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10 finalistas del concurso de relatos #mentesana

10 finalistas del concurso de relatos #mentesana

Ya solo quedan 10 relatos. Estos son los finalistas que compiten por los premios del nuevo concurso #mentesana, patrocinado por Iberdrola y dotado con 2.000 euros en premios. El fallo del jurado, que está formado por Juan Gómez-Jurado, Espido Freire, Paula Izquierdo y Leandro Pérez, será anunciado el viernes 30 de octubre. El primer premio está dotado con 1.000 € en metálico. El premio para los dos ganadores del segundo es de 500 € en efectivo.

A continuación ofrecemos los 10 relatos que optan a los premios. En este enlace puedes consultar las bases del premio. Gracias a todos por participar.

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1

LOS TRENES

ELENA BLÁZQUEZ VILLAR

La madre lo despertó, como cada mañana. En el edredón de dinosaurios, un amasijo de rizos remoloneaba y no se quería levantar. Asomaba una manita que amenazaba con dar zarpazos. Le costaba infinito volver al mundo cada mañana. Su madre, a veces, creía que el niño pertenecía más al otro que a éste. Su sueño era una sima por la que el niño descarrilaba cada noche con toda suerte de sueños vívidos que le tenían a ratos en constante movimiento y, por ende, a su madre, que siempre tenía que acudir en mitad de la noche.
La madre le pasó los dedos por la espalda y un suave mugido le indicó que ya estaba volviendo de su planeta nocturno, aunque no de buen humor.
—¿Cereales con leche? ¿O prefieres una tostada con miel? No juegues con el mantel, que se va a caer la leche. Hoy, mejor fruta para el recreo. Dime, ¿prefieres plátano o manzana? Hoy llevas el babi recién lavado, no te manches, por favor. ¿Es que no sabéis jugar sin poneros perdidos?
Ella le intentó pasar un cepillo por el amasijo de rizos sin mucho éxito, porque los rizos, igual que el niño, eran bastante indomables.
—Marcos, ¿dónde has puesto tus botas? ¿Las has vuelto a guardar en la despensa? Haz memoria, anda, no puedes ir descalzo al colegio, ¿qué te va a decir la seño Elvira? Ayúdame a buscarlas, ¿es que les has buscado un escondite nuevo?
Cuando por fin suben al coche, el sol ya ha subido por la loma que hay frente a la casa y una luz rosada que despunta promete un día azul y frío.
Como cada mañana, al sacar el coche del garaje, presencian el estrépito de pajarillos que salen volando en todas direcciones cuando el coche pasa por delante del abeto. La madre, como siempre, le dice un minuto antes:
—¡Atento! Que van a salir en estampida los mirlos y los gorriones. Qué acurrucados están, míralos, pobres, ¡qué sustos se llevan! Mira, hoy hay un herrerillo, ¡qué raro!, es pronto para ver uno en marzo. ¿Le ves las plumitas azules y amarillas? Por cierto, ¿les dejaste un poco de pan en el comedero de fuera? Te lo recordé cuando llegábamos a casa ayer. Si no les ponemos algo de comida cada día, no sobreviven a estos inviernos tan fríos.
El trayecto al colegio pasa en silencio, la madre va pendiente de un tráfico denso y a la vez como ausente; en la radio hablan de que la Audiencia Nacional ha condenado a Trashorras a 34.715 años como autor por cooperar en los atentados del 11M. Un señor desde un Volvo les pita por invadir un poco el carril y la saca de su ensimismamiento.

Cuando llegan al colegio, la madre saluda a las otras madres, que ya esperan a la puerta.
—Abrígate bien, sube la cremallera, a ver, que te sueno los mocos que ya se están cayendo. ¡Ponte la mochila, vamos! Sí, el gorro también, póntelo, venga, con esta helada se congelan hasta las ideas, cariño. Mira, ¡ahí está Martín! Y Carlitos también ha llegado, qué caritas de sueño. Poneos a la fila todos, la seño Elvira ya está abriendo la puerta.

Las madres se miran entre sí. Nunca saben si seguirle el hilo y optan por quedarse calladas. Un día más.
—Esto tiene que terminar.
—¿Pero no hay nadie que cuide de esta mujer? ¿No tiene familia que pueda ocuparse de ella?
—Cualquier día vamos a tener un disgusto. Si, al final, puede desvariar del todo y llevarse a uno de nuestros niños. Es una pena, sí, pero yo ya empiezo a estar preocupada. Deberíamos hablar con la policía, ¿no creéis? Los niños también lo pasan mal. Verla aquí cada mañana también les recuerda lo de Marcos. Mi hija me preguntó ayer: ¿por qué la mamá de Marcos sigue viniendo al cole si Marcos está en el cielo?

La madre se aleja con su monólogo incesante de cuidados y advertencias hacia el niño y lo último que se la oye decir es: “Que no se me pase, mañana es día 11, tengo que llevar el coche al taller, así que nos toca coger el cercanías para venir al colegio”.

**

2

LA CÁRCEL DE MI MENTE

ELENA BETHENCOURT RODRÍGUEZ

En la cárcel de mi mente los presos no dejan de llegar. Se lo digo así de claro, doctor, para que se haga una idea desde ya. La mayoría de los reclusos ni siquiera saben que están cumpliendo pena en mi cabeza y continúan con su vida como si tal cosa, pero yo vigilo desde dentro. Por cierto, este diván es mucho más cómodo que el del último profesional que llevó mi caso.
Anote, anote. Como le iba diciendo, cuando ingresan los condenados, sigo el mismo protocolo que en las prisiones del Estado: les saco una fotografía de frente y otra de perfil, les asigno un número y les proporciono un uniforme que cambia de color según mi estado de ánimo. A veces me los imagino vestidos de naranja; otras, con rayas blancas y negras. En ocasiones, les pongo un traje gris, igual que las paredes de esta consulta.

En la entrada realizo un informe donde describo con todo lujo de detalles los motivos que me llevaron a ordenar su encierro. Que todo quede clarito. No crea que soy un monstruo ni nada por el estilo. Todo está documentado, no es por capricho.
La primera presa fue mi madre. Culpable de mi falta de autoestima. Un clásico.

Desde que yo era pequeño me decía:

—Tú para eso no vales, Luis. Quita de en medio. No molestes.
Y

a en mis primeras sesiones de terapia, el psiquiatra de entonces me lo explicó bien.

—Usted tiene un trauma infantil. Su madre es la responsable de que usted no se sintiera valorado de pequeño.

Y tenía razón. En cuanto la metí en chirona y la aparté de mi vida, empecé a sanar. O eso parecía.

Mi padre fue el siguiente.

Durante años había sido mi ídolo, pero, después de una terapia regresiva, el nuevo psiquiatra concluyó que yo tenía asuntos no resueltos con la figura paterna. Que quizás él estaba demasiado volcado en su trabajo y nunca me prestó suficiente atención. Un tópico.
—Hombre, no se me había ocurrido, pero ahora que usted lo dice, doctor, yo también lo veo —le respondí—. Ni una palabra amable, ni un beso, ni un abrazo, ni un «bien hecho, campeón».

A pesar de lo que decía el facultativo, me costaba meter a mi padre en mi cárcel mental porque yo lo adoraba, pero cuando se divorció de mi madre, decidí añadir aquel abandono al expediente de ambos. Mi madre ya estaba dentro, ¡y qué mejor castigo que ponerlos juntos ahora que se querían separar!

Mi mejor amigo de primaria también se lo buscó él solito. Tenía aquella gracia insolente, aquella facilidad para hacer amigos. Y yo, por mucho que comprara bocadillos y chocolates para los otros niños, siempre lo preferían a él.

Era un culpable de manual. ¿Culpable de qué, dice usted, doctor? Hombre, pues de provocarme envidia. Al calabozo también.

Mi primera novia tampoco pasó la criba. Me hizo sentir poca cosa. Ni una pizca de arrepentimiento demostraba por ponerme celoso, oiga.

No se daba cuenta de que yo necesitaba sentirme único, deseado y feliz. La tuve que privar de libertad. Y sin fianza.

Y siga apuntando en esa libretita, que no he terminado, doctor. Con los años fueron llegando compañeros de trabajo, vecinos, familiares lejanos y hasta un camarero que una vez tardó en traerme la carta.

Ahí siguen. Hacinados dentro de mi cabeza, sin agua ni luz, respirando el mismo aire viciado. Se quejan, adelgazan, sufren, pelean. ¡Que se fastidien! Que se lo hubiesen pensado mejor antes de cometer sus ofensas.

A veces me encuentro incluso a mi antigua profesora de Lengua arrastrándose por algún pasillo craneal oscuro y estrecho, que rezuma humedad.

—Esto es lúgubre y caliginoso —me dice llorosa.

—Lúgubre y caliginoso, lúgubre y caliginoso —repito yo remedándola con retintín— ¿Es que usted no aprende o qué? ¡Que no use palabras que no entiendo, joder!

Mi último psiquiatra me recomendó que los liberara. Según él, tener tanta gente encerrada en mi cabeza no me hacía ningún bien. Que debía comprender que el verdadero preso era yo. Me partía el alma que fuera tan poco empático conmigo cuando yo le había abierto mi corazón. Al final tuve que decírselo con lágrimas en los ojos.

—Pero vamos a ver, doctor. ¿No entiende que usted es mi único amigo? Si ellos no existieran, no tendríamos ningún tema de conversación.

Él, erre que erre. Que el rencor solo perjudica a quien lo siente. Que tendría que abrir las puertas y dejarlos salir, aunque fuera poco a poco.

Que podría alegrarme más por mis propios logros. ¡Qué pesado!

No me dejó alternativa. Lo saqué a rastras de la consulta y lo metí en mi cárcel mental. Por eso cogí cita con usted.

Y no me mire así, doctor, que podría ser el próximo. Cuidadito, cuidadito, eh, que acabamos de empezar.

Además, esto es de primero de psiquiatría. Usted debe saberlo: lo que de verdad destruye a una persona es quedarse sin nadie a quien culpar.

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3

CON RUMBO IMPRECISO

SOLEDAD LÓPEZ CRESPO

Revolotea entre la gente, liviana de tan vacía, y el murmullo la sigue a una distancia que ella finge no medir. Con la mirada extraviada y todo el pasado encima, como un abrigo prestado, vaga por calles ajenas. Ve, en los lugares más absurdos, lo que no quiere ver. Advierte su cara en cualquier rostro, su nombre en cada nombre. Entonces se detiene, se enoja y protesta con alguien que no está.

El vacío en sus ojos, sin embargo, parece acogedor. Yo diría que solo quiere paz, olvido, estar hueca. Ser dueña de un lugar deshabitado. Borrarlo. Que no exista, que no haya dejado huella. Habitar un mundo en el que sus caminos nunca se hayan cruzado. Su mente aturdida intenta creer que eso ya sucedió. Que sus sentidos ya murieron, que ya no lo reconoce.

El vuelo de un pájaro la trae de vuelta. Lo mira atentamente, con delicadeza, lo llama, intenta acariciarlo. Sentada en ese banco, por un momento, ya no lo siente dentro, ya no ocupa un lugar, ya no la perturban ni su nombre ni unos ojos parecidos. Lo ha dejado ir. Está lista para nacer de nuevo, para habitar ese hueco. Sonríe apenas, tímidamente. Una paz la recorre; ve a la gente, aunque no la escucha. Se ríe. Yo diría que ya no sabe por qué dolía.

Se lleva a la boca un cigarrillo apagado. Da una calada al aire, entrecierra los ojos y exhala.

Un hombre pasa a su lado. Se detiene a mirarla. Ella sigue con los ojos cerrados. Él escudriña entre el nido de su pelo hasta encontrar su rostro. Algo se le desarma por dentro, aunque su expresión permanece intacta. Sigue siendo bella, piensa.

—¿Querés fuego? —pregunta suavemente—. ¿Cómo te llamás?

Aunque no necesita su respuesta.

Revolea los ojos y busca en su memoria un nombre. Solo tiene que decir uno, uno que la describa, que la distinga de otros, aquel con el que su madre la llamaba. ¿Su madre? Frunce el ceño. No la recuerda. Una sombra le cruza el rostro. Los pensamientos se atropellan, inconexos, mientras un solo sonido emerge de su memoria: el nombre de él.

Suspira, trata de recobrar el aliento, reza. Todo vuelve a empezar.

**

4

SIN TÍTULO

MARÍA DE LA TORRE REGIDOR

1. Me gusta perder el tiempo. Mirar a las musarañas, pasar una mañana leyendo o haciendo garabatos. Dar un paseo a ningún sitio. No hacer nada productivo, dejar que se me pasen las horas. Porque es imposible perder el tiempo. Los segundos no se te pueden caer del bolsillo, es imposible que los minutos se te queden olvidados en el autobús. Tu tiempo siempre es tuyo.

2. Odio perder el tiempo. Odio la expresión perder el tiempo. Es imposible perder el tiempo, pero a veces no lo invierto en lo que debería; en hacer algo productivo. Odio usar las palabras invertir y productividad para hablar del tiempo. Suena como si hablase de un valor productivo en vez de… De tiempo. Pero es imposible escapar de las miradas de decepción que surgen de forma inevitable cuando te preguntan qué has hecho y no has hecho nada. Porque parece que todo el tiempo hay que hacer algo. Incluso aunque no siempre apetezca hacer algo o necesites parar. Pero incluso entonces te sientes culpable por no hacer nada.

3. Me gusta comer. Comer cosas ricas. Saborear alimentos cuyo sabor y textura me agradan. La comida es necesaria para vivir y tener energía. Lo sé de sobra, pero es que además comer puede ser una experiencia maravillosa, llena de olores, colores y sabores que te hacen disfrutar y alegrarte de estar comiendo en vez de solo satisfaciendo una necesidad básica. Paladear cada cucharada de un plato de sopa, beber primero el caldo y dejar la pasta para el final…

4. No me gustan los efectos de la comida. Sentir el cuerpo pesado, el vientre hinchado. Ver los números subir en la báscula. Sentir que cada comida es una suma que luego requiere una resta. Una resta para volver a verme las costillas y olvidarme de que tengo muslos.

5. Me gusta que las cosas me salgan bien. Que me aplaudan porque me salgan bien. Sentirme admirada por mis compañeros y amigos, que mi familia se enorgullezca de mí. Hacer una broma y que la gente se ría. Que parezca que hago las cosas sin esfuerzo porque eso es más impresionante que haber trabajado por obtener un resultado y alcanzarlo.

6. No me gusta fracasar. Me da miedo fracasar. Y el miedo no me deja dormir. Y la tripa se revuelve, el vientre se me suelta y las palmas de las manos me sudan. Y los nervios recorren mi cuerpo como descargas eléctricas y no me dejan hacer nada. Y, a lo mejor, si no hubiera sido por el miedo, las cosas me habrían salido mejor. Y, a lo mejor, si no hubiera temido fallarle a alguien, no habría tenido tanto miedo. Pero, honestamente, no sé exactamente a quién tengo tanto miedo de fallarle, si en realidad a los demás les importa mi vida una mierda… Supongo que a mí misma. Supongo.

7. Me gusta…

8. ¿Cuál es el punto de hacer esta lista? ¿Cuál es el punto de ir a las sesiones? Lo que me dicen ya me lo he dicho yo mil veces. Puede que esto sólo sea una pérdida de tiempo. De tiempo y de dinero… Porque ochenta euros la hora…

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5

AUTOTERAPIA

ASIER SUSAETA DÍEZ DE BALDEÓN

El teclado de su vida tiene tantos números como letras. Los números lo acunan mientras que algunas palabras suelen blandir pequeñas cuchillas que —afirma— provocan cortes en las yemas de sus dedos. Así que, en ese punto exacto, a la misma distancia de la valentía de las caretas arrojadas al suelo que de esa cobardía que aportan ciertas historias narradas en tercera persona, decidió pedirme que escribiera este texto por él: su travesía entre lo que puede verbalizar y lo que aún no es capaz de decir sobre «eso».

Para cortar el hielo, me cuenta que el 21 de septiembre de 2001 la explosión de la empresa AZF de Toulouse provocó 30 muertos y más de dos mil heridos. A unos kilómetros del corazón de la ola expansiva, en un aula del segundo piso de la universidad de ingeniería, durante una clase de termodinámica de cuarto curso, el edificio tembló. Eran las 10:17 de la mañana de un día nublado cuando aquel estudiante se volvió en la silla de madera y le preguntó a su compañero de piso si también lo había sentido. En menos tiempo del que se tarda en explicar que la velocidad de propagación de las ondas sísmicas en el suelo es mucho mayor que la velocidad del sonido, las ventanas del aula estallaron.

Tras la lluvia de cristales y el desalojo apresurado, aquel estudiante liberó su bicicleta del candado y pedaleó hasta casa. Se había acostado de madrugada, después de encadenar unas cuantas cervezas en casa de unos amigos, así que decidió recuperar horas de sueño. Bajó las persianas de su habitación y, antes de meterse en la cama, silenció su Nokia.

Al despertar, cuando ya atardecía, descubrió quince llamadas perdidas de sus padres.

Suele fantasear con que, un día de estos, por fin se decide ir a terapia para hablar de «eso». Su madre se refiere a «eso» —a lo que le pasa a su padre— como «eso que le pasa a tu padre». Y, de momento, hasta ahí puedo escribir. En la consulta, la terapeuta (porque se la imagina mujer, de unos cincuenta años, morena y con algunas canas) lo observa con esa mirada dulce que tanto le incomodaría. Y ella, hacia la segunda o tercera sesión, le preguntaría: «¿Por qué no le llamas papá?», y él se quedaría en silencio durante un minuto que, según dice, le costaría un euro.

Aquel 21 de septiembre de 2001, sentado en la cama de su habitación en el barrio de Rangueil, recibía la bronca de su padre por no haber dado señales de vida, sin saber que sería la última.

Eso que le pasa a su padre es como ver secarse una planta que no se riega lo suficiente. O, mejor dicho, como si, aunque quisiera regarla, se viera obligado a presenciar a través de un cristal blindado cómo sus hojas pierden día a día algo de firmeza a una velocidad mayor que la que impone el paso del tiempo. Y esta visión se produce puntualmente, todos los viernes y sábados a la hora de comer, que es cuando conduce o camina hasta casa de sus padres. Sentado a la mesa entre los dos, atravesado por un ecuador que lo partiría en dos hemisferios, mira a su derecha para observar a su padre a través del cristal blindado; a ese hombre con caparazón de jubilado que, si la ciencia decidiera clonar, tendría en su hijo una reserva de ADN intacto. No parece entonces que la distancia sea tan grande, por mucho que ese cristal blindado sea infranqueable. Al parecer, los ritmos neuronales de quienes asisten a un concierto se acompasan tras una hora escuchando las mismas canciones. Incluso se afirma en ciertas webs de dudosa reputación que la vibración de la Tierra está relacionada con las ondas alfa de los seres humanos. Mira el televisor, donde el panel final de la Rueda de la Fortuna muestra «B zcocho de ara ja y choco ate»; después contempla al hombre que, a un brazo de distancia, lucha por adivinar de qué postre se trata. Vienen a su cabeza entonces algunas cifras cuyo efecto es desigual: que comparte la mitad de sus genes con él, que calcula que apenas quedará entre un 20 y un 30 por ciento de aquel padre que lo abroncó en 2001 o que, si la creatividad mejora cuando las ondas alfa del cerebro se aproximan a los 7,83 hercios de la resonancia de Schumann, quizá habría que darles, en este caso, algo más de tiempo a esas ondas.

Lee este texto por encima de mi hombro, camina nervioso por el salón y me dice que escriba que hace unas semanas —cercano ya a los cincuenta— sintió de nuevo la tierra oscilando bajo sus pies. Fue en un supermercado de Esmirna donde intentaba hacerse entender mediante el traductor castellano-turco de su móvil para indicarle a una reponedora que buscaba un repelente de mosquitos. Sintió como si aquel espacio surcado por estanterías zarpase de puerto mientras los halógenos que colgaban del techo se mecían dulcemente por una mano invisible. Ese terremoto de magnitud 6,2 en la escala de Richter causó dos muertos al derrumbarse un edificio cerca de su epicentro, y esta vez fue su madre la que le mandó un wasap para comprobar que estaba bien.

Visto en perspectiva, queda claro que, cuando el suelo se agita en su presencia, el número de víctimas va decreciendo mientras él, cada día que pasa, es más padre y su padre, más hijo. Se han cruzado en algún punto entre Toulouse y Esmirna y llegará un día en que su padre se gire, a lo lejos. Entonces, casi a punto de desaparecer del todo, le preguntará: «¿Quién eres?», y él responderá: «Tu hijo».
Suspira y me dice que ya es suficiente por hoy. Antes de que cierre el documento, me pide que le enseñe las yemas de los dedos. «Suertudo», dice cuando comprueba que no sangran. O tal vez sí.

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6

MIS MANOS

ANDRÉ WEISS

Era la primera vez que tenía una sensación similar. Esto era real. Recuerdo haber sentido un dolor en el pecho y haber pensado que un infarto me estaba matando. El cardiólogo me indicó, algunos días después, que el corazón no duele. Nadie pasa dos días en su casa infartado y después asiste a una clínica cuando consigue un turno médico.

Permanecí dos días completos casi sin moverme, con tal de no forzar a ese infarto que tenía atravesado en el pecho. «Debe ser muscular», dijo mientras sonreía.

Tampoco se compara con la sentencia de mi neurólogo: «Usted debe estar estresado». Estoy convencido de haber sufrido un accidente cerebrovascular, aunque ellos no puedan detectar nada en sus estudios. Fueron varios días en los cuales solicité distintas opiniones y todas parecían estar equivocadas.

Esto era distinto, porque lo otro no podía verlo, como tampoco podía ver la causa de aquellas otras puntadas en el pecho que mejor no recordar… El cáncer de pulmón ya se había llevado a mi madre y, esa vez, estaba tras de mí.

No, ahora lo podía ver, lo podía palpar. ¡Y claro que lo podía palpar si lo tenía al alcance de mi mano! Esa mano, la izquierda, que tantas alegrías me había dado escribiendo poemas o dibujando casas al pie de la ladera de una montaña.

Era más grande que la mano derecha. Por algún motivo, que aún estoy intentando descubrir, había sufrido una mutación. Las veía una al lado de la otra y las hacía tocarse entre sí. Las enfrenté palma con palma y la izquierda sobresalía.

No sabía determinar con exactitud en qué momento una mano se había vuelto más grande que la otra. Elucubré muchas posibilidades. Una de ellas, la que terminó por convencerme, era que se debía a la ejercitación de la escritura. Lo relacioné con los deportes. Por ejemplo, en las etapas de desarrollo, los basquetbolistas, al saltar constantemente, logran crecer algunos centímetros extras. Si eso podía pasar con ellos… ¿cómo no se me podía agrandar la mano a mí?

Ya la consideraba una deformación. Cuando compraba en el supermercado, mantenía mi mano izquierda dentro del bolsillo de un buzo o de un pantalón. Nunca la apoyaba sobre un mostrador, ni en el banco ni en los comercios.

Me costó mucho tiempo decidirme a ver a un especialista. Conocía muchos traumatólogos o cirujanos especialistas en pie, tobillo y rodilla, pero ¿y los especialistas en manos? Seguramente, si preguntaba, me dirían en broma que acudiera a una manicura. Esos graciosos nunca suelen faltar.

Gracias a Dios, los saludos se hacían con la mano derecha. De lo contrario, podría haber quedado en evidencia en todo momento. No recuerdo bien cuánto tiempo pasó desde mi descubrimiento hasta que me decidí a consultar con una médica traumatóloga. Es posible que hayan sido meses. Quizás ese problema fuera causado por un trauma, y evidentemente no era un trauma mental sino físico. Solicité un turno de forma telefónica: cuanto menos quedara expuesto, mejor. Al preguntarme el motivo de la consulta, simplemente dije: «Me duele un poco la mano».
Muchas noches estuve pensando en los motivos de mi desdicha. Nunca pude saber desde cuándo lo padecía y hasta llegué a pensar que podía ser una malformación de nacimiento. Pero, si era así, ¿mis padres, amigos y seres queridos me habían ocultado mi problema?

Recuerdo muy bien aquel día en el que me dirigía hacia la clínica. Por suerte, no sería observado por alguien de la guardia, sino por alguien que ya conocía muchas manos y muchas afecciones de estas. Los cuidados en mi traslado eran bastante extremos. Por un momento, llegué a trastabillar en el colectivo tras una brusca frenada. Mi mano derecha aún no estaba lo suficientemente ejercitada como para soportar el peso de todo el cuerpo.

Unas cuadras antes de llegar a la clínica, quise pasar por una farmacia para comprar algún miorrelajante. Me sentía tan nervioso que me hubiese tomado el tranquilizante más fuerte que tuviesen. Mis nervios me jugaron una mala pasada: las monedas que tenía en el bolsillo para pagar parecieron saltar de mi mano derecha y comenzaron a rodar por todos lados. Mi búsqueda desesperada se hizo lenta bajo la mirada juzgadora del farmacéutico. Quizás pensaba: «¿Por qué este hombre no usa las dos manos?». Claro, pero él no sabía toda mi historia ni mi problema.

Cuando pude salir de allí, un poco transpirado, tomé una de las pastillas que había comprado y seguí caminando unas cuadras. En la esquina había una casa de venta de muebles. En su vidriera se encontraba colgado un gran espejo que parecía haber sido fabricado para gigantes.

No pude evitar la tentación. Primero miré hacia todos lados y, cuando comprobé que no había nadie circulando por la calle, saqué mi mano izquierda del bolsillo. Me puse derecho, con el torso firme, mirando en dirección al espejo. Los brazos y las manos pegados al cuerpo.

Mis ojos experimentaron algo revelador. Mi mano derecha era considerablemente más chica que la izquierda. Eso me hizo pensar en qué momento mi mano derecha se había encogido. Me bajó un poco la presión e instintivamente puse mis dos manos en los bolsillos. Di media vuelta y regresé a mi casa pensando en cómo podría subirme al colectivo y pagar sin usar ninguna de las dos manos.

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7

NOVENTA Y CUATRO METROS

MARÍA GÓMEZ-FERZ

Los vecinos del pueblo tardarán muchos años en olvidar el día de hoy, lleno de llamadas, rumores, idas y venidas, manos en la cabeza, llegadas aceleradas al tanatorio, lágrimas de angustia y mucha confusión. Irene ha dejado en su escritorio una nota escrita con bolígrafo, al lado de la misma ventana donde se sentaba de pequeña fascinada por la luna: ‘Nada es para siempre. Si nada es para siempre, nada debería doler gran cosa. Si nada duele mucho, es como si no existiera. Si nada es para siempre es porque no existe. Nada existe, nada duele. Ni yo’.

Después ha salido de casa a pie. Ha recorrido el mismo trayecto que hizo ayer con Lucas en la moto. Pero todo es diferente. Los árboles jugosos que acompañaron su paseo la tarde anterior ahora son una maleza enmarañada y desagradable que se lanza a su cara, y la espesa humedad del ambiente le pega las hierbas a las piernas. Ha estado vagando durante horas por el monte, pinchándose con las zarzas y resbalando en los guijarros de un sendero terroso.

Acaba de llegar al viaducto. El sol ha desaparecido detrás de sus pasos. Se ha ido entre las montañas, manso, como si no le importara marcharse; se ha llevado el brillo y el cielo se ha quedado a oscuras. El calor sigue siendo denso, aunque en la nuca se le enfría el sudor.

Irene ante un abismo de noventa y cuatro metros. El viento le alborota el pelo, que se enreda en las pestañas que enmarcan sus ojos apagados. Cierra los párpados y abre los brazos. Expuesta a la inmensidad, levanta su redonda cara al cielo.

Piensa en otros momentos en los que el viento ha bailado con sus mechones y ha soplado sobre su cara. Momentos de felicidad. Sí, han existido. Momentos de amor. Apacibles. En compañía. Momentos de soledad también. Mueve la cabeza para apartarse el pelo de la nariz, su cuerpo cimbrea y siente vértigo en el estómago.

Deja caer los brazos y se mira las zapatillas blancas. Bajo la punta de sus pequeños pies, el vacío. Son noventa y cuatro metros, pero los alcanzaría enseguida si se mueve unos pocos centímetros. La velocidad de la montaña rusa del parque de atracciones donde pasó aquellas vacaciones con los compañeros de la universidad, y las escandalosas risas de pavor de todos. El sobresalto cuando Adrián la abrazaba por sorpresa al pasear por la muralla, «¡Locooo, que me da miedo!», y luego él se disculpaba entre risas y la besaba por toda la cara.

Mira de nuevo al frente, sin ningún punto de apoyo. Puede caer en cualquier momento, sin intención, solo porque no tiene dónde agarrarse. Lleva unos minutos subida al viaducto y no ha pasado ningún coche. El amplio monovolumen de los padres de Lorena, envidiar su autoconfianza y su serenidad, y agradecer haber sido las mejores amigas, aunque de eso hace muchos años. La tapicería impoluta del deportivo de Nicolás, él conducía, llevaba su mano derecha al muslo de Lucía, le hacía cosquillas y emitía un gruñido de satisfacción, y ella sentía su corazón henchido, justo antes de romperse. Su madre subiéndose al coche poco antes de morir, sin que nadie supiera adónde iba. Su madre tendida en el sofá, con el pañuelo anudado en la cabeza, llamándola para darle un beso. Su madre preparando la casita de nubes para las dos.

No hay nadie. No ha pasado ningún coche, ni está Adrián, ni Lorena, ni ningún compañero de la facultad o del trabajo. Ni Nicolás. Ni está mamá. En este puente no hay nadie. Y si baja, nunca más estará Lucas. Nunca habrá ya quien mire, espere, abrace. Nadie que escuche. Nadie que entienda. Nadie que esté.

Si baja habrá preguntas, tal vez reproches, o celebraciones porque Irene está a salvo. O quizá no haya nada. Un maldito accidente mortal se ha llevado a su único confidente, Lucas ya no está, era el único que quedaba y ya no está. Recuerda al niño, al adolescente, al joven, los mensajes, las llamadas, carcajadas, atenciones, miradas, complicidad, corazón. Ya no está, ni va a estar.

La mayoría de las personas que conoce no tienen por qué enterarse nunca de que Irene ha estado en este viaducto. Seguir mintiendo, o acabar con todo para dejar de mentir. Saltar para dejar de tapar. Quedarse a este lado de las montañas. O tener el coraje de bajar y enfrentarse a la vida.

Cómo se hace para seguir viviendo cuando está todo perdido. Cómo engendrar una voz sanadora y cierta. Cómo proyectar un reflejo en el espejo que devuelva una imagen con amor. Seguir caminando para seguir descubriendo si todo es fruto de la invención o de la inacción. Hablar para soltar y nombrar para entender.

Volver a bajar y desandar lo andado le provoca agotamiento. Un paso hacia delante, unos pocos centímetros son la salida. Serían los últimos. Despreciar un regalo que no se ha pedido. Tiempo para entender para qué está uno aquí. Abajo no hay nada, solo el vacío.

La voz interior deja de ser mordaz y cruel. No quieres hacerlo, no quieres matarte, solo quieres dejar de estar mal, no te tires, Irene, no sé cómo lo haremos, pero lo haremos, va a costar, pero las heridas sanarán, te escucharé, te agarraré y nos cuidaremos juntas.

El último abrazo de Lucas antes de que se lo llevara la fatalidad: «Todo va a ir bien».

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8

BRINDIS

LEONARDO ECHEVERZ

Los viernes Luisa sale un poco antes. Deja preparada la cena y el remedio de la noche. Antes de irse, la señora le pregunta si el lunes va a venir. Luisa le dice que sí, que siempre viene los lunes. Se dan un beso. En el ascensor piensa que a veces la señora se olvida de las cosas, pero nunca de preguntarle si va a volver.

Instintivamente toca la bolsa con la mano. Hace un chequeo rápido para comprobar que no se olvidó de nada: llaves, billetera, los chocolates importados que recibe como premio de la señora, a escondidas.

Cuando sale a la calle la golpea el calor húmedo. Camina hasta la parada con la bolsa apretada contra el pecho. A esa hora la gente vuelve apurada. Luisa no tanto. Hace muchos años que nadie la espera en casa.

Su colectivo tarda. Ve cómo en la parada se va renovando la gente. Unos suben, otros esperan. Cuando llega el 86, Luisa sube despacio y un hombre joven le cede el asiento junto a la ventanilla. Apoya la bolsa sobre las piernas. Guarda los lentes en el estuche. Saca uno de los chocolates y lo mira. El envoltorio tiene letras doradas y un nombre que parece alemán. Tiene hambre. Todavía conserva esa manía de no comer frente a los demás. Como si fuera algo íntimo. Piensa en abrirlo, pero lo guarda otra vez. En casa va a estar más rico.

Viaja mirando por la ventanilla. Le gustan los balcones de los departamentos. Pensar cómo sería vivir allí. El colectivo se demora en un semáforo y Luisa hace foco en cada balcón. En algunos hay movimiento. Una mujer riega las plantas, un hombre fuma apoyado en la baranda con el teléfono en la mano. En otro, un nene de rulos come algo sentado en su triciclo.

En un balcón del tercer piso cuelgan unas sábanas blancas. Se inflan con el viento y por un momento tapan toda la ventana. Luisa piensa que ese departamento le gustaría. No sabe por qué. Quizá por las sábanas.

Reconoce las calles sin prestarles demasiada atención. Algunos negocios ya bajaron las persianas y otros se preparan para la noche.

Se baja dos paradas antes, como siempre. Prefiere caminar ese tramo. Tiene que hacer ejercicio. Mucho tiempo sentada.

En la esquina espera a que cambie el semáforo. Un hombre duerme sobre unos cartones junto a la persiana de una farmacia. Esquiva con cuidado las vallas blancas y rojas de la obra. Rodea los escombros del pavimento para no tropezar. Nunca terminan de romper.

Finalmente llega al edificio. Busca las llaves antes de detenerse frente a la puerta. Entra y cierra enseguida.

El hall conserva algo de lo que fue: el piso de granito, las molduras del techo. Aunque las paredes ya se acostumbraron a la humedad. El vecino de la planta baja llenó los pasillos de macetas de plástico y latas con suculentas.

Toma el viejo ascensor y sube hasta el segundo piso. En el pasillo hay una sola luz encendida. Luisa abre la puerta de su departamento, deja la bolsa sobre una silla y se saca los zapatos.

Mueve los dedos de los pies y siente el alivio. Entra al comedor y se observa en el enorme espejo, desdibujado en las uniones. Se mira la panza y las tetas que alguna vez causaron deseo en los hombres.

Se levanta un poco la remera. Mete la barriga. La suelta. Vuelve a meterla. Hace un pequeño desfile, poniendo las muñecas hacia afuera e irguiendo la espalda como le enseñó su madre, esta vez sin el libro sobre la cabeza. Se ríe. Hay cosas que una sigue haciendo aunque no haya nadie mirando.

Busca la emisora de siempre. Los viernes, a esa hora, pasan zarzuelas y hablan poco. Luisa reconoce algunas antes de que el locutor diga el nombre. Otras no. Sube un poco el volumen y va hasta la cocina a tomar un vaso de agua. Necesita llegar a la marca de un litro por día que le recomendó el médico. Agarra el limpiador y la franela del mueblecito blanco del lavadero.

Hoy le toca el bayout, ese mueble que guarda todos sus tesoros.

Hay que tirar de la manija de bronce con cuidadosa firmeza. Al abrirse las puertas, una lamparita ilumina el interior. El movimiento produce una ligera vibración que hace tintinar las copas entre sí, nunca más de dos segundos.

Del bayout sale un olor especial, amasado con el tiempo, pero que tiene algo fresco y extrañamente nuevo. Una mezcla de todas las cosas que guarda. La suma de los olores de los tesoros.

Extrae la vajilla de ocasiones especiales, los perritos de porcelana, los souvenirs de fiestas. Pone cada objeto con cuidado sobre la mesa hasta vaciar el mueble. Le pasa la franela al interior y limpia cada pieza antes de volver a guardarla.

Afuera persisten la suciedad, el olor a pis de gato, el smog de la avenida que estalla sin pausa.

Adentro, Luisa se acuerda del chocolate y lo deja sobre un platito.

Saca la botella de la caja y la mira a la luz.

Llena una copita con brandy de Jerez, regalo de la señora, traído de España. Quizá el gusto le viene de su padre, inmigrante español. Sabe que no habrá otra botella: cada gota importa. Sirve lo justo, saborea sin prisa.

Al segundo sorbo siente el calor en la garganta. Después en el pecho. Luisa sonríe.

El bayout reluce y la tarde se vuelve otra.

**

9

LA PENA

RAFAEL FUENTES PARDO

El cielo, más que nublado, parecía sucio, como si alguien se hubiese entretenido en tapar el sol con periódicos viejos. Soplaba una brisa fuerte, con las olas rompiendo a pocos metros de la orilla. Un grupo de chavales transportaba cometas y tablas de kite desde un viejo furgón Caravelle hasta el agua.

Abrí el sillón y me senté.

Al rato un individuo se plantó a mi lado. Andaría por los cuarenta, aunque también podría tener treinta y pocos, nunca se me dio bien calcular la edad ajena. Llevaba las manos a la espalda y la mirada en el suelo, como si buscase conchas. Sin llegar a levantarla dijo que la espuma tenía la costumbre de sorprendernos sin llevarnos al hastío. Lo hizo muy serio, más que a mí, parecía dirigirse al universo.

Después, como quien no quiere la cosa, continuó diciendo que se llamaba Ezequiel.

Contesté que mi nombre era Antolín y le ofrecí la mano. Permaneció mirándola unos segundos, como si no supiera muy bien qué hacer con ella. Cuando la situación estaba a punto de convertirse en incómoda, terminó estrechándomela y dijo que menudo nombre para un puerto.

Pregunté si se refería a Antolín. Negó en un par de ocasiones y añadió que se refería al hastío.

─Ya.

─¿Y de las olas qué me dice?

Permanecí callado, Ezequiel parecía algo confuso, quizá no fuese conveniente darle demasiada cancha ni tampoco llevarle la contraria. Al final decidió contestarse a sí mismo y aseguró que las olas necesitan medio mundo y seis mil playas para armar el mismo silencio que regalan las espiras de una caracola desde un local tan pequeño.

Me fijé mejor en sus rasgos, quizá tuviese algún tipo de minusvalía, y pese a ello, un innegable ingenio para las palabras. Le dije que cogiera una toalla de la bolsa y se sentase a mi lado. Me miró de arriba abajo, de nuevo muy serio, y contestó que hacía tiempo que no se fiaba de la tierra.

─¿Y eso?

─Todo el mundo sabe que se muere por tener sus propios ahogados.

Su parte de razón llevaba mi nuevo amigo Ezequiel, lo que no se sabía es a dónde. Me interesé por su profesión. Contestó que se dedicaba al oficio más triste del mundo: boyardo.

─¿Boyardo?

─Sí; siempre estoy cerca del mar, pero siempre dándole la espalda.

Por no quedarme callado dije que existían oficios peores, como en mi caso, que solo era un turista. Me miró con un poco de pena y contestó que turista no llegaba a ser trabajo. Ni siquiera a ser triste. Más bien era como de broma. El primer surfista comenzó a elevarse. Pregunté si le gustaba aquel deporte. Asintió varias veces, como si fuera un niño muy pequeño o un pájaro picando alpiste. Añadió que ese sí que era un buen oficio.

─¿Surfista?

─Cometa.

Seguimos hablando un rato y descubrimos que, aparte del kite y los días nublados, compartíamos el gusto por la cerveza y la jubilación anticipada. Uno por edad y el otro por un síndrome llamado Williams-Beuren. También me contó otras anécdotas sobre el mar: como que en los grandes naufragios el océano se sale de los mapas y no hay lugar donde poner el barco o que los celtas siempre tuvieron el buen gusto de situar los suyos junto a una isla habitada solo por sirenas. Tras la última historia miró su muñeca, en la que no había ningún reloj, y dijo que se estaba haciendo tarde. Se despidió y se marchó en dirección al edificio blanco que hay antes de llegar al faro. Más tarde, en la recepción del hotel, me explicarían que se trata de un centro de atención múltiple.

En fin, todo esto me sucedió ayer, en la playa, mientras hablaba con un síndrome de Williams-Beuren en lugar de con otro turista. Y no sé qué pensarán ustedes, pero creo que mereció la pena. Quizá, por eso, esta mañana, he regresado al mismo sitio con un par de sillas para ver si vuelve mi amigo Ezequiel. Tengo que preguntarle si hay noticias del capitán Long John Silver. A fin de cuentas, parece el más indicado ─o quizá el único posible─ para continuar nuestra conversación.

**

10

SIN TÍTULO

MARTÍN SONDÓN

Hace unas horas tuve una de las peores sesiones que recuerde. Mi angustia me atravesó. Fueron muchos días de tristeza absoluta. Ya no alcanza esa pastilla nocturna. Pero hay hilos de constancia que me guían. Y estoy empezando a escribir este diario por sugerencia de mi psicóloga. No va a funcionar le dije. Intentalo, me dijo. Qué se yo, dije. Probá, dijo. Ok, dije.
Y acá me senté de noche, con una copa de vino. Solas, la copa y yo. Y escribo recordando el camino desde la sesión hasta mi casa. Y espero que salgan cosas.

Todo empezó al salir de terapia. Camino por un pasillo, y me acerco a una puerta hermosa, que deriva en el afuera. Tiene algo de mezcla entre lo viejo y lo nuevo. La veo mientras me acerco y pienso: quien la arregló deseó con la misma intensidad que parezca vieja y nueva. Es como un talento de poner en un mismo objeto dos contraposiciones. Como los poetas amantes de las antítesis o los oximorones.
Siento que atravesar esa puerta va a ser letal. Este pasillo está provocando lágrimas intensas que aún no han salido. Estoy en estos momentos sintiendo su llegada. Y cuando pase por esa puerta voy a llorar mucho.

Así sucede. Tengo los anteojos puestos, que es como un paraguas. Los espejos me están protegiendo. Ninguna persona que me cruce sabrá que estoy llorando. Nadie se acercará a preguntarme: ¿por qué llora señorita? No quiero cruzarme con ninguna persona conocida. No quiero sentir la necesidad imperiosa de contar. De explicar. Este llanto es todo mío. Lo odio. Lo quiero. Lo necesito. Lo veo inevitable.
Camino todas las cuadras hacia mi departamento. Me seco las lágrimas antes de que lleguen al umbral de los lentes. No quiero saborearlas. Sé que lo haré cuando llegue a mi sillón. Donde me sacaré los anteojos como un payaso triste que se saca el maquillaje después de la función. Es muy difícil estar triste, saberse triste, tener las mismas ganas de llorar que las de curarse. De eso se trata mi angustia. Y la habito como puedo.

Mientras escribo esto, siguiendo las indicaciones de la terapeuta, pienso si servirá para algo mañana, o el mes que viene.
Vuelvo a recordar el camino de las lágrimas. Paso por una hermosa vereda arbolada. Siento la diferencia de temperatura de la vereda anterior. Repleta de baldosas, arbustos bajos, techo soleado sin la fresca sombra de los árboles. Recuerdo haber pensado: hola, soluciones ambientales. Imaginen si cada vereda de una ciudad fuese una senda con árboles gigantes y pasto como suelo. Si entendiéramos que esos dos grados menos son lo más cerca que estaremos a la cura. Porque ya no hablamos de soluciones ambientales, hablamos de enfermedad. De curar, de sanar.

Y paradójicamente, yo no estoy sanando. Soy alguien que quiero ser, pero no lo logrará. Tengo una voz que es escuchada. Pero estoy a tres cuadras del sillón que me hará recordar que no estoy curando esa tristeza, esa angustia, ese motor de pesimismo que me obliga a quedarme quieta. No encuentro esa vereda refrescante de verdes que me dé una brisa que me acaricie, que me empuje.

Es muy difícil. Escribo sabiendo que tengo razón en cada una de las líneas. Escribo con conocimiento interno: soy lo que no estoy pudiendo ser. Creo firmemente que esa Creta de las ponencias, de los libros, de las charlas, de los elogios, es otra Creta. Es un personaje creado por esta Creta que llora por debajo de los anteojos y que desea llegar al sillón para continuar con el camino de la angustia desenfrenada.

¿Para qué creo ésto? Y sé que nunca sabré las respuestas. Sólo conozco los impulsos que hunden mi cuerpo.

Hablo con Grash y la miro. Y lloro. Y lloro más. Y siento sus hombros, y su presencia. Sus abrazos me curan un poco. Veo su escucha paciente y sus deseos de ser parte de la cura. Y acepto para mis interiores que tiene razón. Y creo que tengo razón. Y en unos minutos me olvido de ese optimismo y me doy cuenta de que no pasará mucho hasta que encuentre la rutina solitaria y tediosa de mi angustia. Que está ahí, latente. Que tiene mejores armas, más poderosas que las mías.

Soy una batalla contra mí.

Tengo estas armas, pienso:

1.- El amor de mi vida. Hermosa, generosa, singular y compañera.

2.- El trabajo ideal. Elegido, apasionante, de futuro infinito.

3.- El reconocimiento creciente de una parte de la sociedad que piensa como yo.

4.- El espacio de descanso que otorga una familia lejana pero cercana a la vez.

5.- El incansable y hermoso “asedio” de mis amigos. Siempre para que estemos. Ni más ni menos que eso. Estar juntos.

Pero esas son mis armas.

Ahora. Mientras escribo, sé que no alcanzan.

Es increíble que no alcancen.

Porque cuando llegue al sillón, serán inútiles.

Hay fuerzas inexplicables. Hay armas que son una sola. Invisible. No huele, no suena. Está ahí. Rapaz. Y sabe que puede ganar solo con aparecer en un segundo. Y está conmigo ahora. Estas palabras que escribo ahora, recordando el camino desde la sesión de terapia hasta este preciso momento de la noche en que me siento frente a la computadora, son un hermoso arco iris que aparece después de la tormenta. Pero la fuerza de la que hablo, ese ventarrón constante, hará que esta escritura sea solo eso, una belleza que desaparece en un destello.

Cómo será que me cansé de escribir. Ojalá pueda continuar este diario más adelante. Ojalá el arco iris sea eterno.
Adiós, día 1.

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