Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España. En los dos primeros meses cuenta con la colaboración de Íñigo Palencia.
Domingo, 16 de febrero de 1936: Jornada electoral
Durante toda la madrugada llovió. Los primeros rayos de sol se reflejaron en los charcos formados entre adoquines. El suelo era un espejo que devolvía la imagen gris del cielo dominical. La llovizna reapareció de forma intermitente a través del cielo encapotado. De vez en cuando, un rayo de sol se filtraba, pero pronto volvían las nubes. Los primeros votantes salieron a la calle armados de paraguas. La afluencia no era escasa. En los barrios obreros se veían colas a las puertas de los colegios electorales. La presencia de mujeres era mayor allí. Algunas imitaban la propaganda electoral y acudían con el niño en brazos.
El líder de la CEDA, José María Gil-Robles, fue aclamado en su colegio electoral en la Real Academia de la Lengua. Los aplausos también acompañaron la entrada de Francisco Largo Caballero en el grupo escolar Giner de los Ríos, en la Dehesa de la Villa. En sus declaraciones ante la prensa, el socialista recomendaba calma y tranquilidad. Tras depositar su voto, se dedicó a recorrer los distritos vecinos. Igual hizo el abogado Luis Jiménez de Asúa, defensor de muchos encarcelados. Primero votó a las diez de la mañana en Abascal y después fue recibido con aplausos en las mesas de los centros madrileños que iba visitando.
—¡Viva el Frente Popular! ¡Viva la República! ¡Viva Pablo Iglesias!
Algunos colegios se constituían en sitios inverosímiles. Cualquier lugar era bueno para votar. En la sección del puente de Segovia, en la calle Inglaterra, por ejemplo, las votaciones se llevaban a cabo en un taller y, mientras tanto, los operarios no dejaron de trabajar en la forja. Hasta el momento no había sobresaltos. A lo mejor alguna suplantación de personalidad, pequeños problemas con el censo, nada grave.
En Buenavista, Tudescos, Pez y paseo de Pontones, varias personas fueron detenidas al hacerse pasar por otras. Un individuo comprobó, incrédulo, cómo su nombre se había feminizado. Otro se sorprendió de que apareciera como su domicilio una calle bonaerense.
En la sección novena, en la Universidad Central, unos jóvenes llevaron a votar a varias viejecitas inválidas. «Yo es la primera vez que salgo de mi casa en cinco años, y todo gracias a esos mozalbetes que nos están ayudando con las papeletas. Si no, como hay tantas, una no sabría cuál es la buena», declaró la más locuaz, que era ciega. Los interventores de izquierdas protestaron ante la pretensión de votar de las mujeres, jaleadas por los jóvenes. Pero el presidente de la mesa, un militar retirado, hizo oídos sordos a las protestas.
En cambio, en la avenida Menéndez Pelayo los interventores impidieron que votasen dieciocho religiosos del hospital del Niño Jesús. Y en la Ronda de Toledo se detuvo al propietario de un almacén, al saberse que compraba votos para la candidatura antirrevolucionaria. Y también se incautaron algunas armas en los colegios electorales: porras, palos, navajas y hasta una pistola. «Lo único que no he encontrado ha sido pistolas ametralladoras», declaró un policía a la prensa.
En definitiva, el despliegue de las fuerzas de seguridad garantizó la tranquilidad. La mayoría de sus intervenciones consistió en cacheos a votantes, interventores y miembros de las mesas. Los cacheos a mujeres los hacían funcionarias, para evitar situaciones embarazosas.
Finalmente, a las diez de la noche, el Ministerio de la Gobernación —después de que Portela hubiera dado una vuelta en coche por todo Madrid, para comprobar personalmente que reinaba el orden— emitió un comunicado felicitando a los responsables por el desarrollo de la jornada. A esas horas, la gente ya empezaba a agolparse ante las sedes de los partidos políticos. Y en torno a las once, se pudo ver a Manuel Azaña y a su mujer recorriendo las calles del centro, entre ovaciones de sus partidarios. Solo al filo de la medianoche se produjeron los primeros tumultos serios. Las primeras manifestaciones espontáneas daban el triunfo al Frente Popular. Había muchas vivas a Rusia y reclamaciones de amnistía para los presos políticos.


¡Qué maravilla de artículo! Sr. Mañas, ha conseguido algo muy difícil, escribir el presente de un día de hace noventa años, con una mezcla de épica y cotidianidad que solo tienen las cosas que de verdad importan.
Hay días que pesan más que otros. El 16 de febrero de 1936, tras leer su artículo, es de los que aún se dejan sentir, aunque hayan pasado noventa años. Usted lo retrata con una prosa que no juzga, que solo muestra, eficazmente, lo que fue. Las colas en los barrios obreros, las viejecitas acompañadas a votar por jóvenes entusiastas, los interventores discutiendo, los cacheos con funcionarias para evitar «situaciones embarazosas». Todo suena a verdad, a lo que debió ser aquella jornada de sol y lluvia, de esperanza y picaresca.
Lo que más me gusta es la naturalidad con que cuenta lo extraordinario. Esa señora ciega que vota por primera vez en cinco años, los operarios que siguen trabajando en la forja mientras los vecinos depositan sus papeletas, el señor que descubre que, por un error en el registro, su nombre se ha feminizado en el censo. Son pequeños detalles que me sitúan, como lectora, en la calle, en el barro, en el ambiente de aquel día.
Y menciona lugares de Madrid que conozco bien y me encantan, la calle de Alcalá, la Dehesa de la Villa, el puente de Segovia, la Ronda de Toledo. Han cambiado, claro que han cambiado, pero al recorrerlos hoy me da la sensación de que algo de aquella jornada, de aquella lluvia intermitente, de aquellas colas silenciosas, todavía flota en el aire. Como si el tiempo no pasara del todo por ciertas esquinas.
Y luego, al final, esa tensión sorda que termina por romperse con la noche. Las ovaciones a Azaña, los vivas a Rusia, las primeras reclamaciones de amnistía. Ahí se intuía que algo grande se avecinaba, que aquella jornada electoral no era un final, sino un principio. Un principio que, como sabemos, no llevó a donde muchos esperábamos. Aquí y en otras partes.
Gracias por traernos ese día, con la mezcla exacta de rigor y pulso narrativo.
Un saludo pensante.