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La España de Valle-Inclán: un oscuro teatro aún por rehacer

La España de Valle-Inclán: un oscuro teatro aún por rehacer

Ramón María del Valle-Inclán (Villanueva de Arosa, 1866 – Santiago de Compostela, 1936) es el tercer escritor —o escritora— “que mejor representa lo español, o cuya lectura permite comprender mejor la palabra España”. Prosista brillante, genio omnívoro —novelista, dramaturgo, poeta— y mutante —transitó del modernismo al esperpento, pasando por la novela histórica—, el autor de Tirano Banderas o Divinas palabras ha obtenido 13 votos en la primera parte de la encuesta literaria desarollada por Zenda y XLSemanal, en la que han participado 124 personalidades del ecosistema cultural patrio. Y en la que todavía se puede votar.

"Alba Carballal: Valle-Inclán retrata un país a la sombra de una crisis, la del 98, en el que resuenan ecos de otros tiempos y también tambores de modernidad"

Antonio LucasJuan Soto IvarsAlba Carballal y Manuel Jabois son algunos de los consultados que han optado por Valle. A la pregunta de cómo es la España que muestra el maestro del esperpento en sus obras, el poeta y periodista de El Mundo Antonio Lucas responde: “La España de Valle-Inclán entraba y salía de la pobreza como de un café. Eran los días de la bohemia literaria en Madrid. Los años del frío y el sablazo que se asestaba en los locales del centro de la ciudad a cualquier hora de la noche, que no cerraba nunca”. “La España de Valle era la de una gallofa literaria prescindible mayormente, capaz de alargar el hambre con tal de no llegar a casa nunca, menos él, que pasó muchas horas en la suya, seguro de que era la única manera para acuñar su propio estilo, su necesario y letal idioma. Aquella España de fin o arranque del siglo era un oscuro teatro aún por rehacer, apoyada en una modernidad leve y desnatada”, añade el también Premio de Poesía Loewe por Los desengaños.

"Antonio Lucas: Somos lo que somos: españoles. Y eso exige ingenio y dota de una cierta mala leche originaria"

Soto Ivars, autor entre otros libros de Arden las redes y Crímenes del futuro, cuenta que “la España que Valle retrata en sus obras es mágica, trágica, torcida, miserable, de portera y palaciega, cínica y agonizante, presente, pasada, futura y gallega”. Carballal, que acaba de publicar su primera novela, Tres maneras de inducir un coma, señala que “Valle-Inclán retrata un país a la sombra de una crisisla del 98, en el que resuenan ecos de otros tiempos y también tambores de modernidad. Un territorio en tránsito, contradictorio, superviviente, corrupto, vanguardista y medieval a la vez. Vamos, que lo tenían todo manga por hombro. Era una nación de escombros pero contaba, eso sí, con lo bueno y lo malo que tienen las cosas por hacer: las posibilidades inagotables de transformarse en otra cosa”. Finalmente, Jabois, más escueto, ofrece una tríada de adjetivos: “Absurdabrillante y mezquina”, asegura el columnista de El País y autor de libros como Nos vemos en esta vida o en la otra Manu.

Valle-Inclán, por Zuloaga.

¿Y qué queda hoy de la España de Valle? Según Antonio Lucas, ahora, nuestro país “conserva ramalazos de aquella otra de Valle-Inclán como mantiene espasmos chiquitos de otras Españas aún peores, aunque también destellos de alguna España mejor. Somos lo que somos: españoles. Y eso exige ingenio y dota de una cierta mala leche originaria. El país que hacemos ahora es un prodigio de Estado si lo comparamos con el de la generación del 98 y alrededores. Pero el mérito de un país no es encontrarse mejor cuando mira atrás, sino saber hacia dónde quiere ir cuando mira más allá”.

Soto Ivars afirma que “de la España de Valle queda todo, porque él encontró la médula enferma y ya sabes que los franceses no consiguieron hacernos el transplante en 1814″. Carballal expresa una opinión similar: “Lo he escogido precisamente porque de Valle-Inclán hoy, en España, queda casi todo. Los paralelismos son infinitos: la ruina tras un desastre económico, la picaresca de los supervivientes, la corrupción política y el descaro ante la trampa descubierta, una sociedad cada vez más desclasada y pobre, la soledad alimentada por la vorágine de internet, una profunda crisis ética y, sobre todo, la sensación de que el futuro es una cáscara de huevo crudo ataviada con delicadas y coloridas filigranas, pero a punto de ser aplastada por un gigante descabezado y sin rumbo”.

Para rematar, Jabois apunta a “la imitación de los espejos que se puede ver en el callejón del Gato, algo para hacerse fotos. Aquella originalidad vendida en copia. El esperpento como sucedáneo“.