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Una conversación con Emilia Pardo Bazán (II): La primera feminista

Una conversación con Emilia Pardo Bazán (II): La primera feminista

Según echaba a andar tras de ella no pude evitar echar pestes contra mí mismo. Doña Emilia se me había ofendido y se apresuraba Alcalá abajo. Yo la seguía y procuraba ofrecerle mis disculpas. Le pedía que me diera una oportunidad: mi entrevista se me escapaba. El librito que quería yo escribir sobre ella se desvanecía como proyecto. El cielo gris de Madrid asomaba por encima de los edificios, que eran igual de grises, y aquella mujer oronda, con su boa de plumas, andaba con la cabeza erguida sin volverse en ningún momento.

—Doña Emilia, por favor… —supliqué, ya casi a la altura de la boca de metro de Sevilla—. No estaba más que repitiendo lo que habían dicho otros…

Ella quería cruzar, cambiar de acera, pero el semáforo estaba cerrado. Eso jugó a mi favor.

—Me paro porque está usted dando un espectáculo delante de toda esta gente —dijo, mirando a izquierda y a derecha. Lo cierto era que en una ciudad del siglo XXI a nadie le importaba lo que podían estar haciendo un escritor con boina, jersey de cuello alto y chupa vaquera y una mujer vestida con atavíos del siglo XIX. Es lo bueno de la modernidad—. Y ahora, si me hace el favor, déjeme. Me vuelvo a casa.

—De acuerdo, me voy. Pero no quiero que se me vaya usted así, ofendida. De haberlo sabido le juro que no le habría mencionado la anécdota. Pero es que es muy conocida en el mundillo literario. Era difícil, hablando de usted y Galdós, no mencionarla…

—¡Pues es falsa! —exclamó con ojos llameantes—. ¡Mi Miquiño jamás se habría atrevido a dirigirse a mí en esos términos!

—Estoy seguro, estoy seguro —contesté—. Y es bueno que usted lo diga porque así lo transcribiré y podremos borrar esa insidia de su pasado y dejarlo totalmente claro para el futuro. De verdad que es una primicia y puede ser muy positivo para usted. Ya sabe cómo son los cotilleos literarios: ¡qué le voy a contar a usted, que los ha sufrido toda la vida! Usted fue tan extremadamente discreta con este asunto, y estoy seguro de que le importaba más que a nadie, que ese silencio suyo ha dado lugar a mucha especulación y mucha fabulación…

Aquello pareció hacerla entrar en razón. Doña Emilia se recompuso. Me miró de nuevo de hito en hito con esos dos ojazos negros tan expresivos, y soltó un largo suspiro.

—Deme el brazo, caballero.

Lo hice de manera automática. El semáforo parecía mi aliado, se había puesto verde. Ella se me colgó del brazo mientras cruzábamos Alcalá. Anduvimos calle abajo. Muy pronto ya pasábamos por delante de la terraza del Círculo de Bellas Artes. Había calefactores de exterior encendidos entre mesa y mesa. La gente se quitaba la mascarilla para poder beber y charlar. Muchos nos miraron con curiosidad. Nosotros bajábamos en dirección a Cibeles.

"Para mí la característica principal de un amante ha de ser la inteligencia"

—Bien, siempre he sido una mujer de fuerte carácter, pero muy mujer también, y con mucha ternura para mis amantes, que no han sido tantos como dice la leyenda. No soy una pelandusca, nunca lo he sido, y si me he acostado con varones libremente ha sido porque los encontraba atractivos y sobre todo inteligentes. Para mí la característica principal de un amante ha de ser la inteligencia. Después ya le puedo mirar el rostro, las piernas, el trasero —sí, sí, no se escandalice, a las mujeres nos gustan también las nalgas firmes— y el resto de la anatomía. Pero faltando inteligencia todo eso le aseguro que es superfluo.

—Usted fue una mujer de armas tomar para su época. Me alegra comprobar que lo sigue siendo.

—¿Por qué?

—Porque es mejor para el libro. Los personajes anodinos, grises, no dan bien. En cambio usted va a salir que ni pintada. Confíe en mí. Estoy convencido de que con su colaboración puedo hacer un gran retrato de Emilia Pardo Bazán. Puedo crear un personaje que enamore a la gente más joven, que le consiga lectores.

—Eso siempre ha sido mi objetivo en la vida —murmuró—. Que me lean…

—Pues entonces aprovéchese. Estoy a su servicio, ya lo ve.

—De acuerdo. Hablemos.

—Hablemos del asunto de la mujer, que tanta polémica suscitaba en su día y que tanto tiempo le llevó. He leído muchos escritos suyos y le debo confesar que son las estudiosas feministas quienes más han mantenido vivo su recuerdo. Usted aparece como la primera gran abanderada de la causa.

"En España lo que quería el varón era una mujer que supiese coser, que rezase, tocase el piano, que pintase un poco si acaso"

—Y a justo título. Cuando yo empiezo a hablar de feminismo en España le puedo asegurar que nadie sabía lo que era. Había sufragistas en Gran Bretaña, en Estados Unidos, Francia, hasta en Finlandia, pero ¿en España? Aquí no se movía nada. Nadie hablaba de la cuestión. La cosa estaba más cruda que en muchos otros países. En España lo que quería el varón era una mujer que supiese coser, que rezase, tocase el piano, que pintase un poco si acaso, pero todo lo justito. Cualquier pasión que pudiese convertirse en vocación era mal vista. La mujer lo que tenía que hacer era estar en casa y casarse, punto. El marido era el centro de su existencia y el confesor era la otra figura, ya ve usted que masculina, de su vida. Un confesor que algunos ven como aliado de la mujer, pero lo que era en realidad era aliado del hombre, porque lo que predicaba era la mansedumbre. ¿O es que les decían a las mujeres que se rebelasen? De ninguna manera. Lo que hacían era recomendar paciencia, santa paciencia, aguante y resignación. O lo que es lo mismo: ajo y agua. Y además les apretaban las clavijas bastante más que al hombre. No hemos tenido aquí curas revolucionarios con el feminismo. Y lo dice alguien que, aunque muchos no lo crean, ha sido una gran cristiana.

—No lo dudo. Ahora hablaremos de sus convicciones religiosas. Pero antes me gustaría detenerme en el asunto de la mujer española. Usted hizo una tipificación en ciertos artículos en los que hablaba de la mujer aristócrata, que usted defendía como no tan frívola o por lo menos menos frívola que su pareja el varón aristócrata, al que usted acusa de parasitismo y de no coger las riendas de la sociedad, él que tiene todas las herramientas a su servicio.

—Así es.

—Luego habla de la mujer de clase media, a la que trata con bastante desprecio. La ve sin la iniciativa de la aristócrata y sin la chispa y el carácter de la mujer del pueblo. Es una mujer condicionada por el temor al desclasamiento y condenada, por su falta de educación seria, a buscar marido y a callarse. Sin originalidad, porque imita a la clase alta, y sin chispa popular.

—Exacto. La del pueblo tiene que ganar su vida. La burguesa cree que ha de sostenerla exclusivamente el trabajo del hombre. De ahí una mayor dependencia.

—La única que se salva es la mujer del pueblo, a la que usted presenta como generosa, espontánea y menos sometida al varón que la de la clase media, porque trabaja y comparte con su marido unos mismos problemas y un mismo horizonte social, cultural y político. Esa mujer vive en la misma realidad que su hombre y es tan activa como él.

—No se puede decir con más claridad.

—¿Y usted?

—Yo fui un rara avis. Yo quería ser una mujer de letras, sí, pero no una literata de salón, que es algo de lo que siempre he abominado, sino una escritora capaz de ganarme la vida con mis artículos, mis novelas y mis colaboraciones, que es lo que yo hice. Pero fue la cosa más complicada del mundo, puesto que además no quería renunciar a mi feminidad.

—Explíquese un poquito mejor.

"No quería adoptar una actitud puritana, como habían tenido que hacer Concepción Arenal o Fernán Caballero, para expiar la deshonra de ser escritoras"

—Digamos que no quería enclaustrarme. No quería adoptar una actitud puritana, como habían tenido que hacer Concepción Arenal o Fernán Caballero, para expiar la deshonra de ser escritoras. Y tampoco encogerme en un rincón como mi paisana Rosalía de Castro. Concepción, a quien como todo el mundo sabe yo admiré enormemente, y la sigo admirando pese a que discutimos mucho sobre la cuestión de la mujer cada vez que nos encontramos, vivía consagrada al ideal de justicia, como quien se consagra al culto de una religión. Austera hasta la médula, escueta como la ley. Su estilo era severísimo allí donde el mío era vital y alegre, porque yo viví entregada al ideal de la literatura y arte, sí, pero también a la vida. A mí me podía gustar la literatura, yo podía apreciar la música y la pintura, pero no por ello quería negarme a mí misma los goces de la sociedad, del amor y hasta de la vanidad, que todos los que me conocen suponen que tengo mucha. Es verdad que hube de dar más de un abanicazo en mi día y que me abrí paso a codazos y con mucha vehemencia. Pero eso es porque no había otra manera de hacerlo en un mundo de hombres. Insisto en que en mi época las mujeres no iban a la universidad. Todo estaba concebido para desanimarlas.

—Era una conjura.

—No, no una conjura. Esto nunca ha sido una conjura. No se trata de que los varones se junten y confabulen. Se trata de que, sin pretenderlo, mantienen un estado de la cuestión que los favorece a ellos y perjudica a las mujeres. La burguesía que hizo la revolución política no la hizo sino para el varón: a la mujer se puede afirmar que, en vez de aprovecharla, la perjudicó. Antes ella no era tan inferior al hombre. Un marido del siglo XVIII, sin derechos políticos, se encontraba más cerca de su esposa que el burgués elector y elegible del siglo XIX. En mi época él había andado y ella no se movía. Los agravios comparativos eran flagrantes. Cuando un hombre tenía una relación sexual con una mujer, eso parecía en sociedad algo positivo y se le estimulaba. Si era la mujer, entonces era una perdida. Si un hombre escribía, era alguien admirable. Si lo hacía una mujer, era una marisabidilla. Hubo durante mucho tiempo dos varas de medir, y eso es algo contra lo que me rebelé toda mi vida.

—Eso ha quedado muy claro. Concepción Arenal y usted fueron las dos grandes pioneras de la lucha por la igualdad entre los sexos.

—Sí, pero cada cual con su carácter. Éramos muy diferentes. Concepción se mantenía incólume como la estatua blanca de la justicia. Yo bajaba y subía del pedestal siempre que me apetecía. Tuve defectos y hasta algún vicio, no lo niego, y no podía ser perfecta porque era demasiado humana. Por mis venas corría la sangre que regía mi prosa. Pero eso no quiere decir que no tenga convicciones muy serias y que no las defienda con la mayor energía

—Por eso siempre se dijo que usted, como mujer, era mucho hombre.

"Galdós era capaz de sacar una novela de una estopa"

—Yo impuse mi manera de ser. Me tomé las libertades que podía tener cualquier hombre de mi siglo. Y pagué por ello, porque incluso Galdós, que es, de mis contemporáneos, uno de los varones que con más simpatía ha mirado a las mujeres y que mejores personajes femeninos ha creado, no fue capaz de entender del todo lo que sucedía.  La única novela en la que estuvo a punto de hacerlo fue Tristana. El planteamiento era brillante. Una chica que comprende que la sociedad no le deja ninguna salida, más allá de ser prostituta, para vivir libremente fuera del matrimonio. Había en esa toma de conciencia el germen de algo fuerte, que Galdós, por una vez, malogró. Tristana no es de sus mejores novelas, aunque podía haberlo sido, siendo, como casi todo lo suyo, interesante. Porque Galdós era capaz de sacar una novela de una estopa, siempre lo dije.

—Además, con usted, no fue capaz de encajar sus infidelidades.

—Él al principio parecía más indulgente para ese tipo de picardías, como las llamábamos. Pero al final demostró que el orgullo masculino le podía más de lo que él mismo pensaba. Y no llegó a entender el feminismo, pese a que lo intentó —dijo. A estas alturas ya habíamos dejado atrás el Banco de España. Nos detuvimos en la acera, encarados con la fuente de la Cibeles. Doña Emilia miraba a izquierda y derecha como si esperase a alguien—. Nadie, ni siquiera las mujeres, lo llegó a entender. Fue tan tremendamente descorazonador que yo misma, después de escribir ríos de tinta sobre la cuestión, llegué a la conclusión de que era más efectivo concentrarme en un libro sobre la cocina española, con muchas recetas, que escribir sobre feminismo, sufragismo, lo que fuere…

—Pero no abandonó la lucha.

—¡Por supuesto que no! Yo avancé todo lo que era posible en aquellos años. Le recuerdo que fui la primera miembro del Ateneo, la primera mujer que dio clases en la Universidad, la primera consejera de Instrucción Pública, y que a punto estuve de ser la primera académica, de no haber sido porque me encontré con toda una confabulación masculina que me lo impidió…

—Aquella “tropa” de la que habla Romanones. Los académicos.

"Siempre dije que un asunto crucial para que España saliese de su atraso era la educación de las mujeres"

—Los mismos. Me harté de cartearme con ellos, de hacerles entender lo absurdo de la situación, lo malo que era para el país. Ya explicaron Marx y Engels que el nivel de desarrollo de un país se mide por el estado en el que mantienen a sus mujeres. Siempre dije que un asunto crucial para que España saliese de su atraso era la educación de las mujeres. Mientras ellas siguieran manteniéndose en ese semi analfabetismo y esa ignorancia generalizada no se podría de ninguna manera hacer nada productivo con el país. De eso siempre estuve segura.

—Y bien que lo defendió no solo en sus artículos sino en sus novelas. Por primera vez en obras como Insolación los lectores varones descubríamos que una mujer podía sentirse atraída por la bonita pierna de un esgrimista o tener una sensualidad tan activa como la de un hombre. Es algo que cambió con usted. Usted nos obligó a meternos en la piel de personajes femeninos complejos, inteligentes, potentes. En esas mismas novelas, además, reflexionó sobre el rol de la mujer. Estoy pensando, ahora mismo, en Una cristiana o en Memorias de un solterón, donde es el asunto central. O en cuentos como La culpable, Novia fiel. Mujer. Me gusta especialmente Feminista, donde el marido le ordena un día ponerse los pantalones a su jovencísima esposa, Clotilde, y ante la extrañeza de ella le explica que es para que comprenda que de aquí en adelante ella jamás llevará los pantalones en la casa. Y cuando el hombre envejece y es ella quien le tiene que cuidar, Clotilde se venga canturreándole al oído cada día: “Ponte mis enaguas, querido. Para que sepas que las llevarás ya toda tu vida mientras yo sea tu enfermerita, ¿entiendes?”. Es sencillamente devastador. Tiene usted mucha mala baba cuando se pone.

—Es que las mujeres no somos de ninguna manera el sexo débil. Somos si acaso el sexo fuerte, porque duramos más, y eso que tenemos que parir hijos y darles leche. Mira, aquí llega mi coche —dijo.

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Próximamente en Zenda: Una conversación con Emilia Pardo Bazán (III): La primera feminista

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José Ángel Mañas es novelista. Su próxima novela, Una novela de bar en bar llegará a las librerías el 25 de marzo. Domingo Espinar va contándole su vida a un amigo escritor. En esas largas charlas, de bar en bar, le relata sus primeros amores, sus fracasos, habla de las personas que quiso, a las que perdió, sus primeros contactos con los movimientos sociales y hace un repaso por la historia político-social y económica de la España de las últimas décadas: desde el boom inmobiliario y la corruptela de algunos ayuntamientos, hasta su implicación en un proceso por violencia de género acusado por su penúltima esposa. No se puede tener una vida más completa ni un personaje más logrado. Después de haber ganado el premio Ateneo de Sevilla con La última juerga, Mañas deleita a sus lectores en la que posiblemente sea su mejor novela hasta la fecha.

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