El año 2024, Juan Pedro Aparicio publicó El sueño del emperador, inicio de una serie de novelas históricas denominadas Episodios nacionales del siglo XII y que, como señalé en mi reseña publicada en esta misma revista, “no es un conjunto imaginario de aventuras que podrían suceder, disfrazadas del siglo XII…”, resaltando la meticulosa reconstrucción del autor de los intereses políticos y los turbios manejos de la época, que una peculiar desmemoria ha conseguido borrar en gran medida, por lo que la labor desveladora que se ha propuesto el autor es verdaderamente encomiable.
Y hay que celebrar que la investigación del autor —sin duda escrupulosa— para consolidar con la verdad su novela le haya hecho descubrir también al escritor liberal gaditano de los siglos XVIII y XIX José Joaquín de Mora y sus Leyendas españolas, de una de las cuales, Zafadola, se hace referencia, mediante versos que van iluminando poéticamente diversos espacios del libro.
Voy a reproducir el primer fragmento, que creo muy esclarecedor:
Zafadola no castigaba cual mortal insulto
que cada cual se abandonase al culto
de su elección. Cristianos y judíos,
sin ser encarcelados por impíos,
ni temer ya la hoguera, ya la soga,
uno en iglesia, otro en sinagoga,
adoraban en paz al Infinito
con himno vario y con diverso rito.
La novela que, insisto, está sostenida por una indagación histórica sólida e indiscutible —como El sueño del Emperador— tiene como personajes protagonistas a Alfonso VII de León, Imperator totius Hispaniae —como lo fueron Alfonso III, Alfonso VI y doña Urraca—, dispuesto a consolidar un reino en el que los musulmanes mantuviesen su personalidad y espacio propio; Zafadola, señor de Rueda de Jalón, musulmán totalmente abierto a la colaboración con el rey cristiano; y su hijo Elamín, lector cultísimo, conocedor del latín y del romance, a quien doña Sancha, hermana del emperador, encargará responsabilidades culturales importantes.
A lo largo de las tres partes de la novela —Hijos de Zaraqusta / Elamín / Los tres caballeros— iremos conociendo el mundo de intrigas y oscuras relaciones que marcan una época en que la radicalidad musulmana almorávide y la radicalidad cristiana pontificia acabarán haciendo imposible la convivencia de las diferentes culturas, y que la manipulación histórica ha hecho que no se identifique de tal forma.
La trama se desarrolla, precisamente, con referencias a diversos tiempos y espacios, desde la situación de prisioneros en que Zafadola y su hijo Elamín se encuentran en manos de “los tres condes”: el catalán Pons de Cabrera ¡mayordomo real!; el castellano Aymeric de Lara, con intereses y relaciones con los francos, y el también catalán Armengol de Urgel, “igualmente con grandes intereses fuera de la península” y muy enemigo de los andalusíes…
Cito de nuevo al autor: “Su trama tiene lugar durante el reinado del emperador Alfonso VII, cuando las alianzas entre el monarca leonés y ciertos poderes musulmanes del valle del Ebro… ofrecían un modelo de convivencia y entendimiento que contradecía los designios pontificios. Aquel pacto entre ambos soberanos… resultaba un obstáculo sensible para las aspiraciones de Roma, deseosa de uniformar la cristiandad bajo su obediencia”.
Con la destreza, la seguridad y la sabiduría mostrada en El sueño del Emperador, acompañaremos a Zafadola y Elamín en su penosa situación, los escucharemos en sus sabrosos coloquios, conoceremos sus relaciones con Alfonso VII —el sultanito—, recordaremos ciertas partidas de ajedrez, las relaciones de Elamín y Aldora, el papel de doña Sancha en la comunicación de la pareja, cómo va fraguando la relación personal y política entre Zafadola y Alfonso VII, la coronación de este como Emperador en la catedral de Santa María de Regla, de León, a la que no asistió el representante del papa… ¡hasta el famoso trovador francés Marcabrú tiene su papel en la novela! Y, naturalmente, no faltan ciertas advertencias criminales al Emperador por su conducta de apertura a la relación con los musulmanes…
En la novela cumple un papel importante el enamoramiento entre Elamín y la hermosa y noble cristiana Aldora, con la que se casará tras asumir el bautismo y el nombre de Benito, para cumplir sus funciones de conocedor de idiomas en lo que con el tiempo será la Escuela de Traductores de Toledo, aunque el papel de traductor no deje de suscitar problemas con las autoridades eclesiásticas, que encuentran demasiados “textos heréticos”, sin que falten los intereses culturales de Elamín en Las mil y una noches o los poemas de Omar Khayyám…
No hablaré de la muerte de Zafadola, pero sí señalaré que, como el anterior episodio nacional del siglo XII, Zafadola es una excelente novela, cuya calidad literaria y veracidad histórica son indiscutibles.
Estoy seguro de que a don Benito Pérez Galdós le hubieran entusiasmado estos “episodios nacionales”, y espero que sigamos disfrutando de ellos…
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Autor: Juan Pedro Aparicio. Título: Zafadola: Espada de la dinastía. Editorial: Eolas. Venta: Todos tus libros.


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