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Jorge Fernández Díaz, el hombre que se inventó a sí mismo

Imagen de Kiss, de Andy Warhol

Hay  tipos duros de película, de esos que no dejan duda alguna de que lo son. Andan, miran, viven, matan como tipos duros. Las mujeres sueñan con ellos mientras sus maridos duermen y los hombres —algunos—, dan su vida por defenderlos o seguirlos hasta el extremo más dramático de la lealtad. No hay equivocación posible. Están, son  y se les reconoce a distancia.

Pero hay otra clase de tipo duro más difícil de identificar; ese que uno aprende a descubrir con los años, la observación y la literatura: Tipos  duros que lo son porque se trazaron un personaje al que decidieron un día ser fieles para siempre. A primera vista apenas se distinguen de la mayoría; se sientan en un café, pasean por la vereda, acuden a su trabajo diariamente, aman  odian, olvidan y a veces, en ocasiones, son recordados…, aparentemente como cualquiera. Sólo aparentemente. Hasta que la vida, tan caprichosa,  les brinda la oportunidad exacta, el momento concreto para deshacerse de la máscara y mostrar al tipo duro que a fuerza de estar ahí latente se ha hecho carne y vive con más solidez, quizás, que el otro. Jorge Fernández Díaz es uno de esos tipos.

Jorge Fernández Díaz

Nació con el don de la palabra, la fuerza de la frase perfecta, el orgullo del pensamiento libre y  la valentía del que no tiene nada que perder. Hijo de Carmina y Marcial, emigrantes asturianos, carecía del atroz encanto de ser argentino porque él, aunque no lo supiera al principio, no es de ninguna parte; pertenece a esa legión de privilegiados de la imaginación que eligieron el territorio de la literatura para crecer y hacerse fuertes frente a la envidia y la soledad, camaradas leales de todo hombre singular.

"Desde el comienzo se hace evidente que en el injusto torneo de quién quiere más a quién, ella rinde diez y él mide cinco. Ese escalón convierte al muchacho en un jugador seguro y a la chica en una mujer ansiosa y esforzada” (El paraguas de Frida)"

El explorador del sótano del 2323 de la calle Ravignani era un niño tímido que aprendió judo para defenderse de los compañeros en los recreos del León XIII. De su padre heredó la certeza de la vulnerabilidad, que lo hizo prepararse desde chico para recibir, con resignación tranquila, todas las balas. De su madre, matriarca de la memoria, obtuvo el más preciado don al que puede aspirar un hombre: la constancia inquebrantable del que lucha sin retaguardia. Y por si eso fuera poco, un día Carmina le hizo el otro gran regalo: los libros. Con ellos fue edificando su verdadera patria y a ellos les debe la cicatriz profunda (mucho más incisiva y duradera que la quemadura en los bíceps) que como todo héroe posee: el deseo insaciable de querer comprender.

El mundo de un escritor

Ya de muchacho y casi sin salir de Palermo Pobre, como un Pessoa de arrabal,  fue trazando un mapa de certezas que lo llevaron a conocer deprisa la amistad, el amor y la traición. Vivencias que después desgranaría en algunos de sus relatos de La Vida Real recogidos en la segunda parte de Historias de Pasión.

Con un caudal léxico personalísimo y perfecto hasta la desesperación, traza personajes singulares de aquel Buenos Aires humilde; no el de las ávidas calles/incómodas de turba y ajetreo/ sino el de las calles desganadas del barrio/casi invisibles de habituales: calles de Ravignani, Santa Fé, Carranza, Paraguay, donde el mundo cobraba sentido, y los vecinos y familiares del pequeño Jorge se iban convirtiendo, a sus ojos,  en personajes literarios porque en ese momento de avidez todo alimentaba: el Viejo Escoba, el gaitero melancólico, los poetas del café Montecarlo, la novia del primer beso; la dama de la primera traición; el amigo leal, la enfermera salvadora, los compañeros de fútbol, la mujer espectral, el profesor de ajedrez, el fantasma de Marcial…

Todos ellos fueron conformando el mundo de un escritor que se hacía cada vez más potente, más complejo; más lúcido. Cambiaron muchas cosas; del café Montecarlo al bar El Sacromonte; de soñar con ser Robin Hood a ser uno de los Tres Mosqueteros; de la casa familiar de la  calle Ravignani a la mítica redacción de la  calle Talcahuano, donde residía el gran amor del escritor: la revista Noticias. Empezó entonces a cumplirse el primero de muchos años de sueños de escritura valiente, de lucha joven entre camaradas, de lealtad a una causa.

Pasión por la literatura

Pero es cierto que ni el más noble de los sentimientos tiene una sola cara, así que su amor por el periodismo se desdobló en pasión por la literatura. Aquellas historias garabateadas en horas ociosas de café se iban agrandando en su alma madura de escritor cristalizando  finalmente en novelas en las que, de alguna manera, aquel chico de Palermo Pobre reinventaba las historias de los libros a los que tanta felicidad adeudaba, mezcladas con las de sus fantasmas queridos de barrio y patria infantil.

Para ello, el escritor, recurre a todas las armas que ha ido adquiriendo durante su vida profesional y así, como periodista que tiene estaño y tiene calle, escribe con garra, orgullo y sin aliento y como lector inteligente, escucha con humildad atenta a sus clásicos (ya estén vivos o muertos), incorporando su latido en el fondo de cada texto. El resultado armonioso de este talento dual nos lo muestra más que nunca en las historias que componen Te amaré locamente.

 Cada retrato, sensación, paisaje, recuerdo, transciende lo anecdótico y se instala en el espacio privilegiado de lo inolvidable. Arrastra al lector tan adentro de sí mismo, que siente que cada historia es la suya propia enmascarada tras otros nombres y otras calles. Los relatos y aguafuertes sentimentales de la primera parte los escribe un  retratista social de los sentimientos, como el mismo Jorge elige para definirse pero además, sin pretenderlo, en cada uno de ellos nos da una magistral lección sobre el lenguaje, sobre su último y verdadero uso que no es sino transformar en visible lo invisible y que el talento del escritor nos muestra con  frases rotundas, perfectas como versos o cuentos en miniatura:

“Retoman el diálogo como animales apaleados, perseguidos por sus desconfianzas” (I’m kissing you my love)

“Es que finalmente los caballeros aprenden el gran truco de la seducción, que es la ficción romántica” (Las dos caras de la soledad)

“Se dedican uno al otro en cuerpo y alma, en ese estado cocaínico en que se transforma la primera fase del enamoramiento” (Una pelea de perros)

“Desde el comienzo se hace evidente que en el injusto torneo de quién quiere más a quién, ella rinde diez y él mide cinco. Ese escalón convierte al muchacho en un jugador seguro y a la chica en una mujer ansiosa y esforzada” (El paraguas de Frida).

“Quien quiere menos corre el riesgo de confiarse y de ir comprando inconscientemente todos los boletos del hartazgo y también de una explosiva despedida” (El paraguas de Frida)

“Fue tal la conmoción del choque, fue tan extensa la sesión, hubo tantos alaridos de dolor y de placer, y tantas posiciones y tanta intensidad que F. se sintió catapultado hacia un limbo de éxtasis, succiones y aturdimientos”(Los tres propósitos)

“Antes no había bestia sobre la Tierra que se le atreviera, varias veces había tenido que pegarle patadas para que soltara el cogote de algún pendenciero. Ahora era un león herbívoro, un anciano inofensivo que atraía la furia y el desdén de los machos jóvenes” (Lo peor de la inmortalidad)

“A medida que uno cumple años siente más fuerte esa advertencia-dijo el viejo-Tic, tac. Tic, tac. y eso te apura, porque sabés que cada minuto vale oro, y que cada idiota nuevo te lo roba. Algo imperdonable. Es por eso que uno se empieza a enojar. El odio hacia el mundo que se empeña en la estupidez y que encima te abandona es primero una manchita. Y luego aparece otra y otra más. Y a mi edad no hay más que manchas” (Lo peor de la inmortalidad).

En la tercera parte de este compendio de relatos, agrupados bajo el título Retratos de pasión, aparece con mucha fuerza aquel tipo duro y soñador del diario Noticias aunque, como él mismo nos confiesa en el epílogo,  estos relatos fueron concebidos con la experiencia del profesional pero conscientemente desprovistos de  la frialdad cartesiana del analista, fruto de una labor nocturna, atemporal y lindante con el deseo personal y la literatura; como pensamientos de un escritor devenido ciudadano dolorido.

Te amaré locamente, de Jorge Fernández DíazQue así sea, pues. El periodista de raza, el novelista lúcido que es Jorge Fernández Díaz nos lleva en los cuarenta y un relatos que componen Te amaré locamente por un emocionante viaje de ida y vuelta con la Literatura como estación terminal, demostrándonos magistralmente en estos aguafuertes de vida lo que Eugène Ionesco, el dramaturgo rumano había dicho: “sólo valen las palabras, el resto es charlatanería”.

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Título: Te amaré locamente. Aguafuertes sentimentales y otras historias de pasión. Autor: Jorge Fernández Díaz. Editorial: Planeta (Argentina). Páginas: 304. Edición: ebook

· Relato de Te amaré locamente publicado en Zenda

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