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Una joya

Los buenos lectores tienen cofres llenos de tesoros en las estanterías, pero a veces les cae en las manos una joya especial, diferente, y no hace falta que lean hasta encontrar un brillo de perla o un fulgor de diamante para reconocerla. Les basta la primera línea.

“Me gusta creer que sé lo que es la muerte”.

Así empieza La canción de los vivos y los muertos, de Jesmyn Ward, recién publicada en español, y sería tan solo una frase intrigante, literariamente intrigante, si no fuera porque muy poco después el lector descubre que esa frase la pronuncia un niño mulato de trece años. Entonces, además de inquietante, se convierte en escalofriante.

El mismo escalofrío recorre como un latigazo las 253 páginas de una de las novelas más aterradoramente bellas de la narrativa estadounidense contemporánea. Incluso para un lector con estanterías llenas de tesoros.

Es un escalofrío que se lee a golpe de corazón, a veces con el aliento contenido, claustrofóbico en el interior de un coche que emprende un viaje cargado de vivos y muertos, de vómitos y miedo, de enfermos y cuerdos, de angustia y esperanza… mientras la autora concentra en la cabina todas las miserias y las grandezas que encuentra en una sociedad que aún no se ha rehabilitado a sí misma.

"Es un viaje con retorno, con el eterno regreso a ellos mismos y a su propio abismo, del que nunca logran escapar."

Jesmyn Ward narra su historia a tres voces. Una de ellas es la de Jojo, el niño de trece años que cree saber lo que es la muerte y no se equivoca, porque sabe bien lo que sabe. Es hijo de una mujer negra sin instinto maternal y un hombre blanco que, cuando arranca la novela, está en la cárcel. La segunda voz es la de Leonie, la madre que no sabe serlo, enamorada salvajemente del padre de sus hijos, Michael; celosa y al mismo tiempo aliviada por que su hija pequeña, Michaela o Kayla, de tres años, ame más a Jojo que a ella misma; siempre acompañada por la sombra y la figura de su hermano Given, asesinado por el primo de Michael, y adicta a unas drogas en las que busca excusa para mantener encendida la llama de una vida hecha rescoldos. Y la tercera es la de Richie, un niño también negro, que no sabe cómo ha muerto ni por qué.

Jojo ha sido criado y amado por Pa y Ma, los padres de Leonie. Sus otros abuelos, los abuelos blancos, no han querido verle a él ni a su hermana porque jamás les perdonaron que nacieran de su hijo y de una negra. Michael está a punto de salir de la cárcel de Parchman Farm, donde también estuvo River, el Pa de Jojo, cuarenta años antes, y Leonie, junto a sus dos hijos y su amiga Misty, se suben en el coche que les llevará a recoger a Michael.

Es un viaje con retorno, con el eterno regreso a ellos mismos y a su propio abismo, del que nunca logran escapar.

Con ellos ruedan sobre el asfalto fantasmas, muertos reales y vivientes, muertos confundidos con los vivos, muertos anhelantes, muertos desasosegados… para siempre muertos y por siempre confusos. La vida se les mezcla a todos con la muerte, hasta cuando ellos mismos la sienten cerca.

Y lo saben, como Jojo. Y lo nota hasta el violento de Michael, que tal vez quiera evocar a Dostoievski sin saberlo cuando confiesa a Leonie que la cárcel “es un lugar para los muertos”. Y todos son capaces de advertirla cuando llega porque “una tormenta repentina inunda la habitación de tiempo”. Y lo saben porque son negros.

"Los muertos y los vivos, al fin y al cabo, cantamos la misma canción"

Cargan con un equipaje de siglos de esclavitud, de humillaciones y de injusticia acumuladas que no se borran porque todavía se recuerdan. Solo el olvido, no el tiempo, lo cura todo. Pero las heridas de la negritud, que son las mismas que las de una parte (cualquier parte) de la humanidad vejada por la otra parte, siguen abiertas.

Arrastran también herencias atávicas. Sabidurías ancestrales en las hierbas curativas para retrasar que se abra la entrada al túnel, porque morir no es más que eso, “atravesar una puerta”. En su dintel está el misterio hecho vudú, el mystère afrocaribeño cocido al fuego lento y cadente de la Nueva Orleans oculta, desde Marie Lavau a Maman Brigitte, siempre ardiendo en “el dolor, la gran llama que lo inmola todo” y sirve para que los muertos y los vivos atraviesen, entrando y saliendo, entrando y saliendo, entrando y saliendo, la puerta de la muerte mientras entonan una canción.

Jesmyn Ward describe hoy personajes que hace dos siglos “comían miedo”, cuando “el miedo convertía la comida en arena” para sus antepasados (los de Leonie y Jojo, secuestrados y vendidos) y también para sus presentes: su raza es una raza antaño ajusticiada por quienes no tenían justicia y hoy discriminada por los mismos, esos nunca mueren. Entonces y ahora. Allí y en el Misisipi natal de Ward, que vive, como el resto del mundo, inmerso en esta era del odio, de la posverdad, de la manipulación, del desprecio al distinto, del egoísmo, de la exaltación nacionalista, de la loa a lo mío, a lo de mi país, a lo de mi color, a lo de mi sexo, a lo de mi fe, a lo de mi credo… En esta era de los Trump del mundo, sigue discriminada.

"La canción de los vivos y los muertos es un viaje. No de la vida a la muerte, sino en ambos sentidos, ida y vuelta"

Eso es lo que ha escrito Ward en forma de joya. Un dije pequeño pero valioso que ha merecido, con todas las razones y alguna más que cada lector seguro descubrirá, el National Book Award de Ficción en Estados Unidos 2017, además de muchos otros galardones. Todos la convierten, en palabras de Santiago Tobón, el editor en español, en “una de las sorpresas literarias de la temporada”.

La canción de los vivos y los muertos es un viaje. No de la vida a la muerte, sino en ambos sentidos, ida y vuelta, narrada en verbo presente y constante, sin fin, en un camino que no tiene destino, que va y vuelve y nunca se detiene.

A veces sus personajes necesitan un descanso y entonces se tumban en sus propias cenizas y duermen, como Leonie, porque, también como ella, son todos “heridas andantes”.

Sin embargo, no se detienen.

En cada estación de su periplo encuentran un fantasma. Son sus fantasmas, los suyos. Se les suben a la grupa, “se balancean boquiabiertos”, les hablan, les acusan, les señalan, les consuelan, les acompañan. Y, al final, todos “los fantasmas tiemblan, pero no se van”.

Ni se detienen.

Ese, más o menos, es el corolario de la pequeña joya de Jesmyn Ward: que los muertos y los vivos, al fin y al cabo, cantamos la misma canción.

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Autora: Jesmyn Ward. Título: La canción de los vivos y los muertos. Editorial: Sexto Piso. Venta: Amazon, Fnac y Casa del libro