Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.
Jueves, 23 de abril de 1936: Miguel Primo de Rivera y José María Gil-Robles
Procure entender mi punto de vista, Miguel. Haga un esfuerzo. Dígale a José Antonio que su renuncia sería una contrariedad importante para todos y que el tiempo apremia. Explíquele además que no puedo aceptar personalmente una tal imposición. Eso no depende ya de mí, visto que la candidatura del general Franco ha sido admitida por el comité de las derechas.
—Piense que el anuncio ya ha causado un impacto favorable, amigo Miguel —dijo—. Perderíamos buena parte del efecto publicitario.
Tener juntos en una misma lista a Franco y a José Antonio había sido un bombazo. Ya caían los primeros flechazos, empezando por el diario Política, en su número del 19 de abril: «Gil-Robles, representado por uno de sus más fieles edecanes, va del brazo con el caudillo de los pistoleros del fascio…». Y en el Congreso tanto Ángel Pestaña, jefe del Partido Sindicalista, como la Pasionaria, habían puesto el grito en el cielo.
Pero el engominado Miguel Primo de Rivera negó con la cabeza. Hoy parecía una copia de su hermano. Bigote de más, carisma de menos.
—Me temo que va a ser imposible, don José María. José Antonio está muy afectado porque el otro día, durante el tiroteo en el funeral del alférez De los Reyes, fue asesinado Antonio Saénz de Heredia, un primo nuestro. Eso lo coloca en un estado de intransigencia máxima. Yo conozco bien a mi hermano y no cederá. José Antonio tiene un orgullo granítico, como la sierra de Guadarrama.
Gil-Robles rogó a su visitante que al menos lo intentara. Miguel Primo de Rivera accedió. Luego se levantó, mirando uno de los carteles de las pasadas elecciones en la pared; nadie se había atrevido a retirarlos. Antes de salir, añadió:
—De todas maneras, hay una cosa que no entiende con respecto a la CEDA. ¿Dónde se sitúan ustedes, dentro o fuera de esta legalidad?, ¿con o contra la República?
—Justamente —dijo Gil-Robles—. Tras nuestra retirada de las Cortes, hicimos una consulta interna a los afiliados. Hemos preguntado si debemos estar con la República o la monarquía, si somos partidarios del fascismo o de la democracia, y si debemos instituir un régimen social o desentendernos de ello.
Pese a que las fuerzas conservadoras españolas nunca han creído demasiado en la democracia, el resultado fue sorprendente. Da la impresión de que las cosas están cambiando. La mayoría de mis afiliados se decanta por la República democrática, y bastantes son partidarios de la justicia social. En ciertos aspectos, diría que somos hasta más avanzados que los pequeños burgueses de Izquierda Republicana. Si de nosotros dependiera el reparto de tierra, amigo Miguel, se habría formado esa pequeña propiedad agrícola que tanto necesita el país. No fuimos nosotros sino los Agrarios, los responsables de que recobrasen las fincas los grandes terratenientes. No olvidemos que en aquellos núcleos regionales donde la propiedad territorial está más expandida, es donde ganamos más votos.
—En el fondo, usted y mi hermano no están tan alejados el uno del otro —murmuró Miguel Primo de Rivera—. Bueno, salvando, claro, la fidelidad al régimen republicano.
—Espere, que le acompaño a la puerta —dijo Gil-Robles.


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