Sábado, 22 de febrero de 1936: Dos catalanes en Madrid
Ahora que han llegado al poder, no pararán, mi querido Pla. Para eso han ganado las elecciones, para ponerlo todo patas arriba.
—Mire a su alrededor, Pla. Se teme lo peor. Los hay que abandonan el país. Joan March, el banquero, ya está en Francia. Todos temen por sus propiedades e incluso por sus vidas. Y yo no se lo reprocho. La culpa es nuestra. Dábamos las elecciones por ganadas, y mire dónde estamos, amigo Pla. Y ahora Gil-Robles les echa la culpa a todos los propietarios que bajaron sueldos y jornales tras el triunfo de las derechas… En fin.
La relación de Cambó con José María Gil-Robles, presidente de la derrotada CEDA, se había suavizado paulatinamente. La crisis que los separó a raíz del apoyo de la Lliga al Gobierno interino de Portela había sido superada gracias en buena medida a los elogios que le lanzó después Cambó al suspicaz Gil-Robles. Eso permitió romper el hielo con vistas a unos acuerdos electorales de carácter estrictamente regional: un Front d’Ordre promocionado por la Lliga que había sido vapuleado por las esquerres de Lluís Companys. Los equilibrios del fundador de la Lliga esta vez no habían servido y, por primera vez, Josep Pla tuvo la sensación de que su jefe —Cambó era el dueño de La Veu— y amigo había perdido el norte o, por lo menos, ese olfato político infalible que había demostrado hasta entonces.
—Lo peor es que la victoria del Frente Popular ha sido por la mínima —insistió Cambó—. Pero la ley electoral favorece al ganador con una bonificación excesiva de escaños, bien lo sabemos todos. Y con un Gobierno dimisionario, como el de nuestro común amigo Portela Valladares, a quien le ha podido el pánico, los distritos pendientes de una segunda vuelta caerán todos en manos de nuestros enemigos… Ha sido una catástrofe, Pla.
—Solo son unas elecciones.
—¿Solo unas elecciones, señor Pla? ¿Acaso no ha estado siguiendo la campaña electoral de Largo Caballero? Me temo que esta vez la revolución está a la vuelta de la esquina —continuó barruntando el político catalán, a quien, con el nerviosismo, se le descontrolaba el tic del cuello—. Esta vez no se van a conformar con derrotarnos en las urnas. Van a asegurarse de que las derechas no vuelvan a ganar nunca unos comicios.
—Esperemos a ver, señor Cambó. En las campañas se dicen muchas cosas, pero muy distinto es hacerlas. Recuerde que el presidente de la República sigue siendo don Niceto y que el líder del Frente Popular es Manuel Azaña, no Largo Caballero. Hablamos de un hombre que vive en la mejor calle del barrio de Salamanca y que, además, es quien más ha apoyado siempre el Estatut. Todo tiene su parte positiva.
—Alcalá-Zamora es un cadáver político, Pla. Y a Azaña, usted mismo lo dijo, le ha ganado el ansia de poder. Ahora hará lo que sea por gobernar, por mantenerse, y nos pasará factura por nuestra colaboración con las últimas Cortes. La única posibilidad hubiera sido que quedasen en las izquierdas gentes sensatas como Julián Besteiro. Pero Largo Caballero no quiere a nadie que le haga sombra y lo tiene desplazado… Y ya vimos en la prensa las primeras medidas del Gobierno: el general Franco a Canarias, Goded a Baleares, Mola a Pamplona. Todos los que podrían hacer frente a una eventual revolución, degradados, alejados, menospreciados… No pierden el tiempo, no, estos señores del Frente Popular. Una amnistía para los asesinos de la revolución de Asturias y una reorganización de las capitanías, así han empezado. Y esa mujer, la Pasionaria, abriendo personalmente las puertas de la cárcel de Oviedo. Lo único positivo es que van a restaurar el Estatut. Claro que la Generalitat estará en manos de Companys. ¿Le puedo hacer una pregunta? ¿Por qué considera usted que hemos sido derrotados, señor Pla?
Josep Pla lo pensó unos momentos.
—Aunque sea aún pronto para sacar conclusiones, señor Cambó, creo que, entre otros factores, hablar de un Frente Antirrevolucionario de ir a la contra, con un mensaje negativo, no fue un acierto. Ir contra algo nunca es lo ideal en estas campañas. Pero, sobre todo, creo que el bloque gubernamental estaba desgastado, resquebrajado. En tan poco tiempo no se podía organizar una campaña en condiciones.
—Pues no será por falta de dinero. Jamás había visto Madrid tan empapelada. Ha habido más carteles de derechas que de izquierdas y, además, eran de mayor empaque y mejor calidad.
—Eso no lo niega nadie. Si los votos se hubieran determinado por la cantidad y la calidad de la propaganda, las coaliciones de orden habrían arrasado, señor Cambó. Por desgracia, todos sabemos que el dinero a veces no basta —concluyó Josep Pla. Y se volvió hacia el camarero, que llegaba con los platos.


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