No nos engañemos: en la España actual apenas se debate; más bien se embiste. Y mucho me temo que volveremos a comprobarlo en el próximo cara a cara televisivo con motivo de las elecciones, si es que llegamos a él, tal y como está el patio. Parece haberse instalado entre nosotros una grosería de taberna, un ruido persistente que los partidos políticos no hacen sino alimentar. Los unos dirán que son siempre los otros, y los otros, naturalmente, que son siempre los unos; así suele ocurrir cuando se milita en un partido y la lealtad empieza a confundirse con la fe. A derecha o a izquierda, da lo mismo: todos parecen haber descubierto en el odio una pepita de oro con la que hacer un negocio muy rentable. Y, así las cosas, la polarización ha dejado de ser una consecuencia colateral de la ideología para convertirse en un diseño de laboratorio donde la mediocridad de la clase dirigente se disfraza de épica.
Ese barullo callejero reproduce, a su manera, lo que vienen dictando las portadas de los últimos años: un ministro todopoderoso de la víspera y su asesor, hoy entre rejas tras ser devorados por la trama corrupta que los envolvió; un prófugo de la justicia y toda su comandita, amnistiados por un Tribunal Constitucional dispuesto a desarmar el criterio penal de otro —nada menos que el Supremo— para satisfacer las urgencias del gobernante de turno; y unas instituciones manejadas, en fin, con la desfachatez de quien las considera su finca particular. Estos son sólo algunos ejemplos de una larga lista. Pero, con pertinaz insistencia, se retuerce el lenguaje hasta despojarlo de significado y se lanzan consignas como adoquines, seguros de que, en una sociedad previamente anestesiada, nadie se detendrá a comprobar la consistencia de todos los agravios.
Hoy, tal vez, la empatía —ese esfuerzo civilizado por comprender las razones del otro— se considera una debilidad o, peor aún, una deserción de las propias filas. En este contexto, nos exigen el alineamiento forzoso ante la inminente cita con las urnas, el aplauso sumiso a la última ocurrencia del líder de turno o el linchamiento inmediato del discrepante. Y uno, créanme, ante este páramo de gesticulación y ruido, siente el comprensible deseo de dar la espalda a una realidad que ofende a la inteligencia y acaba por desgastar el ánimo. O, directamente, de mandarlo todo a freír espárragos.
Y con esas ganas de que todo se vaya al garete, uno se encierra; y es entonces cuando la lectura adquiere su verdadera dimensión. En ocasiones, he escuchado decir a Arturo Pérez-Reverte que los libros no están aquí para salvarnos —eso sería una ingenuidad de necios—, sino para actuar como un analgésico indispensable frente a la vulgaridad del presente. La literatura, por tanto, no nos sacará del naufragio colectivo, pero sí hará más soportable la contemplación del desastre. Al fin y al cabo, esta miseria no es nueva. Ya Cervantes, en Rinconete y Cortadillo, mostraba hasta qué punto el poder, el delito y la retórica honorable pueden convivir en los mismos patios oscuros. En nuestro patio de Monipodio, los hombres públicos parecen cojear siempre del mismo pie, y los libros llevan siglos levantando acta de cómo los poderosos compran su impunidad mientras los ciudadanos asistimos inermes al reparto del botín.
Frente a la inmediatez de las redes, al griterío de la plaza y al sectarismo de trinchera, el libro exige esa necesaria lentitud, ese silencio y ese escepticismo. Leer es hoy un acto de resistencia contra la uniformidad del pensamiento y esa tiranía en que se ha convertido la prisa. Los textos que han resistido el tiempo nos devuelven una perspectiva histórica que la clase política parece querer quitarnos. Nos recuerdan que esto no es nuevo: Maquiavelo ya examinó las maniobras del poder y Víctor Hugo retrató en Los miserables la pobreza y la desigualdad. También nos recuerdan que la caída en desgracia de los dirigentes ambiciosos y el drama de una juventud a la que el precio de la vivienda obliga a retrasar la emancipación, compartir piso o abandonar los barrios y las ciudades donde ha crecido forman parte de una ambición humana sin demasiados escrúpulos. Los libros nos devuelven, en suma, una memoria que los estrategas del presente querrían borrar para hacernos creer que la historia de la decencia empezó con ellos.
Esta idea de la memoria y de la duda me lleva a una reflexión que Pérez-Reverte recuperó recientemente en las jornadas de Letras en Sevilla, al evocar a Conrad: la saludable incertidumbre del navegante, que no da nada por sentado porque sabe que el mar cambia y golpea cuando menos se espera. En un país de trincheras ideológicas donde dudar se castiga como una alta traición, conviene reivindicar esa incertidumbre. «La duda es fértil», ha dicho Arturo. Y acaso sea también el territorio de los hombres libres. Quien no duda no piensa; se limita a obedecer el dictado del bando que le ha tocado en suerte.
Los libros no solucionarán el desolador panorama de una España fragmentada y gobernada por la audacia de los mediocres, ni callarán el griterío de quienes, a un lado y al otro, confunden el patriotismo con la ordinariez. Pero nos dan la lucidez necesaria para no dejarnos engañar por los trucos de prestidigitador de quienes ocupan el poder. Mientras quede un espacio para la duda, para esa saludable incertidumbre y para la palabra precisa, la zafiedad no habrá ganado la partida por completo.


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