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Cuesta de Moyano. Fuente: Wikipedia

“Mi Señor –dice Sancho– yo no sé dónde estamos. Esta cuesta a mi asno le hace hervir las orejas y da traspiés más que anda y a mí me entra la pena”.

“Sancho, si tu ignorancia no me fuese querida te llamaría necio, más prefiero explicarte que este lugar se llama La Cuesta de Moyano, ¿no ves aquella estatua? ¡Mira, mira allí abajo! Si supieras leer apreciarías el nombre que está en la piedra grabado: MOYANO, y grábalo en tu hueca cabeza de villano”.

Yo no veo, Señor Don Quijote más que viejas casetas de madera llenas de libros todavía más antiguos y más viejos que ellas, cada cual por su lado y al frente muchas mesas con más librillos de esos a los que a vuestra merced casi hace reverencias”.

“¡Ay Sancho! Te mereces un palo en cada costillar. ¿Dónde tienes el seso y la cordura? Que un libro no merece diminutivo alguno a no ser por cariño y sí elogios sinceros. Sin embargo, mi amigo, te diré que quisiera tener este lugar como tumba el día que me muera”.

“Señor, dejad de decir eso y no me dejéis huérfano”.

"Te diré que quisiera tener este lugar como tumba el día que me muera"

“Calla, calla Sancho y ya no me interrumpas. Atiende lo que ahora te refiero: Este jardín de libros y de excelsos libreros que han conservado el amor a las letras, a la digna lectura y a la cultura, al saber sin fronteras, tiene más importancia a mi juicio y razón que esos grandes salones de abundancias ingestas de miriñaques lacios a no ser por las muchas enaguas superpuestas y de pocas palabras digna de inteligencia. Por aquí, mi escudero, han caminado de personas ilustres a gente sin renombre, anónimas, sin tierra; incluso diría yo que fantasmas se han detenido para hojear los libros de estas inigualables y sin par librerías callejeras. Aquí lo que se busca casi siempre se encuentra y se encuentran más tesoros en las tablas azules de estas sabias casetas que en buques y galeras naufragados en los fondos marinos de corales y arenas. Y Sancho, fiel oyente, también quiero que sepas que desde los infantes que unos cuentecillos anhelan para que por la noche sus padres se lo lean a la luz de una bujía, hasta los entrados en años que desean que la historia no huya de sus cabezas, pasando por los jóvenes rebosantes de fuerza y plenos de utopía, como la nuestra de buscar libertad y justicia a los tantos letrados que indagan en las venas de libros olvidados. Todos en este sitio han dejado su huella”.

“Pues, mi Señor andante, sí que tenéis palabra y razones para una simple cuesta con chozas de madera y papel amarillo que agoniza en las mesas”.

“Sancho, cállate, vamos, desensilla mi rucio y tu jamelgo ahora y déjate de pueriles y plañideras quejas que hoy en esta ilustre Cuesta de Moyano nosotros nos quedamos con libros y libreros, con mesas y casetas para ilustrar el alma y reponer las fuerzas¨.

Anónimo

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