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Una felicidad de lector

El que ha estado entre los más grandes acontecimientos literarios de este año ha sido, me temo, también de los más desapercibidos. Me refiero a la publicación, por parte de la editorial Alfaguara, de la narrativa reunida de uno de los mejores escritores en lengua española de todos los tiempos. En el siglo que lo vio nacer, tan sólo unos pocos elegidos están a su altura. Y muchos de los más conocidos, como Gabriel García Márquez, no hubieran sido nada sin él. Es posiblemente el más maravilloso de los escritores de lo maravilloso, y sin duda el más seductor, el más inmediatamente atractivo, el que mejor y más rápido se toma la molestia de coger en brazos al lector embelesado y llevarlo del tumultuoso e insensible universo de los hechos reales a una flotante camita ideal, para taparlo con una manta llena de colores de su propia invención. Yo siempre había pensado que, si tuviera que salvar del fin del mundo algún libro, sería aquel que estuviera más cerca de la salida; pero ahora que Alfaguara ha recogido toda la narrativa de Felisberto Hernández en un solo volumen quiero comprometerme desde aquí a que sea este el libro que yo salve de las llamas. Soy consciente de que una inmensa comunidad de agradecidos lectores se encargará de salvar a todos mis restantes favoritos, y que algunos llegarán a la tremenda heroicidad de pasar a otros el único ejemplar vivo de un autor inmortal antes de perecer. Yo advierto a esa inmensa comunidad de transparentes hermanitos míos que salvaré a Felisberto Hernández. Probablemente sea él, además, quien (inapreciado, desapercibido, con las manitas juntas y un pie encima del otro) se encuentre más cerca de la salida. Nunca se caracterizó por tirar de las mangas, romper jarrones o hacer el menor ruido.

"En los momentos de felicidad es el que se sienta a nuestro lado, sin decir nada, para envolver de mayor felicidad a nuestra dicha, y en los momentos de tristeza es el que nos hace entender mejor, aunque sea por medio de una sonrisa sin ganas, nuestro derecho a estar tristes"

Es inútil, además de una falta enorme de cortesía, contar un cuento de Felisberto Hernández. Los cuentos de Felisberto Hernández sólo los puede contar Felisberto Hernández. Pero sí se pueden contar sus primeras líneas, pequeñas singularidades del “yo” y el “mundo” donde todo lo que de fabuloso vamos a encontrar después ya está presente, palpitando en los silencios entre palabras. Por ejemplo, ese “Hace mucho tiempo leía yo un cuento en una sala antigua”, de Nadie encendía las lámparas, que narra la peripecia de un hombre (naturalmente Felisberto Hernández) que lee un cuento en una sala antigua. O: “En mi último año de escuela veía yo siempre una gran cabeza negra apoyada sobre una pared verde pintada al óleo”, de Menos Julia, que narra otra peripecia de Felisberto Hernández: el año en que veía apoyada en la pared verde la gran cabeza negra. O: “Hace algunos veranos empecé a tener la idea de que yo había sido caballo”, de La mujer parecida a mí. O: “El día de mi primer concierto tuve sufrimientos extraños y algún conocimiento imprevisto de mí mismo”, de Mi primer concierto. Y, por supuesto, mi favorito: “Durante algunos meses mi ocupación consistió en tocar el piano en un comedor oscuro”, de El comedor oscuro. Algunos críticos, y muy especialmente Emir Rodríguez Monegal (versión en nuestro mundo de figuraciones del Emir Rodríguez Monegal que aparece fugazmente en El Aleph), no supieron entenderle y se quedaron en “su descuidada sintaxis” y sus “palabras desvaídas”, en su “pobre manera de hablar”: “porque ese niño” (esto hay que leerlo con la voz irritada y chillona de Monegal) “no maduró más. Es cierto que es precoz y puede tocar con sus palabras la forma instantánea de las cosas. Pero no puede organizar sus experiencias, ni regular la fluencia de la palabra. Toda su inmadurez, su absurda precocidad, se manifiesta en esa inagotable cháchara, cruzada (a ratos) por alguna expresión feliz, pero imprecisa siempre, fláccida siempre, abrumada de vulgaridades, pleonasmos, incorrecciones”. Vaya: ¡así que Felisberto “no maduró más”! ¡Así que era capaz (¡nada menos!) de “tocar con sus palabras la forma instantánea de las cosas”! Bendita inmadurez la suya: conservar la visión del niño y conseguir que las cosas aparezcan en su primer estado fugaz, apenas dibujado, antes de su desaparición, es posiblemente el mayor logro que puede alcanzarse en una vida de escritor, más allá de que al escritor le sea dado encerrar esa hechizada manera de mirar en la mejor y más privilegiada de las sintaxis. Y hasta en esto, Rodríguez Monegal (que por otra parte fue un estupendo y valiente crítico —entre otras cosas, defendió a un todavía muy desconocido Borges contra sus primeros detractores—, aunque bastante contradictorio, y con un oído externo lamentablemente mucho más desarrollado y sensible que el oído interno) se equivoca: lo que él llama “un estilo pleno de incorrecciones y de coloquialismos”, con “un sentido del humor que nadie agradecerá” (¡algo absolutamente falso!), es una parte importantísima del encantamiento que produce la obra de Felisberto Hernández. Nadie enciende las lámparas de sus cuentos para asistir, a través de un ocelado brillo de buena gramática, a la aparición siempre fugitiva de la forma instantánea de las cosas, sino para ver cómo explican los ojos cándidos de Felisberto Hernández esa aparición. Que sus adjetivos salten hasta nosotros desde donde menos lo esperamos y sus tiempos verbales no siempre mantengan la (¿debida?) concordancia no se debe, desde luego, a una “impotencia de creador”, sino a que Felisberto Hernández no ocupa el espacio y el tiempo como lo ocupan otros. De hecho, Felisberto Hernández es un ser tan translúcido en nuestro mundo que hasta puede colarse en sus cuentos y contarnos la historia de ese otro Felisberto Hernández que aquí nunca fue Felisberto Hernández (a la manera en que Proust, aprovechando las brechas del tiempo perdido, se cuela en el Marcel de la Recherche para jugar con los recuerdos y las ratas.

¿Entonces? “Corre por todos lados, feliz hasta la punta de los cabellos, y al final no se resuelve en nada, sino en una felicidad de lector”. Así describía Kafka a Simon, el protagonista de una novela de Robert Walser, Los hermanos Tanner, y así nos reconocemos nosotros, lectores de Felisberto Hernández: felices hasta la punta de los cabellos. Al igual que el propio Walser (al igual, sin duda, que el Kubin de La otra parte), Felisberto Hernández no pertenece a ninguna tradición, salvo la de los caballeros enamorados de espejismos y cazadores de dragones. No hay nadie que se le parezca. Quizá tenga un hermano francés en Marcel Aymé (sobre todo el Aymé de Le Passe-muraille, publicado el mismo año en que Felisberto Hernández publicaba El caballo perdido y escribía algunos de los relatos de Nadie encendía las lámparas: 1943), y un hermano español en Gómez de la Serna, en especial el que desde la prosa de la nebulosa de El incongruente se muestra tan niño como para ver el futuro. Pero, por lo demás, su línea genealógica empieza y termina en él mismo. Muchos lo hermanan también con Cortázar, pero se trata de un parecido engañoso, sustentado en una idea falsa o cuando menos equivocada de lo “fantástico” (calificativo que el propio Cortazar entendía como “un poco perdonavidas, en estos tiempos en que la crítica exige más y más realismo combativo”). El “Julio que resucitó muchas palabras y las hizo saltar, bailar y volar”, en palabras de Octavio Paz, habitaba un inmenso jardín de lianas y oropéndolas al que, en las mejores ocasiones de salto, vuelo y baile, podaba de arriba abajo para dar a aburridos matorrales de taciturna realidad forma nueva de tigres, de criaturas imposibles, de maravillas aladas; Felisberto Hernández (no me atrevo a llamarlo Felisberto a secas, como hace Cortázar) simplemente imaginaba esas formas, y el jardín se vestía de encantamientos por sí solo, y las criaturas recién aparecidas acudían a hablar con él. Lo leemos hoy como lo leímos hace treinta años, cuando ya habíamos conocido a otros contemporáneos suyos, compatriotas de nuestra propia lengua y, al tratar de dar con un libro de Horacio Quiroga que nos habían recomendado, por alguna razón nos confundimos de nombre y dimos con él. En los momentos de felicidad es el que se sienta a nuestro lado, sin decir nada, para envolver de mayor felicidad a nuestra dicha, y en los momentos de tristeza es el que nos hace entender mejor, aunque sea por medio de una sonrisa sin ganas, nuestro derecho a estar tristes. Si sigue tan joven es porque su mirada nunca dejó de ser la de un niño, y niño entonces y ahora, sigue brindando con su voz cantarina un poco de la ternura que el mundo necesita.

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Autor: Felisberto Hernández. Título: Narrativa reunidaEditorial: Alfaguara. VentaAmazon, Fnac y Casa del Libro.

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