Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.
Martes, 14 de abril de 1936: El día de la República
Boring, boring, boring —murmuró Claude Bowers para el cuello de su camisa. Y miró disimuladamente la hora.
Alrededor, Bowers vio por el rabillo del ojo a otros embajadores con la misma cara obligadamente solemne, las mismas ganas de bostezar. Todos esperaban bajo la triste llovizna a que apareciese en coche, seguido de la guardia presidencial, el presidente interino Martínez Barrio. Lo acompañaban, en el interior del vehículo, algunos militares de alta graduación.
Hubo saludos y aplausos en los balcones próximos. El desfile seguía, al son de la música marcial, cuando de pronto se produjo un tumulto.
—What the hell…?
Ante la tribuna la Guardia Civil, un grupo colocado ante la presidencia lanzó gritos de «U.H.P.», la consigna de la revolución de Asturias. Muy cerca de los diplomáticos y justo detrás de la tribuna de Azaña, se oyó una explosión. Siguió un ruido crepitante, como de fuego de ametralladora. El pánico se apoderó del público. Muchos se echaron al suelo entre gritos, y algunos se apresuraron a ponerse a salvo. Viéndolo, un agente de Seguridad corrió agachado a la tribuna.
—¡Al suelo, señores!
Los diplomáticos obedecieron. En medio del barullo, un oficial de la guardia republicana se lanzó a cubrir a Azaña. Este, en la tribuna, era el único que permanecía inmóvil y rígido, tan pálido como de costumbre.
Sin moverse y casi sin pestañear, Azaña hacía tiempo que se venía preparando mentalmente para algo parecido. Tenía muy asumidas las obligaciones de su cargo, y permaneció impertérrito. Eso transmitió ánimo a sus acompañantes. Su esposa Lola, admirativa, se le aferró al brazo.
Pasado el peligro, la situación era casi divertida.
Bowers se levantó, sacudiéndose la chaqueta. No muy lejos, la encantadora señora de un alto cargo del Ministerio de Estado, lloraba. A su lado, las esposas del consejero alemán, Hans Voelkers, y el secretario de embajada italiano, sentadas sobre el piso mojado, se miraron una a la otra sin soltar los paraguas.
Bowers, en pie y con ánimo recobrado, trató de entender lo sucedido. Una dama junto al americano permanecía detrás de la dudosa protección de una barandilla. No lograba moverse aunque su marido, a su lado, le dijo que había pasado el peligro.
—Es que tengo al embajador polaco sentado sobre mis rodillas…
Bowers contuvo las ganas de reír.
También se volvió para enterarse de lo que pasaba en la Castellana. Algunos miembros de la guardia presidencial se dirigían entre la multitud hacia el lugar de la agitación. A todo esto, los soldados siguieron desfilando con la misma gallardía. Un grupo de guardias de Asalto a caballo ahora cargaba hacia una calle cercana a la embajada británica.
—No debe de ser nada importante —repitió el embajador de Chile, Núñez Morgado, dándose ánimos.
Todos rieron nerviosamente.
Se sentían conmocionados y algo estúpidos. Un tal López, el introductor de embajadores, explicó que se trataba de un pequeño grupo de jóvenes fascistas que había hecho estallar un manojo de petardos. Aquello sonaba a cuento chino y Bowers quiso irse.
La lluvia caía torrencialmente, mientras los primeros diplomáticos abandonaron por fin el lugar.


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