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17 de febrero de 1936: El derrumbe de Portela

17 de febrero de 1936: El derrumbe de Portela

Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España. En los dos primeros meses cuenta con la colaboración de Íñigo Palencia.

Lunes, 17 de febrero de 1936: El derrumbe de Portela

Sentado en la cama, en sus habitaciones del Palace, a última hora de la tarde, el aún jefe de Gobierno, don Manuel Portela Valladares, se sujetó con ambas manos la cabeza gacha y respiró pesadamente. Cada poco, se mesaba con nerviosismo los cabellos canos y revueltos. No conseguía encauzar el maremagno de pensamientos que le invadían en estos momentos, los más difíciles de su vida política.

Las elecciones se habían desarrollado con la relativa calma que aseguraban los treinta y cuatro mil guardias civiles y diecisiete mil guardias de Asalto movilizados por el Gobierno. Se registró la mayor participación electoral en lo que iba de Segunda República. Los obreros no habían seguido por una vez la consigna anarquista, tan manida, de la abstención, y se notó la afluencia masiva de la población femenina que acudía, por segunda vez en la historia, a las urnas.

"Los obreros no habían seguido por una vez la consigna anarquista, tan manida, de la abstención, y se notó la afluencia masiva de la población femenina"

El resultado, con la mayor parte del escrutinio realizado, era un reparto equilibrado de votos entre las diferentes alianzas electorales de la CEDA y el Frente Popular, con ligera ventaja para este último. Lo cual, dado que el sistema electoral primaba a los ganadores, se traduciría en una holgada mayoría para la coalición de izquierdas.

Pero el desastre había sido para el centro que él y el presidente de la República, don Niceto Alcalá-Zamora, aspiraban a liderar: no solo se había hundido el Partido Radical de Alejandro Lerroux, manchado irremediablemente por el escándalo del estraperlo, sino que el Partido de Centro Democrático, que encabezaba él mismo, no había conseguido ni un cinco por ciento. ¡Un cinco por ciento! A Portela le costaba encajar el descalabro monumental, el ridículo espantoso que habían hecho…

Para empeorar las cosas, acababa de abandonar sus habitaciones el vehemente Calvo Sotelo. El monárquico le exigía, con su habitual prepotencia, que llamara al general Franco, jefe del Estado Mayor. Era necesario, si se quería salvar España, declarar inmediatamente el estado de guerra.

—Prométame que cogerá usted el teléfono, en cuanto yo salga de aquí, y que llamará al general Franco —insistió Calvo Sotelo.

—Veré lo que puedo hacer —musitó Portela, que habría prometido cualquier cosa para que lo dejaran en paz.

Lo que hizo, nada más cerrarse la puerta, fue descolgar el teléfono y permanecer unos instantes abatido. Procuró ordenar sus pensamientos y reflexionar sobre cómo había llegado a aquello. ¿Cómo demonios había podido hacerle creer don Niceto que se iban a alzar ellos, con su partido de centro, con el control de la situación? ¿Cómo había sido tan ingenuo de creer ni siquiera por un minuto que en un mundo tan radicalizado como el de la política española iba a primar nunca la moderación? ¿Cómo había podido permitir que lo pusieran a él al frente de ese engendro político que se inventó el presidente? ¿Cómo, cómo?

"¿Cómo había sido tan ingenuo de creer ni siquiera por un minuto que en un mundo tan radicalizado como el de la política española iba a primar nunca la moderación?"

Todo eran lamentaciones en su cabeza y tristeza profunda en el corazón. De repente, oyó que en la pequeña radio que tenía encendida bajito sonaba la voz del locutor. Sin poderlo evitar, se puso en pie como un resorte y subió el volumen.

—Ya es oficial en toda España. Ha triunfado el Frente Popular… Hoy la República vuelve a ser de izquierdas… ¡Viva Rusia! ¡Viva Dimitrov! ¡Viva Largo Caballero! ¡Viva Carrillo! ¡Viva la Pasionaria! ¡Mueran los militares! —clamó un entusiasmado locutor.

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