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Vigésima tercera sombra: Isla de Esqueria, siglo VIII A.C.

Vigésima tercera sombra: Isla de Esqueria, siglo VIII A.C.

¿Por qué has vuelto, Ulises? Todas las mañanas los labios de Penélope le despiertan con la misma pregunta. La sangre de los pretendientes inunda la alcoba. Telémaco acude a él, pero apenas reconoce a ese joven ambicioso que no le perdona el abandono. ¿Por qué has vuelto? En los ojos de Penélope sólo encuentra decepción: veinte años esperando a alguien que ya no es él; tan solo un hombre silencioso que mira el mar, como si sus pensamientos estuviesen en otra parte. ¿Por qué has vuelto?

Despierta, extranjero, despierta. ¿Qué te ocurre, amor mío? Los dioses no permiten que tu sueño sea tranquilo en la última noche. Ven aquí, abrázame otra vez. Nadie como yo ama tus silencios, ni como yo podrá ninguna mujer vigilar con tanto amor tu descanso. Toda la noche los esclavos de mi padre anduvieron con los preparativos de la partida. Mañana los vientos de Eolo, el rey de Lipari, te serán favorables, y podrás embarcar rumbo a Ítaca. La herida de la espalda ya casi está curada y hace días que la fiebre no atormenta tu descanso; todo está en orden para la partida.

La partida. Aquel extranjero no quiere pensar en el amanecer, ni en la vuelta. Solo quiere abrazar el cuerpo de diosa que descansa a su lado y que, soñoliento, solicita de nuevo su carne. Olvidar el regreso y olvidar esa maldita pesadilla que ensombrece este dulcísimo lecho. La oscuridad de la alcoba envuelve la tristeza del guerrero, más negra si cabe que aquella emboscada hueca en el vientre del caballo donde, escondido junto a los mejores argivos, esperó en el círculo de la noche interminable para llevar a los troyanos la carnicería y la muerte. Pero hoy no; ahora no hay que entregar la vida, ni matar para vivir, ni ganar para regresar; no hay que cruzar el Ponto en naves cóncavas entregadas al juego cruel de un dios. Todo eso quedó muy atrás.

Y entonces, ¿por qué, estando tan cerca del añorado hogar, siento que me ahogo como si Caribdis me arrastrase en su remolino de agua? Necesito entrar en esta mujer hermosa otra vez, se dice, enfebrecido. Respirar su juventud para recobrar mis fuerzas.

"Nausícaa, “la de los níveos brazos”, cuyo padre, Alcínoo, le ayudará a volver. Pero, ¿volver adónde?"

Aspira el olor de su cuello cálido, acariciando con sus labios los labios carnosos, penetrando en la boca, que se abre para él, dejando un hueco húmedo y profundo como antesala del sexo que está llegando, la confirmación del deseo desbocado que siente ella por abrirse de nuevo, trenzando de saliva los besos, moviendo las caderas bajo el peso de aquel desconocido que la monta como un guerrero de Tesalia montaría una de sus yeguas salvajes: con firmeza y templanza, y pasión, y dureza. Excitado, el hombre le abre las piernas sin dejar de besarle en la boca con la lengua tiesa, brutal, como un adelanto húmedo, prolongado, en la garganta, de lo que desea hacerle en el coño. Ella acaricia los brazos del guerrero, acostumbrados a cargar la lanza y el pesado escudo, bronceados, como el resto del cuerpo, por el sol de tantas semanas en el mar, recios como el mármol de las esculturas de los dioses, y siente que el deseo le chorrea por entre los muslos, que aprieta con fuerza en torno a las caderas del hombre, acomodándose a su ritmo. El miembro excitado de aquel dios penetra por fin en ella, tan profundamente, que el placer se le escapa como un gemido casi doloroso. Él la mira un momento, recobrando la conciencia, asegurándose de que aquel aullido no es el dolor de una espada que se hunde en la sangre, sino el placer de la carne recibiendo a la carne amada. Pero ella no puede ver aquel gesto. Atenta como está a su propio placer, arquea la espalda para dejarle aún más espacio en su interior y se mueve, rítmica, deslizando su hueco inundado, profundo y tibio a lo largo de aquel falo como si se lo chupara, despacio, con el coño. Querría poder envolver en su vientre todo lo que él le ofrece: el miembro, la lengua, los dedos, los testículos hinchados como los de un semental; quisiera poder darle decenas de hijos; quisiera poder beber toda aquella leche que empuja y tensa el miembro, luchando por salir e inundar su vientre. Pero bien sabe ella que tendrá que esperar; aquel hombre la hará todavía disfrutar durante horas, pues el capitán que logra permanecer sereno ante el canto de las sirenas es también capaz de navegar incansable en el ponto oscuro, tempestuoso, salado, de un vientre de hembra enamorada.

Se abrazan rodando encajados sobre el blanco lino, arrugando las sábanas. Él, tirando de su brazo, la obliga con fuerza a cambiar de orientación en el lecho; cruje la estructura como las cuadernas de una nave, y el extranjero embiste con violencia, ayudado por el impulso de los pies en la madera del cabecero.

Baja, no te vayas tan arriba; ven aquí, hembra mía. Y no me mires así o harás que me corra. Baja más y agárrate a mí, como si no tuvieses nada más en el mundo a lo que aferrarte. ¡Eres tan hermosa! Más que la bella Circe, de hermosas manos; muchísimo más que la tierna Calipso de carnosos labios. ¿Sonríes? ¿No te enfadan mis recuerdos de mujer? Así que es eso. Te excitan, ¿verdad? Troia. Te lo contaré todo al oído mientras te corres. Te amo. Ven aquí, puta mía.

"El guerrero de Troya, el capitán sin nave que ha logrado cruzar con vida las ondas estigias"

Dejarse ir dentro de esta mujer era de las cosas más dulces que le habían ocurrido desde aquella guerra interminable en las riberas del Escamandro. Era una merecida recompensa, pues había recorrido un largo camino hasta llegar a su coño: rechazar la droga de los lotófagos, que hace olvidar el deseo de volver; cegar al pavoroso Polifemo con una estaca ardiente; sobrevivir a los lestrigones; ver a sus compañeros convertidos en cerdos; descender al Hades para conocer su destino; no dejarse embaucar por el canto de las sirenas; salir indemne entre las rocas de Escila y Caribdis; llorar por su regreso durante siete años en la isla de Ogigia; hacer frente a la tempestad desatada por el dios Poseidón… Todo lo había sobrellevado con paciencia, hasta hoy. Esta muchacha enamorada se le había enredado en la piel y en los huesos. Nausícaa, “la de los níveos brazos”, cuyo padre, Alcínoo, le ayudará a volver. Pero, ¿volver adónde?

Escucha, pequeña. Tengo un plan.

Ella lo mira, deshecha de amor sobre las sábanas revueltas, intentando recuperar el aliento tras aquella batalla nocturna de carne y de horas. «Odiseo, el de los mil trucos», así le conocen. Ese es el hombre que adora, que amó desde el momento en el que las olas lo depositaron, desnudo, en las playas de su reino y se acercó a socorrerlo, lamiendo la sal de sus heridas para que no se infectaran. El guerrero de Troya, el capitán sin nave que ha logrado cruzar con vida las ondas estigias, que ha visto a los muertos y que por eso entra en su cuerpo cada vez con la desesperación tranquila de los que conocen demasiado bien su destino.

Te escucho, extranjero.

"Mis amigos son hoy sólo huesos blanqueando las orillas de Troya. Nadie hay que pueda reconocerme ya"

—Hace doscientas cuarenta lunas que marché de Ítaca. En ese tiempo, aquel rey ha cambiado tanto que ni su esposa lo contemplaría sin empañarse de dudas. Su hijo era apenas un trozo soñoliento de carne cálida, la nodriza una anciana, y su leal Argos un viejo perro que, tumbado a la sombra de la parra, espera paciente la muerte. Mis amigos son hoy sólo huesos blanqueando las orillas de Troya. Nadie hay que pueda reconocerme ya. ¿Recuerdas al áspero Mecencio de las costas tirrenas, despreciador de los dioses, el primero en entrar en la guerra y en armar a sus tropas? Lo confundían en la batalla conmigo por la manera gallarda de portar el yelmo y por cómo le obedecían, leales, sus hombres. Perdió a su valiente hijo Lauso, domador de caballos y vencedor de fieras, y con su muerte a él no le quedó otra cosa que cicatrices y recuerdos. Desea, porque así me lo confesó la noche de la tormenta que nos trajo a tus orillas, servir al rey de Ítaca, ejercitarse en la caza entre las descarnadas rocas de aquel reino y esperar, sereno, la muerte. Desde hace días duerme en el puerto, junto a la negra nave que batirá las olas de vuelta. Sueña con esa isla pedregosa que, a fuerza de evocarla como final tranquilo, ha terminado perteneciéndole a él más que a mí. Si yo se lo pido, vestirá mis ropas y será un buen esposo y un buen rey. Además, te ha visto desnuda jugar con tus doncellas en las playas de Trapani y me ha visto mirarte; comprende por qué yo siento que he llegado finalmente a mi patria.

"Te contaré cada noche un trozo de mi historia, que a veces inventaré y a veces recordaré"

Nausícaa lo escucha muy atenta, incorporado su cuerpo flexible de gacela sobre un codo, la cabeza de cabello trigueño como la dorada miel destilada en Cerdeña un poco ladeada, la boca entreabierta, concentrada en su voz como cuando atiende a las lecturas de los poemas de la divina Erinna de Telos o compone ella misma, como una guerrera de las palabras, sus textos imaginativos, alados.

—Junto a ti me quedaré. En los días de paz que me restan serás tú, bella Nausícaa, mi caballo de Troya, de cuyo vientre no quiero salir jamás. Te contaré cada noche un trozo de mi historia, que a veces inventaré y a veces recordaré; y como tú vivirás más que yo, tal vez un día quieras escribirla y hacerme inmortal, como Homero hizo con los guerreros de Ilión. Solo una condición te pido. Nunca desveles la verdad; cuida de la pobre Penélope; deja que ella y los siglos crean que volví, que todavía la amaba; que esa triste mujer nunca fue, a pesar de que la certeza siempre anidó, oscura, en su corazón de esposa, una simple anécdota en mi vida.

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