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Un libro para Roberto

Un libro para Roberto

Casa de Fieras. Durante cinco días estuve mirando este cartel situado en una pared emblanquecida de la Biblioteca Eugenio Trías, quizá el hogar de libros más bello de Madrid. Casa de Fieras en plena Feria del Libro. Paseé de caseta en caseta mirando a autores veteranos y noveles, a youtubers y a tiktokers, a literarios y gente que firma libros, pero que no creen en la literatura: solo en las ventas, en ser famosos.

Vi a amigos que escriben, que han publicado su primer libro, o el quinto, que la carrera continúa. O quizá sea el último y ni ellos mismos saben que sufrirán el mal de Bartleby y compañía. Allí estaba Vila-Matas y no me acerqué o no me enteré del día que firmaba, porque en El Retiro renunciaron ya el año pasado a la megafonía que anunciaba a los autores.

"Firmé dos días en Kailas mi libro de los hibakusha, bien escoltado a la izquierda por las casetas vecinas de los amigos de Periférica, Acantilado y Libros del Asteroide"

En la caseta 507, que no existe, firma el autor XXX su obra XXX. Esa era la única manera, quizá, de que ese escritor tuviera público, que alguien se acercara. Y eso ya se ha acabado. Ahora la información está por Internet o en un plano que me enseñó Íñigo cuando una compradora de libros quería saber dónde estaba su editorial predilecta.

¿Esto es Planeta?

No, señora. Un poco más adelante.

Firmé dos días en Kailas mi libro de los hibakusha, bien escoltado a la izquierda por las casetas vecinas de los amigos de Periférica, Acantilado y Libros del Asteroide. Ángel, el editor de Hiroshima: Testimonios de los últimos supervivientes, recomienda libros. Tengo muchos de Mo Yan, ¿cuál me compro ahora? Lo preguntaban casi a cada momento. Para mí este es el mejor. Este es el primero que ha publicado tras el Premio Nobel. Este es exigente, pero si entras en la historia te va a encantar.

"Observé y oí cómo leían lo que decía el cartel con mi fotografía, sin saber quién era ese individuo con un bolígrafo Bic azul dispuesto a estampar su mala caligrafía en el ejemplar"

Mientras Maísa vendía un par de Lolotas (Álvaro se llevó el de Japón), Ramiro Calle firmaba y sonreía. «Usted me ha cambiado la vida». Y otra vez explotaba su alegría. Me acuerdo de la escuela de yoga que abrió en la calle Ayala. «Y la seguimos teniendo», precisaba con brío. Me dio un abrazo y no supe qué decirle.

Vinieron amigos de aquí y de allá. Y esos reencuentros, más risas, algunos silencios, venga, vamos a hacernos una foto. Observé y oí cómo leían lo que decía el cartel con mi fotografía, sin saber quién era ese individuo con un bolígrafo Bic azul dispuesto a estampar su mala caligrafía en el ejemplar.

¿La niña? Quería el libro, pero su madre se había alejado un poco. Mamá, ven. Tiene 15 años. Íñigo dice que sí, que lo puede leer alguien de esa edad. Venga, no me seas friki. No, señora, Hiroshima no es de frikis. Al final accede, a regañadientes. Gracias por comprarlo: que no pierda la memoria de los hibakusha. La niña, en realidad, es un niño o está en transición de cambio de sexo. ¿A qué nombre se lo firmo? La madre dice: María. Y el niño dice: Roberto. Con Roberto se queda. Y se pierde, feliz, entre un océano de gente.

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