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Un enero de 1962, los Beatles viajan a Londres para su primera (y fallida) audición discográfica

Un enero de 1962, los Beatles viajan a Londres para su primera (y fallida) audición discográfica

Se acaban de cumplir los sesenta años del primer intento de los Beatles por grabar un disco. El 1 de enero de 1962, el grupo tenía una hora para demostrar a la discográfica Decca que ellos eran lo que estaban buscando. Después grababa un grupo de Londres, los Tremeloes, que fueron los elegidos. Para recordar aquel momento, y dado que una película es más eficaz que un documental, reproducimos un fragmento del capítulo que evoca esta escena en la novela Yesterday antes del final, de próxima publicación.

***

Capítulo 6. De cómo pasan el Año Nuevo perdidos en Trafalgar Square y de su primera audición en Londres, que no será como esperaban

El día 1 de enero de 1962, o sea, el día de Año Nuevo, así con mayúscula, no era fiesta en Inglaterra. Los Beatles habían quedado en un café con su mánager Brian Epstein para ir juntos a los estudios de la Decca, en donde tendrían una audición, su primera audición. Era el momento de abrirse al mundo, aunque el mundo —como el universo— era inabarcable para ellos.

El mismo Londres ya se lo parecía.

Al amanecer de esa mañana desapacible, John Lennon, Paul McCartney, George Harrison y Pete Best salen del hostal. Apenas han podido dormir, y se quedan en la puerta esperando a que llegue Neil, que ha ido a buscar la furgoneta y es posible que tarde más de la previsto en localizar el vehículo. Aún sienten la resaca de la noche anterior.

Los cuatro miran aquel paisaje tan desconocido, con las calles cubiertas de nieve y un brillo mortecino de fondo. No hay niebla, pero ellos la sienten en su interior.

—Esto es grande.

—Muy grande.

—Es Londres.

—Y jodido.

—Muy jodido.

—Es Londres —insisten.

Necesitan tomar tierra. Aterrizar.

—¿Qué vamos a hacer aquí?

—Lo que sabemos: tocar.

—Tocaremos, para eso hemos venido.

—¿Crees que nos escucharán?

—Brian lo ha arreglado todo y él es nuestro mánager.

—Sí, pero de Liverpool.

—Tiene un buen coche, viste ropa elegante y su tienda vende muchos discos… Le harán caso.

—¿Estáis convencidos de la selección de canciones que ha hecho Brian?

—No sé, no sé…

—Yo digo lo mismo, no sé, no sé, pero él sabrá. (…)

—Podemos con todo —trataron de animarse—. Nos criamos en Liverpool.

—Cierto, ¿no sobrevivimos a Hamburgo?

—Ni las putas ni los travestis ni los matones ni los marinos ni los gánsteres han podido con nosotros. ¿Vamos ahora a preocuparnos por unos putos ejecutivos de Londres que no tendrán ni puñetera idea de la música que interesa a los jóvenes?

—Eso es lo que me preocupa.

—Nada ni nadie podrá con los Beatles.

—¿Estáis seguros de que los Beatles es un buen nombre para triunfar en todo el mundo?

—Con que nos acepten en Londres me conformo. ¿Os imagináis?

—Ahora, imposible. ¡Qué noche hemos pasado!

—¡Y qué viaje!

Los cuatro Beatles en el estudio de la discográfica Decca el 1 de enero de 1962, mientras esperaban para grabar su maqueta.

El día de Nochevieja, Brian Epstein viajó hacia Londres y se alojó en un hotel digno de sus trajes mientras que los cuatro chicos de Liverpool le dijeron a Neil que alquilara una furgoneta en donde cupieran —qué rara conjugación verbal— todos sus instrumentos, los altavoces y ellos mismos. Pete, el que menos se quejaba, tuvo que ir sentado sobre los amplificadores.

A Neil Aspinall, amigo del instituto de Paul, lo habían contratado como montador del equipo y transportista. Era un buen chico para todo, pero su orientación en la carretera dejaba mucho que desear. Salieron de Liverpool al mediodía y tardaron diez horas en llegar a Londres, en un recorrido de 217 kilómetros que no solía prolongarse más de cuatro horas en aquellos tiempos. Pero se perdieron. Se perdieron demasiado si observamos esas seis horas extras que emplearon en un viaje que los dejó moribundos.

Ya estaban desfallecidos cuando se bajaron en Trafalgar Square para preguntar la dirección del hotel Royal, que nadie conocía, y muy pocos de los que les rodeaban estaban en condiciones de pensar con sensatez. Eran las diez de la noche del último día del año. Quedaban dos horas para las campanadas del reloj. En la plaza se escuchaban los berridos de los borrachos preparados para festejar a su modo —y su modo podía ser bañarse en la fuente de heladas aguas— la llegada de 1962.

Dos londinenses, que nunca podrán recordar ese momento, se les acercaron torpemente con el firme propósito de entrar en su furgoneta a fumar hierba y compartirla con ellos, como colegas bien enrollados. Ninguno de los cuatro beatles la había probado, ni estaban acostumbrados a tales proposiciones, así que no aceptaron esa invitación para la improvisada noche de fiestas. Al día siguiente tenían el encuentro más importante de su vida, y además…

—¡Si hubieran sido tías! —lamentó John.

Como estaban muertos de frío —ya hemos adelantado que había nieve de las calles— y hambrientos tras diez horas de viaje, entraron en un restaurante nada lujoso, donde el camarero se les acercó muy amable con la carta en la mano.

—¿Cinco chelines por una sopa? ¡Esto es de locos!

—¡Largaos!

Y se fueron. En algún hueco de la furgoneta aún debían quedar viejos sándwiches de queso y pollo salado que les dieron más sed de la que ya arrastraban.

No pasaron una buena noche.

Al día siguiente llegaron puntuales a los estudios Decca, pero Brian Epstein, puntualísimo, ya los esperaba allí. Nada más aparecer por la puerta cargados con tantos bultos, el tipo del sonido les preguntó.

—¿Qué cojones es eso que traéis?

—Nuestros amplificadores.

El técnico se rió.

—¿De qué siglo?

Aquellos enormes trastos estaban fuera de lugar: la discográfica tenía sus propios amplificadores. Neil tuvo que cargarlos y llevárselos él solo de vuelta a la furgoneta.

—¿Para qué los hemos traído desde Liverpool?

—Yo he tenido que ir encima de ellos —se quejó Pete, que nunca se quejaba—. Tengo el culo plano.

No era el momento de las lamentaciones. La audición comenzaba. Bueno, comenzó una hora después de la hora señalada. El personal se había tomado el día de año nuevo con cierta calma, y ahora venían las prisas, porque el segundo grupo ya estaba en la discográfica.

Los Beatles a comienzos de 1962: Paul, John, el batería Pete Best y George.

—Venga, demostrad lo que sabéis hacer —trató de animarlos, sin demasiado entusiasmo, Mike, el productor, que los había visto actuar en el Cavern unos días antes.

—¿Quince canciones? —leyó la lista que Brian le había adelantado—. Tenéis una hora para toda la maqueta.

El grupo interpretó los títulos elegidos por su mánager. La lista era una antología de los temas que solían tocar en sus conciertos, y que iba del blues al pop, pasando por el viejo rock, además de temas clásicos como Bésame mucho, y tres canciones propias, que pasaron desapercibidas entre tanta mezcla. Para colmo, la voz les salía entrecortada y no lograban concentrarse.

—¿No podéis apagar esa luz roja? —sugirió un nervioso Paul.

—Es para que nadie entre el estudio mientras se graba.

—¡Ah!…

Al cabo de una hora, Mike se despidió de ellos, porque le esperaban los Tremeloes.

—Bueno, chicos, lo habéis hecho muy bien.

A la salida, Paul respiró como hacía días que no respiraba, y sintió ese alivio o ingravidez que solía sentir en la escuela tras haber hecho un buen examen.

—¡Esto hay que celebrarlo, chicos!

Brian los invitó a comer a un digno restaurante, donde podían pedir una sopa (o un buen filete con patatas, como fue el caso) sin preocuparse del precio. Su manáger pagaba. La ocasión lo merecía. Y hasta brindaron con…

—¿Habéis visto los precios del champagne?

—Londres es otro mundo.

En realidad no brindaron. Tenían otros asuntos que les preocupaban más.

—¿Seguro que nos querrán aquí? —preguntó John. (…)

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