Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España. En los dos primeros meses cuenta con la colaboración de Íñigo Palencia.
Miércoles, 19 de febrero de 1936: El triunfador es Azaña
Pues ya estamos. Gracias.
Para entonces, la casa se le había llenado de gente. Azaña, tras despedirse de su esposa Lola, salió en medio de una multitud que acompañó al vehículo, entre las protestas de su chófer, casi hasta Alcalá. En veinte minutos ya estaba a las puertas de palacio. Allí aguardaban centenares de republicanos llenos de curiosidad: ya se había corrido la voz de que Alcalá-Zamora le llamaba. Muchos sonreían con regocijo. Tras saludar, Azaña cruzó el patio de Armas y entró en el edificio.
Allí se topó con Rafael Sánchez Guerra, secretario presidencial.
—Qué alegría verle otra vez por la Casa, señor Azaña. Mis funciones me han impedido manifestarle mi apoyo en algunas ocasiones, pero mi simpatía por usted ha sido constante —mintió el secretario.
Él y el líder republicano diferían en todo. A Sánchez Guerra, de ascendencia cordobesa, como el presidente de la República, le gustaban el flamenco, los toros y el fútbol. En definitiva, todo lo que desagradaba a Azaña. Solo los asemejaba la afición a la literatura. Pero eso, si acaso, suscitaba en el cordobés, novelista aficionado, unos celos secretos del prestigio a su juicio injusto de que gozaba Azaña entre dramaturgos y literatos.
—Bien, muy bien —murmuró Azaña, que no parecía dispuesto a dejarse halagar.
Esperó un rato antes de ser conducido al despacho de Niceto Alcalá-Zamora, en las habitaciones del duque de Génova, que daban al Campo del Moro. Don Niceto aguardaba en pie y se adelantó a su encuentro. Se dieron la mano. «Mis respetos, señor presidente», lo saludó Azaña, que lo encontró envejecido. Alcalá-Zamora volvió a hundirse en la butaca donde Azaña lo había visto por última vez hacía casi dos años. Guiñó los ojos. Habló con volubilidad un poco forzada. Tras las obligadas e intrascendentes preguntas por la familia, entraron en materia.
—Como sin duda sabrá, nuestro común amigo Portela Valladares se nos ha dado a la fuga. Ha dimitido. No quiere seguir ni un día más. Eso me dijo esta mañana, cuando lo normal hubiera sido demorar la dimisión y que el Gobierno aguantara por lo menos hasta la constitución de las Cortes.
—Ese es también mi sentir, presidente.
—Hoy, además, ni siquiera sabemos con exactitud cuál es el resultado electoral, ni qué mayoría tenemos. Falta igualmente repetir la elección en segunda vuelta en algunas provincias. Lo normal sería que, aun ganando el Frente Popular, no entraran ustedes en el Gobierno hasta dentro de unas semanas. Pero Portela es un hombre hundido, sin ánimo para nada. Ha tirado el poder sin reparar en las consecuencias. Y así, nos vemos obligados a precipitar todo. En definitiva, le va a tocar a usted, don Manuel, formar Gobierno de inmediato —concluyó Alcalá-Zamora, procurando esconder su malhumor—. ¿Me puede avanzar qué propósitos tiene para los ministerios?
—Tres de Unión Republicana y los demás de Izquierda Republicana. Ningún socialista, presidente. Yo, por mi parte, no tomaré la cartera de Guerra. No es bueno compaginarlo con ser presidente del Consejo. Y como no veo con claridad a un político para ocupar el puesto, se lo encomendaré al general Masquelet, que tiene mi confianza. En cuanto a los demás, aquí le traigo la lista. Si lo desea, puedo leérsela.
—Excelente, excelente… Con alguien como usted da gusto trabajar —suspiró Alcalá-Zamora. Y esbozó una sonrisa tristona.


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