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Volvemos húmedos, pero contentos

Volvemos húmedos, pero contentos

¿Qué fue antes el huevo o la gallina?, nos preguntamos en Moyano cada feria del libro antiguo y de ocasión de octubre y mayo, esa a donde mandamos a nuestros libros bien repeinados para darle un poco más de historia al florido Paseo de Recoletos. Verdad es que el tiempo del librero se estira como los libros malos y algunos chicles bien mascados y que esto nos permite disertar sobre asuntos de ahora y ayer del estilo de: ¿A los libreros de Moyano se nos ve cada vez menos aunque estemos delante de las narices del público lector y de los políticos?. ¿Es el lector un mito?. ¿Se puede vivir de la letra impresa sin necesidad de prostituirse con extraterrestres?.

"Los libros son eternos, mas el oficio de librero peligra por muchas ferias que montemos."

Moyano era una ribera de almas y coches similar a un río donde se echaban las cañas para pescar al lector hambriento. La peatonalización, tan agradable y traicionera, nos fundió las mareas y aún así tiramos “p´alante” porque no hay nada más resistente que un librero o una librera, siempre una mezcla de rata y señor Koreander, es decir, con amor por el brillo de la pasta pero más todavía por el buen libro, ese que nos gusta vender y nos da pena despedir aunque sepamos que algún día volverá a nuestras manos.

Decíamos de huevos y gallinas. De esa hermosa feria que han visto entre  Cibeles y Colón es Moyano responsable. Puede que el librero sea silencioso, sin embargo, aunque no se mueva de la caseta o la librería tampoco cesa nunca en su afán gremial. Los libros son eternos, mas el oficio de librero peligra por muchas ferias que montemos y la que más peligra, damas y caballeros, es esta, tan modesta y digna que se apoya en el Botánico y en los lectores, siempre los mismos, casi una familia. No queremos que nuestra ribera literaria dé lugar a un bazar de papel mohoso. Se finiquitó la feria de Recoletos y trajimos a los libros pródigos de vuelta, qué digo, trajimos otros de nuestras urnas secretas, que los aquellos se vendieron como quien se saca sangre de las venas. Volvimos más delgados y un poco húmedos tras la semana de aguacero que dejó a la valiente Cuesta de Moyano un poco mustia. Nada de penas, llega el buen tiempo y las noticias mejores viajan deprisa. Resulta que el Ayuntamiento quiere dinamizar Moyano y hasta han contratado una empresa con profesionales de verdad que ya nos han visto y trazado un proyecto. ¿Imaginan? Frente a las casetas una terracita discreta y pulcramente diseñada donde desayunar a gusto, tomarse unas cañas heladas al sol, unas tapitas e incluso un caldo humeante en invierno? Mientras, nosotros estaríamos con el abanico de libros abiertos, tentando como corresponde para que el alimento fuera completo: cuerpo y esa cosa que llaman alma.

El librero, en general, es un escéptico. Mas, con el correr de los tiempos concluye que la buena literatura aguanta, también ha aprendido a bandearse con sus propios sueños y, resulta, que algunos no son quimeras. Parece que este año vamos a tener un subidón parecido al de los skaters que corren a toda mecha entre nosotros y el Ministerio bajo la atenta mirada de los gatos letraheridos. Ah, la primavera, esperemos que este año nos traiga un florecimiento parecido al de los lustrosos castaños de indias cuyas semillas nos ponen las casetas perdidas por dentro. A ver si fecundan algún libro y nos sale un Moyano que conserve la solera del pasado y la alegría de un porvenir asegurado.

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