Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.
Lunes, 18 de mayo de 1936: El embajador italiano la lía
Yo lo que tengo entendido, monsieur Bowers, es que cuando fue a la residencia del presidente en la Quinta del Pardo, don Indalecio llegó con Santiago Casares Quiroga. Si realmente Azaña hubiera querido encargarle la formación del Gobierno, no lo habría hecho acompañar. En plus, la cuestión es bien sencilla. Por mucha simpatía que Azaña le tenga a Prieto, este no tiene apoyo mayoritario en el Congreso.
—Que el presidente Azaña sabía que lo de don Indalecio no prosperaría. Él siempre prefirió un gabinete doméstico con Casares Quiroga, que es gobernar por delegación. Si ofreció primero el Gobierno a Prieto, fue para quedar bien con los socialistas y la opinión pública…
—En todo caso, el resultado es que entre Prieto y Caballero hay ahora ya odio abierto y feroz. Parece que Prieto ha pasado a la ofensiva y lo ataca sin disimulo en todos sus mítines.
—Quel desastre pour le pays! —exclamó el embajador francés.
Pocos meses atrás, en enero, durante el banquete ofrecido en palacio al cuerpo diplomático para inaugurar el periodo de recepciones oficiales, el estadounidense Claude Bowers había observado cómo algún embajador de un país monárquico criticaba el uso inapropiado de la platería real y también de la sala del trono, donde el trono vacante era una pieza de museo. Con Alcalá-Zamora reinaba aún cierta sencillez en las maneras.
Sin embargo, en la proclamación de Azaña el ceremonial estaba siendo de un fasto inhabitual, y los mismos embajadores que se burlaban antes de la simplicidad de Alcalá-Zamora se sentían ahora ofendidos por las pretensiones del nuevo presidente. Hoy habían subido la escalinata, entre alabarderos uniformados de gala. Después de cruzar el antiguo cuarto de guardia pasaron por el salón de porcelana donde Washington Irving presentó sus credenciales a la reina Isabel II, en presencia de su nodriza, y de ahí a la estancia en que iban a ser recibidos. Fuera, seguía lloviendo. Las gotas golpeaban contra el cristal, al otro lado de las cortinas corridas.
—Miren ustedes, ahí llega…
En una sala contigua, la banda militar tocó el himno de Riego. Enseguida apareció Manuel Azaña, serio y perennemente pálido. Lo seguían Santiago Casares Quiroga, algunos ministros y su Cuarto Militar, presidido por el general Masquelet.
Tras leer el decano de los diplomáticos un discurso, Azaña le replicó brevemente. Luego pasó a estrechar la mano, uno por uno, de los respectivos jefes de misión. Lo hizo con una sonrisa protocolaria al tiempo que los saludaba, y así hasta llegar al embajador italiano.
—¡Válgame Dios! —exclamó el embajador chileno, tapándose la cara.
Y es que el italiano, camisa negra y botas altas por fuera del pantalón, acababa de separarse de Azaña cuando el presidente le tendía la mano, y dio un paso atrás para hacer el saludo fascista. Aquello ya había sido reprobado en una recepción del rey Jorge V en el palacio de Saint James, y ahora la situación se reproducía.
El salón quedó mudo.
Todos esperaban la reacción del presidente Azaña. Pero este sencillamente lo ignoró y pasó de largo. Llegó al final de la fila y se dirigió con Casares Quiroga y el resto de su séquito al vasto salón del banquete donde todos se dispusieron en torno a una larga mesa adornada con candelabros de plata y arreglos florales.
A Azaña se le veía tranquilo, fue el primero en coger una copa de champán, y Claude Bowers, el embajador norteamericano, que había seguido con atención toda la escena, pensó que su escaso atractivo físico lo empujaba a cultivar su intelecto como compensación.
Esa inteligencia era su venganza contra el mundo, concluyó.


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