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11 poemas de Martín Prieto

Martín Prieto es un poeta y docente nacido en Rosario en 1961. Doctor en Literatura y Estudios Críticos por la Universidad Nacional de Rosario, donde se desempeña como profesor titular de Literatura Argentina II y director del Centro de Estudios de Literatura Argentina, es autor de los ensayos Breve historia de la literatura argentina (2006), Saer en la literatura argentina (2021), Un enorme parasol de tela verde (2023), Un poema pegado en la heladera (2024), de los libros de poemas Verde y blanco (1988), La música antes (1995), La fragancia de una planta de maíz (1999), Baja presión (2004), Los temas de peso (2009), Natural (2014), Retratos de ciertas personas de importancia en mi vida (2016), Lo que no debió pasar y pasó (2021), de la novela Calle de las Escuelas número 13 (1999). Formó parte del Consejo de Redacción de Diario de Poesía (1986 / 2001), fue director del Centro Cultural Parque de España/Aecid de Rosario (2007 / 2014). En 2010 dirigió la expedición fluvial Paraná Ra’anga que se realizó entre Buenos Aires y Asunción del Paraguay. Entre 2013 y 2015 fue coordinador general del Festival internacional de Poesía de Rosario. Presentamos una selección de su obra poética y un inédito.

***

Padre e hijo

Un personaje de Conrad,
o lo que supone es un personaje de Conrad
quien, en verdad, nunca lo leyó:
un hombre viejo tomando whisky sin hielo
en una noche tropical.

En una cuna duerme un chico
que tal vez sea el hijo del viejo.
Las palmeras quietas a través de las ventanas,
quietos los paraísos y las cortinas
y la luna misma, como si el tiempo no pasara.

Las alpargatas resecas arrastrándose
por el piso de madera.
El viejo va, se sirve dos, tres dedos de whisky,
vuelve a velar el sueño del animalito
y no sabe si quiere o no que se le parezca.

***

En la casa, escribe

Que descanse de mí, que yo
descanse de mí, materia disuelta
en el aire del prójimo.

Para no defraudar, quemé todos los papeles.
El inodoro se quebró, la base se quebró
y hubo que andar cagando por ahí
dos meses hasta que pegamos un trabajo
y baño nuevo.
¿Deberíamos extrañarnos de eso,
llamarlo “nuestra educación”?
Dulce, lovely cae la tarde,
con olor a mandarinas,
pero amargo es estarse aquí,
nadie me corta las uñas de los pies.

***

La revelación

El relámpago de la juventud se apagó
justo cuando te escribía una carta
que no te mandé. La carta era imperial:
hablaba de un tanque australiano
donde nos habíamos bañado un verano
y de las flores blancas y amarillas
de unos nenúfares que se enredaban en tu pelo
y volaban como si fuesen marionetas de mariposas
cada vez que vos movías la cabeza
para sacártelas de encima
-y no se iban. ¿Por qué te escribí?
¿Por qué terminó la tormenta
que parecía que iba a durar para siempre?
¿Por qué una cosa sucedió mientras sucedía la otra?
Envejecí escribiéndote una carta
cuyo objeto era relatarte como fuiste una vez
y por cada célula tuya que lograba inmortalizar
se moría una mía, una mía se moría, se moría.

***

Navidad

Eso que parece Marte es la luz de la antena señalizadora
del edificio de Urquiza entre Dorrego y Moreno
y eso que parece la luna, cortada al medio
por un hachero chambón y colgada sobre el techo
del Holiday Inn, es la luna. Son confusos,
verdaderos y falsos, los mensajes que nos envía
el cielo en la noche de Navidad mientras bajamos
en silencio rumbo a la casa de mis padres
y mi gusto por reencontrarme con los relatos
de una mitología recontramenor cuyos dioses
se llaman Nelly, Alejandra Filas o Gorda Graciela
contrapuntea con tu abandonada lasitud tanto que
por un momento, pareciera que fuese mi mano asida a la tuya
la que retuviera tu vuelo hacia la mitad faltante
de la brillante hija de Hiperión y de Tea.

***

Sin título

La profesora de Filosofía
un manual de buena conciencia
que da clases con un echarpe cubierto de pines
estampados con consignas que defienden todas las causas
-se diría: un auto de Turismo Carretera promocionado
por empresas autogestionadas de izquierda- en un acto de contrición
por haber obrado mal en su vida vieja
cuando creía en el dinero y en la hetenormatividad
le dio un baúl de ropa usada a la chica que trabaja en su casa
y gastando de la herencia residual de su propio pasado
unas semanas después en una confusión temporal de roles
-la patrona que había sido, la que no quería ser-
le preguntó qué había hecho con las prendas
que no modificaban en nada su vestuario habitual
-el jogging, las zapatillas, la camperita de cuero-
y la chica, de repente distante, en modo principesco natural
empapando una esponja en detergente y agua:
“se las regalé a los pobres”.

***

Un amigo, cuando cumple años por vigesimoséptima vez

Apoyado contra la pared blanca de la cocina observa
un fruto en proceso de descomposición.
No es su olor lo que lo alerta, ni su consistencia:
bajo una campana de vidrio,
son sus tonalidades, cada día más fuertes, más oscuras,
las que manifiestan el paso del tiempo.
Se pregunta qué es lo que lo mantiene expectante
ante el espectáculo de la putrefacción y,
Narciso, hasta llega a pensar
en la imagen que de sí le devuelve el fruto:
sombras violáceas bajo las circunferencias de los ojos,
verdes apagados sobre la tez que no toca el sol,
sin llegar a comprender que la hipnosis no proviene
de la ciencia ni de la psicología elemental:
apoyado contra la pared blanca de la cocina,
disfruta de las coloraturas cambiantes
que la naturaleza le ofrece como un don.

***

Una canción

Las plantas de lechuga,
húmedas por la lluvia de la noche anterior, verdes
contrastan en un paisaje acostumbrado
al maíz, al trigo y a la pastura.
Las mujeres no hornean, como antes el pan:
duermen a esta hora y sueñan con hombres elegantes
que las pasean en auto descapotados,
que les señalan, al cruzar el puente,
esos cuerpos encorvados y rústicos,
casi imperceptibles por la niebla,
que recogen y encajonan plantas de lechuga,
al amanecer.

***

La despedida

Vivimos veinticinco años juntos
y en la misma ciudad
para terminar en este país de extranjeros
casi como dos turistas aburridos
que toman una copa helada
después de haber intercambiado
algunas palabras gentiles.
Las calles de Roma están bordeadas de basura,
por la huelga,
y hay ese olor nauseabundo
que provoca en los residuos
el calor del mes de agosto.

***

Una música en la memoria

De zapatillas y pantalones negros,
con el torso desnudo,
lleno de yerba una calabaza marrón.
El paisaje es el de todos los días,
salvo por una música que no silbo
y sin embargo sé.

***

Desde la ventana

El mundo es esta estación de trenes, casi invisible por la lluvia.
Hay, entre las vías, un resto:
una naranja brillante apoyada contra el riel.
El hombre tiende la mesa
y cree cambiar en algo las cosas.

***

Adolfo

Los de la funeraria
envolvieron su cuerpo en una frazada
(antes nos pidieron prestada una frazada)
y lo bajaron por la escalera. Había
subido y bajado esa misma escalera
durante más de cincuenta años
en sus brazos
tomando su mano
siguiéndolo o siendo seguido por él.
Había subido por esa misma escalera
miles de cartas y cuentas en cuyo frente
estaba impreso o manuscrito
su nombre. Y también lo subí a él, medio a pulso,
entre lo que podíamos los dos
después de esperar en la habitación del sanatorio
que aparecieran los de la ambulancia
(y no vinieron, y nos tomamos un taxi).
Entonces los de la funeraria bajaron su cuerpo
y los acompañé (a ellos, para abrirles la puerta de calle)
pero sobre todo a él, que ya no era él, que ya no era nadie
que no sintió nada cuando su cabeza golpeó
por un descuido contra el piso de la planta baja
ni vio, cuando lo subieron a la camioneta,
que yo levanté la mano, ni escuchó cuando dije chau.

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