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Yolanda Guerrero: «Las mujeres construyeron Europa»

Yolanda Guerrero: «Las mujeres construyeron Europa»

La historia de Mariela nace en un pueblo escondido a los pies del Moncayo. Nace, como nacen las historias que nos embelesan, a partir de un secreto, la biografía aún por escribir de la bisabuela de Beatriz, Mariela, una mujer de la que se sabía poco en el pueblo más allá de las etiquetas que la condenaron.

En una España oscura y rural nació Mariela, una mujer que adelantó a zancadas su época, se rebeló contra el destino de ama de casa o religiosa que parecía perseguir a todas las mujeres y estudió Enfermería. Se fue de casa sola, dejó atrás el pueblo, aparcó la superchería de una España cerrada a la modernidad, aprendió a curar a los enfermos, a leer a los grandes poetas y volvió a los pies de esta montaña nevada persiguiendo una obsesión —una bestia— que marcaría su vida: curar a los contagiados por la gripe española.

La historia de Mariela (ediciones B), la novela que acaba de publicar la escritora Yolanda Guerrero, vertebra en femenino el despertar de Occidente. También Guerrero persiguió su propia bestia y se encaró con ella: en Mariela muchas mujeres tienen, por fin, una voz pública a la que apenas tuvieron acceso en su día. Enfermeras de toda Europa documentaron en diarios, artículos y cartas los progresos de la temible enfermedad que cercenó más vidas que las dos guerras mundiales. Los medios de comunicación de la época evitaron hablar de esta epidemia, de la que se conocían pocos datos. Valerosas enfermeras de toda Europa sortearon la guillotina de la censura para explicar la enfermedad, dar a conocer las consecuencias físicas y psíquicas de los heridos en el conflicto y dejar constancia del horror que escondían las cunetas de la Gran Guerra.

Mariela es una novela protagonizada por mujeres sin miedo, mujeres que tomaron las riendas de la sociedad mientras los hombres estaban en el frente, mujeres que alzaron su voz contra el oprimido, contra la injusticia social y laboral, que reclamaron para sí derechos —hoy considerados inalienables— y que en muchas ocasiones perdieron la vida por la defensa pública de sus libertades. En su día las callaron.

Las voces de la novela de Guerrero se alzan como una reivindicación, como un homenaje a todas las mujeres que fueron dibujadas con el rostro borroso, a las enfermeras, cocineras, conductoras, maestras… mujeres sin nombre que reconstruyeron Europa al tiempo que el sinsentido de la guerra trataba de destruirla.

Mariela es la historia de una mujer joven que estudió enfermería y que dedicó toda su vida a luchar contra la gripe española y persiguió a ese fantasma por Francia, Bélgica, Alemania y Rusia. Mariela también es la historia de Beatriz, que aprendió de su bisabuela que sólo el tercer amor cuenta. Mariela es además la historia de las mujeres que no podían votar, las que no tenían permitido escribir o no les enseñaron a hacerlo, las mujeres que, obstinadas, labraron un futuro para todos, a pesar de los obstáculos, a pesar de lo que el destino había marcado para ellas.

Nos encontramos con Guerrero en la sede de su editorial. Hablamos con ella de su novela, de escritura, de voces olvidadas y de europeísmo. Desvela Yolanda Guerrero para Zenda algunas de las bestias que la han marcado como escritora. Comenzamos.

¿Quién es Mariela?

"Mariela es en realidad muchas mujeres. Todas aquellas mujeres a las que no se les ha puesto nombre a lo largo de la historia"

—Mariela es en realidad muchas mujeres. Todas aquellas mujeres a las que no se les ha puesto nombre a lo largo de la historia. Hemos dudado mucho en el título del libro y, de repente, decidimos: “Hay que llamarla por su nombre”. Mariela es una enfermera, y las enfermeras, como todos sabemos, no tienen nombre. Hay un cuadro en el Museo de Enfermería, el único Museo de Enfermería de España, que lo dirige María Teresa Miralles. A la entrada tiene un cuadro de unas enfermeras. Es una acuarela pintada de Raquel de Prada y tiene unas enfermeras sentadas, posando ¡y ninguna de ellas tiene rostro! No tienen ni ojos, ni nariz, ni boca. Y lo hizo porque las enfermeras no tienen nombre. Vas al médico y te dicen: “Ahora viene el doctor Fernández”. Pero te van a tomar la tensión o a sacar sangre y dicen: “Ahora viene la enfermera”. ¡No tienen nombre! Y como ella, como la profesión de enfermera, hay muchas mujeres a lo largo de la historia que no han tenido nombre. Ésa es Mariela: todas las mujeres que no han tenido nombre. En este caso es una enfermera, pero, ¡hay tantas mujeres que no tienen nombre y que han sido vitales en la historia de la humanidad! Pues a ellas, a ellas va dedicada Mariela.

—¿Cómo llegó Mariela a manos de Yolanda?

—No llegó ella per se, sino que llegó porque yo quería escribir acerca de la gripe española. Hay algo que siempre me ha intrigado mucho en el comportamiento humano: cómo somos capaces a veces de dar lo mejor de nosotros mismos en una gran tragedia y después a otra que transcurre paralela no le hacemos ni caso. Somos capaces, y está muy bien, de salvar a un niño que se cae a un pozo o a un niño que se pierde y lloramos cuando ese niño muere, si es que ese niño muere, y contemplamos indiferentes cómo mueren muchos niños en el Mediterráneo. El ser humano tiene esa dicotomía, y ya sería otro debate dependiendo de cómo lo planteen los medios de comunicación. En aquella época sucedió: el mundo se estaba suicidando, estaba asomado al abismo. Había una guerra mundial absurda, las revoluciones arraigaban en los pueblos y en medio de todo aquello surge un virus letal del que todavía no sabemos la secuencia genética que se llama “la gripe española” y que mata más que la propia guerra y algunos creen que llegó a matar más que las dos guerras mundiales juntas. Y sin embargo no hay ningún monumento al enfermo desconocido. Es una tragedia que se vivió en la soledad de las familias. Aquello me intrigó, y dije: «Yo quiero escribir sobre la gripe española, pero quiero también un personaje femenino», y es que era tan evidente que me llegó solo. En aquella época no había médicas, había mujeres que se querían dedicar a la medicina que eran enfermeras. Y además eran enfermeras pioneras porque en aquellos momentos estaban naciendo —lo cuenta Beatriz Galindo (pseudónimo de Isabel Oyarzábal)— dos profesiones que eran las primeras profesiones laicas después de que las hubieran ejercido siempre las religiosas; una de ellas era la docencia, las maestras, y otra era las enfermeras que salían de la primera escuela de enfermeras laicas, que era la de Santa Isabel de Hungría del Doctor Federico Rubio y Galí. Beatriz Galindo cuenta esto: por primera vez las mujeres comenzaron a tener tres condiciones fundamentales para su emancipación, que eran la formación, la titulación y la remuneración. Para que una mujer pueda ser libre y pueda vivir por sus propios medios necesita esas tres condiciones. Si no, no se puede ejercer; las enfermeras que no eran religiosas eran criadas que además cambiaban vendas si alguien se ponía enfermo en la casa, pero eran criadas. Y las enfermeras, más o menos profesionales, eran religiosas, pero para que hubiera una enfermería laica se necesitaban esas tres condiciones, como en todas las profesiones. Yo necesitaba una enfermera laica, una enfermera pionera, una científica que estudiaba plantas, que sabía administrarlas, que sabía manejarlas y después ya fue ella la que me fue llevando. Me dejé llevar por ella (risas).

Una época en la que «las mujeres escriben en minúsculas», dice en un momento de la novela. ¿Que animó a Mariela a escribir y contarlo todo?

"Las mujeres entonces escribían. Escribían todas. Y además algunas escribían muy bien. Y algunas no han sido ni publicadas siquiera"

—Me gustaba que fuera mujer la que escribiera, porque había muchas y sin embargo desconocidas. Ella me fue llevando, yo me preguntaba: «¿Ahora qué haría una enfermera? Ahora se iría a París». Me iba a París con ella. Entonces empezaba a investigar y descubrí… No puedo decir, porque mentiría, que soy una erudita fantástica de la época, no lo soy ni lo era. Yo no sabía nada. A raíz de lo que yo quería escribir empecé a leer, a investigar. Me encontré con unas mujeres extraordinarias, algunas eran ricas, otras pobres. Mujeres que lo habían dejado todo y habían dedicado su vida y su fortuna a cuidar a los enfermos de la Primera Guerra Mundial. Esas mujeres, la mayoría de ellas, escribían. Mary Borden, por ejemplo, es un personaje que me fascinó cuando lo encontré, gracias a Mariela. Mary Borden es una mujer que nació rica, riquísima, y se casó, tuvo hijas, y cuando estalló la Primera Guerra Mundial decidió que iba a dedicar su fortuna a cuidar enfermos y crear hospitales de guerra, y empleó todo su dinero en eso, pero escribía. Y escribió unos relatos estremecedores, fantásticos, unos relatos casi cubistas, hechos con retazos nada más. Hay un relato que me encanta, que simplemente describe, como si estuviera pintando un bodegón, los elementos que hay en una enfermería, en un hospital de campaña. Va describiendo para qué valen. Termina al final diciendo: “Silencio, ha entrado la muerte”. Y es fantástico cómo escribe. Te pone la piel de gallina cuando la lees. ¡Es tan buena!. Pues esta mujer es una de las grandes olvidadas. No quisieron publicarle sus relatos durante la guerra porque decían que las mujeres escribían en minúsculas, las mujeres no hacían épica, las mujeres no contaban a los grandes héroes que morían haciendo patria y salvando a su país de las hordas enemigas. No. Las mujeres contaban esto, contaban que la muerte acababa de entrar en una enfermería y que se había llevado a varios hombres. Eso es lo que a los generales les reventaba y no querían que se contase. Mary Borden no pudo publicar sus primeros relatos hasta 1929, en el periodo de entreguerras. La mayoría de sus poemas no los pudo publicar hasta el año 2015. Cien años después de haberlos escrito. ¡Cien años después! Es una de las grandes desconocidas. En España hay solamente un tomo, que es una recopilación de sus relatos, prologado por María Teresa Fernández Reus. Una muy buena recopilación en la que María Teresa escribe una breve historia de las enfermeras de guerra de la época, y es lo único que hay en español. Jane Conway escribió una biografía de Mary Borden hace relativamente poco, después de que María Teresa Fernández Reus escribiera esto. Es curioso porque como ella había muchísimas mujeres. Ellen Newbold La Motte, una enfermera que trabajó con ella en los hospitales de campaña, después se fue a China para ayudar a los adictos al opio y también escribía unos relatos estremecedores. Escribieron muchas enfermeras, casi todas porque era la única manera que tenían de desahogarse, pero nadie quería publicarlas. Edith Wharton, por ejemplo, escribió muchas cosas que no son tan conocidas como sus novelas y sus relatos. Hay una recopilación de artículos, Francia combatiente, en los que Edith Wharton usa metáforas muy bonitas, que es la única manera de sortear la censura. Habla de ciudades destripadas o de edificios sangrantes, y era la única manera en la que podía “colar”. Pero todo el mundo sabía de lo que estaba hablando. Ella también tuvo artículos censurados, artículos que no le dejaron publicar. Las mujeres entonces escribían. Escribían todas. Y además algunas escribían muy bien. Y algunas no han sido ni publicadas siquiera. Creo que es la forma que tenían de desahogarse. Escribían en minúsculas. Ese era su único problema, que escribían en minúsculas.

—¿Cómo era la Europa en la que Mariela nació y cómo es la Europa que ella conoce mientras está trabajando?

"Muchas de las frases que yo cito del cura intransigente son frases reales, no de él, porque no existió, pero de otros, incluso de obispos"

—Ella nació en un país neutral, España. No era un país que se hubiera metido en la guerra, y sin embargo era un país muy dominado por la Iglesia católica. Esto es real: muchas de las frases que yo cito del cura intransigente son frases reales, no de él, porque no existió, pero de otros, incluso de obispos. Es verdad que la gripe española no fue española, porque no nació en España, pero España fue uno de los países donde más gente murió, precisamente porque aquí la Iglesia decía que la gripe era una consecuencia del pecado y que por lo tanto había que rezar para que se fuera el pecado y entonces se iría la gripe. Y eso implicaba no tomar medidas profilácticas, hacer muchas misas y muchos actos multitudinarios donde la gripe se propagaba. Esa es la España no europea en la que nació Mariela porque estaba apartada de Europa. En esa España, Mariela dice en algún momento: “Cuando la humanidad quiere insultar a las mujeres las llama dos cosas: prostitutas o brujas”. Y a Mariela le tocó que la llamaran las dos cosas en España. Ella era una mujer científica que cogía plantas y sabía manejarlas. Esa es la España en la que ella nace. Después se traslada a Europa. La Europa por la que Mariela viajó es una Europa que a mí me da mucho miedo cuando oigo los mensajes antieuropeístas, y me digo: «No hemos aprendido nada de aquella Europa que fue el lado perverso de la globalización, donde llegaban soldados canadienses y morían ahogados en el barro de Flandes. Y no sabían por qué estaban muriendo, porque en realidad, ¿qué hacía un soldado canadiense muriendo ahogado en el barro de Passchendaele? Era una Europa globalizada en el peor sentido de la palabra, en el que todos peleaban contra todos y nadie sabía por qué estaban peleando. Mariela llegó a esa Europa en el momento final de la guerra, en el que hubo tanta confusión como durante la contienda, porque la guerra termina y nadie sabe a qué país vuelve, los que volvían a sus países. Por otro lado, está la Alemania derrotada, la Alemania que se considera humillada, la Alemania en la que está naciendo una revolución, una revolución contagiada por la Revolución bolchevique que había ocurrido un año antes y es una Alemania muy confundida. Una Alemania en la que por un lado está germinando el nazismo. De hecho Hitler peleó en la Primera Guerra Mundial; el gas mostaza le dejó ciego y él lo empleó para decir que en la ceguera había visto la luz. Era así de mesiánico. Por un lado estaba germinando una serpiente y por otro una revolución que iba a ser aplastada por sus propios correligionarios, es decir, la revolución en Alemania no fue aplastada por el nazismo (que no había nacido todavía) sino por los socialdemócratas que se habían dividido, querían aplastar ese tentáculo de la revolución bolchevique que estaba llegando y al mismo tiempo utilizaron a los Freikorps, que eran las milicias paramilitares, que después engendraron el nazismo y se sirvieron ambos para aplastar esa revolución. Una amalgama bastante extraña que hoy cuesta trabajo comprender, yo tuve que leer mucho para entenderla bien. Y después está la Europa de la Revolución bolchevique. En toda esta Europa que te cuento, lo que más me asombró fue el papel de las mujeres. Yo sabía lo que sabemos todos sobre ese principio del siglo XX, pero lo que no sabía es hasta qué punto las mujeres desempeñaron un papel primordial. En la Europa de la guerra en Francia estaban estas mujeres que eran enfermeras y escribían, pero es que en la Alemania revolucionaria, en la Alemania derrotada, había mujeres como Clara Zetkin y Rosa Luxemburgo. Rosa Luxemburgo es una de las grandes olvidadas del pensamiento europeo, independientemente de la ideología. Todo el mundo conoce, por cultura general, los libros de Lenin, de Marx, de Engels e incluso de algunos otros. ¡Hasta Stalin escribió! Y sin embargo, Rosa Luxemburgo, que es una mujer moderada, era una revolucionaria que creía que la base de todo tenía que estar en la libertad de pensamiento, en la igualdad de los seres humanos, sobre todo en seres humanos iguales y libres. Y esta mujer es una de las grandes olvidadas. La conoce la gente porque fue asesinada, pero no conocen sus libros, no conocen sus textos, y es fantástica. Clara Zetkin también escribió. De ella partió la idea de que se celebrara un día en marzo que es el Día de la Mujer Trabajadora. Y en Rusia ya es donde me llevé la sorpresa definitiva, porque en Rusia me encontré con que la verdadera revolución, la revolución inicial, la hicieron las mujeres y no era una revolución proletaria, sino una revolución para la emancipación femenina y además con unas ideas realmente progresistas. Alexandra Kollontai fue la primera mujer ministra del mundo, y la primera mujer embajadora del mundo y escribió libros magníficos: escribió una novela que se llamaba La bolchevique enamorada, y el más famoso de sus libros es Autobiografía de una mujer sexualmente emancipada. Esto en los años 20 era una revolución en sí misma, sin necesidad del bolchevismo, pero al mismo tiempo fíjate qué ideas más progresistas. Alexandra Kollontai creó lo que ella llamaba «la nueva moral», y lo que predicaba era: las mujeres, cuando la revolución bolchevique llegó, eran las grandes perdedoras porque los hombres habían leído, habían participado en reuniones bolcheviques, habían tenido cierta cultura política. Las mujeres eran analfabetas porque habían sido campesinas o habían trabajado en las fábricas. La mujer llevaba un retraso considerable respecto al hombre bolchevique, de manera que había que ponerlas al día. ¿Cómo podía hacerse eso si tenían que cocinar, planchar, fregar, cuidar a los hijos y después trabajar en la fábrica? Imposible. Pues vamos a proveer desde el Estado que la mujer no tenga que hacer todas esas tareas domésticas: guarderías gratis para todas la mujeres trabajadoras, limpieza doméstica para todas las mujeres trabajadoras. ¿Cómo? Creando mujeres trabajadoras que limpien las casas de otras mujeres, también trabajadoras. Todo sufragado por el Estado. Vamos a crear lavanderías. Vamos a crear comedores, que la mujer no tenga que cocinar, ni lavar, ni planchar, ni fregar, que cuando esté con sus hijos esté jugando con ellos y que el tiempo que tenga libre lo dedique a leer, a pensar, a formarse, a culturizarse. Fíjate, hoy todavía estamos peleando para que los estados sufraguen las guarderías para las madres trabajadoras. ¡Imagínate esto en el año 17! Todo aquello fue suprimido por Stalin de un plumazo. Esa es la Europa a la que llega Mariela desde una España oscura, una España mediatizada por la superchería, porque creían en brujas, y se encuentra con la guerra y la destrucción, y dentro de las tinieblas de la muerte con la luz de estas mujeres. Y por eso escribe. Quiere contarlo, dice: «Esto es lo que yo siempre he pensado y nunca supe expresar». Se siente absolutamente subyugada. Creo que es una novela en la que además Mariela encuentra en estas mujeres la amistad verdadera, porque encuentra la amistad de sus iguales. Ella siempre dice (cuando escribe a su amiga Mary Borden): «Mary, he conocido a mujeres que escriben», porque le parecía algo extraordinario. Esa es la Europa femenina a la que llega Mariela. 

Rosa Luxemburgo, Mary Borden, Mariela… Son mujeres que se manifiestan a través de la escritura. ¿Qué supuso para las mujeres poder escribir en los primeros años del siglo XX?

"Creo que la razón principal por la que escribían las mujeres era porque no podían votar"

—Suponía liberarse, suponía poder expresar lo que ellas realmente estaban sintiendo, estaban viendo y estaban pensando. Ellas sufrían la misma censura que los hombres, excepto al final de la guerra. Al final de la guerra los hombres ya podían escribir porque Clemenceau había sido periodista y había dicho: «Oficialmente, voy a acabar con la censura». Creo que la razón principal por la que escribían las mujeres era porque no podían votar. A la mujer se la estaba privando de algo que ayer (28 de abril de 2019) todos vivimos. Ayer, muy emocionada, me acordaba de Mariela, de las mujeres que no podían votar: Mariela escribía, Mary Borden escribía, Rosa Luxemburgo escribía, Clara Zetkin… Escribían todas porque no podían votar. Sabían más de política que muchos hombres que las rodeaban. Eran mujeres intelectuales, cultísimas, formadas, que formaban a otros.

Y eran cabezas políticas en la sombra.

—Exactamente, y a ellas además acudían los hombres cuando querían formar un partido. De hecho, Rosa Luxemburgo fue fundamental para formar el KPD, que fue el Partido Comunista alemán, que lo crearon entre el 31 de diciembre de 1917 y el 1 de enero de 1918. Fue la fundadora de un partido político que fue muy relevante en los años siguientes, en la República de Weimar. ¡Y no podían votar! Tenían cercenados uno de los derechos que hoy ya consideramos inalienables y que son derechos que nadie va a discutir, hasta que llegue alguien que los discuta, claro, que todo en la vida puede ocurrir. Pero en aquel momento lo que nadie podía imaginar es que algún día pudieran votar. Como no podían votar, escribían. Escribían sobre política, no se limitaban a escribir novelas de amor, que es muy respetable. Pero es que ellas escribían sobre las cosas sobre las que los hombres después votaban. Creo que lo hacían por eso, como una liberación. Pero claro, escribían desde su punto de vista, y su punto de vista era importantísimo, porque en aquel momento los hombres se estaban matando en las trincheras y ellas estaban salvando el mundo. Ellos creían que pegándose tiros iban a salvar al mundo, y sin embargo quienes lo estaban salvando eran ellas, porque además de escribir estibaban en los muelles, conducían tranvías, fabricaban balas. Incluso donaron masivamente sus corsés, porque estaban hartas de él, para que usaran el acero de las ballenas para poder construir armamento. Las mujeres salvaron el mundo en realidad, no fueron los hombres que pegaban tiros; y necesitaban contarlo, porque no podían hacerlo de otra manera. La liberación de la mujer empezó por la escritura.

Mariela es testigo de la Revolución Rusa. ¿Cuál es la principal revolución de Mariela?

"Ella se rebela, lleva el germen de la revolución dentro de sí."

—La revolución de Mariela empezó en su propia tierra. Ella llevaba la revolución con ella. Lo que cuento sobre Trasmoz es real. Hubo una mujer —de la que escribe Bécquer— llamada «la tía Casca» que en realidad se llamaba Joaquina Bona y tenía unos 46 años. Bécquer la describió como una vieja de pelo encrespado. Era una mujer a la que todo el mundo consideraba bruja porque cogía hierbas, las mezclaba y curaba. Pero hubo un año de malas cosechas y, ¿a quién echaron la culpa? A la bruja. Ese es el ambiente del Moncayo en el que ella nace, se cría y está a punto de ser linchada. Ella era sabia y a las mujeres se les permitía ser sabias hasta cierto punto. Si yo tengo un resfriado y me lo curas, bien. Pero si ya empiezas a manejar las hierbas de determinada manera, y además denuncias que una niña ha sido violada por su padre y utilizas esas hierbas para que esa niña no tenga un hijo de esa violación, ya empiezan a ser palabras mayores, palabras mayúsculas. Ese es el mundo en el que nace Mariela. Y se rebela. Esa es su primera revolución. De hecho está en Madrid estudiando, en el Santa Isabel de Hungría, y llega la famosa huelga de agosto de 1917 y ella oye cosas por ahí, ellas no pueden votar. Llega noviembre de ese año y dice: «¿Hoy vota Madrid? Pues no, no es verdad. No vota Madrid, vota la mitad de Madrid porque la otra mitad somos nosotras y no estamos votando». Era una época en la que el sufragismo en España prácticamente no existía… Ella se rebela, lleva el germen de la revolución dentro de sí. Cuando se encuentra con la revolución de su amiga Alexandra Kollontai, ya se había recorrido toda Europa, ya ha pasado por la revolución alemana, ha pasado por Rosa Luxemburgo y Clara Zetkin y entonces dice: «Es que hay que hacer la revolución». Pero no se convierte a la revolución cuando llega a la revolución, ella ya llevaba la revolución dentro de sí, porque vivía en un país oscuro y se rebela contra ese oscurantismo. Es mujer y se rebela contra lo que les está pasando a las mujeres aquí.

—¿Qué papel tiene la cultura en la novela?

—La cultura para ella era importantísima, porque las mujeres no se podían culturizar. Ella tenía un acceso privilegiado a una Escuela de Enfermería, una escuela que, por cierto, el doctor Federico Rubio y Galí decía que él quería enseñar a las mujeres a ejercer la enfermería de una forma científica y artística. No había cultura como la entendemos ahora. No había una base de cultura general para que las mujeres pudieran estudiar. Ella llega a Madrid, no había leído nunca un libro, y va a la biblioteca de las Escuelas Pías, se encuentra con un mar de libros y, como nos ha pasado a los que nos gusta leer, cuando nos topamos por primera vez con un libro que te emociona dices: “Dios mío, ¡quiero pasarme la vida leyendo! ¡Esto es lo que quiero hacer!”. Tuvo la suerte de tener una amiga francesa que le descubrió a los grandes, a Flaubert. ¡Leían juntas a Espronceda y Flaubert! Y empezó a abrir su mente de tal manera que, como ella dice: «Yo soy adicta a los libros como los chinos al opio. Yo ya no puedo vivir sin libros». El segundo contacto que tiene con los libros es en la biblioteca de Mary Borden. Ella escribió su autobiografía y todo lo que yo describo es real: el secreter rojo, una biblioteca con las paredes pintadas de verde, paredes paneladas de oro, una casa que es un conjunto de casas con un jardín de lilas y un ruiseñor que cantaba… Su casa era así. Me imaginaba a Mariela, adicta a los libros, que llega a una biblioteca como esa, y quiere quedarse a vivir… no en la habitación, ¡en esa biblioteca! Eso es el afán que tenían muchísimas mujeres por absorber cultura cuando la sociedad no las dejaba. Por eso para Mariela es tan importante. Si a lo mejor hubiera tenido acceso, como lo tenemos todos, habría sido un poco menos compulsiva leyendo. Ella necesitaba eso porque sabía que era lo que le alimentaba el alma, por eso viajaba siempre con dos libros.

En esta novela ha construido la historia de Europa vertebrada a través de mujeres. ¿Por qué lo ha hecho así?

"Las mujeres construyeron Europa, pero lo hicieron porque los hombres se estaban matando"

—Porque creo que de verdad las mujeres fueron importantísimas en aquella época. Los hombres se estaban matando, ¡los llevaban al matadero! En la novela hay hombres buenos, hombres malos, mujeres buenas, mujeres malas. No es cuestión de decir que ellas eran las buenas y todos los hombres eran malos, no. Eran malos los que eran malos igual que las mujeres lo eran. Los hombres, en aquella época, sobre todo los hombres jóvenes eran llevados al matadero. Edith Wharton dijo que la Primera Guerra Mundial era una máquina de picar carne, porque era literalmente así. Los que no morían salían mutilados. Los hombres estaban dedicados a eso, nada más. Uno de los títulos de uno de los capítulos es: «Si ellas colapsan, Europa se hunde». Realmente era así, ellas estaban levantando el mundo porque no había hombres que lo hicieran y no porque ellas tuvieran acceso a todo. En aquel momento las dejaron trabajar, antes no se lo habían permitido, pero no les quedó otro remedio, tanto a los generales como a los políticos y a los empresarios. Pero, ¿qué ocurría? Eran mujeres que cobraban muchísimo menos que los hombres, que además trabajaban el doble porque llegaban a casa y tenían que cuidar a sus enfermos, a sus mutilados y a sus familias rotas. A pesar de eso ellas me levantaron Europa, ellas levantaron el mundo. Por eso quiero darle a la novela ese mensaje europeísta. Los hombres fueron los que desmembraron Europa, los que amputaron Europa, y las mujeres fueron las que hicieron el europeísmo que después nos ha llevado adonde estamos ahora. Ellas fueron las que aglutinaron Europa. De hecho, Rosa Luxemburgo estuvo encarcelada varias veces, no por ser comunista, que todavía no lo era, sino por estar en contra de la guerra. Rosa Luxemburgo escribió, clamó, gritó contra la guerra y dijo que lo único que hacen es destruir a los hermanos europeos. Somos todos hermanos europeos. Y lo que es bueno para un trabajador alemán es bueno para un trabajador francés. Y por eso fue encarcelada, por decir semejante barbaridad. Hoy creemos que el Tratado de Roma empezó a construir Europa, y no, las mujeres construyeron Europa. Pero lo hicieron porque los hombres se estaban matando y los que volvían a casa volvían con la derrota y la humillación, y los que ganaron volvían preguntándose qué es lo que habían ganado. Ellas pusieron toda la fuerza. Es que me lo he encontrado ahora, yo no lo sabía. Lo he encontrado mientras escribía Mariela y es una sorpresa preciosa.

—¿Ha pensado en una adaptación cinematográfica de Mariela?

—Me gustaría. Me gustaría mucho, la verdad. Imagino que sería una producción cara. Pero sí, sí me gustaría que alguien le pusiera rostro a Mariela, porque yo me la he imaginado tanto… No soy muy prolija en descripciones físicas. Me gusta mucho imaginarme los personajes que leo y por lo tanto quiero que mis lectores también se lo imaginen. Puedo dar pistas: si tiene el pelo oscuro, si es alto o bajo. Lo que sí me importa es describir los ojos. Creo que los ojos de las personas dicen muchas cosas. Me gusta describir los ojos de los personajes. Pero no soy exhaustiva describiéndolos físicamente. Pero claro, una adaptación cinematográfica ¡la vería con otros ojos! [Risas] Sí, sí me gustaría.

—¿Podría contarnos el proceso de escritura de esta novela?

"Ojalá algún día algún lector me escriba y me pregunte si algo de lo que cuento es verdad, porque entonces le cuento todo lo que sé sobre esto"

—El proceso de escritura fue rápido. No sé si es virtud o defecto, creo que más bien defecto. Cuando me obsesiono con algo lo quiero escribir rápido y dedico las 24 horas del día. Las pocas que no estoy escribiendo o estoy durmiendo o estoy investigando, pero no hago otra cosa. Los amigos ya me conocen y no me lo tienen en cuenta. El proceso de esta novela ha sido realmente rápido porque me obsesioné y entonces quería leer mucho y quería saber mucho. Otras veces era lento porque para escribir una frase o dos o un párrafo me tenía que leer un libro entero porque no era capaz de escribir ese párrafo si no sabía todo el contexto, si no sabía toda la historia. Ojalá algún día algún lector me escriba y me pregunte si algo de lo que cuento es verdad, porque entonces le cuento todo lo que sé sobre esto (risas). No lo puedo meter en la novela, en lugar de seiscientas y pico páginas me habrían salido cinco mil. Necesitaba saber de lo que estaba hablando. Para mí, eso es deformación profesional porque como periodista lo necesito contrastar. No cuando leía las obras originales de la gente de la que hablo, sino cuando leía obras sobre la gente de la que hablo. He leído varias biografías de cada uno de los personajes para contrastarlas, para saber si lo que yo estaba leyendo de ellos era verdad o no. Eso a veces me llevaba mucho tiempo. Una vez que lo tenía claro ya escribía y escribía sin parar. Ese ha sido el proceso, una obsesión permanente, una obsesión con Mariela, ¡Había veces que me llamaba a mí misma Mariela! (Risas) Pero ha sido precioso escribirlo.

—¿Cuál es el monstruo que persigue o al que se enfrenta un escritor en una novela como esta?

—Para mí —yo no sé los demás escritores—  el peor monstruo es la inexactitud. No la inexactitud en la ficción porque en la ficción te puedes permitir lo que quieras. El ser incorrecta. En la anterior novela [El huracán y la mariposa] no había personajes históricos pero era muy importante para mí contar con los psicólogos que me asesoraron. Quería, al hablar de un trastorno psicológico, reflejarlo bien. No ser hiriente con nadie, no hacer daño. Para mí es importante que alguien se pueda ver reflejado en una novela y aunque no esté de acuerdo, que no se sienta agredido, que no se sienta ofendido (en el sentido de que esté mintiendo o manipulando algo para llevarlo a mi terreno). En esta novela no tenía asesores, mis asesores eran mis lecturas e investigaciones. Bueno, sí tuve una asesora especial, Eva García Perea, que es la Directora del Departamento de Enfermería de la Universidad Autónoma, pero en cuestiones exclusivamente «enfermeras». Lo que hice fue coger un montón de personajes históricos, ver que me coincidían las fechas y lugares por los que Mariela pasaba y decirles a todos: «Ahora os voy a convertir en personajes de mi novela». En muchos de ellos no cuento la verdad; cuando hablo, por ejemplo, de Sverdlov lo pongo en algunos lugares en los que no estuvo, pero soy consciente de que lo hago, no estoy mintiendo. No estoy poniéndolo en un lugar porque no sé lo que estaba haciendo en ese momento. Sé lo que estaba haciendo, pero lo pongo en ese lugar porque me interesa para la ficción. Para llegar a eso yo tengo que saber lo que está haciendo Sverdlov en ese momento. No quiero manipular ni mentir, sino que cuando «miento» es en aras de la ficción y que el lector sea consciente de que lo que estoy queriendo crear es literatura, pero que sea consciente de que no le estoy engañando. Por eso al final digo que los algunos personajes hicieron lo que yo digo y otros no. Pero no estoy haciendo una novela histórica, porque entonces el lector se podría sentir engañado. He usado a los personajes y les he pedido, metafóricamente, que trabajaran para mí, que entraran en mi juego. Es importante, para mí, la honestidad del escritor, que los lectores puedan percibirla aunque sepan que, entre comillas, les estoy engañando.

Usted es periodista y ha sido enviada especial en diferentes países. A su manera también ha perseguido su propio monstruo. ¿Qué bestia le habla a Yolanda Guerrero?

—La que me hablaba hasta que dejé el periodismo fue la de la espina clavada que tenía de escribir ficción. Es algo que siempre he querido hacer. He empezado tarde, lo sé, pero como los avances son buenos y la vida es cada vez más larga, pues igual tengo tiempo de seguir escribiendo. Pero me hubiera gustado hacerlo antes. Mi madre siempre me decía: «Ojalá me toque la lotería porque te quito de trabajar y te pongo a escribir. Pero no te voy a dar el dinero gratis, no, te quito de trabajar y te pongo a escribir», sin que yo le hubiera dicho nunca nada, porque yo tenía mi profesión, era periodista, me gustaba y escribía. Ella sabía que yo necesitaba —me hubiera gustado— haber escrito una novela. Pero no soy capaz, no puedo hacer las dos cosas al mismo tiempo. Hay gente, compañeros míos, que lo hacían y les admiraba profundamente, pero yo soy muy obsesiva. Si yo estaba en el periodismo, estaba en el periodismo, y si estoy en una novela no me puedo dedicar a escribir y trabajar en un periódico. Y cuando tomé la decisión, que fue una de las más importantes de mi vida, de dejar El País, con todos los amigos que dejaba dentro (y toda mi vida que tenía allí) a los que sigo queriendo y además salí por las buenas, salí muy bien, y todo fue bonito, salí voluntariamente, dije: «Ahora sí, ahora ese monstruo lo voy a matar. Ahora espero que la vida me dé unos años para poder escribir al menos una novela”. He escrito dos y ya estoy pensando en la tercera. Ese es el monstruo que yo tenía, el no haber hecho algo que siempre quise hacer. Ese era el monstruo que me perseguía, el no haber sido capaz de escribir una novela, una ficción. Y lo hice.

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Concluye la conversación y aún aguardan otras citas para la autora de Mariela. Yolanda Guerrero dio a luz una historia que no conocía, alumbró la historia de Mariela, la de tantas mujeres de las que no sabía nada, pero cuyas voces se alzaban sin que les prestásemos atención.

Hay historias que nos persiguen sin que apenas nos demos cuenta, historias que sobreviven en cartas, en diarios guardados, en herencias recibidas… Historias que buscan el espacio de una novela, artículo o reportaje para seguir vivas, para no perderse entre papeles amarillentos y olvidados, para que su latido siga vigente en nuestra memoria. Historias que anhelan convertirse en la bestia, en el monstruo que persiga y obsesione a un escritor hasta el punto de dedicar años de investigación, viajes y escritura. Yolanda Guerrero parió a Mariela, a todas las mujeres enfermeras dibujadas con trazo borroso, en un viaje de aprendizaje y descubrimiento por Europa, por su política y su literatura, y por el corazón de las mujeres valientes que tejieron un férreo futuro para todos.

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