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Un día a oscuras

Rebeca se despierta contenta. Hoy empiezan las vacaciones de Semana Santa y, aunque en el colegio le han puesto deberes y el estado de alarma le impedirá salir de casa, podrá disponer de todo el tiempo del mundo para ocuparse de las cosas que le gustan. Se sienta a desayunar alborozada, pensando en todo lo que podrá hacer a las horas del largo día que tiene por delante, sin sospechar que sus planes no saldrán exactamente igual que imaginaba.

Empieza a entender que algo va mal cuando se pone a terminar la tira de cómic que tuvo que dejar a la mitad el fin de semana pasado y no encuentra por ningún lado ni sus lápices ni sus rotuladores. Los busca por toda la casa, pero es como si se hubieran esfumado: Papá, ¿has visto mi estuche?, pregunta. “No sé de qué me hablas, cariño”, responde él con cara de no entender nada. Rebeca lo da por imposible, se da una ducha rápida y vuelve a su habitación. Rebusca en los cajones la camiseta que se compró hace un año, en un festival al que fue con sus amigas, y que lleva en la espalda un retrato de Amaia Romero. Sin embargo, cuando la encuentra descubre que la imagen está totalmente desdibujada; más que una foto borrosa, parece una gran mancha desteñida. Hecha una furia, Rebeca acude al salón en busca de su hermano, convencida de que él es el responsable del desastre. “Miguel, ¿qué le has hecho a mi camiseta?”. Él la mira con un gesto que oscila entre la burla y la incomprensión: “¿Qué dices, tontita? Esa camiseta siempre ha sido así”. En un primer momento, Rebeca piensa que le está tomando el pelo, pero una oscura intuición la lleva de nuevo hasta el armario en el que guarda su ropa. Tampoco la camiseta del Circo del Sol, recuerdo de una función a la que sus padres la llevaron por su cumpleaños, luce ya el dibujo con el emblema de la obra, del mismo modo que se ha difuminado la efigie del David de Miguel Ángel de la cazadora que se trajo de las últimas vacaciones en Florencia.

Empieza a sentir un desasosiego que la asfixia. En el salón, su madre sigue los ejercicios del programa de gimnasia que echan por la tele. El monitor va marcando el ritmo —“uno, dos, uno, dos…»—, y son los de su voz y sus pasos los únicos sonidos que se oyen. “Anda, ¿hoy no ponen música de fondo?”. Supone que se debe a algún fallo en el estudio, o a una avería del aparato. Lo que de ningún modo espera es que su madre le responda con otras dos preguntas que no hacen más que aumentar su desconcierto: “¿Qué dices, cariño? ¿Qué es la música?

De pronto, Rebeca siente ganas de llorar, pero logra reprimirlas. Se asoma a la ventana y oye el canto de los pájaros, el motor de algún coche rugiendo allá a lo lejos, el tañido de una campana que se intuye procedente de las torres que se atisban al otro lado del gran parque. Se da cuenta de que faltan pocas fechas para el Día de la Madre y decide escribirle un poema a la suya. Enciende el ordenador y abre el procesador de textos, pero no encuentra las palabras. Se queda mirando la pantalla y siente como si, desde el otro lado, la hoja en blanco le recriminara su impotencia. Ahora sí es incapaz de contener el llanto.

Pasan las horas, llega el momento del almuerzo y todos comen en silencio. En la sobremesa, enciende la tele para poner un capítulo de esa serie que tanto le gusta, pero es incapaz de encontrar la plataforma que la emite. Desesperada, abre YouTube con la intención de ver algún vídeo musical, pero solo los encuentra de cocina y de deportes, también grabaciones caseras de gente ceñuda y desafiante. Busca en su teléfono móvil la aplicación de Spotify, pero también ha desaparecido. Cada vez más confusa, va al cuarto de Miguel, que estudia música, para aporrear un poco el piano, pero entra y, en el lugar en que siempre ha estado el instrumento solo hay una pared desnuda en la que se abren unas grietas que no recuerda que estuvieran allí antes. Rebeca corre a la cocina. “Mamá, ¿dónde está el piano de Miguel?”. “Cariño, ¿me tomas el pelo?”, responde ella con cara de preocupación. “Nunca hemos tenido un piano, ni nosotros ni nadie. Tu abuelo sí llegó a ver uno siendo niño, a veces lo contaba, pero ni siquiera era capaz de explicar para qué servía”.

Rebeca siente tal consternación que teme desmayarse. Con pasos dubitativos, se acerca a la biblioteca de su padre y coge un libro con el que calmar su desazón. Lo abre y ve todas las páginas en blanco. Cada vez más desesperada, elige otro, pero tampoco hay una sola palabra en su interior. Vuelve a intentarlo con otro más, y con otro, y con otro, y en todos los casos el resultado es el mismo. Enfurecida y atemorizada, va tirándolos al suelo hasta que las estanterías quedan totalmente vacías. Atraído por el estruendo, su padre entra hecho un basilisco. “¿Pero por qué destrozas de esta forma la decoración?”. “¡No es decoración, papá! ¡Son libros!”. “¡Pero qué te pasa hoy! Hace mucho que los libros dejaron de ser libros. Ni siquiera sabemos ya qué contaban todos los que hubo alguna vez”.

Rebeca se aferra a la soledad de su habitación como el náufrago que se agarra a la última tabla de una embarcación a la deriva. Ni siquiera enciende la luz ni sale a cenar, y deja que los claroscuros del atardecer y las penumbras de la noche la envuelvan hasta mecerla en un sueño en el que cree oír, allá al fondo, un sonido que cree identificar con la sirena de una ambulancia, por más que su subconsciente quiera creer que se trata de la alarma del despertador que la sacará de esta pesadilla.

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