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Tusko y la confianza

Tusko y la confianza

Aviso de articulito denso. Kneecap en bucle con este artículo es el maridaje aconsejado… para hacerlo más retorcido, digo.

Tusko fue un pobre elefante al que en los años 60 dispararon una dosis de LSD 3000 veces superior a la que finaría a un hombre adulto. La barbaridad esta la disfrazaron de estudio psicológico. Se enseña en las aulas como ejemplo de que la eficiencia metabólica no aumenta de forma lineal con el peso, y mil mierdas más. Se cree que fue parte de un programa de la CIA. Me importa bien poco la justificación. Ni que decir que el bicho tuvo una muerte terrible. Lo que yo me pregunto es si este gran mamífero, a quienes solemos situar más cerca nuestro en términos emocionales y cognitivos, confiaba en sus carceleros. Sí, sé que los que trabajan en zoológicos y parques acuáticos se hacen llamar cuidadores. Pueden cuidarme el escroto. Y si el animal confiaba, ¿por qué? ¿Se castiga la ruptura de la confianza? ¿Se debe castigar? Si responden que sí, son ustedes unos salvajes. Si responden que no, no son dignos de confianza.

Tras esta colorida introducción, entremos al meandro… digo meollo. Bueno, va a ser la misma cosa.

Hace unos días tuve una conversación con una persona que quiso saber, o más bien infirió por mis palabras y luego cuestionó, cómo era eso de que no confiara en ella. Se molestó. Lo comío por lo servío.

"Unos españoles que no contamos, o eso dicen, con un registro escrito tan rico en castellano como en catalán"

Para atajarlo, sabiendo que no lo mejoraba, dije que no confío en nadie. Lo sé, pobre y cínica criatura de mí, condenado a no sembrar expectativas en otros, a no verse defraudado constantemente. Pobre humanoide con fragmentitos de metralla emocional clavados en el pecho, que deambula con un liqueo permanente —acostúmbrense a que “viole” el lenguaje y use expresiones latinas, anglicismos y, aún peor, murciano—. Apunten otra al bar de Zenda.

Lo que no conté a esta persona fue toda la verdad. Y esta es que hay dos personas, solo dos, en quienes confío. Y es porque me han demostrado permanentemente que lo escaso que mi confianza pide ellos pueden satisfacerlo.

¿Suena esto, quizás, sobremanera a un intercambio comercial? ¡Estupendo! Entonces podemos comenzar con el artículo.

Hace ya años, el biólogo evolutivo Richard Dawkins publicó El gen egoísta, su infame obra, que tantos perezosos han usado para entender qué pinga eh, eso de un gen, y lo que hacen. Por cierto, en cuanto a lo de infame, pues me tomo la libertad de traducir fonéticamente infamous del ingles y adaptarlo a lo que nos significa a los españoles. Unos españoles que no contamos, o eso dicen, con un registro escrito tan rico en castellano como en catalán. Sí, estoy diciendo que españoles y catalanes son lo mismo. Pero del mismo modo mantengo que españoles, kiwis —esto es, neozelandeses— napolitanas y ensaladas son la misma cosa. Bueno, las ensaladas no tienen el nervio tan a flor de piel.

No lo digo yo. Lo dice el señor Illa. No, no hablo de lo de las ensaladas, no me sea lector gilipuertas. Todo ufano soltó por el buzón el día de los Goya que el catalán es un idioma —a quien le pique que sea idioma que se rasque en otra parte— que cuenta con Las Homilies d’Organyà como texto más antiguo escrito íntegramente en catalán —en realidad el testimonio más antiguo encontrado es El llibre dels jutges; haremos lo que hacemos siempre con los políticos, ignorarlos—, y, según Illa, pues no está tan bien como el Quijote; no entiendo la hostia gratuita al pobre hidalgo —quizás Illa piense que el Quixote sea el texto íntegro en español más antiguo—, no entiendo las afirmaciones en público, pero hemos de reconocer que en toda la lengua española, a ambos lados del Atlántico, los catalanes son los mejores humoristas, y mis disculpas para los gaditanos. Pero es que esto en las chirigotas no lo han sacado. Aún.

"He leído todo Dawkins, lo he conocido en persona, he sufrido alguna de sus lectures y me pasa con el hombre lo mismo que con los dogmáticos de cualquier otra religión: me aplana la vida"

Pues nada, para no hablar demasiado de cosas que me son indiferentes, como no sea para molestar a alguien, resumiré. Que el Dawkins, metido de científico a autor best seller, con esa habilidad de aplanar lo escrito, sobre-simplificar sin prejuicios y hacer afirmaciones absolutas —coño, ¿podría ser uno best seller desos?— le contó al mundo que somos bolsas que pasean una serie de instrucciones contenidas en los genes, y que estos, como los amos y señores de nuestro cuerpo y destino, le ordenaban a toda la combinación de piezas de Lego® que nos hacen lo que thou shalt and thou shalt not do —los mandamientos, leñe, de la biblia de algún rey muerto—. En el viaje de anfetas de Dawkins no existía gen sin una serie de instrucciones que llevar a cabo, y que esto, en resumidas cuentas, convertía a los genes en los maestros de la preservación propia. Si un gen no servía para nada, o era contraproducente, la buena de la selección lo desaparecía. El bien común habría de primar, pues lo contrario implicaría condenar al individuo completo al oblivion. E incluso a una especie enteretica.

¿Pero qué me está contando este señor? Pues cosas que me aburren, como son la pereza intelectual, la hipocresía y los efluvios de una especie que se cree mierda y no llega a peo. Y cuando algo me aburre, suelo abrirlo a ver si por dentro es más interesante. Sirva de ejemplo la idea esta de la confianza y la gracia que me hace su conexión con la evolución. Pues es cierto, hipotéticamente, que otorgar la confianza, la débil, la de precinto, es un rasgo positivo evolutivamente hablando. Y cualquier excusa es buena para dar leches al bueno del Dr. Dawkins.

He leído todo Dawkins, lo he conocido en persona, he sufrido alguna de sus lectures, y me pasa con el hombre lo mismo que con los dogmáticos de cualquier otra religión: me aplana la vida. Pero tiene su público, ya lo creo. Sus ideas han permeado la sociedad a niveles en los que ni siquiera se diferencia un gen de una proteína o de la mosca que se ahoga en el gazpacho.

"Descendemos de una época en la que el racionalismo surgió con gran fuerza"

Lo que sucede es que descendemos de una época en la que el racionalismo surgió con gran fuerza. Las élites intelectuales, con quienes los ricos y poderosos siempre querrán mimetizarse, adoptaron sin prejuicios a Descartes —una criatura adorable, y un gran pensador— y, bueno, nadie tiró al crucificado de su altar, pero lo hicieron a un lado. Todo ha de ser razonado, cogitado, o desecrado. Y Dawkins daba un buen set para dummies en lo que a evolución se refiere.

Con el avance de los medios de producción, y el desarrollo de un sistema de gobierno defectuoso llamado democracia al servicio del capitalismo desmedido, los genes estos de Dawkins no parecieron hacer exactamente lo que él quería. Antes que actuar de modo individual para su propio beneficio, y conducir de forma última a una supervivencia del ser humano… se comportaron de forma excelsa, como Dawkins predecía, sí, pero es que las criaturas se entregaron a un tipo de egoísmo más destructivo que edificante. Y así nos va, cojones. No me hace falta hablar de eso aquí. Busquen la prensa donde una panda de tristes sucesores de periodistas se encargan de preparar al lector para el colapso de la civilización.

Así que el guiso está listo. ¡A la mesa, Manolito, deja de esnifar el pegamento! ¡Niña, deja de tocar las partes de tu primito, que está muy joven! ¿Dónde está papá? ¡Arturo! En la consulta, sanando el cuerpo de alguna pobre desafortunada. ¿No son maravillosos los dobles y triples sentidos cuando se quieren buscar?

"Pretendo, con todo, señalar que la confianza es un constructo. Es un instrumento necesario para la preservación de la especie"

Verán qué sabroso nos ha quedado. Cocinado lento, los ingredientes proceden de un batiburrillo de ideas deformadas por leer a patanes con más interés de comunicar que este perro escribiente, una herencia de unos tres-cuatro siglos más menos de pereza intelectual disfrazada de lo contrario, y el inevitable colapso de la especie como entes biológicamente funcionales. Nos encontramos con crucifijos dorados, salpicados de cristales falsos, rebotando sobre senos de goma, en un cuerpo que ha hecho más daño —no, copón, no hablo en clave sexual, no me sean mongólicos— que una criatura del IRA, una mente que se dice racional pero no sabría citar a Spinoza, ni decir una sola oración; y, por el otro lado, a fervorosos cofrades en misa, con una doble hélice, malamente antiparalela, tatuada en un gemelo porque salió en el tic tos, y una pulserica de Vox. Hay más variedad en el potaje, pero la idea está lo bastante clara. Nuestros principios son lo más procesado de esta vida nuestra. A no ser que se lea. A no ser que se medite. Y como esto es más bien raro de forma pura, la cosa conduce a disfunciones sociales que podrían ser enteramente evitables —avoidable suena mejor.

¿A dónde voy yo con todo ese divagar? Bueno, en primer lugar, podría estructurarlo mejor, debería, incluso podría, dividir esto en tres horas de clase con sus días por en medio, sus debates, sus payasadas pedagógicas… ya me entienden. Pero me dicen que el algoritmo —“el” algoritmo, es una expresión deliciosa; todos aprendemos algoritmos de críos, casi todos los olvidan, y ahora lo mencionamos con la cavernosidad con que hablaríamos de un Gran Hermano—, me dicen que el algoritmo ha afectado a la atención lectora de todo el mundo, sin mucha distinción. Además, no me gusta ser tan denso, y ya no soy profesor.

Pretendo, con todo, señalar que la confianza es un constructo. Es un instrumento necesario para la preservación de la especie. Al margen de la imperfecta teoría de Dawkins, un ser humano desconfiado vive más, pero uno que no da su confianza en absoluto tiene menos probabilidad de engendrar otra bolsa con sus microplásticos, genes y todo.

"La confianza es un intercambio, un contrato personal. Yo, tácitamente, sin decirlo, demando que el receptor de mi confianza sea capaz de mantenerla siempre"

En mi caso, regresando a un racionalismo más real, no al elitista, tampoco al fácil, la confianza es algo que doy. No es una cosa que nadie merezca de mí. La confianza es un intercambio, un contrato personal. Yo, tácitamente, sin decirlo, demando que el receptor de mi confianza sea capaz de mantenerla siempre. Del mismo modo que yo pondré más de lo que debería de mí mismo por mantener la suya. Así que cuando alguien se ofende porque no deseo e incluso no soy capaz —últimamente se reduce a no ser capaz, pues la muerte enseña demasiado si no se te lleva por delante— de confiar, antes de hacerse víctimas, criaturas vueltas reacción inspirada en un modo comunal de entender la vida, deberían detenerse un momento y preguntarse si de veras quieren mi confianza. ¿Es esa una hipoteca en la que se puedan meter? Porque ya les digo, lectores, que en mi caso, el de criatura defectuosa, seleccionada contra natura —cómo le gustaría esto a Dawkins, ol’ chap— la respuesta es un claro no.

Iba a meter más contenido biológico, como el de la confianza en las especies que forman lazos de por vida. En su posible origen histórico y cómo llegó a tomar la forma que tiene en nosotros. Pero, como dije, no soy ya profesor, yo vine aquí a darles dolor de cabeza.

Se agradece la estrellica solitaria y la voluntá. La que han puesto en leer esto, si es que han llegado aquí. Porque la virgen…

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