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Viajes al más alla (II): habitantes del inframundo

Viajes al más alla (II): habitantes del inframundo

Deseos me vienen de morir, y contemplar los lotos colmados de rocío en las orillas del Aqueronte.  

Safo

En la anterior entrega dibujamos la geografía del inframundo. Nos corresponde ahora describir a sus moradores. Algunos son terribles; otros, sin embargo, actúan como una suerte de funcionarios que gestionan el tráfico de difuntos y su aparcamiento final. Vamos a ello.

Hades (ᾍδης)

Hades (el invisible), hijo mayor de Cronos y Rea. También llamado Plutón (Πλούτων, el rico), Clímeno (Κλυμενος, “célebre”), Polidegmon (Ρολυδεγμων, “que recibe a muchos”) y quizá Eubuleo (Ευβουλεος, “buen consejero” o “bienintencionado”), todos ellos eufemismos que evolucionaron a epítetos, pues pronunciar su nombre era considerado de mal augurio. Con tres hermanas, Deméter, Hestia y Hera, y dos hermanos, Zeus (el menor de todos) y Poseidón, juntos constituían los seis dioses olímpicos originales. Según el mito, Hades, Zeus y Poseidón derrotaron a los Titanes con las armas que recibieron de los Cíclopes: Zeus el rayo, Poseidón el tridente y Hades un casco de invisibilidad. La guerra duró diez años y terminó con la victoria de los dioses jóvenes, tras la cual echaron a suertes los reinos a gobernar. Zeus se quedó con el cielo, Poseidón con los mares y Hades recibió el Inframundo. En palabras de Poseidón:

Tres hermanos somos nacidos de Rea y de Cronos: Zeus, yo y el tercero Hades, que reina en los infiernos. El universo se dividió en tres partes para que cada cual reinase en una. Yo obtuve por fortuna gobernar el mar espumoso y agitado, correspondiéronle a Hades las tinieblas sombrías; a Zeus el extenso cielo en medio del éter y las nubes. Pero la tierra y el alto Olimpo son de todos. (Ilíada XV, 187 y ss.)

Se le solía representar sentado en un trono de ébano con Cerbero al lado. Sus atributos son: el cetro de dos puntas, el casco de la invisibilidad (que a veces prestaba, como a Perseo), el ciprés, el narciso y las llaves del Hades. A veces también aparecía sosteniendo un cuerno de abundancia, símbolo de la riqueza, o a los mandos de un carro tirado por cuatro caballos negros.

Por sus evidentes connotaciones con la muerte (Tánatos, con la que, en verdad, no tenía una relación directa), Hades era temido y repudiado por los hombres:

solo Hades es contumaz e indomable, por eso es el más odiado de todos los dioses (Ilíada, IX, 158)

Perséfone (Περσεφόνη)

ve a la casa de negras paredes de Perséfone (Píndaro, Olímpica XIV, 20)

Hija de Zeus y de Deméter, es conocida en la tradición latina como Proserpina:

…cui Proserpinam, quod Graecorum nomen est, ea enim est quae Persephone Graece nominatur (Cicerón, De Natura Deorum, II, 66)

Esposa de Hades, fue raptada por éste cuando recogía flores en Enna (Sicilia), lo que dio lugar a que su afligida madre recorriera el mundo en su busca, desatendiendo la tierra y sus frutos. Ante el peligro de que nunca más reverdeciera la naturaleza ni germinaran semillas, Zeus ordenó a Hades su restitución. Pero por inadvertencia o por instigación del propio dios, Perséfone había contravenido el ayuno al comer unas semillas del fruto de la granada, lo que la encadenaba definitivamente al Inframundo. Se encontró una solución de compromiso para que permaneciera fuera con su madre una parte del tiempo (un tercio o medio año, según el autor), y el resto con Hades, lo que se corresponde con el ciclo de las estaciones. Parte de las ceremonias iniciáticas de los misterios eleusinos estaban basadas en este mito.

Como consorte de Hades, era la reina del Inframundo y, por lo tanto, suscitaba tanto miedo como aquél. Para evitar nombrarla, se usaba el sustitutivo de Koré (Κόρη, la hija o la doncella). Para Homero, en la Ilíada, es ἐπαινὴν Περσεφόνειαν (la atroz Perséfone), mientras en la Odisea aparece como ἀγαυὴ Περσεφόνεια (la augusta Perséfone)

Caronte (Χάρων)

Barquero del Hades, hijo de Érebo y Nix. Transporta a las almas en su esquife, cruzando el Aqueronte (o la Estigia, según Virgilio en la Eneida). Para pagar el óbolo que exigía, era tradición en Grecia enterrar a los cadáveres con una moneda en la boca.

Se le representaba como un anciano barbudo, flaco y de muy mal carácter, que elegía por sí mismo a sus pasajeros entre la muchedumbre que se apilaba en la orilla del Aqueronte. La mejor descripción la da Virgilio:

Un horrendo barquero cuida de estas aguas y de los ríos,/ Caronte, de terrible inmundicia, a quien largo pelo cano / cae sin cuidado del mentón, con la mirada fija y llameante, / sucio cuelga anudado sobre los hombros el manto. / Él mismo empuja la barca con la pértiga y gobierna las velas / y transporta a los muertos en esquife herrumbroso, / anciano ya, pero es la vejez fresca y vigorosa de un dios (Eneida VI, 298 y ss).

Caronte también aparece en Pausanias X, 28 y en la Divina Comedia (Infierno, III, 109: Caron, dimonio, con occhi di bragia…). Otras visiones de Caronte son cómicas, como en los Diálogos de los muertos de Luciano de Samósata, o en Las ranas, de Aristófanes.

Cerbero (Κέρβερος)

La divina y taimada Equidna, mitad ninfa de ojos vivaces y hermosas mejillas, mitad en cambio monstruosa y terrorífica serpiente (…). Cuentan que el horrible, violento y malvado Tifón tuvo trato amoroso, con ella, la joven de vivos ojos. Y preñada, dio a luz a feroces hijos: primero parió al perro Orto para Gerión. Después, un hijo prodigioso, indecible, el cruel Cerbero, perro de broncíneo ladrido de Hades, de cincuenta cabezas, despiadado y feroz. (Hesíodo, Teogonía)

En su imagen canónica, era un monstruo de tres cabezas, con cola de serpiente y multitud de cabecitas de reptil en el dorso. Encadenado a la puerta, su papel en el Hades consistía en impedir tanto la entrada de los vivos como la salida de los muertos. Sin embargo, en algunos casos pudo ser burlado adormeciéndolo:

  • Orfeo, mediante su música.
  • Hermes, con agua del río Leteo.
  • Eneas, usando tortas de miel con narcótico.
  • Psique, también con pasteles hechos con miel y sustancias anestesiantes.

Hércules lo sacó del Hades, tras luchar con él sin armas, para cumplir con el encargo de Euristeo, en lo que fue uno de sus últimos trabajos. Posteriormente, lo devolvió sin daño. 

Los tres jueces del Inframundo

Radamantis (Ῥαδάμανθυς), hijo de Zeus y Europa, hermano de Minos y Sarpedón y rey de Creta. Se le atribuye la elaboración de un código de gobierno que fue modelo para otros de varias ciudades griegas, como el de Licurgo en Esparta. Por ello y por su fama de íntegro y prudente fue designado juez del Inframundo.

Manda en estos crueles reinos Radamantis de Cnosos / y sanciona y escucha los engaños y a confesar obliga / a cada cual entre los vivos, las culpas cometidas / que inútilmente se complacían en mantener secretas / dejando su expiación para el postrer momento de la muerte. (Eneida, VI, 565)

Minos (Μίνως), rey legendario de Creta, esposo de Pasifae. Su fama de buen legislador se debía a los contactos que cada nueve años de reinado mantenía con el propio Zeus en el monte Ida. En algunas versiones, tenía el voto decisivo en el tribunal de las almas.

Y entonces vi a Minos, el hijo esplendente de Zeus, que sentado, con cetro de oro, juzgaba a los muertos (Odisea, XI, 568).

Éaco (Αἴακός), padre de Peleo y, por tanto, abuelo de Aquiles, fue rey de Egina y tan célebre por su sentido de la justicia que tras su muerte fue designado juez del Inframundo para acompañar a los cretenses Minos y Radamantis (una tradición posterior, que no se encuentra en Homero).

Erinias ( Έρινύες)

Su nombre se deriva de ἐρίνειν, “perseguir”. También conocidas (eufemísticamente, por miedo a su ira) como Euménides (Εύμενίδες, “benévolas”), “venerables diosas” (σεμναί θεαί), “ejecutoras de la justicia” (Πραξιδικαι), “diosas ctónicas” (χθόνιαι θεαί)  y, en la tradición latina, como Furias (Furiæ).

Según Hesíodo, las Erinias son hijas de la sangre derramada por Urano sobre Gea cuando su hijo Cronos lo castró. Otra tradición las hace hijas de la Noche:

¡Oh madre, madre Noche, que me engendraste para castigo de los que no ven la luz y los que la ven…! (Esquilo, Euménides, 321 y ss.)

Deidades primordiales, anteriores a la generación de Zeus que, como el Destino, tienen sus propias leyes que ningún otro dios puede soslayar. Por su vinculación al Inframundo, en los ritos órficos se las relacionaba con Hades y Perséfone. Se las representa como genios femeninos alados, con serpientes enroscadas en sus cabellos, portando antorchas o látigos, y con sangre manando de sus ojos.

Su número, indeterminado para casi todos los autores, fue fijado en tres por Virgilio, y así seguido por Dante:

Alecto (Άληκτώ, ‘la implacable’), que castiga las faltas de tipo moral, como la ira o la soberbia y, en general, la hybris.

Megera (Μεγαιρα, ‘la celosa’), que castiga la infidelidad.

Tisífone (Τισιφονη, ‘la vengadora del asesinato’), que castiga los delitos de sangre.

Aunque en su origen son las guardianas del orden social y moral, Dante en la Divina Commedia las ubica a las puertas de la ciudad de Dite. Virgilio sitúa a Megera en el Tártaro y a las otras dos junto a Júpiter, cumpliendo preferentemente el papel de ejecutoras de los castigos infernales:

Hay dos plagas gemelas, según se dice, de nombre Terribles. Como Megera la que mora en el Tártaro, las parió la profunda noche de un único parto, y las ciñó por igual sus anillos de serpientes y las añadió las alas de los vientos. (Virgilio, Eneida, XII, 844 y ss.)

Esquilo, en Euménides, con que completa el ciclo de la Orestíada, ofrece una visión magistral del mito. La obra se inicia en el templo de Apolo de Delfos, donde Orestes ha acudido, acosado por las Erinias. Causa horror a la propia Sibila, que encuentra en el omphalos a un hombre odiado por los dioses, cuyas manos gotean sangre y, al lado del cual

duerme un extraño grupo de mujeres (…) no exactamente mujeres (…) de color negro y en todo repugnantes, roncan con bufidos horrendos y sus ojos segregan líquidos inmundos.

Apolo, dirigiéndose a Orestes, nos las describe más pormenorizadamente:

Ahora mismo estás viendo vencidas por el sueño a las furias, las despreciables vírgenes, las doncellas viejas, con quien no se juntan ni dioses ni hombres ni bestias. A causa del mal nacieron, por eso habitan bajo la tierra en la horrenda oscuridad del Tártaro, como seres abominables a los hombres y a los dioses del Olimpo (Esquilo, Euménides, 66 y ss.).

El dios adormece a las Erinias con el propósito de facilitar la huida de Orestes, pero el espíritu de Clitemnestra acude a despertarlas para que no cesen en la persecución:

 ¡que no te apacigüe tanto el sueño que te haga olvidar mi dolor! (…) ¡Escupe contra él tu hálito mortífero! ¡Agótalo con tu aliento, con el fuego de tus entrañas!

Las Erinias se dan cuenta de la treta:

¡Vencida por el sueño, he perdido la presa! (…) ¡Hijo de Zeus, eres un ladrón! ¡Has humillado a los viejos dioses al ayudar a un hombre impío, cruel con quien lo engendró! Y se disponen a alcanzar al fugitivo, guiadas por el olor de la sangre: porque lo mismo que un perro a un cervatillo herido, seguimos su rastro por la sangre que gotea.

De ahí, la escena se traslada a Atenas. Las Erinias localizan a Orestes abrazado a una estatua de Atenea en actitud suplicante, pero eso no las detiene:

si se vierte en tierra la sangre de una madre, ya no es posible recogerla jamás (…). Preciso es que nosotras chupemos de tu cuerpo vivo la roja sangre que debes darnos en compensación. Y cuando ya estés seco, te llevaré con vida al inframundo.

En ese momento hace acto de presencia Atenea y decide que un jurado de doce atenienses juzgue al suplicante. Para las Erinias, eso supone un nuevo orden, una nueva legitimidad que se enfrenta a la tradición: el castigo inmediato de los crímenes de sangre. El juicio se celebra en la colina del Areópago, con Apolo defendiendo a Orestes y las Erinias representando a la asesinada Clitemnestra. Como el veredicto arroja un empate, con Atenea votando a favor de Orestes, ésta pide a las diosas vengadoras que acepten el perdón, a lo que en principio se niegan con amenazas tremendas:

rebosante de horrible resentimiento, dejaré que mi corazón destile en esta tierra su veneno, que aplaque mi dolor con vuestro dolor (…) una lepra que os dejará sin hojas y sin hijos y que diseminará por el país una peste destructora para sus habitantes (…) ¡Ay de las muy desgraciadas hijas de la noche, sufriendo por la pérdida de su honor!

Pero finalmente consienten, y Atenea las declara Euménides (“benevolentes”).

Y aquí, con esta narración extraída de la imponente Orestiada de Esquilo, podríamos dar por bien concluido el censo… pero el minucioso lector, en este punto, nos reprochará con toda justicia que solo hemos mencionado a los vips del inframundo. ¿Qué pasa con los otros residentes, los pobres difuntos que Caronte ha depositado en la orilla tras cruzar la Estigia? Algo ya adelantamos al describir las regiones: los muy buenos se quedan en los campos Elíseos; los muy malos van a parar al Tártaro, y la inmensa mayoría, que no es ni una cosa ni otra —aquí no sirve el aurea mediocritas— se quedan vagando por el prado de los asfódelos, convertidos en sombras que si son tocadas se desvanecen como humo (Luciano de Samósata).

Pero de estos moradores nos darán razón en el próximo capítulo los —pocos— vivos que entraron a verlos y salieron para contarlo.

 

Próximo capítulo: Viaje al Más Allá, y 3: Cuadernos de viaje al Inframundo