Ilustración de Tullio Pericoli.

Encuentros con el 50Hace dos años publiqué Encuentros con el 50. La voz poética de una generación, un libro patrocinado por Ámbito cultural de El Corte Inglés, en el que se recogen las conversaciones que siete poetas de la generación del Medio Siglo mantuvieron en el Teatro Campoamor en 1987. Es este un libro importante para rescatar del olvido cuanto se habló allí durante tres días sobre poesía, revistas literarias, censura, influencias poéticas, antologías… Entresaco para Zenda estas líneas que escribí en el prólogo sobre las revistas literarias de posguerra para enlazar, mediante un artículo de Carlos Bousoño publicado en 1959, con los poetas protagonistas de este libro, que en virtud de haberse publicado en edición no venal, pueda ser de interés para los hipotéticos lectores de este blog que, con su nombre ,“Ayer fue miércoles toda la mañana”, rinde homenaje a uno de ellos: Ángel González.  Mi admiración inalterable también a José Manuel Caballero Bonald

Las revistas literarias de la posguerra son plataformas importantes para analizar por dónde iban las tendencias poéticas. En Escorial (1940), símbolo de los vencedores, su creador, Dionisio Ridruejo, escribió: “No todo es triunfalismo y optimismo. También habrá dolor y tristeza, aunque expresados con serenidad, con mesura”. Y, claro está, abundaron los temas de paisaje, el de Castilla, por supuesto, el amoroso, casto y religioso, como Franco se encargó de inocular: “Por el Imperio hacia Dios”. Se escribe una poesía “arraigada”, sobre todo en los poetas Vivanco, Rosales, Valverde y Panero padre. [los términos arraigo y desarraigo los acuñó Dámaso Alonso] (1).

"Como dice José Luis García Martín, 'la poesía se alimenta de sus impurezas. Los mejores poetas –un Dante, un San Juan de la Cruz, un Pesssoa– han pretendido a menudo ser algo más que poetas y gracias a esa ambición consiguieron ser al final nada menos que poetas'"

En la revista Garcilaso, (1943-46), escriben los llamados poetas garcilasistas: José García Nieto, su fundador, también Dionisio Ridruejo, y los cuatro anteriores, que practican una poesía con arraigo católico: Leopoldo Panero, Luis Felipe Vivanco, Luis Rosales y José Mª Valverde, y parten de postulados clásicos y no críticos, una poesía laudatoria escrita con perfección formal, aséptica y de estructura impecable. Todo lo contrario a lo que Pablo Neruda había manifestado en “Sobre una poesía sin pureza”, en la revista Caballo verde para la poesía, de 1935. Como dice José Luis García Martín, “la poesía se alimenta de sus impurezas. Los mejores poetas un Dante, un San Juan de la Cruz, un Pesssoa han pretendido a menudo ser algo más que poetas y gracias a esa ambición consiguieron ser al final nada menos que poetas” (2).

Garcilaso mantiene idéntica línea argumental que Escorial respecto al paisaje y al amor, tanto de tema religioso como bucólico. Es de rigor afirmar que en 1949, tanto Rosales como Panero publican dos de sus mejores libros: La casa encendida, el primero, y Escrito a cada instante, el segundo; ambas obras reconocidas por muchos de los poetas del 50.

Espadaña (1944) se puede decir que nace en respuesta a la anterior y los poemas del arraigo de los garcilasistas se tornan más “humanos” y “desarraigados”. Hay aquí rebeldía, incluso de tono religioso, y en algunos poetas como Crémer o Nora, claramente duros y comprometidos. Publican además de estos poetas, Ángela Figuera, Leopoldo de Luis, Gabriel Celaya y Blas de Otero, poeta que en 1950 irrumpe con Ángel fieramente humano, que en su poema “La tierra” habla de “una generación desarraigada” y define a un grupo humano cuya conciencia histórica les hace ser “unos hombres sin más destino que/apuntalar las ruinas”.

"Resulta poco inteligente preguntarse con cuántas divisiones cuenta un investigador, un músico, un poeta."

Otro de los desarraigados, José Hierro, escribe unos magníficos poemas testimoniales sin que vayan en detrimento de su calidad: “Alto fue el precio que pagamos:/miseria y llanto en los ojos,/nuestros mejores años verdes/y nuestros sueños más hermosos”, escribió en el poema “Generación”, de su libro Tierra sin nosotros, de 1947. En octubre de 1981, siete meses después del intento del golpe de Estado, Hierro recoge en Oviedo el premio Príncipe de Asturias de las Letras, en su primera convocatoria. En el discurso, ante un Príncipe Felipe de 13 años, dijo: “Las democracias se ponen al servicio de la cultura, la aceptan como es. En el fondo es una tarea inteligentemente política. Porque de la misma manera que constituía una torpeza la pregunta de Stalin refiriéndose al Papa: ¿con cuántas divisiones cuenta?, resulta poco inteligente preguntarse con cuántas divisiones cuenta un investigador, un músico, un poeta”.

La revista Postismo (1945) viene cargada del surrealismo de Bretón  (su nombre tiene ese eco: Post(surreal)ismo, y aunque duró un año, la libertad creativa y lúdica de sus fundadores, Carlos Edmundo de Ory, Eduardo Chicaharo y Silvano Sernesi, así como su espíritu provocativo su indumentaria eran chaquetas puestas al revés o calcetines a modo de guantes, pervivirá durante muchos años. La revista es sustituida por La Cerbatana, que dura un solo número.

Cántico nace en 1947 con Pablo García Baena como principal nombre y con él escriben Juan Bernier, Ricardo Molina y Julio Aumente, entre otros. Es una revista que en el nombre tiene ya influencia guilleniana y que en Cernuda encuentra un tono de poesía intimista.

En 1959, Carlos Bousoño publicó en la revista Ágora un largo artículo que tituló “Ante una promoción nueva de poetas”, sobre los poetas de la generación del 50, o Segunda Generación de posguerra; a Bousoño, nacido pocos años antes, se le adscribe a la Primera Generación de Posguerra. Se preguntaba entonces el poeta asturiano, y más tarde académico de la Real, si sería de rigor hablar de una generación, ya que no quería comportarse “temeraria y arbitrariamente”. Bien es verdad que tampoco estaba convencido de que esa generación tuviera una poética que diera unidad y carácter al grupo: “…Campoamor, que vino al mundo el mismo año del autor del “Tenorio”, en su momento de mayor personalidad expresiva trazó un mundo, más o menos poético, que poco tiene de común con el de su coetáneo” (3).

Lo que dice Bousoño: “…Campoamor, que vino al mundo el mismo año del autor del “Tenorio”, me recuerda que Vicente Aleixandre, en Los encuentros (Editorial Guadarrama, colección Punto Omega, 1977), habla del viaje de Bousoño a Madrid hacia 1940 para conocer al gran poeta del 27 y futuro Premio Nobel. Escribe Aleixandre: ”Carlos Bousoño es el único caso que he conocido de un poeta que, habiendo nacido en 1923, ha sido un muchacho contemporáneo de la madurez de Campoamor y de Zorrilla. En su pueblo [Boal, en la zona occidental de Asturias, es un pueblo que hoy tendrá unos 500 habitantes], sin noticia alguna de la poesía, a los trece años abrió la pequeña biblioteca de su difunto tío abuelo, y allí estaban los libros de estos poetas, y de ningún poeta más”. Tal vez no sea baladí que Bousoño cite solo a los dos en su artículo de la revista Ágora, de 1959.

Carlos Bousoño buscaba una estética propia en esta incipiente generación poética (4) y se preguntaba si entre todos estos escritores, había “una intención nueva, claramente distinta de la de los otros poetas que les han precedido inmediatamente y que oscilan a la sazón entre los cuarenta y cinco y los treinta años de edad”, y su conclusión era que tal estética común no existía “por lo menos hasta ahora”. Hubo, sí, un tiempo diferente al vivido por la Generación del 27, quienes hasta el exilio de la mayoría a causa de la Guerra Civil, vivieron plenos de actitudes ante el hecho poético, de libertad de movimientos y libertad de acción. El final de la guerra trajo consigo un erial cultural que algunos tuvieron que reconstruir con un discurso diferente, escribiendo con la autocensura a flor de piel, lo que, en algunos, no disminuyó el valor de los poemas.

A pesar de que los poetas de los 50 habían irrumpido en el panorama editorial con marcadas actitudes diferenciadoras, Carlos Bousoño habló de revolución, aunque no para referirse a un cambio radical. Revolución, pero no en el sentido “de revolver el lenguaje poético anterior y ponerlo, como si fuese una silla, patas arriba, sino que con esa palabra deseo designar, menos espectacularmente, el modesto hecho de la diferenciación marcada con que un grupo de hombres se enfrenta a otro preexistente”. Pero ni siquiera así, Bousoño encontraba revolucionario el alcance de estos poetas. “Entre ellos los hay admirables y plenos, con personalidad evidente y en algún caso muy recia, pero el conjunto no se impone como aventurándose en una poética discrepante de la que se fue configurando en España a partir de la guerra, y que se halla en situación de reinado bastante absoluto desde, aproximadamente, 1947”.

"El final de la guerra trajo consigo un erial cultural que algunos tuvieron que reconstruir con un discurso diferente, escribiendo con la autocensura a flor de piel."

Los poetas de posguerra viven la creación con las limitaciones correspondientes a los hechos políticos del momento. Como señala Guillermo Carnero, “La rehumanización de la poesía de posguerra revela un cierto senequismo ortopédico, en muy marcado contraste con el vitalismo de los años treinta” (5).

Es Claudio Rodríguez el poeta en quien Bousoño cree ver “algo así como una actitud revolucionaria (en el sentido no catastrófico que he querido dar a la expresión). Pero como no soy adivino, no sé bien si se trata de un guerrillero solitario, o de la avanzadilla que un ejército, aún invisible, nos envía desde un muy próximo mañana”.

Con esa afirmación, Carlos Bousoño parecería adivino si no fuera porque ya era un reputado estudioso en materia poética. Claudio Rodríguez había publicado Don de la ebriedad en el 53, con solo 19 años, y se había alzado con el premio Adonais. En 1956 publicó Conjuros y con esos dos libros pasó de largo la línea poética “tradicional”, trascendiendo cualquier connotación realista para subir un peldaño más hacia dimensiones, digamos,  espirituales, en el sentido de elevar el lenguaje hacia caminos más sensitivos: “Por lo pronto, le cabe prescindir de la mera representación de la realidad, que a Claudio Rodríguez parece como si se le antojase insuficiente para la creación poética”, concluye Bousoño: “Tal es la muy genérica y esbozada caracterización de un grupo de poetas que tienen por delante un amplio futuro. Tanto, que probablemente el tiempo vendrá a dejar estas palabras mías como muy vaciadas de sentido, cuando cada uno de los autores aquí reunidos cumpla su obra con toda la plenitud que su cierto presente nos hace esperar a todos”.

Es evidente que las palabras del poeta y crítico no solo no han quedado vaciadas de sentido, sino que, pasado el tiempo, han quedado selladas en oro por el florecimiento de los componentes de esta promoción de poetas.

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(1) Dámaso Alonso, Poesía arraigada y desarraiga. Guillermo Carnero lo recoge en El grupo Cántico de Córdoba. Un episodio clave de la historia de la poesía española de posguerra. Editora Nacional, 1976.

(2) José Luis García Martín. La poesía figurativa. Crónica parcial de quince años de poesía española. Renacimiento, 1992.

(3) Carlos Bousoño (Boal, Asturias, 1923-Madrid, 2015), poeta y teórico de la poesía con un libro fundamental: Teoría de la expresión poética (Gredos), estudia dos años de Filosofía y Letras en Oviedo y se traslada a Madrid para licenciarse en la Universidad Central (hoy Complutense) con Premio Extraordinario, y con 29 años se doctora con una tesis sobre la poesía de Vicente Aleixandre. Fue Miembro de Número de la la Real Academia Española desde 1980, y Premio Príncipe de Asturias de las Letras, en 1995. Sus clases fueron siempre lecciones magistrales que impartía sin mirar un solo apunte. Publicó su primer libro, Subida al Amor con 22 años, un poemario de desarraigado juvenil, existencialista y con tintes religiosos, influido por el conflicto de la Guerra Civil. Le siguió Primavera de la muerte ( (1946) y muchos más cuya evolución estilística va del realismo al simbolismo sin abandonar el tono existencial, entre los que destaco Invasión de la realidad (1962), Oda en la ceniza (1967, premio de la Crítica), Las monedas contra la losa (1973, premio de la Crítica) y Metáfora del desafuero (1988, Premio Nacional de Poesía).

(4) Con la Generación del 50 se inicia un proceso de modernización; sus libros muestran una renovación respecto a sus antecesores y sus composiciones, con planteamientos críticos, buscan la belleza e impregnan de tensión al lenguaje. Los primeros libros de algunos de estos autores, son: Las adivinaciones, de José Manuel Caballero Bonald, en 1952; Don de la ebriedad, de Claudio Rodríguez, en 1953; El retorno, de José Agustín Goytisolo, 1955; A modo de esperanza, de José Ángel Valente, 1955; Áspero mundo, de Ángel González, 1956; Metropolitano, de Carlos Barral, 1957; Profecías del agua, de Carlos Sahagún, en 1958; Compañeros de viaje, de Jaime Gil de Biedma, 1959, y Las brasas, de Francisco Brines, 1960.

(5) Guillermo Carnero,  del mismo libro citado en la nota 1: El grupo Cántico de Córdoba…

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