Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.
Jueves, 15 de octubre de 1936: Carlos Morla y Pablo Neruda
Carlos Morla Lynch se despertó sobresaltado. El diplomático chileno acababa de echar una cabezadita en una butaca en su alcoba después de comer. Desde el arranque de la guerra alojaba en su residencia a una veintena de refugiados, entre amigos y conocidos. La convivencia resultaba complicada. A la falta de intimidad se unían los conflictos inevitables. Él jamás hubiera pensado que fuera tan difícil ser anfitrión y descansaba para recuperar las horas de sueño, cuando le despertó el timbre.
—No, gracias, bonita, ya llego.
Morla Lynch se acercó a la puerta de entrada, aplicó el ojo a la mirilla. Eran Pablo Neruda y el impresor Manolo Altolaguirre, dos inseparables desde que Neruda estaba en Madrid. Altolaguirre había dado forma al proyecto poético nerudiano, ese reputado Caballo Verde. Pablo llegaba con la boina calada. El espigado Altolaguirre lo acompañaba, con aire servicial, junto con un chico que parecía impresionado. No lejos estaban los guardias. En todas las embajadas habían cambiado a los encargados de la vigilancia. Y eso pese a las protestas de los diplomáticos.
—No me puedo quedar, Carlos —dijo Neruda—. Pero necesito que me eches una mano. Hay un perseguido, que necesita protección —añadió, volviéndose hacia el aludido.
A Carlos Morla Lynch le costaba creer que todo hubiera cambiado tanto. Ya no existía aquel Madrid liberal y tertuliano, solidario, generoso, en el que él solía acoger en su casa de Alfonso XII a García Lorca o a Cernuda, los poetas con quienes más sintonizaba. En realidad, aún no se hacía a la idea de que Federico estuviera muerto. A ese Madrid rebosante de talento le sucedía este otro, sórdido, peligroso, en cuyo seno se revelaba el carácter de muchos. Ocurría que mientras él abría sus puertas a una veintena de refugiados —llegó a acoger a cincuenta y tres— Pablo mantenía su consulado vacío.
—Me alegra que hayas venido, Pablo. Ven, pasa, que quiero presentarte a mis huéspedes… —le cogió del brazo—. Señores, este es el poeta Pablo Neruda, que viene a saludar. ¿Ves ese niño de pelo negro y ojos oscuros, Pablo? Apenas habla, observa, lee, disfruta de la música. Por el momento duerme en un colchón en el suelo y tiene lo puesto; a todos nos duelen en el alma sus zapatos rotos. Su padre, por desgracia, está encarcelado. Carmen, la duquesa de Peñaranda, con esos aires de gitana descarada, es grande de España, además de valiente y alegre, se burla de todo. Su niño, en la esquina, se llama Fernandito. Antonio de las Heras, que se sujeta las manos con ademanes de bibliotecario, es un tipo culto; espero que en otra ocasión podáis conversar. Y aquí te presento a Fernando García Díaz, amigo de mi hijo, un muchacho excelente. Aquel otro, alto y delgado, es Ramón Alear Baux. Ese tan distinguido, el conde de Villada. Su mujer, Cocolín; y su madre, buena organizadora y abuela joven, María Antonia Areces. En total acojo a estos quince refugiados, con gusto, bajo mi techo. Y tú ¿cuántos tienes en el consulado, Pablo?
—Carlos, no me hagas esto…
—¡A nadie, Pablo! Pero, no te preocupes. Encontraré la manera de alojar a tu protegido, aquí o en la embajada, si insistes…
Neruda no tardó en despedirse, y fue seguido por Altolaguirre, que no supo qué cara poner. Carlos Morla volvió a su sillón. Cuando se acercó uno de sus refugiados, le preguntó pensativo si en caso de triunfar los militares pensaba que serían más generosos.
—En absoluto —contestó la condesa—. Serán tan fieras como los rojos. Matarán a todos los que puedan… especialmente a gente como tú.
A Carlos Morla Lynch se le escapó un prolongado suspiro.


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