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Vacuna o valleinclanismo

Vacuna o valleinclanismo

Reconozco que recibí con euforia la noticia, aunque alguien tendrá que cargar con la decepción depresiva que sobrevendrá cuando llegue enero y la vacuna no se halle entre nosotros. A pesar de todo, lo cierto es que en esta casa se habla de la esperanza últimamente, como en el poema de Ángel González. No obstante, todavía quedarán esperpentos que vean gigantes donde siempre hubo molinos. Me refiero, amigo lector, a los antivacunas, personajes alérgicos a la aguja, como lo fue Valle-Inclán el día que se negó a recibir sangre inyectada del nobeleado Echegaray porque entre sus glóbulos rojos viajaban gerundios. Los antivacunas odian tanto la ciencia como el mago gallego, y Espido Freire, quizá la jéiter del gerundismo más famosa sobre la faz de la Tierra, odia la impronunciable forma no personal. Negacionistas tan peligrosos como Don Friolera con un pistolón en las manos.

"Hay que decir que en la literatura también hay espacio para esta controversia inmunológica. Quizás el más célebre de todos los negacionistas haya sido George Bernard Shaw"

Hay que decir que en la literatura también hay espacio para esta controversia inmunológica. Quizás el más célebre de todos los negacionistas haya sido George Bernard Shaw. Se posicionó abiertamente en contra de la vacuna, a la que definió como «una parte especialmente inmunda de la brujería». Shaw, el único autor de la historia que ha ganado premio Nobel y premio Oscar, abogaba por construir chamizos para los pobres con el dinero invertido en vacunas. Ha llegado a sus casas el protopopulista, oiga. Siglos antes, Voltaire, un tipo con más luces, ya informaba en sus ensayos de los avances que darían paso a lo que más tarde sería el proceso de vacunación: introducían en el brazo de los niños una pequeña pústula extraída de algún enfermo de viruela y, voilà, inmunizado. Todavía coleaba el milagro de la Ilustración cuando Francisco Javier Balmis e Isabel Zendal comandaron la expedición que vacunaría a media América de la terrible enfermedad contra la que luchaba Voltaire años antes. Este viaje prodigioso lo noveló Javier Moro cuando la heroicidad ya se había difuminado en la costumbre.

"En el XIX, otro mal, el de la tuberculosis, destrozaría, entre otros, a las hermanas Brontë , Bécquer, Leopoldo Alas o Chéjov"

En el XIX, otro mal, el de la tuberculosis, destrozaría, entre otros, a las hermanas Brontë , Bécquer, Leopoldo Alas o Chéjov. Cuando, en 1920, se encontró una vacuna para la tisis, Proust, doliente asmático, afirmó que era lo mejor que le había pasado a la literatura desde Molière. Otro escritor íntimamente relacionado con el término «vacuna» es el genio Roald Dahl, quien describió en una carta cómo su hija le confesó una mañana que no se encontraba bien. Tengo sueño, le dijo. Murió doce horas más tarde: una encefalitis producida por el sarampión se la había llevado. «Hoy, todas las familias tienen a su disposición una vacuna buena y segura: todo lo que tienen que hacer es pedirle a su médico que se la administre», sentenció Dahl. Esta experiencia traumática daría paso a la metáfora en su obra La maravillosa medicina de Jorge. Habrá quien quiera elegir entre valleinclanismos absurdos o vacunas, pero a todos ellos respondió Carl Sagan: «Si quieres salvar a tu hijo de la polio, puedes rezar o puedes aplicar la ciencia». Usted, querido lector, elige.

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