Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.
Viernes, 2 de octubre de 1936: El comité de abastos
Yo me llamo José María Tárrega. ¿Quién te manda aquí?
Pepe Mañas se presentó en la secretaría del Comité de Abastos de Carabanchel, que la CNT trasladaba a un edificio requisado del paseo del Cisne, número 20. Había tardado varios días en sentirse capaz de salir de casa y venía a instancias de Navarrete. Al dolor de perder a su padre se añadía la incomprensión de los vecinos y la culpabilidad. En Carabanchel muchos pensaban que si habían matado a Luis Mañas era porque fue sacristán en la parroquia de San Miguel, con su primo cura, recién licenciado del Ejército, o porque «algo habría hecho». Mañas escuchaba ese runruneo desagradable a sus espaldas cada vez que entraba o salía de la tienda de ultramarinos de su madre.
—¿Y cómo fue el bombardeo de anoche? —se interesó José María Tárrega.
—De madrugada. Dicen que los aviones tenían como objetivo el aeródromo de Getafe. En Carabanchel ha caído una bomba sin estallar —contestó Mañas—. Fui a verla a verla a primera hora con más vecinos, la mayoría mujeres, porque los hombres están en el frente. Ha quedado un embudo enorme y humeante en pleno General Ricardos. Dentro caben holgadamente tres caballos.
—Según los papeles, son bombas de la Rheinmetall de cien kilos y gran potencia, que no se fabrican en España —continuó José María Tárrega, rellenando el formulario.
Mañas asintió con la cabeza y ojeó el local. Aquello era el despacho de un abogado huido. Solo Tárrega y él iban trajeados. La vestimenta proletaria era uno de los signos distintivos del Madrid asediado. Eso pese a que muchos empezaban a manifestarse contra tanta sencillez injustificada. Decían que había que vestir como siempre, comprar lo de siempre. Lo demás era agravar problemas económicos en la retaguardia. Más que ir sin americana, corbata o sombrero, pensó, lo que hace falta es que circule el dinero, que las industrias trabajen, que quienes se disfrazan de proletario sin haberlo sido nunca hagan algo más que disimular su miedo y sabotear la nueva economía.
Mañas nunca llevaba sombrero, por convicción republicana. Pero la americana procuraba seguir vistiéndola —lo haría hasta el final de la guerra—, pese a que cada vez estaba más gastada, y llevaba algún zurcido que le hacía su madre.
—Parece que se han instalado en Cibeles cañones antiaéreos sobre camiones —añadió.
Esta vez Tárrega asintió. Era un hombre flaco, desgarbado, algo desaliñado, con pronunciación ligeramente gangosa, pero que parecía inteligente y buena persona. Mañas notó una instintiva corriente de simpatía. También agradeció que su habla no estuviera tan salpicada de «compañero» o «camarada». Cuando terminó de rellenar la documentación de alta del nuevo empleado, Tárrega salió del mostrador y le presentó al equipo.
—Esos de allí son los hermanos Mendívil, tus vecinos de mesa. Al fondo está tu pupitre. Los horarios son flexibles, pero conviene no llegar demasiado tarde. Saldrás, desde luego, a la hora que te parezca mejor —concluyó.


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