Viernes, 14 de febrero de 1936: El nerviosismo de Carrillo
Santiago Carrillo paseaba por el patio de la cárcel Modelo. Aquella noche no había podido dormir y, pese al cansancio acumulado, reflejado en unos ojos enrojecidos, no paraba de moverse. La incertidumbre lo estaba matando. Por eso paseaba y paseaba. Caminaba por el patio, por una vez solo, casi con furia, con la cabeza gacha. Intentaba mantenerla en blanco y concentrarse en sus pasos. Uno tras otro. Rehuía la compañía de los socialistas, y también la de su padre. Evitaba las conversaciones y paseaba. Sin compañía. Un paso tras otro. Que no aflorase ningún pensamiento.
La presencia de su padre, Wenceslao Carrillo, ayudaba. En aquel año y medio había sentido el apoyo de su familia y de su compañera, Asunción, la para muchos misteriosa Chon. Habían venido todos a visitarlos, a los dos, al padre y al hijo, con regularidad. Les trajeron cosas que necesitaban. Después se despedían en el locutorio y los ánimos se iban con ellos. Dentro, la lucha era distinta. Estaba harto de partidas de cartas, de dominó. Sí, con él estaban los camaradas, pero no era suficiente. Mientras Largo Caballero estuvo preso, las charlas con él lo mantenían activado. La dirección del partido prácticamente se había trasladado a la cárcel. Y durante una temporada estuvo además encerrado con ellos su hermano pequeño, Pepe Luis. Aquellos habían sido los mejores días. Coincidían entre los muros de la Modelo tres miembros de la familia Carrillo. Pero al irse Largo Caballero, cuando su padre empezó a deprimirse y a no hablar con nadie, llegó lo peor…
La proximidad de las elecciones tenía a todos los presos intranquilos. Su futuro se decidía el domingo. Si ganaba el Frente Popular, habría amnistía. Se abrirían las cárceles, saldrían a la calle. Pero si ganaban las derechas, sería muy distinto. Y eso era lo que le robaba el sueño. En el mejor de los casos, su situación se prolongaría. ¿Hasta cuándo? Imposible saberlo. Tal vez lustros. Pero él no quería pasar su juventud entre rejas.
Y sin embargo la cosa podía ser peor. Con un Gobierno de derechas, en cualquier momento podían empezar las ejecuciones. Se imaginaba a los guardias sacando presos en mitad de la noche. Se imaginaba que los llevarían hasta algún lugar apartado, algo así como la tapia de un cementerio. Y sin más, recibirían la descarga de un pelotón de fusilamiento. ¿Quién podía garantizar que no pasara justo antes de las elecciones? Los fascistas sabían que si ganaba el Frente Popular las puertas de la Modelo se abrirían de par en par, y no parecía descabellada una última jugada antes del triunfo del proletariado. Sí, los presos políticos de la Modelo tenían motivos para estar intranquilos…
El patio estaba lleno de caras preocupadas. Los más estoicos eran los catalanes. No había muchos corrillos. Ni siquiera se mantenían conversaciones. La mayoría buscaba, en la soledad, ahuyentar sus propias preocupaciones. De repente, se oyeron dos disparos provenientes de la calle de Blasco Ibáñez. Todos quedaron paralizados unos segundos. Desde las galerías radiales, algunos reclusos se asomaron a las ventanas, por si percibían algo al otro lado de los muros. Ya vienen a por nosotros, ya vienen, parecían pensar. Pero la calle solo les devolvió el silencio, y volvieron a respirar tranquilos.
—Es una falsa alarma —dijo Santiago Carrillo, acercándose a los socialistas más jóvenes.


Zenda es un territorio de libros y amigos, al que te puedes sumar transitando por la web y con tus comentarios aquí o en el foro. Para participar en esta sección de comentarios es preciso estar registrado. Normas: