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Viaje al África del Agua Azul

Viaje al África del Agua Azul

El Misterio del Agua azul puede leerse en clave de libro de viajes. Podríamos dividir la novela en dos partes viajeras; la primera, protagonizada por dos hombres que se encuentran en un tren, camino de Inglaterra y que dialogan, con África como paisaje al otro lado de la ventanilla, intentando desentrañar el trágico misterio de Zinderneuf.

La segunda parte viajera es la que protagonizan los hermanos Geste, en un recorrido inverso desde Inglaterra hasta el continente africano, donde se verán envueltos en los terribles sucesos del fuerte de Zinderneuf.

Primer viaje: Extraños en un tren

Arranca con el encuentro de dos hombres, Lawrence y De Beaujolais, como pasajeros de un recóndito tren africano desde la maravillosa y romántica Ciudad Roja de Kano a Lagos, en el Golfo de Benin.

"El elegante Lawrence espera, paciente, en el andén de la estación de Kano, antiguo, misterioso y gigantesco emporio de África Central"

El elegante Lawrence espera, paciente, en el andén de la estación de Kano, antiguo, misterioso y gigantesco emporio de África Central; un lugar con enormes muros de once millas de largo, poblado por cien mil indígenas y veinte hombres blancos. Kano es una ciudad situada a escasas millas del mar, cerca de la frontera de Nigeria del norte, lindando con el territorio militar francés del Sáhara. El bullicio de ciudad abigarrada y comercial se entiende porque en aquel momento era el punto de donde partían las rutas de caravanas para el lago Chad hacia el Noreste y Tombuctú al Noroeste.

Panorámica de Kano

Pirámides de sacos de cacahuetes. Kano

Guarcias del Palacio del Emir, Kano

Kano hoy: Una de las ciudades más antiguas del continente; antigua capital de los hausa, el mayor grupo étnico de África Occidental. Con más de mil años de antigüedad, su principal atractivo es su muralla, construida en arcilla, con una arquitectura única que aún se mantiene en pie, así como el espectacular mercado en el norte de la ciudad, uno de los más grandes de África.

"Ambos conversan fumando, pensativos, sobre asesinatos, mientras el tren los lleva de vuelta a la lejana Inglaterra"

Lawrence y De Beaujolais son viejos conocidos, y se tratan con esa agradable cortesía de gentlemen que han compartido educación, carrera militar y fiestas.

El incómodo viaje se prolongará durante tres días, en los que De Beaujolais aprovecha para narrar a su amigo Lawrence un misterioso suceso. Ambos conversan fumando, pensativos, sobre asesinatos, mientras el tren los lleva de vuelta a la lejana Inglaterra. El guiño no es difícil de adivinar: —Le aseguro, mi querido George, que lo que le voy a contar es lo más increíble e inexplicable que me ha ocurrido nunca. No puedo dejar de pensar en otra cosa, tengo que solucionar el misterio. Quizá usted pueda ayudarme. Haga uso de esa educación británica tan fría y metódica que ha recibido, seguro que lo conseguirá. Sí, usted será mi Sherlock Holmes y yo su pequeño Watson. Imagínese que soy el doctor y diríjase a mí como «mi querido Watson».

"En el puerto de Lagos tomarán un Appam rumbo a Inglaterra"

Mientras conversan, aquel tren atraviesa lentamente Zaria, el empalme de Minna y Zungeru, así como también el puente de Jebba, sobre el Níger, a través de Ilorin, Oshogbo y el enorme Ibadan, en dirección al dilatado Abeokuta, última parada antes de Lagos y el océano.

En el puerto de Lagos tomarán el Appam rumbo a Inglaterra. Además de los pasajeros, el Appam llevaba una carga general de alrededor de 3.000 toneladas que incluían el correo, granos de cacao, maíz, semilla de algodón, aceite de palma, estaño y dieciséis cajas de oro. También en la bodega de carga transportaban a una hembra de leopardo llamada Pompey.

Appam

Lagos

Una calle de Lagos

"A partir de los años 20, la exportación de cacao procedente de las tierras interiores occidentales de Nigeria contribuyó a enriquecer la oferta de exportaciones que salían de Lagos"

Lagos hoy: La ciudad de Lagos, a la que los lugareños también llaman Eko, fue conocida como «el Liverpool de África Occidental». Se ganó este apodo durante los años 80 de siglo XIX debido a su preeminencia en el comercio de la región. Esta ciudad portuaria fue declarada Colonia de la Corona en el año 1861, y durante los últimos compases del siglo XIX llegó a convertirse en el asentamiento costero más importante de África Occidental, recibiendo a empresarios y emprendedores, tanto extranjeros como autóctonos. En Lagos, los hombres de negocios africanos se dedicaban principalmente a las importaciones, aunque algunos también participaban en la exportación de diversos productos locales: aceite de palma y nuez de palma. Además, a partir de los años 20, la exportación de cacao procedente de las tierras interiores occidentales de Nigeria contribuyó a enriquecer la oferta de exportaciones que salían de Lagos.

Segundo viaje: Tres mosqueteros en África (con breve parada en París)

John Geste decide ir en busca de sus dos hermanos, sospechosos del robo de una piedra preciosa, el Agua Azul. No tiene la certeza absoluta, pero sí la fuerte intuición de que se han alistado en la Legión Extranjera.

El equipaje básico incluye un cepillo de dientes y algunas pertenencias de valor para poder vender y así obtener algo de dinero.

"El joven John aprovecha sus últimas horas en París para recorrer los jardines de las Tullerías, el Louvre, curiosear por las tiendas, cenar en el Bois"

Viaja de Exeter a Londres y de ahí a París, donde llega un sábado por la tarde. Allí busca un hotel de precio asequible y le recomiendan el Hotel Normandie, en el 222 de la rue de L’Echelle, un buen alojamiento por solo 18 francos la noche. La puesta de sol parisina se le presenta al joven Geste muy hermosa, con las luces encendiéndose en las tiendas y las calles, mientras el coche lo lleva hasta la zona de su hotel, muy cerca de las céntricas rue de Rivoli y rue de la Paix.

Aquel lunes, John Geste, decidido, acude a la oficina de Reclutamiento ubicada en la sombría rue Saint Dominique. Allí se entera de que sus hermanos acaban de alistarse hace solo unos días.

París, años treinta

Legionarios

Orán

El joven John aprovecha sus últimas horas en París para recorrer los jardines de las Tullerías, el Louvre, curiosear por las tiendas, cenar en el Bois, en pocas palabras, dejarse llevar como un turista que tiene pocas horas y pocos francos que gastar. Sin nada más que hacer, toma un tren en la estación de Lyon que lo conducirá a Marsella en un interminable viaje de dieciocho horas de duración. Allí ha de presentarse ante el sargento encargado de conducirle hasta el fuerte de Saint-Jean, el depósito militar marsellés.

"Toma un tren en la estación de Lyon que lo conducirá a Marsella en un interminable viaje de dieciocho horas de duración"

Cuando finalmente el tren llega a su destino, el joven John busca un buen desayuno con tostadas, manteca fresca y café, que lo reanima enseguida. El sargento le da un valioso consejo: Ten cuidado con el vino de Argelia. Es la bendición y la maldición del Ejército de África. Acabo de beberme dos botellas de este vino. Es excelente. Ten cuidado con las mujeres, que son la bendición y la maldición de todos los hombres. Yo me he casado con tres. Es terrible.

En el depósito militar de Marsella entra en contacto con otros reclutas de la Legión. El enorme y triste patio del fuerte de Saint-Jean está a rebosar: espahís de anchos pantalones y faja de tela, chalecos de colores vivos, chaquetas de zuavo, un fez y unas capas rojas muy grandes, tiradores senegaleses, azules y amarillos, Chasseurs d’Afrique, de color azul pálido; la infantería colonial, de color azul; artilleros, zapadores y soldados de línea vistiendo sus alegres uniformes.

"Los nuevos reclutas embarcan en Marsella a bordo de un vapor de las Messageries Maritimes con rumbo a la ciudad fortificada de Orán"

Allí, el joven John conoce a Hank, un recluta norteamericano con el que tiene una singular manera de entablar amistad: ¿Cómo supo usted que soy inglés? —pregunté mientras él me miraba. —¿Qué otra cosa podía ser? —replicó—. Es blanco y rosado. Parece que toda la tierra le pertenezca; y confirmé mis sospechas al ver que abría la ventana. Yo me reí y le pregunté: —¿Es usted norteamericano? —¿Cómo lo sabe usted? —replicó. —No puede ser otra cosa. Su actitud indiferente, el desdén que demuestra por los ingleses y hasta su mismo tipo, indican su nacionalidad.

Cuartel general de la Legión Extranjera en Sidi Bel Abbès, Argelia

Parche legionario Sidi bel Abbès

Guerra en el desierto, Beau Geste

Los nuevos reclutas embarcan en Marsella a bordo de un vapor de las Messageries Maritimes con rumbo a la ciudad fortificada de Orán, donde son conducidos al Fuerte de Santa Teresa. Allí, por fin, los tres hermanos Geste vuelven a reunirse.

"Orán posee actualmente el sistema defensivo reconocido más extenso y complejo del Norte de África "

Orán hoy: Cartagineses, romanos, otomanos, españoles y franceses dejaron su huella en esta ciudad. Por tanto, no es de extrañar que sea considerada por muchos como la ciudad más europea de África. Por su posición costera, sobre el mar Mediterráneo, siempre ha sido importante en las rutas comerciales. Pero el valor histórico de Orán es de naturaleza estratégica. Este puerto natural es hoy el producto de una de las labores defensivas y militares más importantes de cuantas ciudades se asoman al Mediterráneo. Históricamente, los únicos puertos capaces de recibir una flota de guerra considerable eran Mazalquivir, en Orán, Porto Faina, en Túnez, y la laguna de Melilla. Melilla, con su dificultad de acceso, solo permitía penetrar navíos a ramas, y Porto Faina estaba fuera del alcance de España. Mazalquivir se convirtió en el lugar más deseado por cualquier nación que quisiera hacerse con el control militar y comercial del Mediterráneo. Fruto de siglos de fortificaciones, Orán posee actualmente el sistema defensivo reconocido más extenso y complejo del Norte de África, con galerías subterráneas que recorren toda la ciudad y cinco fuertes principales reforzados por otros tres cinturones de fuertes menores, desde intramuros a extramuros. En el cinturón más alejado del centro se levantaba el fuerte de Santa Teresa, que es donde los hermanos Geste se encuentran por primera vez ya convertidos en reclutas de la Legión Extranjera. Actualmente, Orán posee un cuidado y hermoso casco antiguo donde puede visitarse la Gran Mezquita construida en 1769, un magnífico edificio abierto al público, algo bastante inusual en esta parte del mundo, lo que da cuenta del cosmopolitismo aún presente en esta ciudad; el museo Demaeght, cuya colección recorre miles de años, y la catedral del Sagrado Corazón, un bello y antiguo edificio convertido en biblioteca pública.

"El joven John Geste se entretiene en una minuciosa descripción de aquella pintoresca ciudad muy parecida a España"

A los pocos días llega una tercera expedición de reclutas, por lo que los hermanos Geste y el resto de los compañeros son conducidos a un pobre vagón de tren de la Compañía del Ferrocarril del Oeste de Argelia que hace el viaje desde Orán a la vecina ciudad de Sidi-bel-Abbès, donde llegarán por la noche. El joven John Geste se entretiene en una minuciosa descripción de aquella pintoresca ciudad, “muy parecida a España”.

La estancia en Sidi-bel-Abbés no va a durar mucho. Los reclutas, con la carga a sus espaldas y al ritmo de la marcha de la Legión, caminan rumbo a un nuevo destino.

Los muchachos cumplen con su deber con buen ánimo a pesar de las fatigas de la marcha y de la escasez de agua y comida. Al llegar a Ain-Sefra para descansar y tomar provisiones, oyen noticias: el Sahara está revuelto. Desde Ain-Sefra marchan a Douargala, en donde se concentra una fuerza considerable, y al salir de allí toman el camino hacia el sur. Al cabo de interminables marchas por el desierto, el batallón encuentra una línea de oasis en cuyo extremo está El Rasa, donde tendrá lugar su bautismo de fuego. Aquellos jóvenes legionarios sabrán por primera vez lo que es la guerra en el desierto. El destino obligará a los hermanos Geste, días después, a separarse.

En muy poco tiempo todos conocerán el horror y el misterio que se esconde tras los muros de Zinderneuf.

Por María José Solano y Eugenio Martín

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