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Un océano para llegar a ti, de Sandra Barneda

Tras la muerte de su madre, Gabriele vuelve al pueblo de los veranos de su infancia. Allí le espera su padre, con el que no habla desde hace años. Juntos se disponen a cumplir el último deseo de Greta: que las tres personas más importantes de su vida —su marido, su única hija y su cuñada— esparzan sus cenizas en un lugar donde fueron felices. Los secretos que Greta desvela en las cartas que deja a su familia terminarán con el silencio entre padre e hija y, como en un dominó, alterarán la vida de todos y propiciarán un encuentro inesperado que hará que Gabriele descubra que en la vulnerabilidad se halla la magia de la vida.

Zenda adelanta un fragmento de Un océano para encontrarte, de Sandra Barneda, novela finalista del Premio Planeta 2020.

***

1

Pocos presagian la muerte y muchos viven de espaldas a ella, como si nunca fuera a llamar a su puerta y a sacudirles el alma. Aquella mañana cualquiera que acabaría volviéndose eterna en la memoria de Gabriele, el sonido del móvil desató una extraña cadena de pequeños accidentes que terminaron por despertarla. Sumida todavía en el plácido sueño que se resistía a abandonar, tiró de un manotazo la copa de vino que había dejado en la mesita la noche anterior, haciéndola estallar en mil pedazos al impactar contra el suelo. El teléfono también saltó por los aires, pero, lejos de apagarse, siguió sonando con molesta insistencia.

—Ay, gno, ay…

Solo era capaz de emitir sonidos guturales indescifrables mientras se revolvía entre las sábanas y encogía su cuerpo desnudo para seguir entregada al sueño. El móvil dejó de sonar. Se hizo el silencio.

Tan solo unos minutos más tarde, Gabriele oyó un fuerte golpe en el mismo momento en que recibía un seco zarandeo igual al que le daba su madre cuando de pequeña no quería levantarse para ir a la escuela.

—¡Gabriele! Levántate ¡Venga, dormilona! No me hagas esperar más. ¡Vas a llegar tarde!

Escuchar la voz de su madre, producto de la imaginación o del delirio, obligó a Gabriele a quitarse el antifaz para comprobar que seguía sola en la habitación. Soltó el susto con un par de suspiros. Con la mirada puesta en la estantería, supo por el caos que reinaba que continuaba viva. De haber muerto, pensó con una leve sonrisa, no habría elegido esa habitación cubierta de cajas que apenas dejaban ver el color de las paredes. Hacía un mes que su amigo Luis la había acogido en su casa, después de que Gabriele perdiera el novio y el trabajo. Un sentimiento de fracaso tomó la forma de un latigazo en su estómago. Se tumbó de nuevo en la cama, acercando la almohada a su rostro en un desesperado intento de detener los pensamientos que la llevaban directa a la autocompasión. De nuevo en la casilla de salida, en el círculo infinito de derrotas, perdida, sin saber cómo salir de él. ¿En qué momento había comenzado todo? Con la boca aplastada contra la almohada y los ojos todavía cerrados, seguía incapaz de encontrar el principio de la madeja. Respiró, intentando evitar otra inoportuna mañana de resaca y victimismo.

—Prometo no volver a enamorarme de ningún artista egocéntrico que cree que su talento está por encima del resto del mundo —había dicho Gabriele la primera noche que se quedó en casa de Luis.

—¿Y ahora qué vas a hacer? —le preguntó Luis.

—No volver a verle y arreglar mi vida. Ya sabes…, encontrar un trabajo cualquiera que me permita vivir y no tener que pedirte la caridad de una habitación.

Luis era el único amigo que conservaba de la Massana, la escuela de artes y oficios donde estudió por amor al arte y para cumplir un sueño más de su madre que suyo: ser internacionalmente conocida. Comenzó con el rugir y la inconsciencia de los veinte años, dispuesta a comerse a quien se interpusiera en el camino entre ella y el éxito… y terminó comiéndose a Joseph, un apasionado francés, profesor suplente de dibujo artístico de tercer año con el que recorrió Europa convencida de que el verdadero arte estaba en las calles. Desapareció un par de años y, cuando supo que no era más que una musa para Joseph, volvió a Barcelona creyendo que había aprendido la lección: debía centrarse en desarrollar su propio talento y no caer rendida al primer sapo que le declarara su amor. Los años fueron una excusa permanente para no enfrentarse a su pasión, que también era su gran miedo: pintar, como hacía de pequeña en los cuadernos que su padre le regalaba. Se convirtió en la eterna aprendiz que nunca estaba preparada. En la amante perfecta que jamás pedía más compromiso que disfrutar de dejarse querer. Estaba a punto de cumplir cuarenta y seguía buscando la pasión que había perdido por el camino de las huidas y de las carreteras de culpas ajenas.

No había logrado tener éxito, ni tampoco salvarse de las garras del amor. Siempre terminaba enamorándose locamente y volcándose en su nuevo amante, a quien abandonaba cuando asomaba el compromiso. Gabriele era de la tribu, como solía decirle Luis, de los que dicen, piensan y hacen cosas distintas. Los DEP, Disminuidos Emocionales Para siempre.

—¿Te has parado a pensar que estamos muertos? —le solía decir Luis—. Si renuncias al amor, renuncias a la vida, querida.

Gabriele llevaba tatuadas esas siglas, «DEP», porque, igual que Luis, no manejaba bien las emociones, y mucho menos cuando se enamoraba. Los dos huían tanto de sus traumas de infancia como del amor, repitiendo el mismo protocolo de actuación: salir a por tabaco para no volver en cuanto sentían el temblor en las piernas y el dolor en el pecho.

—Puedes quedarte el tiempo que quieras. Sabes que no me molesta.

Luis, el bueno de Luis, era el único que había permanecido en su vida durante casi veinte años. Todo el mundo les decía que eran almas gemelas, pero en realidad eran almas heridas. Hay muchas en el mundo y, con solo mirarse, la mayoría se reconocen.

—¿Te das cuenta del tiempo que llevamos juntos? Eres mi relación más larga —dijo Gabriele.

—¿Te das cuenta de que somos un desastre?

—DEP —soltaron al unísono: su propio skol, su particular brindis, por otro nuevo comienzo u otro nuevo fracaso, según se mirara. Luis no podía evitar sentir ternura por Gabriele. Él también se enamoraba de imposibles, aunque su verdadero amante había sido siempre su ambición de hacer dinero. Era el único del grupo de amigos que había alcanzado el éxito, el más listo a ojos de los demás. Dejó los pinceles y se dedicó al comercio de obras, convirtiéndose en uno de los marchantes más importantes de España.

—Gabriele, a mí me salva que soy un puto afortunado en el trabajo. Pero tú… ¿cómo lo consigues? ¿Cómo logras estar bien?

—No te engañes, Luis, el dinero no te salva de sentirte tan muerto como yo…, solo estás un poco más entretenido.

Gabriele seguía en la cama y el móvil volvió a activar la Cabalgata de las valkirias de Wagner, que su ex le había puesto en homenaje a su película favorita, Apocalypse Now. Sonaba con insistencia, interrumpiendo el recuerdo de la noche en la que Luis la había vuelto a acoger en su casa.

—Juro que de hoy no pasa que cambie la canción. Hoy la cambio.

En un pensamiento asociativo de los básicos, tipo pájaro/árbol, su cerebro había activado la asociación Wagner/Paco. Cada vez que sonaba la música, se daba cuenta de cuánto le costaba desprenderse del amor. Había activado con Paco el mismo protocolo de supervivencia que con el resto: salir corriendo. El hecho de que la melodía permaneciera en su teléfono era un claro ejemplo de las contradicciones de Gabriele.

—Decir, pensar y hacer cosas distintas, la supervivencia o la esclavitud de los DEP. —Otra de las máximas de Luis.

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Autora: Sandra Barneda. TítuloUn océano para llegar a ti. Editorial: Planeta. Venta: Todos tus libros, Amazon, Fnac y Casa del Libro.

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