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Verano de lobos, de Hans Rosenfeldt

Verano de lobos, de Hans Rosenfeldt

La editorial Planeta publica Verano de lobos, de Hans Rosenfeldt, el principal guionista de televisión y cine sueco, creador de las series de gran éxito The Bridge y Marcella, en exclusiva para Netflix. Sus series se ven en más de 170 países y ha sido galardonado con varios premios internacionales, habiendo vendido más de 5 millones de copias. Esta es su primera novela en solitario que sale publicada en 30 países

Zenda publica en exclusiva un fragmento del primer capítulo.

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El musgo y las matas se le ceñían al cuerpo tal como estaba recostada de lado.

Alrededor de la cabeza había zumbidos de mosquitos. Su respiración era forzada, estaba apenas a unas bocanadas de aire de quedarse inconsciente. El ojo miraba al cielo, a las nubes ligeras con los bordes brillantes en rosa y naranja.

Era la época de calor. La de luz constante.

Llevaba varios días notando el hedor de la infección, pero no era eso lo que la iba a matar. Tampoco el hambre. Estaba saciada. Por primera vez en mucho tiempo.

La herida se había negado a curarse, por mucho que ella se hubiera esforzado en limpiarla. Lo malo y caliente se había ido extendiendo, le había ido subiendo por la pata. La manada se había adaptado, había acompasado su ritmo al de ella. Al menos durante un tiempo. Tres de sus crías se habían ido con los demás, pero la más pequeña había permanecido a su lado. Condenada a perecer.

Ya no podía seguir cazando, la cría no había llegado a aprender.

Los alces jóvenes, que resultaban presas fáciles en la época de luz, eran ahora inalcanzables. Incluso las presas pequeñas lograban esquivarla. Era demasiado pronto para las bayas, que en situación extrema podrían haber engañado al estómago. El día anterior habían encontrado algo de carne, parcialmente oculta, y cuyo olor el instinto la exhortaba a rehuir, pero que les brindó fuerzas para poder continuar. Hasta la roca en la linde del bosque, donde encontraron más. Mucha más. Pedazos grandes, más de lo que habrían sido capaces de comer.

Y luego había continuado, cojeando, con su pequeño al lado, hasta que este aminoró la marcha y comenzó a jadear, trastabilló unos pasos de lado y al final fue incapaz de mantenerse en pie.

Ella se quedó a su lado hasta que estuvo segura de que había muerto, y luego siguió caminando. No llegó mucho más lejos. Con los calambres y los temblores le resultó imposible. Se desplomó en el musgo, se quedó estirada de lado.

En el calor. En la luz. La constante luz.

Todo había salido según los planes.

Para empezar, la llegada.

Fueron los primeros en presentarse y aparcaron el jeep y el Mercedes uno junto al otro en el claro del bosque que los camiones de troncos y las taladoras usaban como punto de carga y para dar la vuelta, con los radiadores mirando a la estrecha pista forestal por la que habían llegado. Con las ventanillas bajadas, solo los cantos nocturnos de los pájaros rompían el silencio más absoluto, hasta que un ruido de motores anunció a los finlandeses.

Apareció un Volvo XC90, también negro. Vadim vio que Artjom y Michail cogían sus armas y se bajaban del Mercedes al mismo tiempo que Ljuba y él se apeaban del jeep. Le gustaba Ljuba, y creía que él también le gustaba a ella. Habían salido varias veces a tomar cerveza y, cuando le habían preguntado con quién quería ir, lo había elegido a él. Por un instante se le pasó por la cabeza decirle que se quedara en el coche, a resguardo, que tenía el presentimiento de que aquello podía torcerse. Pero, si se lo decía, ¿qué harían luego?

¿Desaparecer juntos? ¿Vivir felices y comer perdices?

Sería imposible cuando ella comprendiera lo que había pasado. Ella jamás se pondría en contra de Zagornij. Tanto interés no sentía por él, de eso estaba seguro. Así que no le dijo nada.

El Volvo se detuvo a unos metros de distancia delante de ellos, y los cuatro finlandeses se bajaron. Todos armados. Miraron con suspicacia a su alrededor mientras se dispersaban.

Todo tranquilo.

La calma que precede a la tormenta.

El cabecilla del grupo, un hombre corpulento de pelo rapado y un tatuaje tribal bordeando un ojo, le hizo una señal con la cabeza al más pequeño y flacucho de los cuatro, que enfundó su pistola, fue detrás del Volvo y abrió el maletero. Vadim dio unos pasos de espaldas hasta el maletero del jeep.

Hasta ahí, el plan que tenían en común.

Luego, el suyo.

La bala del rifle con silenciador penetró justo debajo del ojo del finlandés grandullón situado más cerca del coche. El repentino estallido de huesos, sangre y cerebro cuando, al instante siguiente, el proyectil salió por su cogote hizo que los demás actuaran por acto reflejo.

Todos se pusieron a disparar prácticamente a la vez.

Todos menos Vadim, que se tiró al suelo detrás del jeep en busca de protección.

El hombre del tatuaje en la cara soltó un rugido y abatió de inmediato a Michail con cuatro o cinco tiros mortales en el pecho. Artjom respondió al fuego enemigo. El del tatuaje recibió dos disparos y tropezó hacia atrás, pero recuperó el equilibrio y apuntó con el arma a Artjom, que trató de ponerse a salvo demasiado tarde. Varias balas le acertaron en el hueso de la cadera y más abajo. Aterrizó sobre la grava entre gritos de dolor. Sangrando, rugiendo y pegando tiros, el hombre del tatuaje siguió desplazándose hacia el Volvo, decidido a salir con vida de allí. Al segundo siguiente cayó de rodillas soltando un gorjeo, dejó caer el arma al suelo y se apretó con ambas manos lo que le quedaba de garganta.

En alguna parte se efectuaron más disparos, se oyeron más gritos.

Artjom se incorporó como pudo mientras trataba torpemente de detener la sangre que le bombeaba del muslo al mismo ritmo acelerado que los latidos estresados de su corazón. Entonces se oyó otra ráfaga de disparos y Artjom se quedó de piedra; su mirada pasó de reflejar desesperación a levitar en el vacío, sus labios dibujaron unas pocas palabras mudas y luego cayó de frente con la cabeza colgando sobre el pecho.

El tercer finlandés se había puesto a cubierto en una cuneta no muy profunda, desde donde tenía buena visibilidad por debajo de los coches aparcados, y con una ráfaga concentrada de su fusil de asalto le había dado a Artjom en la rabadilla. Vadim comprendió que él también debía de estar perfectamente visible, por lo que se lanzó al otro lado del jeep para protegerse detrás de una de sus grandes ruedas. Cuando se hubo pegado al lateral del coche pudo ver al cuarto finlandés tendido sin vida en el suelo.

A Ljuba no se la veía por ninguna parte.

Una serie de disparos sonaron en la cuneta de la linde del bosque y las balas restallaron en el metal de la cara interior de la rueda y perforaron el neumático. Una de ellas atravesó la goma y le dio a Vadim justo por encima del glúteo. El dolor fue como un relámpago que le atravesó todo el cuerpo. Se mordió el labio y reprimió un grito, apoyó la frente en sus rodillas recogidas y se hizo tan pequeño como pudo. Cuando volvió a soltar aire lentamente, se percató de que el fuego había cesado.

Volvía a haber silencio. Silencio sepulcral.

Ningún movimiento, ninguna voz, ningún grito de dolor ni de cólera, ningún canto de pájaro, nada. Como si todo el lugar estuviera conteniendo el aliento.

Se asomó con cuidado por detrás del jeep.

Todo callado. Todo quieto.

Muy poco a poco, fue sacando la cabeza para ver mejor. El sol colgaba por debajo de las copas de los árboles, aún encima del horizonte; la escena que tenía enfrente estaba bañada por la tenue luz que solo el sol de medianoche puede ofrecer.

Con sumo cuidado, volvió a ponerse en pie; la bala seguía entre el músculo y el tejido, pero no parecía haberle dañado ningún órgano importante. Se apretó la herida con la mano. Había sangre, pero no tanta como para no poder detenerla con un vendaje.

—¡¿Ljuba?!

Estaba en el suelo apoyada en el parachoques trasero del coche de los finlandeses; su respiración era superficial y entrecortada, la parte delantera de la camiseta gris que llevaba debajo de la chaqueta estaba empapada de sangre, y la pistola todavía en su mano derecha. Vadim le examinó las heridas. La hemorragia brotaba a ritmo regular, ninguna arteria dañada. Ninguna burbuja de aire, así que todo apuntaba a que los pulmones estaban intactos. Podría recuperarse sin mayor dificultad.

—¿Quién ha disparado? —preguntó Ljuba sin aliento y agarró a Vadim por la chaqueta con una mano ensangrentada—. ¿Quién coño ha empezado a disparar?

—Está con nosotros.

—¿Qué? ¿Cómo que con nosotros? ¿Quién es?

—Vamos.

Le quitó con delicadeza la pistola, se la metió en el bolsillo antes de levantarse, se inclinó y le tendió una mano. Ljuba hizo una mueca de dolor y esfuerzo, pero consiguió ponerse en pie. Con una mano en su cintura y un brazo de ella rodeándole los hombros, Vadim se dirigió al espacio abierto entre los coches aparcados. Cuando llegaron a la altura donde el finlandés del tatuaje había sido abatido, se detuvo, se quitó con cuidado el brazo de Ljuba de los hombros, retiró la mano de apoyo con la que la había ayudado a caminar y se hizo a un lado con dos zancadas grandes.

—Lo siento…

Al principio, hubo desconcierto en la mirada de Ljuba, hasta que cayó en la cuenta de lo que Vadim había hecho y adónde la había llevado; justo entonces la bala del rifle con silenciador le acertó en la sien y la tiró al suelo.

Vadim se apretó de nuevo la herida al final de la espalda y se enderezó, soltando el aire en un profundo suspiro.

Al fin y al cabo, todo había salido según los planes.

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Autor: Hans Rosenfeldt. Título: Verano de lobos. Editorial: Planeta. Venta: Todostuslibros y Amazon

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