Tres años después de publicar Nadie en esta tierra, Víctor del Árbol cierra la trilogía del “sicario sin nombre”, que también incluye El tiempo de las fieras, con Las buenas intenciones, una historia de redención, con nuevos crímenes, corrupción urbanística y criptomonedas.
Publicada por Destino, Las buenas intenciones comportará que el sicario sin nombre, un personaje inspirado en el Meursault de El extranjero, de Albert Camus, deje su refugio frente al mar para cerrar una cuenta pendiente, mientras la periodista Clara Fité, otra vieja conocida de los seguidores de la trilogía, intenta reconstruir su vida en Barcelona.
Sin embargo, será complicado, tras haber robado un cuaderno con unas crípticas anotaciones y porque le encargan escribir un artículo sobre la desaparición de unos niños en 1992, lo que la llevará hasta la urbanización de La Montaña, un lugar con una ermita, junto a la que se quiere construir una nueva promoción inmobiliaria.
Si en las otras novelas trataba cuestiones sobre el tráfico de personas o sobre los safaris humanos de Sarajevo, en esta obra la aparición de las criptomonedas “no es una casualidad. He intentado reflejar una realidad que existe y que es el flujo de la economía sumergida. Hay una estadística que dice que cada año la economía del crimen genera billones de dólares. Si ese dinero dejara de inyectarse a la economía legal a través del blanqueo, la economía mundial se vendría abajo“.
Esa es la paradoja que plantea en uno de los capítulos el sicario, de quien se acabará sabiendo su nombre. Para este hombre, aunque se lucha contra el crimen organizado, contra la opacidad fiscal, “en realidad siempre se deja una puerta abierta para que el dinero fluya, porque si no la economía caería”. En la novela, el barcelonés se centra en la construcción como “una lavadora de blanqueo de dinero”.
A su juicio, además, la criptomoneda es un material que “refleja muy bien” la “opacidad, porque nadie te pregunta de dónde proviene, lo importante es adónde va, algo que el sicario comprende bien y decide utilizarlo a su favor, sin ser el único en esta trama que lo hace”.
La iglesia católica tiene su peso en el argumento porque es el “punto de conexión” con la especulación inmobiliaria. Por otra parte, se muestra convencido de que quien mejor investiga es un escritor —mejor que un policía o un periodista— porque puede utilizar la ficción para “ir más lejos que ellos” al no tenerse que ceñir a los hechos y sólo tener que “jugar con lo plausible”.
En cuanto a la peripecia del sicario, Víctor del Árbol, a quien le encanta escribir en las terrazas de los bares, dice que se quiere redimir tras darse cuenta de que “no ha tenido un propósito real en la vida, no ha sido capaz de tener sentimientos profundos, de saber que de alguna manera no ha vivido lo que ha vivido”.
A la vez, se sabrá que su sueño oculto “puede parecer banal, pero es muy legítimo, puesto que siempre ha querido tener un rancho, ser ganadero, reconciliarse con la familia, pero tiene que pasar cuentas con el pasado, y como ha generado tantos enemigos a lo largo de su vida eso no será fácil. Tú no te puedes bajar de la vida cuando ya está a toda velocidad. Puedes arrepentirte e intentar corregir el pasado, pero las decisiones que tomamos no tienen remedio”.
Durante la entrevista, Víctor del Árbol, presidente desde este año del jurado español del Premio Goncourt, ha deslizado que, acabada la trilogía, ahora quiere irse a “un mundo totalmente distinto. Voy a dejar, de momento, aparcada la novela negra”.
“Creo —ha proseguido— que si un escritor quiere ser importante, en el sentido de dejar huella, tiene que explorar todas sus posibilidades y me apetece explorar otros territorios”. Sin embargo, subraya que siempre tendrá la misma voz y seguirá abordando las contradicciones humanas, la cuestión de la identidad, la infancia pero “sin estructura de thriller, de novela negra, quiero dar más espacio a la palabra, a la literatura. Hay que arriesgarse si uno quiere crecer”.
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Fuente: Irene Dalmases (Efe)




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