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Vueltas y vueltas, de José María Merino

Vueltas y vueltas, de José María Merino

José María Merino (A Coruña, 1941) es poeta, narrador, ensayista y Académico de la Lengua. Es una de esas personas que caminan palabras y respiran fonemas. De esos escritores en los que te ves reflejado de mayor, deseando ser como él.

Hacer un resumen de su bibliografía es un intento absurdo. Para eso está Internet. Baste decir que su enorme novela El Heredero (Alfaguara, 2003) fue una de las que me dieron el empujón final en mi atrevimiento de crear las mías propias. En este cuento que sigue, Merino recrea sus obsesiones más íntimas. El pasado, la identidad, la frontera difusa entre ficción y realidad. Qué orgullo poder prologarle, maestro. (Juan Gómez-Jurado)

Ahora recuerda que fueron los abuelos Jero y Carmen quienes primero se lo explicaron. Durante los veranos, en su casa —la casa del molino, la llamaban—, cerca del pueblo donde la abuela era maestra y el abuelo cultivaba un gran huerto, Luisa solía pasar con ellos largas tem­poradas, y aprovechaba las horas en que estaban juntos para preguntarles cosas sin aclarar, cosas que ella no ha­bía entendido bien y que, durante el tiempo del colegio, la apretada sucesión de las horas y de los días no permitía que reposasen en su barullo mental, pero que en aquella tranquilidad campestre se depositaban de repente en su memoria.

Aquella tarde habían terminado ya de comer, ella ha­bía ayudado a la abuela a retirar los platos de la mesa —como era viernes y ese día sus padres solo trabajaban por la mañana, vendrían de la ciudad al final de la jornada, para quedarse durante el fin de semana—, y mientras su primo Raúl pedaleaba alrededor de la casa en la pequeña bicicleta recién estrenada, se sentaron los abuelos y ella a la sombra de los chopos, el abuelo con un cuaderno de sudokus en las manos y la abuela con su lana y las inevi­tables agujas para tejer, vueltos hacia el río que pasaba cerca de la casa, entre las ruinas del antiguo molino.

Era un río de poco caudal, en el que para bañarse ha­bía que buscar una pequeña poza cercana, pero era grato a esa hora ver deslizarse sus aguas y oír su rumor suave —por la noche se oía también el croar de las ranas—, y contemplar poco más allá el puentecito que comunicaba la casa con la carretera que llevaba al huerto, al pueblo y al mundo.

Vueltas y vueltas.

Aquellos días veraniegos —por la mañana, la subida hasta el pueblo para comprar pan y para que el abuelo hiciese cosas en el huerto; después de la comida, la sobre­mesa en la chopera; luego, las excursiones por la ribera, o monte arriba; algunos días, al final de la tarde, según le viniese al abuelo, la entretenida distribución de los reteles por la orilla para la pesca de cangrejos…— todo vuelve muchas veces a su memoria, con la forma de las ensoña­ciones que entretuvieron su imaginación, antes de dormir, a lo largo de la infancia.

Ahora la abuela teje, el abuelo intenta resolver los su­dokus —a veces comenta en voz alta sus dificultades—, Raúl pasa delante de ellos intermitentemente en la bici, seguido por Rolo, el galgo, y acurrucado muy cerca entre la hierba, el gato Runrún los observa, se lame el lomo y las patas, o dormita.

Entonces le viene la incógnita a la cabeza:

—¿Qué es eso de heroína? Yo creía que era una droga muy mala, que vuelve loca a la gente, pero he visto un cómic que habla de la Bruja Escarlata y dice que es una súper heroína…

—Bueno, Luisi, son cosas diferentes —dice la abue­la—. No sé por qué le llamaron heroína a esa droga, pero heroína es sobre todo el femenino de héroe… La chica héroe, vamos.

—Héroes y heroínas, gente valiente, que se atreve a hacer cosas peligrosas para ayudar a los demás… —aña­de el abuelo.

Vueltas y vueltas.

Esa tarde conoció los nombres de varias heroínas: dos españolas, la Dama de Arintero y Agustina de Aragón, y otra muy antigua, de un país lejano, llamada Antígona.

El abuelo le contó que la Dama de Arintero fue una chica que, por dar gusto a su padre, se había disfrazado de hombre para poder ir a la guerra, en tiempos muy le­janos, cuando solo se usaban lanzas y espadas, y que era tan valiente y peleaba tan bien, que hasta los reyes lo re­conocieron… De Agustina de Aragón le habló luego la abuela: esta había peleado en otra guerra más moderna, y cuando murió el último soldado que disparaba un ca­ñón, se puso a dispararlo ella misma para impedir que los enemigos entrasen por la puerta de la ciudad. También la abuela le habló de Antígona, una chica que fue a enterrar a su hermano, a pesar de la prohibición estricta y mortal del que más mandaba, del más poderoso, en tiempos muy antiguos…

—¿Y qué hay que hacer para ser heroína? ¿Dónde se estudia eso?

Los abuelos se habían echado a reír, y la abuela dejó a un lado lo que estaba tejiendo, la agarró con sus dos manos y la llevó a su lado, para darle un abrazo fuerte y muchos besos.

—Luisi, querida, eso no se estudia, eso sale de una… Como ha dicho el abuelo, las heroínas son las chicas va­lientes que se juegan la vida para arreglar las cosas en el momento oportuno.

—Eso no se puede prever —había añadido el abue­lo—. A lo mejor eres un héroe, o una heroína, y no lo sabes hasta que no surge la ocasión.

Vueltas y vueltas. Claro que lo sabía. Desde entonces, en sus ensoñaciones de antes de dormir, protagonizadas siempre por ella misma, además de asumir el papel de los personajes principales de los cuentos o de las pelícu­las que le gustaban para imaginar una aventura, a veces se convertía en heroína, luchando contra Darth Vader di­rectamente para facilitar que sus compañeros se librasen de una emboscada espacial, o entrando ella misma en la cueva del Dragón del Pindio para matarlo con la espada mágica, cuando ya no quedaba nadie capaz de hacerlo, o arrastrando con una soga hasta la orilla una patera llena de niños, de esas que se veían en la tele, en peligro entre las olas, mientras volaba con su traje de propulsión a chorro sorteando los relámpagos.

No les dijo nada a sus compañeros del colegio, ni si­quiera a sus mejores amigas, Bibi y Laura, ni a su prima Lina, porque esperaba continuamente la situación opor­tuna para demostrar lo que ella era. Sin embargo, nunca se produjo la circunstancia adecuada. En cierta ocasión, al salir del colegio, cuando ambulancias y coches de la policía daban señal segura de algún suceso grave y Luisa intentó acercarse para echar una mano ante la sorpresa de Camelia, la asistenta de casa que solía venir a buscarla, no la dejaron.

«Es por ayudar» —explicó ella—. «Mira, niña» —le contestó el guardia, sin ninguna simpatía—, «bastantes problemas tenemos ya con lo de ese tío… Tú a lo tuyo, guapa, y déjanos trabajar tranquilos». «Vamos, Luisa, no molestes», dijo Camelia, y se marcharon para casa.

Vueltas y vueltas. Está con los abuelos en el soto, está fuera del colegio con Camelia, pero también está el día en que experimentó por primera vez esa incomparable sensación.

Durante un puente otoñal, la familia se había reunido en la casa del río: el abuelo Jero, la abuela Carmen, papá y mamá, ella, Rolo y Runrún. La misma noche del vier­nes, cuando ellos acababan de llegar, estaba lloviendo a raudales, como decía papá, y la televisión transmitía no­ticias que alarmaron mucho a los mayores. Al parecer, en muchos lugares se estaban descargando aquellas mismas lluvias, que tenían como consecuencia terribles avenidas de agua, y su zona podía estar entre las afectadas.

Continuó lloviendo con intensidad a lo largo de toda la noche, y la despertó mamá, muy nerviosa. Papá y los abuelos ya estaban levantados y le hicieron desayunar deprisa.

—Han avisado de que puede haber una crecida muy fuerte del río —dijo el abuelo—, de modo que nos vamos.

—¿A dónde? —preguntó Luisa.

—Vamos a nuestra casa —explicó mamá—. Al pare­cer, va a estar lloviendo todo el fin de semana, y para eso estamos mejor allí que aquí.

Los mayores habían preparado varias maletas, y al poco rato se dispusieron a marchar. Luisa sintió miedo al ver el pacífico río ahora rugiente y cada vez más rebosan­te de agua sucia, cargada de ramajes, tan distinto de lo ha­bitual. Papá había dejado el coche al otro lado del puente y allí se dirigieron, sin dejar de observar que el agua del río, que cubría ya las ruinas del molino, seguía creciendo, estaba ya cerca de la casa, y por lo que parecía no tardaría en alcanzar la calzada del puentecito.

La abuela y mamá estaban sentadas ya en la parte tra­sera del coche, con Rolo.

—¿Y el abuelo? –preguntó Luisa.

—Está cerrando la casa —dijo papá—. Anda, sube y siéntate entre ellas.

En ese momento, Luisa se dio cuenta de que se habían olvidado de Runrún. Seguía lloviendo de forma torren­cial, pero el chubasquero la tenía bastante protegida.

—¡Runrún! —exclamó Luisa, y echó a correr hacia la casa, sin hacer caso de las voces de su padre.

Cuando llegó, el abuelo salía con otra maleta.

—¿Pero qué haces aquí? —gritó el abuelo, muy al­terado—. ¡No encontraba las pastillas de tu abuela! ¡La crecida va a cubrir el puente! ¡Hay que irse corriendo!

Encontró a Runrún en la salita de la chimenea, lo me­tió en su cesta y salió de la casa. El abuelo no había de­jado de gritar llamándola. Cuando llegaron al puente, la corriente acababa de cubrir la calzada. El abuelo agarró a Luisa por un brazo y echó a andar con determinación ha­cia el coche, que estaba más lejos. El agua no tenía aún la fuerza suficiente como para arrastrarlos, pero se sentía su furia en los pies y en los tobillos. Al llegar al coche, Luisa dijo que traía a Runrún, y todos la miraron de una manera que nunca había advertido antes.

Vueltas y vueltas. Ha pasado ya mucho tiempo, ahora es ella la mamá, tiene una preciosa hija de cuatro años y piensa tener otro hijo pronto, pues las cosas van bien en la empresa donde trabaja.

Es verano y se dirigen a un lugar del sur de la costa mediterránea que les gusta mucho, para pasar la tempo­rada veraniega. El trayecto es largo, se han detenido hace un rato para comer, y ahora continúan el viaje por una carretera con poco tráfico, llena de curvas, que se extien­de entre cerros rocosos. En la parte de atrás, su hija Olga duerme en la sillita colgada del respaldo del conductor.

Luisa ha descubierto con preocupación que Ricardo, su marido, que es quien ahora conduce el vehículo, a veces se queda como amodorrado. Se lo ha dicho siempre que lo ha observado, pero él, sin mostrar ninguna turbación, se ríe en todas las ocasiones. «Me quedo absorto, Luisi, mi amor. Me encanta conducir y me pasmo en ello». Sin em­bargo, esta vez no es un ensimismamiento: Ricardo tiene los ojos cerrados, y el coche se acerca velozmente a la pared rocosa que flanquea la parte derecha de la carretera.

—¡Estás dormido! – exclama Luisa.

Ahora la reacción de Ricardo ha sido de evidente sor­presa. En efecto, debía de haberse quedado dormido, por­que abre mucho los ojos con gesto atemorizado y mueve el volante para separarlo del cercanísimo muro pedregoso.

El volantazo ha sido demasiado brusco y largo, por­que el coche derrapa, girando sobre la carretera hasta ir orientándose cada vez más hacia el espacio del que proce­día y ser arrollado por otro coche que venía detrás.

El golpe, que recibe la portezuela del lado de Ricardo, hace que el vehículo se desplace al lado de la carretera por donde continúa la pendiente montañosa. El coche da una vuelta en el aire antes de caer al suelo y girar otra vez. Vuelta y vuelta. Luisa comprende que el precipicio no estaba allí, sino más adelante, más allá del lugar donde el coche al fin se detiene, tras girar nuevamente.

El coche había quedado tumbado sobre el lateral izquier­do y Olguita había comenzado a llorar a gritos. Luisa, su­jeta por el cinturón de seguridad, miró a Ricardo bajo ella y lo encontró desvanecido. Cerró la llave de contacto e in­tentó abrir la puerta, pero comprendió que, en la posición en que el coche se encontraba, era imposible levantarla.

Había que salir de allí y sacar a Olguita y a Ricardo. Le dolía mucho la pierna izquierda, pero ni siquiera miró por qué. Abrió el cajón en el que guardaban los papeles del coche, algunos mapas y ciertas herramientas, hasta encontrar una pequeña llave inglesa con la que comenzó a golpear el parabrisas. Consiguió romperlo y fue arrancan­do los pedazos, en un trabajo esforzado.

«Tranquila, Olguita, mi amor, que mamá te va a sacar enseguida», decía.

Desconectó el cinturón de Ricardo, que continuaba sin recuperar el sentido.

—Ricardo, Ricardo, tienes que espabilar, ánimo — murmuraba, sin lograr incorporarlo.

Decidió entonces salir ella del coche e intentar sacar a su marido tirando de su cuerpo desde fuera. Ricardo empezaba a mostrar algunas señales de consciencia, pues abrió los ojos y musitó unas palabras ininteligibles.

Fuera, Luisa había visto que el coche que los había embestido estaba un poco más allá, justo al borde del pre­cipicio.

—Vamos, Ricardo, tienes que salir de aquí —decía Luisa, tirando de los brazos de su marido, que al fin se fue incorporando hasta cruzar el vano del parabrisas y sentar­se en el suelo, con las manos en la cabeza.

Luisa entró a por Olguita, que seguía llorando a gritos, y tras soltar los correajes que la mantenían unida a su silla, la consiguió sacar también por el hueco del parabri­sas. Estaba bien. La meció en los brazos mientras le daba muchos besos y la consolaba.

Ricardo los estaba mirando, todavía sentado en el suelo.

—¿Qué tal te encuentras? —le preguntó Luisa.

—Qué desastre. Me duele mucho esta pierna.

—A mí también me duele una pierna —repuso ella—. De los golpes, claro… El otro coche está ahí mismo. Qué­date con la niña mientras le echo un vistazo.

Vueltas y vueltas. También el otro coche debía de haber dado las suyas, por las abolladuras que mostraba la carro­cería. Estaba justo al borde del precipicio, con las dos rue­das delanteras apoyadas en el suelo y las traseras al aire, y Luisa pudo comprobar que una retama, que crecía en el límite del acantilado, era lo que había impedido la caída del vehículo y lo que lo mantenía en su precaria situación.

Abrió con cuidado la puerta del conductor y el coche se tambaleó. Había una mujer tras el volante, que la mira­ba con ojos desorientados, y otra llorando en el asiento de al lado. Luisa llamó a su marido.

—Ricardo, ven, por favor.

Ricardo se acercó cojeando, con Olguita cogida de una mano.

—Hay que sacarlas de ahí —dijo Luisa.

—Déjalo como está. Voy a llamar a la guardia civil. Esto es para expertos.

—Hay que sacarlas de ahí —repitió Luisa, tajante—. El coche está a punto de caer—. Ande, deme una mano —le dijo a la conductora.

La mujer aún no se había repuesto de su estupefac­ción, pero después de que Luisa le soltase el cinturón de seguridad, había extendido ambos brazos para agarrarse a ella, que al fin consiguió sacarla. Con los es­fuerzos del rescate, el coche había comenzado a oscilar peligrosamente.

—¡Hay que sacar a la otra!—, urgió Luisa.

—Es muy peligroso—, repuso Ricardo, que había de­jado a Olguita sentada a la sombra de su coche—. Voy a llamar a la guardia civil —añadió, y sacó el móvil del bolsillo.

—No hay tiempo, Ricardo, de verdad. A ese coche lo está sosteniendo una retama… Sujétame tú a mí, anda.

Luisa tranquilizó a la otra pasajera con palabras ama­bles, y le pidió que se soltase el cinturón de seguridad y que extendiese los brazos. La mujer obedeció, pero sus lloros se hicieron gritos cuando, tras ser agarrada por Lui­sa, que tiraba con decisión de ella, aumentó el temble­queo del coche, y Luisa pensó que acaso el coche cayese y se llevase a los tres, a aquella mujer a quien asía, a ella y a Ricardo, que la estaba sujetando por la cintura. La pobre Olguita quedaría sola en aquel descampado, que por la brusca diferencia de altura apenas se veía desde la carretera.

—Vamos, no tenga miedo, tiene que salir de ahí…

La humilde retama cumplió su función, frenando to­davía el desplome definitivo del coche, que al fin se pro­dujo, pero consiguieron que la mujer saliese antes. La mujer, Luisa y Ricardo quedaron tirados al sol durante un rato. La otra, la conductora, permanecía de pie, a unos pasos, como si no fuese consciente de nada.

Olguita se acercó a sus papás inmóviles.

—Tengo sed —dijo.

—Hola, mi niña guapa —respondió Luisa, despere­zándose—. Hay que llamar para que nos saquen de aquí. Ahora te busco el agua en la mochila.

Vueltas y vueltas. A veces, como está pasando ahora, los tiempos se desordenan en su memoria y se encuentra con los abuelos en la casa del río, en los largos días plácidos, o entre los tomates de la huerta, o aquella mañana de la terrible crecida del río.

Se ha despertado y aún no ha abierto los ojos. Las aventuras imaginarias de la niñez ya han desaparecido, pero las rememoraciones entremezcladas traen a veces un regusto inquietante. Vuelve a recordar el puente cubierto por la corriente de agua. ¿Seguro que el agua no los arras­tró? Ahora viene a su memoria la mujer llorosa dejándose remolcar por ella, y los brazos de Ricardo sujetando con fuerza su propia cintura, mientras la masa del coche se va escurriendo, desplomando. ¿No se los llevó el coche a los tres al precipicio?

No quiere abrir los ojos, intenta recuperar el sueño, olvidar el agua terrosa y violenta, el coche sostenido por la humilde retama, dar otra vuelta, revivir otras cosas, como aquel viaje de turismo cultural, la manifestación en la ciudad oriental, la mayoría mujeres con una ramita en las manos, en la que ella reprochó en inglés a unos guardias su brutalidad con un muchacho, hasta hacerlos desistir de sus porrazos. Las ramitas en aquellas manos, la retama venciéndose… Uno de los guardias le apuntó con su fusil. ¿No disparó?

Vueltas y vueltas…

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