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14 de octubre de 1936: Voces en la oscuridad

14 de octubre de 1936: Voces en la oscuridad

Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.

Miércoles, 14 de octubre de 1936: Voces en la oscuridad

Guarde los naipes, madre. No puedo ni verlos —dijo Pepe Mañas—. Y no se ofenda. Me recuerdan a padre. Ya sabe usted que últimamente jugábamos de noche, después de cenar. Así estábamos cuando llegaron los milicianos. ¡Asesinos! ¿Sabe lo que más me duele? Que era la primera noche que charlábamos, tan amigos, sin desavenencias. Después de mucho desencuentro, parecía que nos hubiéramos reconciliado.

—A lo mejor es como lo quiere Dios, Pepe.

—Pues entonces Dios es cruel, madre. Por eso no puedo creer en él. Y lo digo, madre, porque lo que nos está pasando parece un castigo. ¿Qué mal hemos hecho usted y yo? ¿Por qué nos ha tenido que ocurrir esta desgracia?

—No es solo a nosotros, Pepe. Es la guerra.

—La guerra, madre. Eso dicen todos. Es como si de repente tuviéramos licencia para cualquier barbaridad, para salirnos de nosotros mismos, para volvernos animales… No lo entiendo.

—Yo tampoco, Pepe, pero no podemos seguir así.

—¿Así cómo, madre?

"No podemos seguir hablando todo el rato de padre. Lamentándonos. Como si eso lo fuera a devolver. Tenemos que aceptarlo y seguir viviendo como mejor se pueda"

—Hablando todo el rato de padre. Lamentándonos. Como si eso lo fuera a devolver. Tenemos que aceptarlo y seguir viviendo como mejor se pueda mientras Dios quiera.

—Fue hace un mes, madre. Y ya empezamos a olvidarlo. Ayer me sacó usted sus trajes. Toda la ropa que me vale la he heredado. Hemos vendido lo demás.

—Su arcón lo respetamos, Pepe.

—Faltaría más. Mientras yo esté aquí, no se moverá de su alcoba, no se tocará nada más de ese arcón. Pero lo peor no es eso, madre. ¿Sabe de lo que más me avergüenzo, lo que nunca podré olvidar? De haber matado su yegua. ¡Pobre Habana! Sé que cada vez hay más escaseces. Veo lo vacía que está la tienda, lo difícil que es comprar alimentos y cobrar los vales de los milicianos. Pero sacrificar su yegua, madre, eso ya ha sido el colmo.

—Nos hace falta. El carnicero nos hizo un favor. Necesitamos alimentarnos, Pepe. Y nos robaron el otro caballo. Era cuestión de tiempo que se la llevaran también.

—Si padre pudiera vernos…

—Es que nos ve, Pepe. Yo sé que está ahí arriba, velando por nosotros. Nos protege cuando hay bombardeos. Piensa en la que cayó el otro día en el solar junto a la iglesia de San Miguel…

—Padre no está en ninguna parte, madre. Solo yace bajo tierra. Alimenta a los gusanos.

—No digas eso, Pepe. Yo siento su presencia. Cada noche rezo por él, y lo mismo hacen tus primas. Y tú también debieras hacerlo. Ponte en manos del Señor, y ruega para que esto acabe pronto.

—Yo no rezaré, madre. Pero ustedes háganlo, si les parece.

—¿Adónde vas?

—¡A dormir!, no sea que nos despierten las sirenas y haya que bajar a refugiarse en la iglesia… Buenas noches, madre.

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Entrevista con José Ángel Mañas sobre 1936 día a día

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