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Truman Capote a la murciana

Truman Capote a la murciana

Truman Capote utilizó un crimen para presentarnos la vida del Midwest. Con el señuelo de un suceso atroz, nos pasea por esa América de granjas colosales, en las que reverberan aún los ecos de aquellos tiempos en los que, aniquilación de la población nativa mediante, la tierra parecía no agotarse nunca. Nos pasea por ese ambiente de calma coexistencia vecinal entre católicos, metodistas, evangélicos. Cuando aquella fría mañana de noviembre de 1959, el habitual sosiego de Holcomb se quebró en un cuádruple asesinato, no solo tenía lugar uno de los hitos de la crónica de sucesos norteamericana, sino que nacía otra manera de relatar la crónica de sucesos. Capote se sirvió de la brutal fechoría para inventar un género literario nuevo y mostrar que solo los más talentosos autores podrían realizar incursiones exitosas en tan proceloso terreno. El true crime atraería tanto a los lectores de más elevada exigencia como a los lectores habituales de sucesos; estos últimos demandando ahora algo más denso que la sangre y más profundo que las cuchilladas. El lector de sucesos querrá saberlo todo: cómo vivía el muerto y cómo vivía quien le dio muerte. Es decir: cómo se vive en el lugar y en la época. Ya digo: todo.

Desde A sangre fría, los sucesos no serían nunca más una cosa truculenta y sórdida, empedrada de la hermética prosa de los informes policiales y forenses: la crónica de sucesos franqueaba la puerta de la literatura de altos vuelos. Cuando los padres y dos hijos de la familia Clutter cayeron víctimas de la insania homicida de dos bellacos de medio pelo, se inmolaban por un fin superior: la transmutación de la crónica de sucesos en reportaje de alto voltaje informativo y literario. Los sucesos ya no debían dejarse en manos del becario de la redacción, sino de la más afilada pluma. La crónica negra no sería ya el relato de las vilezas y depravaciones de las que es capaz el ser humano, sino un libro de historia y un manual de antropología y un estudio de psicología; el cóctel bien agitado y revuelto.

"Estas truculencias no estructuran, sino que salpimentan un relato que no va más allá de sus andanzas por el sureste hispano"

Manuel Moyano opera a la inversa en Cuadernos de tierra, su última obra: parte con la intención de relatar la cotidianeidad de las gentes que se encuentra por el camino y se topa con el suceso; casi sin querer, nos acaba relatando el crimen de un antropófago, una de las muchas carnicerías perpetradas en la Guerra Civil, la vida enigmática de un yugoslavo al que se le sospecha filiación nazi.

Estas truculencias no estructuran, sino que salpimentan un relato que no va más allá de sus andanzas por el sureste hispano. Andanzas en el más genuino de los sentidos: excursiones a pie, en solitario, errabundas, espontáneas. Resuenan en este librito los ecos de todos aquellos que han sentido la llamada de la naturaleza y de lo inhóspito que hay en ella; del camino y de la conmoción que depara: Jack London, Kerouac, el Cela de la Alcarria… Hay que reconocerle a Moyano la temeridad de adentrarse —literal y literariamente— en un terreno poco dado a alegrar la vista: nuestro paisaje abunda en escenarios ásperos y áridos. Conozco bien todos los lugares por los que transita el autor vagabundo, incluida la Marina Baja, de más perseverante verdor, y las tierras albaceteñas donde ya no hay ni noticia del mar.

"Son diversas las maneras en las que la criatura humana busca un trance que deje en suspenso la consciencia, que lo sumerja en el aquí y el ahora y lo libere de sí mismo"

Se siente en Cuadernos de tierra el castellano limpio y prolífico de las Viejas historias de Castilla la Vieja de Delibes, la luminosidad mediterránea de Verás el cielo abierto de Manuel Vicent, el fulgor levantino de Años y leguas de Gabriel Miró. Se siente también la pugna por silenciar al letraherido; Moyano anda —literal y metafóricamente— en pos de su auténtica voz; una voz que ha de llegar por medio del camino, huyendo de las lecturas que uno lleva encima como una bendición y como una cruz. Las referencias literarias se asoman al texto como pidiendo perdón.

Son diversas las maneras en las que la criatura humana busca un trance que deje en suspenso la consciencia, que lo sumerja en el aquí y el ahora y lo libere de sí mismo: meditación, drogas, una buena ducha o, a la manera de Murakami, el sufrimiento autoinfligido del deporte extremo. Es en esta última línea en la que se adentra Manuel Moyano. El autor alcanza el trance que le lleva a la comunión espiritual con el paisaje, donde el caminante no hace camino, es el camino; y lo hace acometiendo sus escapadas en la vertical de la canícula levantina: cuarenta grados en lo alto, campos agostados donde solo el hinojo pincela de ligera lozanía la aridez intratable, el estómago vacío, la boca sedienta. Dolor. El dolor de estar vivo. El dolor que, en manos de un prosista de fuste, se transustancia en literatura.

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Autor: Manuel Moyano. Título: Cuadernos de tierra. Editorial: Menoscuarto. Venta: Todostuslibros.

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