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Vaquero sin vocación (Arresto domiciliario 38)

Vaquero sin vocación (Arresto domiciliario 38)

Hace unos cuantos años, durante un viaje intrépido con el que había soñado largamente, llegué hasta el pueblo brasileño de Cocorobó bajo uno de esos soles que tuestan las neuronas. Había recorrido quinentos kilómetros desde Salvador de Bahía (al volante de un coche de alquiler en donde esa mañana amanecí rodeado de urubúes) en busca del legendario Canudos —escenario de La guerra del fin del mundo, de Mario Vargas Llosa, que por entonces había leído ya siete veces—.

—Canudos es aquí —me informó el sombrerudo administrador de la casa-museo, tras superar la pronta reticencia que le inspiraron mis bermudas cariocas, —pero antes se llamaba Cocorobó.

"Tampoco negaré que la cachaça y el tequila son bebidas derechas, honestas, de una pieza, pero soy uno de esos románticos perdidos que se rinden al beso traicionero de ciertos bebistrajos sin alcurnia"

Se ofreció a acompañarme adonde había estado el Canudos primigenio, sumergido bajo el hoy caudaloso río Vassa Barris, a cambio de una cuota no exactamente módica, pagadera por adelantado. Ya en el camino, entramos en confianza.

—¿Bebes cachaça? —indagó el del sombrero, con el gesto de un duende vacilón, desde el asiento del copiloto.

—Pues, me gustan las caipirinhas —respondí, con el tino de una diva pedorra.

—¿No es cosa de mujer la… caipirinha? —se enderezó de un brinco, arrugando la frente y la nariz, cual si de pronto hablara con un apestado. Y ahí acabó nuestra corta amistad.

Ni para qué caer en el negacionismo, tengo debilidad por los mal llamados tragos de señorita. Tampoco negaré que la cachaça y el tequila son bebidas derechas, honestas, de una pieza, pero soy uno de esos románticos perdidos que se rinden al beso traicionero de ciertos bebistrajos sin alcurnia. Pues si los margaritas hacen trampas, las caiprinhas son macumba cruda. “No puede ser”, te defiendes ante el sacaborrachos del tugurio, “que con sólo tres tragos ya no esté yo en mis cinco”, y enseguida te tocará explicar qué hacías bailando encima de la mesa y por qué te quitaste la ropa.

Siempre he simpatizado con las señoritas, qué de raro tendría que me gusten sus tragos y abuse de ellos en la cuarentena, si ahora no habrá vaquero del sertón bahiano, como tampoco amigo o conocido que se mofe del exótico drink que propulsa estas líneas. Red Velvet Cupcake, dice la etiqueta en la botella, de cuyo interior brota un líquido rosáceo y condensado, confundible con leche de magnesia, que es una suerte de crema de whisky con sabor a pastel de cumpleaños y pinta de jarabe para la diarrea.

"Aquella noche comprendí, con la emoción de un niño y la euforia de un beodo, por qué los insurrectos de Vargas Llosa envidiaban la suerte de sus muertos"

—¡Cantinero, sírvame una crema irlandesa con sabor a magdalena de terciopelo rojo! –jamás dijo un vaquero, ni lo dirá un borracho que se respete.

—¿Y por qué no mejor una Media de seda? –tendría que mofarse el hombre de la barra, echando mano de ginebra y granadina.

Aquella noche, en un bar del que debería ser Nuevo Canudos (en realidad, tres bancos paralelos en un garage casero), me empujé cuatro vasos de cachaça para reivindicarme ante mí mismo, sentado frente a un hueco en la pared que hacía de barra y me dejaba ver no sólo la cocina, sino también la sala de la casa, donde había un par de niños sentados frente a la televisión: mis fortuitos compañeros de tragos. Y hoy que vivo encerrado como un menor de edad, encuentro sintomático esto de confundir tragos con golosinas, igual que aquella noche comprendí, con la emoción de un niño y la euforia de un beodo, por qué los insurrectos de Vargas Llosa envidiaban la suerte de sus muertos: había tantas estrellas allá arriba, y tan triste era la tierra aquí abajo, que les corría una prisa de cruzados por escapar hacia ese Cielo babilónico. Salud, Cuarentenario, te invito unos tequilas y vamos para allá.

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