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Yo sigo contando los días, de Georgi Bardarov

Yo sigo contando los días, de Georgi Bardarov

Yo sigo contando los días (Berenice), de Georgi Bardarov, está basada en un suceso real: el amor entre un cristiano y una musulmana en medio del horror de la guerra de Bosnia y el bloqueo más largo sufrido por una ciudad, el de Sarajevo.

Zenda adelanta las primeras páginas de esta novela.

***

16:43

Mantenía la sangre fría incluso en esos momentos. Él la seguía con su mirada, sentado en una silla y apoyado en el borde de la mesa. Estaba muy tenso y todo su cuerpo latía. La corriente de aire que se filtraba entre las rendijas de la puerta hacía bailar la llama de la vela, y en el techo se movían sombras demoníacas. Ella se quitó las pantuflas, acercó hacia sí el taburete y se subió con los pies descalzos. Estiró el brazo y dejó el tarro con el azúcar en el estante más alto. Todo debía estar en su lugar, donde siempre había estado. Nadie debía percatarse. El éxito dependía en gran medida de eso. Suspiró, la deseaba. Siguió con la mirada su ágil y flexible movimiento al bajar del taburete. Sus miradas se cruzaron. En los ojos de ambos había miedo. Sonrieron.

El reloj de pared dio las cinco de la tarde. Quedaban cuatro horas, tan solo cuatro horas. La ciudad estaba sumida en un silencio inusitado. Esa ciudad, antes tan bella y repleta de vida. ¡Sarajevo! Un rato antes, cuando terminó el apagón, no pudo contenerse y puso el radiocasete. En medio del silencio se esparció su melodía favorita: Sarajevo, Sarajevo, gdje je moja raja, gdje je moja raja! [1], cantaba Neda, Neda Ukraden en aquellas tranquilas noches primaverales rociadas de jazmín. De nuevo era primavera. Era el mes de mayo. El mes más bello del año, pero nadie cantaba y no quedaba rastro alguno del olor a jazmín. Se acumulaban en segmentos capas de olores a putrefacción y a muerte.

Cadáveres, mierda, entrañas humanas y desesperanza. Davor sonrió al pensar en la canción. Había tantas canciones dedicadas a Sarajevo; pero la de Neda, sin duda, era la mejor. Cerró los ojos recordando uno de sus mejores clips: Neda, entrando en la ciudad en un descapotable por el lado de la mezquita Kuršum. Sopla el viento, su bufanda atada al cuello flota en el aire mientras suena aquel estribillo: Sarajevo, Sarajevo, gdje je moja raja, gdje je moja raja… Recordó cómo entraron en Sarajevo еn autobús al terminar la brigada de verano del año 1988. Por los altavoces resonaba de nuevo la voz de Neda. Todo el curso estaba de pie al lado de los asientos y gritaba a coro: Sarajevo, Sarajevo, gdje je moja raja, gdje je moja raja… Y mientras todos cantaban, Davor se inclinó hacia ella y la besó. Fue un beso algo torpe, pero largo y lleno de pasión. Ella se puso rígida primero, pero después se relajó en sus brazos… En realidad no era su primer beso, el primero sucedió en un momento anterior.

Se estremeció y abrió los ojos. Aida estaba sentada frente a él con la espalda recta en una de las sillas de madera de la cocina. Con las piernas muy pegadas, las manos puestas bajo los muslos y los ojos medio cerrados. Con un ademán tan suyo recogió un mechón detrás de la oreja. Lo hacía siempre al estar preocupada o pensativa. Su cuerpo desprendía firmeza y debilidad. Se encontraba al borde de sus fuerzas. Dos años vivían en ese infierno. Dos años esperando la muerte cada día. Dos años sin poder conciliar el sueño y dormir con tranquilidad ni una sola vez. Esto debía acabarse. Quedaban solo cuatro horas más de atormentadora incertidumbre. Y después… después venía la total incertidumbre. Se percibió el paso de una carretilla por la calle, el ladrido de un perro y en la lejanía resonaron los primeros disparos de la noche. La calma volvió solo por un instante, una calma irreal. Se oían únicamente el tictac del reloj, el ronroneo de la nevera y los latidos de los corazones de ambos. Muy cerca resonó la caída de un proyectil. Las ventanas se estremecieron. La vela casi se apagó. La llama, como asustada por el estruendo, había bajado al pie de la mecha. Davor y Aida se miraron. Ya no quedaban sonrisas. Durante la guerra las caras están tensas de miedo y con ojeras, con una ansiedad constante que fluye de las miradas. Desde el lugar donde cayó el proyectil se oyeron gritos de mujeres. También, la sirena de una ambulancia. Eran los sonidos cotidianos en Sarajevo, desde hacía más de dos años.

¿Quién desencadenó esta guerra?

¿Quién instigó esta guerra?, se preguntó Davor. Esa interrogante no le dejaba en paz. Pocos años antes, todo era distinto. La gente vivía como hermanos en esa tan bella ciudad balcánica. Se acordó de las noches primaverales, aquellas noches de Sarajevo con olor a jazmín, y le dieron ganas de llorar. Llevaba mucho tiempo sin llorar, tal vez desde finales de los ochenta, cuando enterraron a su abuelo más querido, cuyo nombre llevaba, y, últimamente, lloraba a escondidas. Pero ahora ya no.

—Me parece que dieron en la guardería —dijo Aída.

Su voz, tan melódica y bella cuando cantaba en el coro femenino de la comunidad musulmana del barrio, ahora sonó ronca y entrecortada.

Se quedó sobresaltado por un instante.

—Sí, Aida, a mí también me parece que dieron por allí, ¡maldita sea! —comentó él, evitando así dar una respuesta concreta.

La guardería de la esquina de Abdića y Sepetarevać. ¿Cómo podría olvidarla, si fue allí donde se encontraron por primera vez?

***

Davor y Aida habían nacido en el mismo mes, junio, en un mismo año, el sesenta y ocho, y más aún, en el mismo día, el veinticinco. Vivían en dos bloques contiguos, parecidos al resto de bloques de viviendas de todos los países socialistas. Iguales, feos y sin aspecto propio. Con paredes desconchadas, con grietas y grafitos con mensajes futbolísticos, con antenas metálicas oxidadas en los tejados y ropa tendida… Con todo el marasmo apacible de la vida diaria socialista. En aquel entonces ambos no tenían noción alguna ni de socialismo ni de religión ni de Yugoslavia. Eran dos niños asustados a los que llevaban por primera vez a la guardería. En casa les explicaron lo bien que se estaría allí y que habría muchos niños y muchos juguetes. Pero con solo traspasar los umbrales de madera de las puertas de sus pisos, pintadas de un mismo color, rompieron a llorar. Sentían que su mundo entero estaba cambiando. En realidad, éste era el primer recuerdo juntos que guardaban, él de ella y ella de él. Un niño de ojos azules en lágrimas, con la gorra inclinada y mocos en las mejillas, llevado por una madre preocupada por no retrasar el trabajo. Una niña simpática con hoyuelos en las mejillas y dos trenzas trigueñas, que estaba en cuclillas sobre la acera y que se resistía con vigor mientras su madre le rogaba, inquieta también por no retrasarse.

—A la guardería, ¿verdad? —preguntó Samira a la madre de Aida. Samira, en general, era una mujer afable.

—A la guardería, sí, pero es como si fuéramos al hospital si miras a este —respondió Lada señalando a Davor, que lloraba a mares.

—¿El primer día?

—El primer día, desde luego. Todavía no ha visto cómo es y ya está protestando. Así somos en todo. Si fuese posible comer solo sopa con bolitas de carne, jugar solo con Zlatko y tener solo autobuses rojos entre los juguetes…

Las dos mujeres se echaron a reír. Se habían cruzado, por supuesto, ya que vivían en dos bloques vecinos, pero no se conocían hasta ese momento.

—Samira es mi nombre, encantada —dijo tendiendo la mano, después de haber logrado levantar a Aida de la acera.

—Lada, encantada —dijo la otra mujer, haciendo pasar al mocoso llorón de su mano derecha a la izquierda.

Y de pronto sucedió el milagro. Davor vio a Aida y fijó su mirada en sus ojos marrones. Nada más bello había visto en su vida y de golpe se quedó callado. Un Zastava [2] pasó como un cohete a su lado y sonó la bocina porque, de hecho, estaban en medio de la calle.

Esto tuvo lugar hace tanto tiempo que parecía no haber ocurrido nunca.

Y era tan reciente como si hubiera sido ayer.

Aida lo miraba directamente a los ojos y sabía muy bien en qué estaba pensando él. Recordaba cómo lo cogió de la mano de manera instintiva y, ante las miradas atónitas de ambas madres, se dirigieron hacia la guardería. El edificio, pintado del típico color rosado, quedaba solo a unos cincuenta metros y en la misma dirección caminaban también otros niños preocupados y con lágrimas, llevados por sus padres que apretaban raudos el paso para ir al trabajo después. Davor tropezó con una piedra y por poco se cae, pero ella lo sostuvo. Los dos recordaban perfectamente su primer día en la guardería. Durante toda la jornada intentaron estar juntos, y al atardecer se sintieron felices porque sus abuelas coincidieron al llegar a recogerlos, para llevarlos a los bloques de viviendas uniformes con las paredes desconchadas.

Solo los muertos ven el fin de la guerra

Platón

El seis de abril de mil novecientos noventa y dos Aida —como cualquier otro día— se dirigía a la Facultad. La conferencia comenzaba a las once de la mañana. Sin embargo, no estaba segura de que hubiera clases, ya que, desde algunos días atrás, Sarajevo se estremecía como si fuera Skopje en la época del terremoto. Se formaban protestas espontáneas. La gente se miraba con miedo, por las calles iban hombres vestidos con uniformes de camuflaje y sobre la ciudad se cernía una palabra horrible: guerra. Todos sabían ya lo que sucedía en Croacia. Laminados por la censura, los canales de televisión no emitían imágenes terroríficas y sangrientas, pero todo el mundo sabía que allí se libraba una cruel y fratricida guerra. Y que cada día perecían seres humanos.

En la multiétnica Sarajevo nadie era capaz de creer que pudiera ser arruinada la paz entre personas que habían vivido juntos como hermanos durante tantos años: croatas, serbios y bosnios. Católicos, ortodoxos, musulmanes… Días atrás, cuando había un partido de la selección de fútbol serbia o un concierto de Lepa Brena, los vecinos sacaban los televisores a los portales y se juntaban, independientemente de su etnia y religión. Todos eran yugoslavos, como cantaba Lepa, todos eran seres humanos. Cada uno sacaba lo que tenía: algún tarro con carne gelatinada, ensaladas en conservas, aguardiente de Valandovo, tomates, quesos, ajo. Y cantaban juntos las canciones de la victoria, juntos maldecían al árbitro, juntos lloraban si perdían y juntos canturreaban con Lepa Ja sam Jugoslovenka [3]. Mientras hoy…

Aida cruzó la calle Čemerlina. Tenía que atravesar el casco histórico Baščaršija con sus diminutos talleres, las cantinas de cevapcici [4], con los vendedores callejeros que ofrecían pipas y helado, llegar después al río Miljacka y descender a la calle que bordeaba el río y conducía a la Universidad.

Apenas había llegado a Baščaršija cuando desde el puente Vrbanja empezó el tiroteo. Oyó primero, en realidad, unos gritos, seguidos por los disparos. Miró aterrorizada a su derredor, pero solo veía rostros que expresaban el mismo temor. Eran hombres, mujeres, chavales. Iban con trajes formales, con vestidos primaverales de percal, con pañuelos de lienzo o bufandas del equipo de fútbol Zheleznicar. Todos permanecían petrificados, como en aquellas imágenes ridículas de las películas mudas o de los cuentos de príncipes y princesas petrificadas. Luego echaron a correr y cundió el caos. Corrían sin rumbo, se agarraban con las manos las cabezas, lloraban. Los vendedores recogían apresuradamente las mercancías, giraban las palancas y cerraban rápido las persianas de metal.

Aida volvió en sí, apretó el bolso con los documentos y los libros contra su pecho y dio la vuelta, camino a su casa. Cientos como ella, granitos de arena llevados por el viento de la guerra, corrían sin tener dónde escapar. Jamás olvidaría a la viejecita de cara bondadosa y un pañuelo en la cabeza que estaba junto a ella, la que hacía la señal de la cruz, miraba al cielo y lloraba. Las lágrimas corrían presurosas por ambos lados de su pálido y arrugado rostro. Era el rostro de la guerra.

***

Aida sacudió la cabeza para ahuyentar el recuerdo. Los recuerdos —tanto los buenos como los malos— son un peso inútil en tiempos de guerra.

Al ver que estaba medio dormido, se inclinó sobre él y tocó levemente su hombro.

—Davor, Davor.

Él abrió los ojos, espantado.

—¿Estaba adormecido?

—Sí —sonrió ella, y le dio un beso.

Davor se puso rápidamente en pie.

—Tienes que ir al cuarto de tus padres —dijo Aida—. Mira a ver qué tal están.

—¿Y tú? —preguntó él.

—Yo lavaré los platos.

—¿Lavarás los platos? ¿Simplemente vas a lavar los platos?

—Sí, siempre tenemos que hacer algo, ¿verdad? No podemos estar con los brazos cruzados y esperar, reventaríamos así… Anda, ve con tus padres.

Davor se relajó un poco. Últimamente sentía su cuerpo tenso como un resorte, incluso cuando estaba durmiendo. Sobre todo los músculos de las piernas y de los brazos. Y también aquella ansiedad demente que había anidado en su pecho. Miró con ternura a Aida y fue al salón. Su madre estaba arrodillada ante el crucifijo, se santiguaba y lloraba; su padre, con el cabello despeinado y prematuramente cano, permanecía en medio de la habitación sin saber adónde ir.

—Eh, Davor. Parece que dieron en la guardería. Cayó muy cerca, maldita sea…

—Sí, Aida y yo comentábamos lo mismo, parece que dieron allí.

—¿Ella está bien? ¿Dónde está?

—Está lavando los platos; es que ha cocinado y comimos. Para ustedes también hay comida, para cenar más tarde.

—Deja la cena ahora —su padre hizo un ademán con la mano y su madre se apoyó en el frío radiador, doblando las piernas hacia el pecho—. Deja la cena, vamos a tomar una copa dе aguardiente porque si no voy a reventar.

Davor quiso decir que no quería beber, menos aún esa noche, pero supo morderse la lengua. Su padre podría sospechar. Cada atardecer, al empezar los bombardeos, se tomaban unos tragos porque era el único remedio de aflojar los grilletes en sus cerebros.

—Venga, echa uno —dijo, y se sentó en el sofá.

Su papá abrió la rechinante puertecita de la alacena, sacó la botella del renombrado aguardiente de Valandovo con aquella escalerita de madera dentro de la cual, siendo niño, Davor no dejaba de sorprenderse y no alcanzaba a explicarse cómo había sido metida dentro. En la botella relucía el candente y amarillento líquido de ciruelas de producción casera que preparaban juntos.

—Es de ciruelas —dijo su padre, y llenó dos vasos pequeños.

—¡Salud! —dijo Davor, e intentó sonreír.

—¡Salud! —repitió sin pensar su padre, y se tomaron de un trago las copas.

El ardiente calor rasgó sus gargantas, soltaron solo un sonoro «Uf» y con un gesto, absolutamente idéntico y que tal vez se heredaba de padre a hijo generaciones seguidas de los Tomašiči, enjugaron sus labios con las mangas de las camisas y en los ojos de ambos brincaron las chispas juguetonas del alcohol.

Había oscurecido. En el salón, iluminado solo por la vela de cera, se filtraban el miedo, el relente nocturno, el sonido de las sirenas y los lejanos tiroteos. Y a muy poca distancia se oyó el breve canto de un еstornino. Un еstornino. Ambos cruzaron las miradas.

Pero, ¿hay algo más común y corriente que un еstornino en primavera?

Aida esperó a que Davor saliera y se desplomó en la silla. Recogió nerviosa otro mechón rebelde detrás de la oreja y justo entonces se le saltaron las lágrimas. Sabía lo vulnerable que estaba él en ese momento y, por tanto, ella no debía mostrar debilidad alguna. Davor podía haberse librado de la guerra al inicio de ésta, o en no pocas oportunidades posteriores. A fin de cuentas, era serbio. Se había quedado por ella. Su amor era más fuerte que el instinto de conservación. No era un cobarde. Se quedó con ella bajo el silbido de las balas y la amenaza diaria para sus vidas. La quería tal y como se puede querer solo una vez en la vida. De verdad y sin reservas. Sin cálculos y vuelta. Tal como merece la pena amar. Pero Aida sabía que ella también tenía que ser fuerte. Ambos estaban a punto de desplomarse, por lo cual ninguno de los dos podía mostrar su flaqueza ante el otro. Esa era la única manera de resistir.

Alzó la cabeza y miró el reloj. Eran las cinco y siete minutos de la tarde. A veces le parecía que los minutos galopaban enloquecidos, a veces que iban arrastrándose. Fuera, las sirenas seguían aullando, en algún lugar en la lejanía se oían disparos. Se miró las manos. Como si las estuviera viendo por última vez. Giró la sortija que Davor le había regalado. No, no estaban casados. Iban a casarse, pero la guerra…

Casi no había un instante en que, estando sola, no recordase los horrores. Los horrores que no olvidaría hasta su último día. Las primeras personas asesinadas a tiros que vio en la plaza central pocos días después de empezar el asedio de Sarajevo: el asedio más largo de una ciudad en la historia de la humanidad: 1395 días y noches, 495 días más largo que el de Leningrado. Pasaron los primeros días escondidos en sus casas, días en los que no se atrevieron siquiera a acercarse a las ventanas. Continuamente había cañoneos de artillería. Sarajevo está situada en una hondonada rodeada de altas colinas. Desde esas colinas, a lo largo de 1395 días y 1395 noches, los francotiradores mantenían a la gente de la ciudad bajo el fuego, y a diario había víctimas.

En los primeros días creían que esa locura sería de corta duración. Aún tenían electricidad y agua. No salían de sus casas, solo veían por la televisión o escuchaban por la radio los discursos de políticos famosos y no tan famosos, así como los de los militares. Cada uno decía algo diferente y acusaba al otro. Los serbios a los bosnios porque querían separarse de Yugoslavia; los bosnios a los serbios por la vil invasión; los croatas acusaban a todos, a los serbios y a los bosnios. Y nadie se interesaba por la gente de la ciudad, por esa gente sin importancia alguna que cada día moría, que sufría igual, con independencia de su etnia y religión. La locura se había apoderado de todo el mundo.

***

Salieron, sin embargo, unos días después del inicio del bloqueo. No había alternativa (hablaban con Davor por teléfono todos los días, la guerra lo había atrapado en casa de su abuela en la otra parte de la ciudad. Los teléfonos aún funcionaban y hablaban horas enteras. El horror lo había desplazado todo, pero el amor les ayudaba para no enloquecer). Se citaron en el viejo monumento a la orilla del Miljacka. Y a pesar de las lágrimas y las prohibiciones de sus padres, ella echó a andar. Tenía que ver a Davor.

Salió a la calle. Estaba oscureciendo. En el aire flotaba el olor a quemado. Todo tenía un aspecto irreal. Los bloques de viviendas parecían blancos en un campo de tiro, el asfalto de la carretera estaba acribillado y cubierto de pedazos de hormigón y cristal, no transitaba gente. Dobló la esquina y, debido a la prisa que llevaba, tropezó con algo.

Nunca lo olvidaría. Se inclinó y vio el cadáver de una mujer adulta. El primer cadáver.

Soltó un grito y se desplomó al lado de la mujer. No la conocía, tal vez era una vecina que nunca había visto. El primer cadáver… Se atragantó y vomitó sobre el asfalto. Se limpió rápido y corrió hacia el viejo monumento. En unos diez minutos pudo llegar sin oír un solo disparo. Y había atravesado, sin embargo, todos los sitios desprotegidos. ¿La escoltaba Dios o el Diablo?

Al verla venir Davor la abrazó, después la llevó al cauce del Miljacka. Lavó atentamente su rostro y mientras ella se secaba con unas servilletas se puso a pensar en los que disparaban. ¿Quiénes eran esos degenerados que disparaban contra personas indefensas? ¿Llevaban dentro de su alma algo humano, tenían madres y novias, les esperaba alguien al terminar el día, tras solo disparar y matar?

***

[1] Sarajevo, Sarajevo, ¿dónde está mi pueblo, dónde está mi pueblo?

[2] Vehículo fabricado en la antigua Yugoslavia, conocido también como El Yugo.

[3] Yo soy yugoslava.

[4] Rollos asados de carne picada.

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Autor: Georgi Bardarov. Traductor: Rumen Grigorov. Título: Yo sigo contando los días. Editorial: Berenice (Almuzara). Venta: Todos tus libros, Amazon, Fnac y Casa del Libro.

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