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Una cerveza en el Averno

Una cerveza en el Averno

Las puertas del Averno se abren en Roma. No dispones de mucho tiempo cuando te has visto obligada a desposarte en el infierno; tal vez por eso los pocos días concedidos resultan dulces, refrescantes y ásperos como el sabor de la primera semilla de granada que te libera. Y la libertad comienza en un avión, a 33.000 pies de altura de cualquier inframundo. El aeropuerto es un trámite frío que termina en un taxi camino del Gianicolo, el octavo monte de Roma y también el más desconocido. Los viejos bosques de la Eneida mantienen el frescor de la ribera derecha del Tíber, y en los atardeceres de verano aún puede oírse, por encima del aleteo orquestal de los estorninos, la voz del rey Evandro mostrando a Eneas las ruinas de Saturnia y el alto Ianiculum.

"La eternidad es cada maldito segundo que he de permanecer en el Hades, lejos de los brazos del héroe"

Pasado y presente de la historia de Roma, este monte del dios Jano, de singular arena amarilla, fue el elegido para clavar en él la cruz invertida de San Pedro, cuya muerte inspiró dos cercanas arquitecturas: la basílica de San Pedro del Vaticano, a tiro de piedra de allí, y el templete de Bramante, el regalo que los Reyes Católicos ofrecieron a Dios, sin mirarse en gastos, en memoria de su anhelado primer hijo varón, el Príncipe Juan, nacido el día de la festividad de San Pedro Apóstol. La vida se lo llevaría pronto, pero aquel ejercicio de suave geometría pagana escondido en un recóndito claustro franciscano estaba destinado a sobrevivir a herederos enfermos, reyes de España y colonias imperiales.

Raffaello Raphael Sanzio – La Fornarina

Proserpina

Muerte de Caio Graco

Bodas de Alejandro en Villa Farnesina

Cuando abro la ventana de mi celda de la Academia de España en Roma y miro a los turistas que llegan hasta allí no puedo evitar preguntarme si admiran la hermosura, subliman al santo o lamentan al infante; si han llegado a comprender qué significa la eternidad, mientras intentan recuperar el aliento después del endemoniado ascenso al Montorio. Yo sé muy bien lo que significa. La eternidad es cada maldito segundo que he de permanecer en el Hades, lejos de los brazos del héroe. Me tomo la segunda semilla de granada y bajo volando los peldaños que encadenan, como la escala de Jacob, la Academia con el barrio del Trastévere. Como un muestrario de Occidente, aquel barrio de Roma exhibe a precio de ganga su valiosa mercancía de la historia que bien merece un paseo antes de que se termine mi tiempo en Roma.

"Camino por el Viale Glorioso hasta Porta Portese y ahí cruzo el río por el Ponte Sublicio buscando, como los soldados de Jenofonte, el mar"

Comienzo por el desconocido santuario sirio, con su diminuta deidad enroscada en una serpiente, hoy escondido en el elegante jardín de Villa Sciarra que fue “Il Piacere” de D’Annunzio donde, muchos siglos atrás, el pobre Cayo Graco moría, como solo un romano sabe morir, bajo el acero de su fiel esclavo Filócrates. La zona boscosa del Trastévere se fue llenando de huertos y viñedos en época imperial, conocidos como Hortis Caesaris, pues el mismísimo César poseía aquí un palacete a orillas del río, donde alojó secretamente a Cleopatra, evitando así las iras de la legítima Calpurnia. La tradición de veraneo y amantes en Trastévere continuó durante el Renacimiento en la cercana Villa Farnesina, ofrecida como regalo para Francesca Ordeaschi, que pasó de cortesana a esposa del poderoso banquero Agostino Chigi, rendida ante aquella especie de templo pagano que divertía a Papas y príncipes por igual, fascinados por los frescos de Rafael e ignorando, tal vez, que los sublimes rostros de ninfas y diosas poseían los rasgos de la amante del enfermizo pintor de Urbino, una oronda panadera trasteverina. Un contraste por otro lado muy romano, que en el Trastévere es seña de identidad, pues sobre los oscuros sampietrini de su suelo conviven desde hace siglos en perfecta armonía basílicas paleocristianas, catacumbas anónimas, mausoleos garibaldinos, teselas bizantinas, mártires degolladas, escritores malditos, fuentes monumentales, poetas españoles, reinas suecas, matones con bustos de mármol y beatas en éxtasis. Por no hablar de la delicia de sus famosos platos, como las centenarias Carciofi alla Guidia del Da Enzo al 29, si tienes suerte de encontrar libre una de sus pocas mesas en la estrecha Via dei Vascellari, a escasos metros de la casa natal del Alberto Sordi, “l’italiano”; o los sgroppinos del bar San Calisto, el antro más trasteverino que se pueda encontrar, donde la vida pasa efímera y descarada, como un espejo invertido de La Farnesina, en un ir y venir de personajes singulares.

Pero mi héroe nunca está tierra adentro. Camino por el Viale Glorioso hasta Porta Portese y ahí cruzo el río por el Ponte Sublicio buscando, como los soldados de Jenofonte, el mar. Roma, al igual que Sevilla, es una ciudad marítima, protegidas ambas por un cinturón fluvial que las civiliza y refina frente a la aspereza alborotada y mestiza de las ciudades portuarias. El grito de las gaviotas me orienta hasta el Testaccio. Los robustos edificios de las antiguas carnicerías fueron adaptados como restaurantes, y en ellos hoy se come la mejor carne de toda la ciudad. Junto a estos, el magnífico mercato di Testaccio sigue siendo el lugar perfecto donde encontrar los milagros de la fértil tierra del Lacio: guanciale, pecorino, carciofi, puntarelle, tartufo bianco, fiori di zucca, frascati…

Testaccio

Santuario sirio

Ponte Sublicio. Testaccio.

Monte Testaccio

Lago Rosso Pergusa

Averno

Mastico despacio la tercera semilla mientras paseo sobre esta falsa colina romana, sabiendo que tengo bajo mis pies más de 20.000 kilómetros cuadrados de restos de ánforas, procedentes, en su mayoría, de la Bética, rica en aceite y en vino y en trigo y en delicioso garum gaditano; por eso, de alguna manera, siento que el Testaccio me pertenece. Sobre este “monte de los fragmentos”, con más de 53 millones de ánforas rotas amontonadas en riguroso orden durante 250 años, se construyeron los almacenes y carnicerías de la Roma extramuros. En Angelina, mi restaurante favorito, l’abbacchio con rosmarino es una delicia extraordinaria. Del cercano Tévere sube el bullicio seco de las gaviotas que otean la basura abundante del rione como ángeles carroñeros, y yo sé que aquí no encontraré a mi hombre. Necesito acercarme aún más al mar.

"Del cercano Tévere sube el bullicio seco de las gaviotas que otean la basura abundante del rione como ángeles carroñeros"

Arribo a Términi justo a tiempo. La estación de trenes de Roma, con su ordenada grandilocuencia fascista en fuerte contraste con el bullicio interior, me recibe con su perfección de atrezzo, como dispuesta para un rodaje en Cinecittá. El tren arranca puntual y yo, incapaz de invertir esa hora en nada, miro el paisaje desdibujado a 310 km/hora mientras siento latir el pulso en cada milímetro de piel que añora sus labios.

Allí está, Nápoles por fin. Salgo a la luz cegadora del Mediterráneo recordando sus palabras:

«Mi amor, si no podemos llamarnos, si no puedes encontrarme, espérame en Nápoles. En la via Pignasecca hay un viejo bar al sol. Siéntate y espérame. La cerveza siempre está fresca allí. La vida fluye en aquella estrecha calle a las puertas de los Quartieri Spagnoli como si el mundo todavía fuese joven y nosotros eternos. Nada podrá impedir que llegue hasta tu cuerpo».

«—¿Cuántas semillas te quedan? Me pregunta sonriendo al verme llegar, mientras apura su Peroni.

—Tantas como a Penélope hilo de bordar».

"Es imposible escandalizar a un taxista napolitano con tres mil años de historia al volante"

El taxi arranca en dirección a Baia. Miro por la ventanilla el sol que espejea, vibrante, sobre las aguas lejanas del cabo Miseno y me tomo mi penúltima semilla de granada. El calor me humedece los muslos y el héroe calma su sed entre ellos. El conductor mira de reojo por el espejo retrovisor y sonríe. Es imposible escandalizar a un taxista napolitano con tres mil años de historia al volante. Bien sabe él, como nosotros, que esta vieja civilización se ha ido construyendo entre las piernas de las hembras que supieron esperar en la orilla al héroe más valiente o más afortunado, dispuestas al trueque milenario de unos días de placer a cambio de la sangre mortal del parto del pequeño bastardo que más tarde empuñará su espada, reclamará algún reino y forjará una estirpe.

Entre los retazos de lucidez que me permite aquel hombre durante el delicioso trayecto por los campos ardientes de Pozzuoli, recuerdo mi propio pasado: la hermosa Sicilia, a pocas millas de nuestro taxi; las aguas del lago Pergusa, escondido en medio de la isla, un lugar desolado donde ni los sicilianos se acercan. Hace demasiado calor y la carretera secundaria es tortuosa y desconocida.

Academia de España en Roma

Sgroppino en San Calisto

Peroni en Pignasecca

Bar Calisto

Da Enzo

Estación de Termini

—Per favore, sto cercando il lago di Pergusa.

—¿Come?

—“Pergus”, el lago de Ovidio.

—Ovidio Chi? Non lo conosco, signorina. Mi dispiace.

"Sus aguas, a pesar de estar a decenas de kilómetros del mar, son misteriosamente salobres, como la fuente de la que acabas de beber"

Pergusa se parece al Averno. Ambos lagos pasan inadvertidos para el turista ajetreado, porque sus lenguas húmedas solo hablan a los que saben escuchar.

«Si alguna vez, mi amor, me dejaras enseñarte Sicilia, te llevaría a Pergusa, a los pies del volcán Etna, donde Plutón me raptó. Sus aguas, a pesar de estar a decenas de kilómetros del mar, son misteriosamente salobres, como la fuente de la que acabas de beber y, a diferencia del Averno y tus ojos, aquellas no son verdosas, sino de un rojo oscuro, como la sangre de la menstruación. Dicen que es por causa de un copépodo que habita en colonias numerosísimas bajo sus plantas acuáticas; un pequeño «camarón» que, para defenderse de los rayos del sol del verano, se tiñe con un pigmento rojo que luego se transfiere al agua a través de las bacterias que viven en ella y que transforman el espejo del lago en una especie de orujo espeso de color mosto. Pero mira, ya hemos llegado al lago de Virgilio».

"El quiosco de bebidas de Caronte está abierto y nos tomamos la última cerveza, que sabe a hierro y calor, como la piel bronceada del héroe"

El taxi para en una curva desierta y bajamos, deslumbrados y exhaustos de sexo, a mirar de cerca la entrada al inframundo. Las puertas del paraíso se cierran para nosotros en Campania, a menos de una hora al sur de Nápoles, donde tenemos que decirnos adiós. No nos queda mucho tiempo; a mí se me acaba el plazo rojo de la granada y a él el falso bordado de Penélope, que ya empieza a cansarse de mirar para otro lado.

El quiosco de bebidas de Caronte está abierto y nos tomamos la última cerveza, que sabe a hierro y calor, como la piel bronceada del héroe que he lamido, chupado, mordido, devorado, besado durante cuarenta kilómetros de norte a sur. Los siglos han hecho estragos en aquel paisaje. Los campos de lava se han solidificado y en ellos crece la vid y el turismo; el mar ha engullido el gran puerto militar de Agripa y multitud de aves sobrevuelan majestuosas sobre el agua del cráter sin mostrar ningún tipo de respeto por el sombrío significado del nombre “Averno”.
Mientras trago la última semilla veo alejarse el taxi. Pienso en las lágrimas que derramó mi pobre madre sobre Trapani, al oeste de Sicilia, convirtiendo aquella ciudad con forma de media luna en la mayor productora de sal del Mediterráneo homérico. Las mías son igual de abundantes, pero estériles, me temo.

«—Mi nombre es Proserpina, “la que lleva la muerte”. No me olvides, mi amor. Te estaré esperando al otro lado, si es que eres capaz de recordar el camino del Hades.

—Mi nombre es Ulises, el que siempre regresa, y desde hace años, y para siempre, mi paraíso es tu infierno».

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