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10 de mayo de 1936: El Palacio de Cristal

10 de mayo de 1936: El Palacio de Cristal

Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.

Domingo, 10 de mayo de 1936: El Palacio de Cristal

El Palacio de Cristal era la joyita de la corona del Retiro.

En medio de aquel parque de espíritu inglés, de repente surgía entre la masa de castaños de indias una estructura metálica recubierta de planchas de cristal. Aquella pequeña catedral de vidrio parecía sacada de un cuento fantástico. Una delicatessen romántica de arquitectura de hierro con planta de cruz griega y columnas jónicas separando tres naves cubiertas por una gran cúpula de veinticinco metros de altura. Todos los madrileños habían jugado alguna vez de niños en su entorno y se habían sentado en las escaleras de la entrada que bajan hasta sumergirse en un estanque donde un par de cipreses de los pantanos hundían sus raíces bajo el agua. Allí nadaban patos y cisnes y hasta tortugas galápagos.

Manuel Azaña adoraba el Retiro y decidió habilitarlo para su elección como presidente de la República. Quería recuperar la dignidad no solo real sino estética del cargo presidencial, y no descuidaba nada.

"A primera hora de la mañana, cuando aparecieron los políticos, el Retiro lo tomaron las fuerzas de seguridad"

A primera hora de la mañana, cuando aparecieron los políticos, el Retiro lo tomaron las fuerzas de seguridad. Quedaron abiertas las puertas de la calle O’Donnell, la del paseo del Ángel Caído y la de la plaza de la Independencia. Una vez dentro, los coches seguían senderos de arena acordonados por la Guardia de Asalto. Por ahí también llegaron a pie periodistas acreditados que se dirigían hasta las puertas del Palacio de Cristal, en cuyo interior se había improvisado un hemiciclo de mil cuarenta escaños.

Para la ocasión, se taparon los muros de cristal con tapices. Solo quedaban descubiertos la cúpula y techos acristalados por encima de las sillas que los diputados y compromisarios iban ocupando.

—Pero si esta es la tercera vez —protestó un periodista al que cacheaban a la entrada de la tribuna de prensa.

En la mesa presidencial, sobre un estrado y junto a la bandera republicana, el elegante Jiménez de Asúa sustituía a Martínez Barrio como presidente de la Cámara. Un breve discurso destacando la constitucionalidad de la destitución de Alcalá-Zamora precedió a la votación. Esta seguía el orden en que se hallaban situadas las minorías: a la derecha de la mesa, Izquierda Republicana y Unión Republicana; en el centro, socialistas, comunistas y Esquerra; a la izquierda, centristas, radicales, republicanos conservadores, agrarios, nacionalistas vascos y los diputados de la CEDA de Gil-Robles. Los cedistas fueron los últimos en votar.

El acto transcurría sin incidentes.

El ambiente era sofocante, pese a los ventiladores. Casi todos habían votado, cuando, al ir a hacerlo Luis Araquistáin, director de Claridad y hombre de confianza de Largo Caballero, y cruzarse con Zugazagoita, director de El Socialista y partidario acérrimo de Prieto, ambos se abofetearon ruidosamente en medio del alboroto de diputados.

—¿Qué es lo que pasa? —preguntó un periodista, de puntillas.

Los guardias de Asalto separaban a los contendientes.

—Al ir a votar, Araquistáin ha dicho, refiriéndose a Azaña: «Mejor, así caerá desde más alto», y Zuga le ha atizado en plena jeta. Vamos, lo mismo que hacen por escrito desde sus respectivos periódicos.

Cuando se calmaron los ánimos, los golpes dejaron lugar a los insultos.

Eso entraba dentro de la normalidad parlamentaria.

El incidente volvía a poner de manifiesto la profunda división socialista en bandos irreconciliables.

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