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Un comedor de opio, de Charles Baudelaire

Un comedor de opio, de Charles Baudelaire

Charles Baudelaire es uno de los poetas franceses más influyentes del siglo XIX. Nacido en París en 1821, pierde a su padre cuando es todavía un niño. Cursa sus primeros estudios en Lyon y luego en el liceo parisino Louis le Grand, del que será expulsado en abril de 1839. En 1843, comienza a escribir su libro más célebre, Las flores del mal, reflejo de una vida marginal y bohemia que le llevará a experimentar con el hachís y el opio, de cuyos efectos dejará constancia en Los paraísos artificiales. Crítico de arte y literatura (Salones, El pintor de la vida moderna), en 1847 descubre al escritor estadounidense Edgar Allan Poe, a quien traduce con entusiasmo. Ese mismo año, conoce a Marie Daubrun, que inspirará varios de sus poemas. Al cabo de una década, será la salonnière Apollonie Sabatier quien ocupe sus pensamientos. Finalmente, en 1857, tras la publicación de Las flores del mal, Baudelaire es demandado y condenado por inmoralidad. Muy afectado, cae en la miseria y la enfermedad. El peso de las deudas se suma a sus sufrimientos morales, y en 1866 sufre una complicación infecciosa que lo dejará paralizado y afásico, muriendo un año más tarde.

Zenda adelanta las primeras páginas de Un comedor de opio, editado por el sello Firmamento.

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Un comedor de opio

Mientras escribimos estas líneas, llega a París la noticia de la muerte de Thomas de Quincey. Con ella expresamos el deseo de la continuación de este glorioso destino, ahora bruscamente interrumpido. Digno emulador y amigo de Wordsworth, Coleridge, Southey, Charles Lamb, Hazlitt y Wilson, deja numerosas obras, entre las principales: Confessions of an English Opium-Eater; Suspiria de Profundis; The Caesars; Literary Reminiscences; Essays on the Poets; Autobiographic Sketches; Memorials and Other Papers; Theological Essays; Letters to a Young Man…; Classic Records Reviewed or Deciphered; Speculations: Literary and Philosophic; Klosterheim or The Masque; The Logic of Political Economy (1844); Essays Sceptical and Anti-Sceptical on Problems Neglected or Misconceived, etc. No sólo se creó la fama de uno de los espíritus más originales, más auténticamente humorísticos de la vieja Inglaterra, sino también de uno de los caracteres más afables, más caritativos que han honrado la historia de las letras, tal como ingenuamente lo ha escrito en los Suspiria de profundis, que vamos a analizar a continuación y cuyo título cobra, en esta dolorosa circunstancia, un acento doblemente melancólico. De Quincey ha muerto en Edimburgo, a la edad de setenta y cinco años.

Tengo ante mí un artículo necrológico, con fecha de 17 de diciembre de 1859, que puede dar tema a tristes reflexiones. En cualquier parte del mundo, la gran locura de la moral usurpa en todas las discusiones literarias el lugar de la pura literatura. Los Pontmartin y otros sermoneadores de salón atestan tanto los periódicos norteamericanos e ingleses como los nuestros. Y a propósito de las extrañas oraciones fúnebres que acompañaron la muerte de Edgar Allan Poe, tuve ocasión de observar que el campo mortuorio de la literatura es menos respetado que el cementerio común, donde un reglamento policíaco protege las tumbas de los inocentes ultrajes de los animales.

Quiero que el lector imparcial sea juez. Si el comedor de opio no ha rendido jamás servicios positivos a la humanidad, ¿qué importa si su libro es bello? Buffon, que en semejante caso está alejado de toda sospecha, ¿no creía que un giro de frase feliz, una nueva manera de bien decir, tenían para el hombre realmente espiritual una mayor utilidad que los descubrimientos de la ciencia, en otras palabras, que lo Bello es más noble que lo Cierto?

Si De Quincey se ha mostrado en algunas ocasiones singularmente severo con sus amigos, ¿qué autor, conociendo el ardor de la pasión literaria, tendría derecho a asombrarse? Se maltrataría cruelmente a sí mismo; además, como él dijo en algún lugar, como antes ya lo había dicho Coleridge, no siempre la malicia proviene del corazón; existe la malicia de la inteligencia y de la imaginación.

Pero aquí viene la obra maestra de la crítica. En su juventud, De Quincey había cedido a Coleridge una parte considerable de su patrimonio: «Sin duda es un acto noble y elogiable, aunque imprudente», dijo el biógrafo inglés, «pero debemos recordar que, víctima del opio, cuando su salud estaba destrozada y sus negocios en pleno desorden, no tuvo ningún inconveniente en aceptar la caridad de sus amigos». Si traducimos correctamente, significa que no hay que agradecerle su generosidad, ya que, más tarde, utilizó la de los demás. El Genio no encuentra semejantes rasgos. Para llegar a este grado, hay que estar dotado del espíritu envidioso y quisquilloso del criterio moral.

Charles Baudelaire,

Revue contemporaine, enero de 1860

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Autor: Charles Baudelaire. Traductora: Carmen Artal. Título: Un comedor de opio. Editorial: Firmamento. Venta: Todos tus libros, Amazon, Fnac y Casa del Libro.

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