Hay una generación, la mía, que creció en un momento feliz de Europa: adolescentes en los años sesenta, cuando el mundo parecía ensancharse, Europa era joven, y nosotros con ella. Mi generación aprendió, o quizás inventó, el amor de verano. Una manera de enamorarse que procedía de los libros, el cine y la música: rock, twist y sobre todo canciones españolas e italianas que sonaban en los tocadiscos portátiles, los transistores sobre la arena, los guateques donde todo parecía, por fin, a punto de empezar.
La música era la verdadera reina, con aquellos vinilos que pasaban de mano en mano como reliquias sagradas. En ese desfile maravilloso sonaban los grupos españoles y extranjeros —Beatles, Rolling Stones, Sinatra, Dúo Dinámico, Brincos, Los Mustang—, pero el largo y cálido verano estaba dominado sin discusión —Europa de Santana aparte, que era mi favorita— por las canciones italianas. Y en cada rincón oscuro estaba Gino Paoli, que no necesitaba traducción porque lo suyo no eran historias sino estados de ánimo: Sapore di sale, Senza fine, Il cielo in una stanza… Canciones que marcaban el momento cumbre: la parte final.
Porque en los guateques había un orden. Primero los temas rápidos, para romper el hielo, para que las chicas rieran en grupo y los chicos fingieran una seguridad que no tenían. Luego, poco a poco, la luz bajaba, alguien cambiaba el disco y entonces empezaba lo importante. El lento. Ahí se jugaba todo: el permiso para acercarse, el primer contacto que no era casual. Tus manos en su cintura, los brazos de ella en torno al cuello, el despacioso balanceo. Y ese calor compartido, donde el aroma a mar seguía pegado a la piel tibia y morena de verano, de atardeceres largos, de playas donde todo era sencillo y parecía eterno.
Nadie hablaba de futuro, ni lo mencionaba siquiera. Lo que había era presente, y las canciones de Paoli y de tantos otros eran memoria futura antes de que la memoria real de aquellos jóvenes existiera. Cada acorde llevaba dentro una despedida que nadie quería escuchar, porque en esos años ellas y ellos, nosotros, poseíamos la arrogancia de quien cree tenerlo todo por delante. Cuando, en el rincón más oscuro del guateque, dos jóvenes hermosos, inseguros, infinitamente vivos, se abrazaban con una seriedad que no volverían a tener jamás.
Luego supe que Sapore di sale, la canción de Paoli que tantos amores propició, había nacido también de un amor: ella, la futura actriz Stefania Sandrelli, tenía quince años; él, Paoli, era un hombre casado. Pero lo singular es que su canción no vino como un simple recuerdo, sino como algo que nuestra generación intuía sin saberlo: en realidad no hablaba del verano, ni del mar, ni siquiera del deseo, sino de la pérdida en el instante exacto de la felicidad. Una melancolía del futuro.
Gino Paoli lo sabía. Quizá por eso en 1963, en pleno éxito, se disparó en el pecho. No murió, aunque la bala quedó alojada allí, imposible de extraer. Se cuenta que aquel gesto desesperado y teatral hizo que Stefania Sandrelli, que lo había dejado, volviera a él. Que el amor se reanudara. Luego vino el desgaste, como siempre. Pero lo importante quedó: el instante suspendido, la canción, el verano que no iba a durar, los chicos que sin saberlo, gracias a ellos, aprendimos que el amor no se mide por su eternidad, sino por la intensidad del momento y la huella que deja cuando se rompe.
Gino Paoli murió hace un par de semanas, con más de noventa años, en esa Italia donde empezó todo. Todavía tenía la vieja bala cerca del corazón. Al enterarme de la muerte volví a escuchar sus canciones, y entre ellas sonó Sapore di sale para confirmar que en el recuerdo nada ha cambiado, que aquel verano nunca se fue. Y que los muchachos de entonces seguimos ahí, abrazados en la penumbra, inmóviles en ese instante perfecto en que aún no sabíamos cómo termina todo.
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Publicado el 17 de abril de 2026 en XL Semanal.


Vetado enamorarse eternamente
Vetado enamorarse eternamente,
Amor de juventud no es importante…
Decía, con su pinta de arrogante,
Y así se enamoró perdidamente.
Soñaba disfrutar tan ricamente,
Pero es que luego, de forma irritante,
La vida, destino desconcertante,
Te suele trastocar lo que hay en mente.
Sonido que vislumbra algún traspiés
En tiempos de “picú” para el guateque
Sin conocer de nada a Juana Inés.
Como “faccetta nera” en Trijueque,
Remate que describe aquel revés,
Quedó el “sapore” que cita Reverte.
“El amor no se mide por la eternidad, sino por la intensidad del momento”. Vale, pero no hay intensidad, ni amor siquiera, si no se desea que ese momento dure eternamente. El amor siempre es eterno, aunque dure un par de días.
Con todo respecto, pero creo que Don Arturo confunde Deseo con el Amor. Lo último es un acto voluntario de día a día, siempre con tintes de sacrificio (si yo estoy contigo sacrifico los demás, si me ocupo de mis hijos sacrifico mi presente), mientras que el deseo es siempre y solo una emoción. Churras con merinas.6
Cierto. Ahora bien, yo no creo que realmente sea un sacrificio, sino la realización del amor. Darse al otro y que el otro se dé a ti, sin medir, sin pasar factura, en un ejercicio libre y responsable y con una sentimentalidad equilibrada y no alterada… Eso es la plenitud de una persona. Qué horrible sería el mundo si todo acabara en los derechos individuales y las ideas abstractas, y las personas vivieran exclusivamente para sí mismas. Se acabarían los niños, los ancianos serían una carga y las personas, números.
Un par de días (dice usted). Después siempre llega el desgaste (como dice don Arturo y con lo que no estoy de acuerdo; en en el siempre, por supuesto).
Puede ser que esto sea así en el mundo del espectáculo en el que por mantener audiencias, además de posar con bikinis-confeti, cambien de pareja todas las semanas. Las gónadas transitadas como un garaje público de la Castellana. La vida convertida en un mete-saca. Y muy esforzado, oiga. Ni Koldo aguanta ese trajín.
Puede ser que esto sea así en una sociedad en la que lo ficticio, lo banal y lo efímero sea un valor en alza.
Puede ser.
Pero me niego al “siempre”. Por propia experiencia. Mantener viva la llama es posible y… deseable. Difícil, pero posible. Y más allá de la muerte.
Saludos.
Creo que sé por dónde va. Los seres queridos pueden emprender un viaje, pero el amor permanece. Independientemente de que se crea o no que nos reuniremos con ellos cuando lo emprendamos nosotros.
Aún digo más: hasta que no se han superado las barreras interiores del egoísmo natural y los problemas de la convivencia por ese aprendizaje y adaptación al otro, ese constante ceder amable para formar uno sôlo entre los dos, no creo que se pueda decir que hay amor. Ese proceso no acaba, dura siempre.
La cal y la arena, todo un símbolo. Es la frase que me ha venido al bolo en una semana en la que no tengo ganas de nada, ni de escribir en esta página. Y he dudado de abstenerme ya que mi bajón anímico es total.
Pero don Arturo tiene la virtud de que con sus palabras despierta unos ecos antiguos, viejos como el tiempo, porque el tiempo siempre es viejo, en el que aquellos años ya olvidados se me han representado de nuevo, en un caleidoscopio que produce una sensación de locura incontrolable.
Quizás fueron los sesenta los mejores años para la juventud. La juventud era la reina, la juventud tenía el poder, la juventud creó el mayo del 68 y descubrió que debajo de los adoquines está la playa. Y descubrió el amor libre y las mujeres libres, no solamente en los guateques. Las chicas eran tu igual y así lo sentíamos todos. Nunca hubo otra época mejor. Nunca se volvería a repetir.
Creíamos ser eternos, juventud eterna, y que aquella atmósfera utópica iba a durar siempre. Y, efectivamente, ni se pensaba en el futuro, ni preocupaba el futuro. El futuro iba a ser el presente eternamente repetido. La esperanza lo llenaba todo. El mundo vivía esperanzado y la juventud tenía el poder de cambiarlo todo, todo lo decrépito, obsoleto, todo lo que había obligado a las juventudes anteriores a someterse, a ser adultos antes de tiempo, a esclavizarse con obligaciones sin fin, a obedecer sin crítica a los adultos.
Y la música. Toda esa música distinta, rompedora, constituía el ritmo de nuestra vida, los himnos de nuestra nación joven y universal, la nación de la juventud. Porque, además de lo mencionado por don Arturo, algunos seguíamos también otros mensajes y otras propuestas: Joan Baez, Bob Dylan, Leonard Cohen… y también españoles: la riojana Soledad Bravo, ya olvidada y que constituyó todo un símbolo por sus canciones de protesta. La canción protesta. Todo un hito. Los Pekenikes con un espectacular tema que ya no se recuerda: “Robin hood” que era como un himno en los guateques.
No iba a escribir nada esta semana y al final estas líneas me han servido de desahogo y de pensar en otras cosas. Pasadas. La memoria. Y, de nuevo, la nostalgia. Sé que cuando termine estas líneas estaré mucho peor anímicamente.
Los sesenta. Y también, en menor medida los setenta. Pero, si algo va bien y la gente es feliz, siempre hay alguien dispuesto a joderlo todo. Lo del Mayo-68 dio pié, las alarmas se pusieron como locas, para que algunos diseñaran cómo tenía que ser el futuro para que fuera favorable a sus intereses.
Y se jodió. Pero eso es otra historia.
Saludos a todos.
Pues para no querer escribir…
Don Ricarrob, ¡uf!, cómo me ha hecho mella su comentario.
Usted, que sí lo vivió, le ha puesto a este artículo una segunda banda sonora, la del desgarro. Esa que don Arturo, desde su propia memoria feliz, quizás no necesitaba poner y por eso se complementan tan requetebién.
Le mando un abrazo virtual desde mi butaca de lectora silenciosa. Es uno de esos abrazos que entienden que el amor no se acaba ni siquiera cuando se pierde.
Voy a resultar lánguido y con un romanticismo fuera de época para los parámetros actuales, pero le tengo que decir, doña Amanda que el amor de verdad nunca se acaba. Quizás es que me correspondìa haber nacido en el siglo XIII o en el XIX. Siempre he tenido la sensación de estar fuera de este tiempo.
Igual por mi parte, abrazos virtuales.
Don Ricarrob, fuera de este tiempo estarán los dos, usted y ese amor que nunca se acaba, y quizá sea ese el único lugar donde de verdad se está, quiero decir, donde se está del todo, sin que los parámetros actuales ni los de ninguna otra época dicten nada. Yo creo que el amor, cuando es de verdad, no pertenece a ningún siglo concreto, sino a una especie de presente perpetuo que no se mide con calendarios, y usted, que tiene la sensación de estar fuera de este tiempo, intuyo que lo ha sabido siempre, que lo ha sabido mejor que nadie.
Casualmente ahora estoy releyendo y degustando «La voz a ti debida», que tengo en mis manos, y va y me topo con aquello de «¿Serás, amor, un largo adiós que no se acaba?». Y ¿sabe qué, don Ricarrob? Pues que usted ha respondido que no.
Me ha puesto deberes con Soledad Bravo, ya tengo tarea para este finde, escuchar a la paisana… Reconozco que desconocía que era de Logroño.
Saludos y ánimo pués…
Le voy a dar una pista, sr. A. Una de mis canciones preferidas es “Sueño con serpientes”, es una canción de Silvio Rodríguez que Soledad interpreta magistralmente. Es surrealista y trata de los miedos, de todo tipo, más recónditos de nuestro pozo mental. Incluso la canción incluye una cita de Bertolt Brecht.
Escucharla, dejándose acunar por la voz excepcional de esta riojana, es toda una experiencia. Ahora ya, aquí, esta cantante es de culto.
Un abrazo.
Sólo me sonaba la del Che Guevara, buscaré la del sueño, gracias.
Muchos nombres, mismos peces…
Japuta, besugo negro,
Palomera y zapatero,
Son cuatro nombres de pez
Y sólo un pez verdadero.
Hablando de otras cosillas:
Perlas, lirios y cariocas,
Junto a las bacaladillas,
También sirven a esta nota.
En definitivas cuentas,
Metido ya en ese banco,
Si a la corriente te enfrentas
Lo terminas lamentando.
Pececillos tan peceros
A mí poco me perturban,
Aunque usen nombres nuevos
Siempre son la misma chusma.
El color del salmonete
Suele ser común en ellos,
En la Zenda de Reverte
O en la hacienda de Montero.
Que el “rojerío” campante
Pretenda dejar su sello
Me parece interesante
Siempre que lean primero.
Sapore di mare….sapore di sale.
Pues mire, yo pertenezco a una generación posterior a la década prodigiosa. El mayo del 68 me pareció siempre un fraude de jóvencitos burgueses que jugaban a revolucionarios, pero la música de esa década me parece irrepetible. De hecho, es la que he escuchado desde siempre. No la canción-protesta de esos cantautores que me parecían -con todos los respetos- unos plastas (exceptuando a Bob Dylan), sino la música para bailar y divertirse. No creo que haya habido una explosión musical tan espontánea y de tanta calidad como en esa década. Los blancos empezaron a escuchar e imitar a los negros, salían bandas muy buenas y de estilos muy diversos de debajo de las piedras, se abrieron nuevos caminos y la industria (y las drogas) que luego lo jodió todo aún estaba en pañales. Entre los blancos, por poner unos ejemplos conocidos. Mitch Ryder, The Animals, The Who o The Small Faces. Y Sam Cooke, Edwin Starr y Curtis Mayfield entre los negros. Aquí estaban Los Canarios, Los Iberos y los geniales Bravos. O los Shakers, los Beatles del Río de la Plata que me gustan más que los Beatles. Pero es que buscas en youtube música de los sesenta en Turquía, Yugoslavia o la URSS y hay bandas impresionantes. Toda la música posterior ha bebido de esa década de una u otra manera, pero no alcanzó su espontaneidad y genialidad. Los jóvenes querían y sabían divertirse. Hoy no creo que sepan divertirse de la misma manera.
Aquí tiene unos cuantos amigos. Mucho ánimo.
De acuerdo con usted, sr. Herra, en casi todo. Y muchas gracias por las palabras de ánimo.
Dese cuenta de que quizás, algo de razón hay en lo de jovencitos burgueses pero el movimiento fue más amplio. Dese cuenta que hizo tambalearse al poder en Francia y a poner las barbas a remojar en el resto de países. Las protestas por Vietnam en Usa fueron una secuela.
El movimiento musical fue amplio en casi todo el mundo, como usted dice. Prolífica época. Espectacular. Sin embargo, la cutre, drogada y local “Movida”, que ha dado de comer injustificadamente a unos cuantos, fue una creación y una promoción del periódico El País, con tinte político. Y, después de los años sigue promocionándola. A este periódico siempre le ha gustado el lumpen, calificado eufemísticamente de “cultura alternativa”. Lo cutre elevado al rango de mito.
Saludos cordiales.
El impacto del mayo francés es indudable. Escapó al control de los partidos de izquierda y no pudo ser capitalizado por ellos. Cambió a la izquierda europea al dejar de ser la clase obrera el sujeto central de su acción política, sustituida por causas más líquidas o menos precisas. A mí me parece que la izquierda se equivocó al dejar de dirigirse a la clase trabajadora y empezar a mirar las identidades y el medio ambiente como lo esencial. Tampoco estoy demasiado seguro de su espontaneidad. En algún lugar leí que la CIA hizo alguna contribución (desconozco en qué medida) para echar a De Gaulle. El viejo general no quería una Europa dependiente de los USA y eso era intolerable. Tenía algunos de los tics del chovinista francés, pero el tiempo le está dando la razón.
Nuevamente, de acuerdo con usted. Vetó la entrada de los britanos a la CEE por dos veces. Sabía que era un proyectil retardado al dictado de Washington. Y, además de salirse de la estructura militar de la Otan, quiso promover un ejército propio en Europa. Le tachaban de autoritarismo, pero tuvo la dignidad de dimitir en su momento. No me extrañaría que la Cia interfiriera para echarlo. Su sucesor, Pompidou, de inmediato levantó el veto a los britanos.
Llevaba el viejo general razón. Los años que estuvieron dentro de la CEE, fue un dolor de muelas. Lo vetaban todo. Siempre, el resto con los bolillos y el encaje. Al final, para largarse en el peor momento.
Curiosamente, escribió parte de sus memorias viajando por España. Sabía buscar los buenos lugares, como el parador-castillo de Jaén, donde le tuvieron que conseguir una cama más larga por su estatura.
Saludos cordiales.
Las protestas por la guerra de Vietnam en EEUU son anteriores al Mayo del 68 francés: el “No Draft” de Mohamed Ali es en el 63, la marcha sobre Washington es en el 65 y el “verano del amor” es en San Francisco en el 67.
En cuanto al desprecio que muestra a la música de los 80, enhorabuena: ha vuelto a caer en el recurrente “sesgo de la generación definitiva”; los jóvenes, las maneras y la música de los 60 eran mejores… porque entonces el joven, era yo.
¿Sabe quién más decía eso? Una generación entera de americanos que escucharon 10 años antes de los Beatles a Chuck Berry, Little Richard, Buddy Holly o Jerry Lee Lewis, de donde, ya puestos, viene toda la música de los 60, 70 y 80.
Hombre, la música española de los 80 fue algo más que la movida madrileña. Hubo buenas bandas en toda España que dejaron, si no una discografía, al menos algún disco o algunas buenas canciones. Pero en comparación con USA/UK, no llegamos, y ya me jode decirlo.
Little Richard se reconvirtió en los 60 a los nuevos estilos, y el bueno de Buddy Holly, y unos cuantos más, desaparecieron. Jerry Lee Lewis y Roy Orbison reaparecieron en los ochenta, gracias a Hollywood. Otros cincuenteros como Johnny Cash y Carl Perkins continuaron en activo y tocando con sus discípulos de generaciones posteriores hasta que la salud se lo permitió, sin demasiados cambios. Y Elvis, por mucho que digan los puristas del tupé, sigue siendo el Rey hasta hoy, aunque la Sun coronara al siempre estimable Robert Gordon. Pero, amigo, ahí estaban ya los Stray Cats y Crazy Cavan, que eran mucho más divertidos y salvajes que Eddie Cochran y Gene Vincent, dicho sea con el debido respeto.
Se equivoca usted, señor D., perdóneme que le diga. Yo me he referido al tema de la “movida”. En los 80, dejando aparte lo lumpen, hubo buena música. Los Mecano me encantaban y Michael Jackson. Y Whitney Houston era magistral. El mundo no se terminaba con la movida. Como tampoco el cine lo inventó Almodovar. Sacar el tema “a quien le importa” en una época en la que ya a nadie le importaba nada es un tanto recurrente.
Respecto a Vietnam, me ha hecho usted dudar a pesar de que viví aquella época. Pero, bueno, he vomprobado que no estoy tan geriátrico. Las protestas mas intensas, las más recias, fueron ente el 67 y el 73. Precisamente fue cuando más fiambres retornaban de Vietnam en caja de pino.
La “Marcha contra la muerte” fue en 1969, en la que se quemaron tarjetas de reclutamiento. En la universidad de Columbia, en el 68, hubo una gran manifestación con 700 detenidos.
Según los expertos, el movimiento pacifista tuvo tres fases. La más impirtante gue entre el 68 y el 71, lo qu han calificado de explosión y auge de la protesta.
Y la excelsa canción “Imagine”, del 71, de Lenon, fue un canto pacifista contra la guerra de Vietnam.
Aunque usted no se lo crea, en los 80, yo seguía siendo joven. ¡Quién los pillara!
Saludos.
!Vaya! Algo nos une, don Arturo. “Europa”, de Carlos Santana también es mi favorita para aquellos tiempos. Imposible olvidar esos acordes y punteos junto al cuerpo radiante del primer amor menos platónico y más físico. Menuda evocación me ha sugerido. Le debo diez maravillosos minutos retrocedidos en el tiempo y más de cincuenta años menos. Y maravillosa la logística de esos guateques: quien traía o pinchaba los elepés para que toda la pandilla pudiera disfrutar, quién compraba las bebidas de todo tipo (los cubatas eran la estrella), quien preparaba los sandwiches, quien aportaba los panchitos y las patatas fritas, quien iba a la gasolinera a por el hielo y quien ayudaba al anfitrión o anfitriona a recoger, limpiar y tirar la basura antes de que volvieran los dueños de la casa. Todo tenía su rito y su organización y, al final, todos y todas modositos y modositas hasta el próximo encuentro.
Ahora el amor romántico es una plasta, el sexo es un juego sin consecuencias, y los cantantes italianos que le pusieron banda sonora al amor en las décadas de los cincuenta, sesenta y setenta, son vistos hoy prácticamente como fascistas y heteropatriarcado machista y misógino.
Il giardino proibito, il cuore è un zingaro, Margherita o Solo noi, han pasado de las listas de éxitos, a las listas de canciones del olvido del pensamiento absurdo y gilipollable que nos domina.
Saludos.
Don Arturo, ya disculpará que insista en lo mismo, pero yo no viví aquella década que usted describe con tan precisa melancolía, los guateques, los transistores sobre la arena, los lentos con Gino Paoli, y sin embargo hay canciones que pertenecen a quien las escucha aunque no fuera su tiempo, y a mí, muy directamente, «Sapore di sale» me ha pertenecido siempre. Me es familiar desde mucho antes de saber italiano, o de saber siquiera qué era el italiano. Mi madre, que sí fue joven en aquellos años, vivía y estudiaba en Roma en esa década dorada suya y era una rendida admiradora de la Italia que exportaba melancolía y belleza y mentira amable, como usted tan bien dice, y aunque yo nací bastante después, crecí con esa melodía en casa. Entendía la letra, o creía entenderla, el mar, la sal, la piel, el deseo, pero no su mensaje oculto, que no es otro sino la pérdida en el instante mismo de la felicidad.
Reconozco que lo he sabido luego, y sobre todo lo he constatado hoy, al leerle a usted. Porque hay canciones que se escuchan durante treinta años sin saber lo que dicen hasta que alguien nos las explica, o hasta que alguien cuenta que su autor se disparó en el pecho por amor o por desamor o por ambas cosas a la vez, que en el amor y en el desamor suelen ir juntas y a veces ni siquiera se distinguen.
Lo del disparo no lo sabía, y créame que me ha dejado muy pensativa. Una bala alojada para siempre junto al corazón, imposible de extraer, como el recuerdo de aquel verano que usted describe, que tampoco se va del todo, que sigue ahí, clavado, y quien la lleva sigue viviendo, sí, pero con un roce metálico dentro, como un latido ajeno. La nostalgia, quiero decir. Eso es la nostalgia, o eso me parece ahora. Una bala con la que se aprende a latir, con la que se aprende a seguir adelante sin olvidar que se lleva algo dentro que no es propio y que sin embargo nos mantiene vivos.
Saludos desde esta memoria prestada, que es la que he heredado de mi madre y ya nunca se borra.
Sr Pérez Reverte, su artículo es una perfecta descripción de nuestra juventud.
Se nota la profesionalidad y el talento del autor, escrito de tal modo que volví a encontrarme casi físicamente en el salón de una amiga que vivía encima de un guardia civil, el cual después de un rato subió a protestar por el volumen.
Éramos dos chicos y dos chicas, él era mi futuro novio y marido, reunidos para una merienda y bailando después muy ‘agarraos’.
El señor debió pensar que aquel guateque encubría algo pecaminoso.
Me dirigió una mirada aviesa mientras preguntaba: Tus padres saben que estás aquí?
Como si estuviera en un lupanar.
Lo curioso es que yo bailaba a distancia,era un poco mojigata y no me gustaban los abrazos apretados, pero todo cambió cuando me abrazó él.
En cuanto a la música los chicos solían gustar de ritmos más rockandrolleros y nosotras más románticonas.
Fueron buenos tiempos,sí. Gracias, recordar esos momentos dibuja en mi cara una sonrisa beatífica.
Nostalgia de juventud.
Nos creíamos inmortales…
Yo nací en el 63 y al leerle recuerdo la casa de mi abuela “La Filósofa” en aquella absurda urbanización de nombre José Rafael Pocaterra y las calles eran de tierra. Cosas de Latinoamérica y su realismo mágico patente, constante.
El barbero de la cuadra era italiano y fue allí donde escuchaba canciones en un idioma ignoto para mí.
Gino Paoli, Rita Pavone, Ornella Vanoni, Domenico Modugno, Gigliola Cinquetti, Nicola di Bari, Fabricio Ferretti, Mina, Gabriela Ferri me abre un abanico de recuerdos varios de aquellos últimos 60 de mi infancia.
En Venezuela no teníamos un “guateque”, pero si alguna que otra fiesta con “miniteca” donde el rito era calcado. Entré al primero en los 70, unos años antes de que el disco music mordiera el cuello del mundo.
Gracias por el recuerdo.
¡Joooder don Arturo! ¡Qué hermosa nota!
Inolvidables canciones italianas, incluidas las de Celentano, sin olvidar a las picantes francesas, j’taime…, toutes les garcons… e inolvidables guateques en Turledons up-on the Guadarrama.
Cualquiera tiempo pasado fue………
anterior.
Esos veranos que el tiempo hace que sean aún más nostálgicos. Los primeros besos que uno da sin saber muy bien que está haciendo. Pensar que en el futuro todo seguirá siendo así de bello, dejarse ir para descubrir lo que en unos años será un recudiereis
Imborrable.