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Vigésima cuarta sombra: Vuelo Madrid-Punta Cana. Mayo 1999

Vigésima cuarta sombra: Vuelo Madrid-Punta Cana. Mayo 1999

Llevaba tres años trabajando como azafata en una aerolínea que, milagrosamente conservaba las maneras glamurosas de la antigua aviación. Aún no existían los vuelos low cost y, lo que era más importante, no habían caído las Torres Gemelas de Nueva York que, como una advertencia de vulnerabilidad y guerra encubierta, inauguraría el siglo XXI cambiando completamente el concepto de seguridad, vuelo, control aeroportuario y tipo de pasajero.

El año preparatorio había sido duro para ella y sus compañeros de profesión, con instructores militares que les examinaban de legislación aeronáutica, historia de la aviación, procedimientos de emergencia, primeros auxilios, natación, salvamento, protocolo, estructura del fuselaje y distribución del material de emergencia a bordo de todos y cada uno de los aviones que constituían la flota de la compañía. También, qué duda cabe, había sido divertidísimo, aunque lo mejor estaba por llegar. El mundo era suyo, se decía taconeando por el aeropuerto camino de la crew office. La Habana, Santo Domingo, Washington, Sao Paulo, Rio de Janeiro. Hoteles, un sobre abultado de pocket money, tiempo y compañeros, aunque el compañerismo no siempre era fácil, porque la plantilla era enorme y la rotación, turnos, descansos, flotas, retrasos, era un cálculo complejo de organización de horarios que obligaba al cambio constante de miembros dentro de la tripulación. A veces podías coincidir con una compañera durante tres vuelos seguidos a Puerto Rico, haceros íntimas y luego no volver a encontrarla en un mes o dos. Pero eso era lo de menos. A los 25 años, que era la edad media de esos chicos, sentaba muy bien el cambio, la independencia, el riesgo, la responsabilidad y el azul marino del uniforme.

"Él le sonreía con descaro desde el sillón de enfrente, pero en sus ojos había un brillo color miel que suavizaba la osadía"

Aquellos amaneceres de vuelos transoceánicos olían a café de máquina, perfume caro y queroseno. El trabajo a bordo antes de que llegara el pasaje era complejo pero rutinario; las presentaciones a los nuevos compañeros, los saludos reglamentarios al capitán y al segundo y las primeras risas mañaneras contrastaban con el ajetreo de catering, limpieza, control de material de seguridad, discusiones con los coordinadores de tierra, supervisión de la carga en cabina y bodega y servicio exclusivo en Clase Avant. Todo casi listo; dieciséis tripulantes, doscientos treinta pasajeros y casi trece horas de vuelo por delante con parada técnica para repostar, convertían aquel gigante tubo metálico en un hotel con alas.

Se habían mirado con curiosidad en la sala de tripulaciones, durante el briefing. Ella no recordaba haber visto a aquel chico en su vida y le extrañaba, porque en tres años había tenido tiempo de coincidir con casi todos los auxiliares de la compañía. Él le sonreía con descaro desde el sillón de enfrente, pero en sus ojos había un brillo color miel que suavizaba la osadía; como de travesura de chico educado.

Usted, señorita. El comandante ese día estaba enfadado, o tenía prisa, o a saber. Sí, usted. ¿Cómo checkea?

Checkeo Sorrento75.

—¿Sorrento75?

—Es mi apellido, señor, y mi año de nacimiento.

—No le he preguntado eso, pero ya que tiene ganas de hablar, ¿nos recuerda a todos dónde se encuentran los extintores en este avión? En vuelos así de largos hay que saber a qué armarios dirigirse en caso de fuego en cabina.

—Cinco-alfa-bravo; dieciocho-charly-delta-eco; veinticuatro-alfa-bravo; treinta y seis-fox-golf-hotel.

—Le faltan dos, me temo, señorita Sorrento75.

—Dos extintores auxiliares en cockpit, señor.

Ese chico respondía al comandante sin dejar de mirarla.

Ella sintió que esa mirada se le clavaba en algún lugar de la garganta. Trató de tragar aquel cosquilleo con la sensación de que, al llegar al corazón, éste se aceleraba sin control impulsando una oleada de calor por todo el cuerpo. Instintivamente cruzó las piernas haciendo que la estrecha falda azul subiera un poco por encima del muslo. Él, entonces, con una sonrisa dulce y casi cómplice, bajó la mirada despacio desde sus ojos a sus piernas, pero a ella no le incomodó. Todo lo contrario; para su sorpresa, le gustó mucho que aquel desconocido la mirase así. Entonces, sin saber muy bien por qué, recordó que bajo las medias azules no llevaba bragas. Nunca las llevaba.

"Las chicas lo miraron en silencio, valorando la mercancía. Alto, hombros anchos, pelo muy corto, como de soldado, sonrisa deslumbrante"

Muy bien, dijo de pronto el comandante sin darle la más mínima importancia al gesto de aquel novato listillo. Con la gorra en la mano y mirando el reloj deportivo ajustado a la hora zulú, como si de repente temiese perder su vuelo, se levantó, dando por terminado el briefing. Mientras caminaba hacia la pista les advirtió: Tendremos un vuelo tranquilo con alguna posibilidad de bolsa de viento o turbulencia dos horas antes de la aproximación. A trabajar.

Las dos primeras horas de vuelo eran siempre ajetreadas para los auxiliares. Pero una vez finalizado el servicio, recogidas las bandejas y oscurecida la cabina, con los pasajeros enganchados a las pantallas de cine, el avión se volvía un lugar íntimo, casi cálido. Las pequeñas cocinas, o galleys en el argot aeroportuario, eran remansos de paz, comida para picar, chismorreos y encuentros entre auxiliares. Ella charlaba animadamente con una antigua compañera cuando la cortinilla se abrió y apareció aquel chico. Le alargó la mano: Chequeo Alfaro73. ¿Me invitas a una Coca-Cola? Tenía la extraña habilidad de sonreír con los ojos, como un niño inocente, haciéndose perdonar la aparente seguridad rayana en insolencia con la que entraba en los sitios o contestaba a los superiores. Las chicas lo miraron en silencio, valorando la mercancía. Alto, hombros anchos, pelo muy corto, como de soldado, sonrisa deslumbrante.

Bueno, bueno, bueno, sonreía la amiga, veterana y divertidísima azafata con la que había compartido muchas horas de avión. Ya sabes, Sorrento, dijo socarrona antes de dejarlos solos, invita a este novatillo a Coca-Cola, y coméntale lo del Club de los 33.000 pies; 33,000ft-high Club, darling. Igual le apetece hacerse socio.

—¿Qué es eso del Club?, preguntó él acercándose un poco. Aquellos ojos color miel de cerca eran deliciosos. Abrió un armario y cogió dos vasos de papel. Le tendió uno a ella. Olía a suavizante, a gel, a agua fresca, como si acabase de salir de la ducha.

"Se besaron investigándose, primero, después retándose"

—¿Alfaro es apellido castellano? Fue lo primero que se le ocurrió. Tenía que preguntar algo; hablar, para tranquilizarse y disimular el efecto devastador que su cercanía le producía. Nunca le había pasado eso con nadie de una forma tan inevitable, que ella recordase. Al abrir la lata, el líquido impulsado por el gas mezclado con el aire presurizado saltó por sorpresa, salpicándole la cara. Rieron, y él le secó las mejillas con el dorso de la mano. A ella le temblaban las piernas; no podía moverse de allí, como si la hubiese paralizado con un hechizo. Joder, pensó, no es el primer tío que aparece en mi vida… Y ya no pensó en nada más. Se besaron investigándose, primero, después retándose; recuperaban el aliento y volvían incansables al beso profundo, con las lenguas cada vez más excitadas, los cuerpos muy pegados, casi fundidos en azul con la luz tenue del galley. Él, para sorpresa de la chica, no se adelantaba a nada; la besaba lentamente, disfrutándola, sin prisas por avanzar, como si tuvieran todo el tiempo del mundo. No la tocaba; solo la besaba incansable, arrinconándola con dulzura y seguridad contra las cajas metálicas. Ella le acariciaba los brazos fuertes, la espalda, el culo tenso, duro, apretándolo contra su pubis. Inevitablemente su coño y sus ganas de tenerle dentro mandaban y no podía pensar, sólo sentir.

Pero él sí pensaba; estaban en el galley de un avión con doscientos testigos, catorce compañeros, un comandante malhumorado y casi trescientas toneladas de peso sobrevolando, milagrosamente, algún punto del océano Atlántico. Tenía que parar. ¿Pero cómo parar de besar a esta belleza? Poco a poco fue desacelerando el ritmo de los besos. Se miraron en silencio, devorándose con los ojos. Alfaro no es mi apellido, dijo de pronto, casi en un susurro. Me crié en el Cantábrico, en un pueblecito costero junto a un gran faro, por eso amo el mar. Y he decidido ser un puto azafato hasta que consiga reunir el dinero para comprarme un pequeño velero y vivir navegando.

"Ella abrió el baño, le cogió de la mano y cerró la puerta con el pestillo detrás de él"

Ella lo escuchaba envuelta en un deseo que no se apagaba. Le latían los muslos, el coño, los labios. Necesitaba tener a ese hombre dentro, y lo necesitaba ya. Se arregló la falda, se puso la chaqueta y se peinó un poco. Sígueme, le ordenó. Estaba asombrada de aquel deseo; no podía y no quería dejarlo pasar. Caminaron por uno de los pasillos laterales del avión hasta la cabina de primera clase. Los escasos pasajeros de Avant dormían tumbados en sus asientos de 1200 dólares el trayecto, arrebujados en las mantas. El silencio era casi tan profundo como la oscuridad. Ella abrió el baño, le cogió de la mano y cerró la puerta con el pestillo detrás de él. Lo miró bajo la luz azulada, sonriendo. Bienvenido, le dijo. Acabas de entrar en el selecto Club de los que prueban el sexo a 33.000 pies de altura. Entonces estalló entre ellos un deseo salvaje, como si hubiesen soltado por fin las últimas riendas. Se besaron como locos en el estrecho tubo apoyando las manos en los espejos, clavándose la carne por encima de la ropa. Ella se subió la falda hasta la cintura y él la agarró con fuerza sujetándola sobre sus caderas, apretándola contra la polla tiesa que parecía rasgarle el pantalón. Ella se separó de golpe y se puso de pie, quitándose con habilidad las medias, y sin dejar de mirarle lo obligó a sentarse sobre la tapa del inodoro, abriéndole la bragueta. Luego se clavó sobre él a horcajadas, abrazada a su cuello, con los labios y la lengua hundidos en su boca. Los dos ahogaban los gemidos en los besos del otro. La suavidad inicial, la sorpresa del placer que buscaban desde hacía rato, se transformó en un ritmo delicioso y compenetrado; el uno dándole placer al otro sin saber dónde empezaba o terminaba la carne propia. No hablaban, gemían en susurros, inevitablemente, y a veces se miraban serios, suplicantes, como si se pidieran mutuamente no acabar jamás. Saber que apenas un mamparo los separaba de doscientas extraños ajenos a lo que allí ocurría (o no tanto, ojalá no tanto, pensaba ella en ráfagas de lucidez) reforzaba el deseo, ahogándolos en un morbo denso. No quiero acabar jamás, le decía él al oído. No había final porque las ganas de ella se renovaban casi inmediatamente después de cada orgasmo y las de él parecían satisfacerse tan solo con el placer de ella. No quiero acabar; no quiero que te vayas, repetía él con un gemido tranquilo. Pues tienes que hacerlo, sonreía ella pegada a su cara, o terminarán encontrándonos.

No lo haré; no dejaré de follarte hasta que me jures una cosa.

Ella lo miró sorprendida; eso sí que no se lo esperaba.

—¿Qué cosa?

—Jura que me darás el número de tu habitación de hotel cuando lleguemos a Punta Cana. Jura que lo harás o no te soltaré.

¿Para qué…?

Él le apagó la pregunta estúpida con un beso largo, fuerte, muy seguido, casi como si la amara. Entonces con un gemido se dejó llevar, ahora sí, por su propia oleada intensa, feroz, salvaje, de placer retenido.

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