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2 de septiembre de 1936: Don Pedro Rico, alcalde de Madrid

2 de septiembre de 1936: Don Pedro Rico, alcalde de Madrid

Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.

Miércoles, 2 de septiembre de 1936: Don Pedro Rico, alcalde de Madrid

¿Qué son esas voces?

—Uno de la CNT de Carabanchel. Un secretario de Abastos que insiste en verle.

—Dile que, aunque ahora duermo aquí, no recibo a nadie hasta después de desayunar.

La secretaria salió del despacho donde Pedro Rico se tomaba un café con leche y su plato de porras. Sobre la mesa tenía el ABC abierto por la página que hablaba de los juicios sumarísimos en la Modelo; el Socialista; el CNT, el Heraldo. Destacaba la edición internacional en francés del Pravda. El alcalde lo leía desde que el corresponsal Mijail Koltsov estaba en Madrid. Ya se conocían, y Pedro Rico le tenía un cierto aprecio, pensó mientras mojaba la última porra en el café y engullía.

Hacía unas semanas que no se movía del Ayuntamiento, en la plazuela de la Villa. Allí dormía en una habitación contigua a su despacho. Prácticamente no salía a la calle. Desde luego no por las noches, y de día solo acompañado de su escolta. Aunque fuera por seguridad, también estaba trabajando como nunca durante un mes de agosto en el que en otras circunstancias habría estado de vacaciones. Había que garantizar el suministro de la ciudad.

"Su principal cometido era el abastecimiento. Él jamás pensó que aquel segundo mandato suyo fuera a ser tan complicado"

—Mal vamos —apartó a un lado el ABC y cogió El Socialista.

No era Rico partidario de que se creasen tribunales populares, pero, como tantos republicanos, pensaba que las circunstancias obligaban. Siempre mejor una semblanza de legalidad que el caos. De todas formas, su principal cometido era el abastecimiento. Él jamás pensó que aquel segundo mandato suyo fuera a ser tan complicado. Durante su estreno como alcalde en el 31, Rico se hizo famoso, además de por los ciento treinta kilos de peso que lo convertían en la autoridad municipal más reconocible, por decisiones tan populares como la apertura al pueblo de la Casa de Campo, tomada en colaboración con Prieto.

Acababa de tragar el último trozo de porra, manchando con una gota de café la portada de El Socialista, cuando la puerta se abrió e irrumpió un hombre furibundo a quien su secretaria intentaba sujetar sin éxito.

—Lo siento, señor Rico, no he podido retenerle….

—No se preocupe, ya había terminado. Déjenos solos —el alcalde cerró el periódico y observó al miliciano, de pie al otro lado de la mesa—. Estaba leyendo la prensa y pensaba recibirte ahora mismo. Siéntate.

—No tengo tiempo. Soy Ángel Navarrete, secretario de la sección de abastos de Carabanchel.

Pedro Rico reprimió un suspiró. Estaba en mangas de camisa. En las axilas se veían ya sendas aureolas de sudor.

"Envío camiones a diario a por azúcar, café y leche, para las tiendas y para las veinte mil raciones diarias de las familias de milicianos que luchan en la sierra. Hasta he autorizado que salgan camiones con cerveza y helados para el frente"

—Entonces sabrá que hago todo lo humanamente posible para evitar el desabastecimiento. Llevo todo el mes hablando con Barcelona. Companys me ha prometido enviar bacalao, pero por mucho que me jura que está en ello, sigue sin llegarnos nada. A los valencianos les hice por adelantado un depósito de un millón de pesetas como garantía. También envío camiones a diario a por azúcar, café y leche, para las tiendas y para las veinte mil raciones diarias de las familias de milicianos que luchan en la sierra. Hasta he autorizado que salgan camiones del café Lyon con cerveza y helados para el frente. Más no se puede hacer.

—Siempre se puede hacer más —dijo Ángel Navarrete—. Lo que dice igual es cierto, pero sepa que en Carabanchel el único camión de pescado desde el Alzamiento llegó el veintinueve de julio. Desde entonces no ha vuelto a haber pescado. Y no hablo ya de las gasolineras abandonadas, las frutas que no existen y otras escaseces que se denuncian en el sindicato.

—Pues no será porque no respondo de vuestros vales. Ya liquido más de los que debiera. O sea que ¿qué es lo que quieres?

—Que nos autorice a enviar camiones sindicales a Valencia para abastecernos nosotros mismos.

—¡Y qué más, hombre! Que nadie pague luz ni alquiler, pase. Pero que desabastezcan los mercados no es de recibo. Lo que puedo proponer es reunir a los dirigentes de la Confederación y a los de UGT para organizar, de manera coordinada, el suministro. Pero el Ayuntamiento de Madrid no puede renunciar a dirigirlo. Es su principal cometido.

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