscú.

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El gobierno de la Unión Soviética inauguró en 1967 el hotel Rossía, el más grande del mundo, en el corazón de Moscú. Destinado a albergar a dirigentes e invitados ilustres, disponía de 4.000 plazas junto al Kremlin y la Plaza Roja. Cuarenta años después, el 1 de enero de 2006, comenzó el derribo de sus veinte plantas y con ellas desparecieron miles de historias y recuerdos. Tras años de proyectos fallidos, el espacio se recuperó como zona verde con el antiguo nombre del barrio, Zariadie.

"Cuando la recepcionista leyó su nombre en el pasaporte le preguntó si de verdad era el autor de Un viejo que leía historias de amor"

Cinco semanas antes de que el hotel cerrara definitivamente sus puertas, Lucho llegó a la entrada principal del Rossía con un elegante abrigo negro que parecía suficiente para un final de octubre moscovita. Cuando la recepcionista leyó su nombre en el pasaporte le preguntó si de verdad era el autor de Un viejo que leía historias de amor.

Da! —le contestó riendo, y enseguida se formó un corrillo de empleados tras el mostrador. Además de la documentación, le tocó firmar varios autógrafos y mientras subía a la habitación 1007 fue jaleado por algunos huéspedes.

—¿Contrataste actores para hacerme sentir famoso?

Era la primera vez que Lucho viajaba a Rusia a presentar un libro y aún no sabía que su popularidad superaba a la de muchos habituales del circuito editorial ruso.

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A juego con su abrigo, su portentosa cabellera azabache también parecía suficiente para las temperaturas del otoño pero, al caer la tarde, un viento polar hizo evidente la necesidad de ponerse gorro. La primera shapka que se probó Lucho —hoz, martillo y estrella incluidos— parecía hecha a medida y caminó hasta el mausoleo de Lenin con la seguridad y la emoción de quien parece volver a un lugar nunca olvidado.

"Después nos fuimos a cenar al café Pushkin y la noche terminó con brindis, risas, viejas anécdotas"

Los actos programados para presentar sus ediciones en ruso —acababa de aparecer la traducción de Desencuentros— coincidían con la inauguración de Las dos orillas, primera exposición de Daniel Mordzinski en Rusia. La asistencia a todos ellos fue abrumadora —acudieron los músicos de rock gótico Trepanga, el espía Oleg Necheporenko, Marek Halter y hasta el ministro de Cultura— y al final de una de las charlas, cuando Lucho ya había terminado de firmar ejemplares, se le acercó un muchacho de unos veinte años que se le quedó mirando con las manos en los bolsillos. Ambos guardaron silencio durante unos instantes.

Továrich Lucho, de parte de Svetlana —y tras darle un sobre tamaño tarjeta postal, se marchó. Lucho lo dobló sin decir nada y se lo guardó en el bolsillo.

Después nos fuimos a cenar al café Pushkin y la noche terminó con brindis, risas, viejas anécdotas y un paseo hasta el hotel con las imprescindibles paradas de alabanza a algunos monumentos locales: el edificio de Correos, la estatua de Marx, el Museo de Historia, los almacenes GUM, la catedral de San Basilio.

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En el espacio de cuatro días a Lucho le tocaba dar una rueda de prensa, presentar sus libros, inaugurar veinticinco años de fotinskis, ir a la televisión estatal, a tres emisoras de radio, a un encuentro con bibliotecarios y al desvelamiento de una estatua en memoria de Kim Philby (su viuda, Rufina Pújova, cuenta en sus memorias que al morir, en la mesilla del legendario espía británico había una carta inacabada a Lucho donde le proponía Nombre de torero como título para una novela). Incluso con esa agenda sacamos tiempo para una escapada que habíamos planeado mucho antes de su viaje: llevar un puñado de claveles rojos a la tumba de Mayakovski en Novodiévichy.

El paseo por el cementerio más literario de Rusia fue un tiovivo de emociones encontradas. Eisenstein y Chéjov comparten reposo eterno con Kropotkin y Ludmila Pavlichenko, con Gógol y Victorio Codovilla. Al salir teníamos la cabeza llena de referencias y anécdotas, pero de golpe Lucho me miró fijamente, con gesto grave:

—Llévame a la Lumumba. Aunque sea diez minutos.

Cementerio de Novodiévichy. Foto: Daniel Mordzinski.

Improvisé un pretexto para retrasar la visita a la Biblioteca de Lenguas Extranjeras y bajamos al metro para evitar el espeso tráfico rodado de aquellos años. Hasta llegar al planeta Lumumba, como lo llaman quienes estudiaron allí, fuimos charlando animadamente, pero cuando Lucho vio la explanada y la fachada principal de la universidad, con su famoso mural del mapamundi azul, se quedó en silencio. Nos separamos sin decir nada y durante unos instantes se quedó fumando en uno de los bancos con la mirada perdida.

—¡Listo! ¡Regresemos al mundo! —bramó de golpe, dando por terminado su recogimiento, y recuperamos a buen paso la boca de Yugo-Západnaya.

Nunca más mencionamos el episodio.

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Imaginé que Lucho había tenido suficiente contacto con escritores, admiradores y artistas durante su estancia, y le propuse que cenásemos en casa, algo sencillo y sin protocolo. Invité a Volodia, un viejo amigo, para que pudiera conocer a un ruso de a pie, sin filias culturalistas ni fobias editoriales. Esa noche Daniel fue testigo de los efectos curativos de las plantas cuando se combinan sabiamente con alcoholes naturales. Siguiendo la tradición rural, Volodia cultiva y embota pepinillos, remolacha y tomates en su dacha de Kubinka, en la carretera de Smolensk. De sus rituales, sin embargo, el más sagrado es el destilado anual de vodka. Utiliza centeno y patata, al estilo bielorruso y polaco, y le añade toques de limón, pimienta o arándanos. Ni Volodia había leído a Lucho ni Lucho sabía nada de este marino en la reserva, pero yo estaba seguro de que encontrarían temas de conversación fuera de la liturgia editorial y las consabidas preguntas de los periodistas.

"Lo que debía ser un trayecto de quince minutos se convirtió en una tenebrosa pesadilla que dio origen a uno de los más famosos relatos de Lucho, La noche del secuestro"

Hizo falta muy poca traducción para que ambos, Volodia y Lucho, coincidieran en la grandeza de la naturaleza, en la dureza de la posguerra mundial y en la universalidad de la música. Antes de abrir la tercera botella los cuatro cantábamos «Luis Emilio Recabarren». Lo único malo, que también fue lo mejor, vino un rato después.

Eran casi las tres de la madrugada, nevaba con furia y descartamos una caminata tranquila por el viejo Arbat. Apenas circulaban coches, pero paramos la primera tachka que pasó por el Bulevar de los Jardines. En 2005 los rusos todavía se sacaban un sobresueldo suplantando a los escasos taxis con sus coches particulares.

—Hotel Rossía —le indiqué al hombre, dándole trescientos rublos para no perder tiempo regateando.

Lo que debía ser un trayecto de quince minutos se convirtió en una tenebrosa pesadilla que, además, dio origen a uno de los más famosos relatos de Lucho, La noche del secuestro.

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En las sucesivas versiones que hemos escuchado a lo largo de los años, Lucho descubrió el intento de secuestro cuando vio que rodeaban la torre de comunicaciones de Shújov, uno de los más bellos ejemplos de arquitectura de las comunicaciones de los años 20, pero innecesariamente alejada del trayecto lógico al centro de la ciudad.

Bashnia Shújova niet, Rossía! —le indicó con firmeza al conductor.

A Daniel le extrañó que Lucho se manejase con esa soltura en ruso.

—Aquí vivía el decano de mi facultad cuando estudié en la URSS, conozco bien la zona.

Como vio que continuaban hacia el sur sacó su teléfono y llamó a la Embajada alemana en Madrid, donde le ordenaron esperar mientras conectaban con sus colegas en el consulado de Moscú. Mientras el Lada Zhigulí avanzaba a toda velocidad por Shábolovka, Lucho puso el teléfono en la oreja del conductor y a los pocos segundos el hombre frenó en seco sobre el asfalto helado. Giró de inmediato y recorrieron el trayecto inverso sin mediar una palabra hasta llegar al hotel.

Lucho nunca nos dijo la cantidad exacta que costó la gestión, pero nos consta que le llegó una factura por los servicios consulares de emergencia.

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Nos despedíamos ya con un abrazo ante el control de pasaportes del aeropuerto de Domodiédovo, con la promesa de reencontrarnos en Gijón en el siguiente Salón del Libro Iberoamericano, cuando apareció Volodia, sofocado y sonriente:

Továrich Lucho, na pámiat.

De recuerdo, el marino jubilado le entregó un fardo mal envuelto en papel de estraza del que salió una enorme bandera de terciopelo rojo.

—La cosieron mis abuelos para el soviet de su fábrica de Kubinka en 1941.

Sobre el escudo de la URSS, primorosamente bordado con hilo dorado, la frase principal dice Ni un paso atrás.

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Poca gente sabe que Lucho estudió unos meses en la URSS con una beca de la Universidad de Amistad entre los Pueblos Patricio Lumumba. Su año de preparatoria se interrumpió antes de lo previsto —nadie conoce la verdadera razón— y al regreso a Santiago conoció a Carmen y poco después se casaron por primera vez.

"La gran bandera de terciopelo rojo y letras doradas sigue en el estudio de Lucho en Gijón"

Hace unas semanas la periodista Pilar Granda me envió desde Moscú un reportaje sobre la muerte del decano Starodúbov, símbolo del internacionalismo soviético desde los años 60. En las imágenes que repasan su biografía aparece junto a Fidel, Gagarin, Nierere y Ho Chi Minh. Entre las familiares, junto a su esposa Svetlana, su hija y sus nietos. El menor de ellos es, sin duda, el muchacho que le entregó aquel sobre a Lucho en octubre de 2005.

Tirando de ese hilo hemos sabido que Lucho había llegado por primera vez a la URSS el día que comenzó la construcción del gigantesco hotel Rossía y que los Starodúbov —Guenadi y Svetlana— convivieron desde entonces, cada uno a su manera, con el recuerdo de aquel estudiante chileno de melena portentosa y versos delicados. Hoy en el solar del hotel hay uno de los más hermosos parques urbanos del mundo. La gran bandera de terciopelo rojo y letras doradas sigue en el estudio de Lucho en Gijón. Los de la Brigada Toñanes vamos a seguir celebrando su cumpleaños, fumando habanos, comiendo la tarta de limón más rica del mundo y recontando sus historias, crecederas como su recuerdo: cada vez más grande, cada vez mejor.

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Este texto forma parte del volumen editado en homenaje a Luis Sepúlveda por el festival Correntes d’Escritas de Póvoa de Varzim (Portugal) en febrero de 2021.

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