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William Faulkner termina ¡Absalón, Absalón!

William Faulkner termina ¡Absalón, Absalón!

Otro 31 de enero, el de 1936, hace hoy 88 años, William Faulkner termina ¡Absalón, Absalón! Al menos eso es lo que se dice en los preliminares de la que, hasta la fecha, sigue siendo la edición definitiva de esta novela. Al cuidado de Noel Polk, se incluye en el primero de los cinco tomos en que la Library of América reunió las obras completas de Faulkner en 1990. Si bien es cierto que la versión definitiva del manuscrito se encuentra guardada en el Centro Harry Ransome de la Universidad de Texas y, naturalmente, no es accesible a los simples lectores.

De modo que podemos decir que hace hoy 88 años la humanidad vivió uno de sus momentos estelares porque uno de sus grandes escritores —a la postre son ellos los cronistas del paso por el mundo de la especie— terminó la que, junto a El sonido y la furia (1929), está considerada la cumbre de su novelística. ¡Absalón, Absalón! tiene su origen en algunos relatos anteriores, también integrantes de ese ciclo de 68 ficciones que Faulkner localizó en Yoknapatawpha, trasunto del condado de Lafayette (Misisipi), su territorio mítico desde que se refirió a él por primera vez en Sartoris (1927).

"A esa forma violenta, hay que añadirle el desgarro del fondo, lo que cuenta mediante semejantes procedimientos: a menudo lo peor de la condición humana"

Ya en 1973, cuando Sartoris fue publicada con el título de Banderas en el polvo, el que le había dado su autor —muerto en 1962— cuando la concibió, el universo faulkneriano —su forma y su fondo, el tema y el estilo— había sido definido por Mariano Orta en una de las primeras ediciones de obras selectas del estadounidense aparecidas en España —Luis de Caralt, Barcelona, 1959— como la “vida a dentelladas”. Ciertamente, Faulkner, como la gran mayoría de los autores que escriben obedeciendo a un arrebato, no es cómodo para sus lectores. Sus monólogos interiores, sus cronologías fragmentadas, requieren un esfuerzo que no es preciso al leer textos más plácidos, concebidos para la distracción, el buen rollo o la autoayuda de quien guste introducirse en ellos.

A esa forma violenta, hay que añadirle el desgarro del fondo, lo que cuenta mediante semejantes procedimientos: a menudo lo peor de la condición humana. Sí señor, la materia literaria de William Faulkner es toda la brutalidad que entraña un mundo legendario: el Sur estadounidense, derrotado en la Guerra de Secesión (1861-1865), que basó su magnificencia en la esclavitud, uno de los mayores crímenes perpetrados por la humanidad, esa humanidad que con la conclusión de ¡Absalón, Absalón! vivió uno de sus momentos estelares.

"El capón es una figura clave en el universo faulkneriano porque uno de los grandes tabúes en el viejo Sur era el mestizaje"

Siempre con ese telón de fondo —grave y sombrío como pocos: el Gótico sureño—, en El sonido y la furia El ruido y la furia en las últimas traducciones españolas—, Benji Compson —intelectualmente un discapacitado, un “idiota” en la solapa de las primeras versiones patrias de la novela, último representante de uno de los linajes de Yoknapatawpha en ambos casos—, cuya conciencia fluye hacia el lector a intervalos y desordenadamente, es castrado por Charlie. En el Sur profundo, la idea es que todas las personas de su condición abusan de las mujeres.

En Santuario (1931), rechazada por los editores durante años, con insistencia, por todas las “barbaridades” referidas en sus páginas, entre otras muchas se nos cuenta la violación de la bella Temple Drake, toda una flapper al gusto de Scott Fitzgerald. Siendo el caso que Popeye, el hampón que la ultraja, es impotente, se vale para su crimen de una mazorca de maíz. En Luz de agosto (1932), Joe Christmas, un mulato casi caucásico, es castrado por una turba —estamos en la patria del linchamiento— por ser el amante de una mujer blanca.

El capón es una figura clave en el universo faulkneriano porque uno de los grandes tabúes en el viejo Sur era el mestizaje. Ahora bien, Faulkner no es Margaret Mitchell, la que, bajo el título de Lo que el viento se llevó, en junio de este mismo año 36, habría de publicar una de esas lecturas cómodas, una visión romántica de la esclavitud ni más ni menos, distinguida con el Pulitzer del 37. Aunque siempre nos hable del Sur derrotado en la Guerra, Faulkner no es ni esclavista ni segregacionista. Las historias que le contaba Caroline Barr, su niñera afrodescendiente, hicieron del futuro premio Nobel de 1949 un hombre de buena voluntad a este respecto.

"Con el arrebato que caracterizó toda su escritura, William Faulkner inició la redacción de ¡Absalón, Absalón! en febrero de 1935"

Todo el gótico sureño —El corazón es un cazador solitario (Carson McCullers, 1940), Sangre sabia (Flannery O’Connor, 1952), Matar a un ruiseñor (Harper Lee, 1960)…—, que tiene en ¡Absalón, Absalón! una de sus cumbres, entiende el drama racial del mundo dixie sin esos odios seculares de los que, empero, presenta retratos tan fidedignos.

“Hoy, nuestra tragedia es un miedo físico, general y universal, sostenido durante tanto tiempo que ya no podemos soportarlo”, defenderá el 10 de diciembre de 1950, en el discurso pronunciado en Estocolmo. “Ya no existen problemas del espíritu. Sólo cabe una pregunta: ¿Cuándo volaré en pedazos?

Con el arrebato que caracterizó toda su escritura, William Faulkner inició la redacción de ¡Absalón, Absalón! en febrero de 1935. Al cabo de los años, 88 después del punto final, catalogada por los eruditos toda la producción de Faulkner con todo el interés que se merece —se dice que la crítica respetaba sus primeros títulos porque los veía muy graves y no se atrevía a denostarlos—, ya se atisban indicios de la novela en Evangeline, un relato que el novelista intentó vender a diferentes revistas, sin conseguir colocarlo en ninguna, en 1931. La pieza no vería la luz hasta 1979.

"Hasta la primavera de 1936, mientras el escritor mecanografía su manuscrito, Benett Cerf, su último editor, intenta convencerle de que haga más comprensible el texto para el lector"

Fue entonces cuando se reparó en que Thomas Sutpen, el patriarca, brutal como todos los patriarcas, cuya historia nos cuenta ¡Absalón, Absalón! mediante cuatro voces, ya aparece en Evangeline. Wash, otra pieza corta en la que es innegable el origen de la novela, tuvo más suerte: se publicó por primera vez en un número de Harper’s Magazine de 1934. Es más, las innumerables cátedras que al día de hoy estudian la obra de Faulkner, coinciden en señalar que Wash debió haber sido ¡Absalón, Absalón! Pero, las deudas, que le agobiaban, obligaban a su autor a abandonar la redacción de una obra, a la que puso el punto final hace hoy 88 años, para escribir historias cortas, que poder vender a revistas en busca de un dinero rápido. Y luego el bourbon, ese whisky de Kentucky y Tennessee —que no el escocés— que se consume en Dixieland y Faulkner bebía hasta la ebriedad a diario.

Afortunadamente, la botella nunca le impidió coger la pluma la mañana siguiente. Hasta la primavera de 1936, mientras el escritor mecanografía su manuscrito, Benett Cerf, su último editor, intenta convencerle de que haga más comprensible el texto para el lector. Alguien en Hollywood, que bien puede ser su amigo Howard Hawks, aunque la erudición no da nombres, intentó convencerle de lo mismo. Pero Faulkner, de lo que está convencido, es de su genio: no cede ni en la forma ni en el fondo. ¡Absalón, Absalón! es un texto indeterminado y ambiguo. A lo más que llegará será a añadir, a modo de apéndices, una cronología, una genealogía y un mapa del condado de Yoknapatawpha. Sí señor, el célebre mapa de su territorio mítico, que levantará él mismo para ayudar a la comprensión de ¡Absalón, Absalón!, es un elemento auxiliar de esta novela que quedará para siempre como la cartografía del universo de Faulkner.

"Aquí no hay nada parecido a un narrador omnisciente, de esos que hablan en tercera persona y en pretérito en aras de una lectura más fácil"

Aunque Random House había adquirido Smith & Haas, la editorial en la que el autor publicó sus últimos trabajos, sus responsables, con muy buen criterio, dejaron que Half Smith, el editor de Faulkner en su antiguo sello, lo siguiera siendo también en la nueva casa.

Casi 90 años después, el argumento del texto es harto conocido. La historia de Thomas Sutpen, muerto 40 años antes de que comience el relato, nos es contada por cuatro personas que ahora solo son un nombre, un personaje. Aquí no hay nada parecido a un narrador omnisciente, de esos que hablan en tercera persona y en pretérito en aras de una lectura más fácil. Aquí los narradores son cuatro Quentin Compson —hermano del castrado en El sonido y la furia, Rosa Colfield —una anciana que fue contemporánea de Sutpen—, el padre de Quentin y Shreve un compañero de Quentin en Harvard. Y al cabo, la lectura es tan compleja que, una frase del capítulo VI, con sus 1.288 palabras, pasa por ser la más larga de la historia de la literatura. Así se escribe la historia.

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