Europa se ha convertido en parque temático de su ilustre pasado: un continente que confía su carácter a la hipocresía moral, su presente a los mediocres paniaguados de Bruselas y el futuro a los turistas que nos dan de comer.
Hay una guerra que no ocupa titulares de prensa: el mundo actual está en guerra contra la Ilustración y buena parte de lo que ella hizo posible. Porque hubo un tiempo en que Europa, con sus matanzas, sus hipocresías, sus impulsos depredadores y su talento para predicar virtud mientras limpiaba la sangre de la espada en el mantel del banquete, quiso también comprender el mundo. Buscó poner orden en el caos, sustituir el dogma por la duda, el privilegio por la ley, la obediencia ciega por el imperio de la razón. Casi tres mil años invirtió en esa idea y no siempre lo hizo con nobleza: a menudo la traicionó y otras la prostituyó; pero durante algún tiempo reconoció la existencia de un ideal superior a la tribu, el altar y el cadalso. Ese ideal fue la Ilustración y lo que ésta, a partir del siglo XVIII, hizo posible. Una Ilustración que Europa, su heredera, deja hoy morir con la misma estolidez satisfecha de quien vende la biblioteca del abuelo para irse una semana de vacaciones a Bali o al Caribe.
Conviene recordar el precio que se pagó por ello, porque la estupidez se nutre de ignorancia y mala memoria. Las libertades no cayeron del cielo. Hubo que arrancarlas a quienes exigían súbditos obedientes, almas tuteladas y preguntas castigadas. Antes de que Europa aprendiera a tolerar discrepancias, la verdad se decretaba, el conocimiento llegaba filtrado bajo atenta supervisión, la disidencia se pagaba con fuego, cárcel o exilio. Europa quemó a gente por pensar, humilló a científicos por decir lo que veían, persiguió libros como si fueran epidemias. Y eso no ocurrió en arrebatos crueles, sino durante siglos de respetable normalidad.
Poco a poco, apoyándose unos en otros desde la antigüedad clásica, se hicieron oír los que dudaban, los que escribían, los que pensaban: quienes se atrevían a decir que un rey no era de origen divino, que una religión podía ser nefasta, que la ley descartaba el privilegio, que la razón era herramienta necesaria. Y con audacia admirable agrietaron el edificio de la sumisión y la injusticia. Inglaterra pasó por guerras civiles y ejecuciones regias; Francia, por su gloriosa y monstruosa Revolución; Europa entera vivió el fascinante siglo XIX entre sacudidas, restauraciones, levantamientos, represiones, triunfos y fracasos. El siguiente siglo demostraría —dos guerras mundiales, fascismos, nazismos, comunismos, gulags y campos de exterminio— que la libertad, la cultura, el progreso, no son metas finales sino trincheras que exigen vigilia permanente. El proyecto ilustrado no abolió la bestialidad ni la vileza que, junto a virtudes nobles, alberga el corazón humano; pero dispuso herramientas para mantenerlas a raya.
El error de la Ilustración fue creer que los hombres llegarían de forma irreversible a la libertad. Que el acceso al conocimiento, la educación, la lectura y el debate público engendraría ciudadanos impermeables al dogma, invulnerables al fanatismo, difíciles de engañar por embaucadores con uniforme, sotana o sonrisa televisiva. Y con altibajos, esa idea pareció asentarse. Durante trescientos años los libros fueron palanca ilustrada, ascensor moral, intelectual y social. No para todos, no sin enormes zonas de exclusión e hipocresía, pero sí para muchos. Leer era salir de la mazmorra. Pensar era desconfiar del amo, del sacerdote, del ilustrado mismo. Leer, razonar, era una rebelión civilizada. Una promesa de dignidad.
Durante mucho tiempo Europa fue envidiada por eso. Hasta sus enemigos aprendían de ella. La Ilustración cambió la historia del mundo. Entonces, el ciudadano europeo hizo lo que mejor hace el ser humano cuando se le ofrece una oportunidad: buscar otra más fácil. La televisión fue el primer ensayo de regresión cómoda. Podía enseñar, divulgar, abrir ventanas; pero también introdujo una tendencia tóxica: el reemplazo del esfuerzo por la recepción pasiva. Ya no era imprescindible leer una página, subrayar, imaginar la escena o la idea. Bastaba con sentarse y mirar. La televisión se llenó de espectáculo, sentimentalismo fácil, información troceada y publicidad encubierta para espectadores perezosos o apresurados. Dejamos de aprender el mundo y empezamos a consumirlo.
Aquella televisión, al menos, tenía horarios. Había un momento en que se apagaba. Pero llegaron las redes sociales y el teléfono móvil, y ahí se estableció el mecanismo perfecto. No porque la tecnología sea perversa, sino porque puso en manos de una especie intelectualmente indisciplinada la herramienta para su propia regresión, e incluso destrucción. Nunca hubo tanto acceso al conocimiento ilustrado, ni tan poca voluntad de usarlo. Llevamos en el bolsillo tres mil años de pensamiento, arte, ciencia, filosofía, historia, literatura, jurisprudencia, música y memoria: y sin embargo lo empleamos para insultar a desconocidos, compartir mentiras, manifestar nuestra frivolidad y recibir descargas de placer instantáneo mientras el cerebro se acostumbra a no sostener una idea más de ocho segundos seguidos.
El teléfono móvil se ha convertido en símbolo de nuestra contradicción, por el contraste obsceno entre sus posibilidades y el uso que le damos: biblioteca universal convertida en sonajero, memoria impresionante de una civilización reducida a máquina de dopamina. Es la prueba de que el problema no era la falta de medios, sino de ganas. El móvil no es causa de la estupidez; sólo desvela hasta qué punto la preferimos cuando viene cómoda y socialmente digerible. Aquí es donde apunta la amarga verdad, porque el peor enemigo actual de la Ilustración no es sólo el fanático religioso, ni el dictador, ni el populista, ni el comisario político; es el ciudadano que presume de saberlo todo mientras engulle propaganda adecuada a sus prejuicios; el que vocea indignado mientras acepta que lo sodomicen —metafóricamente o no— con la mansedumbre de un cerdo en el matadero. El que se queja de los políticos, los medios, el sistema, la manipulación y la decadencia cultural mientras dedica su tiempo y su voto a premiar exactamente todo eso. Ahí está la podredumbre principal: no en los tiranos que hacen su trabajo de tiranos, ni en los fanáticos que hacen su trabajo de fanáticos, ni en los charlatanes que jamás fingieron ser otra cosa. El problema está en la mansedumbre voluntaria, analfabeta, del hombre corriente.
Y claro que hay manipulación; siempre la hubo: en los púlpitos, en las cancillerías, en los periódicos, en los manuales escolares, en las guerras, en la publicidad, en la liturgia patriótica o antipatriótica. El problema no es ése, sino la demanda masiva de manipulación consumible. Abrazamos la mentira cuando viene bien empaquetada, coincide con lo que creíamos antes y nos ahorra el trabajo de pensar. El ciudadano no es víctima inocente, sino consumidor voraz de relatos narcóticos: prefiere los que le anestesian la duda. Por eso engordan los enemigos de la razón; no porque sean inteligentes, sino porque han descubierto que la complejidad aburre y la consigna alivia, que sumarse a una tribu proporciona consuelo y gratificación inmediata. Basta con aprender el catecismo, repetir fórmulas, señalar al enemigo común y disfrutar la cálida sensación de pertenencia.
Todo eso ocurre cuando más necesarias son la razón y la cultura. Cuando más de medio mundo está en guerra abierta contra la Ilustración europea y lo que ésta hizo posible. Como lo está el Islam radical, una de las formas más execrables de atentado contra la razón, incompatible con la libertad de conciencia, la separación entre dogma y ley pública, el derecho a dudar, a blasfemar, a disentir y a no vivir sometido a imanes y sacerdotes. El islamismo ortodoxo sólo tolera creyentes disciplinados, mujeres sumisas, sociedad obediente a Dios. Y en vez de imponerse frente a tamaño disparate, la Europa antaño ilustrada lo envuelve todo en algodones burocráticos, cual si mirar hacia otro lado desactivara la mala fe de quienes la odian o desprecian —incluso viviendo en ella— justo porque todavía es un espacio de libertad.
Pero la cobardía europea frente al Islam no nace solo del miedo. Viene también de la ignorancia, de la idiotez mimética y de esa enfermedad tan occidental que confunde lucidez con autoflagelación. La Europa ilustrada cometió crímenes innumerables: colonizó, saqueó, esclavizó, humilló y mató sin complejos, obvio es admitirlo. Lo suicida es convertir esa memoria en impotencia moral que impide defender logros e ideas que, precisamente, surgieron del coraje para examinarse a sí mismos. Una capacidad crítica, la europea, de la que carecen otras civilizaciones y culturas.
En esa guerra contra la Ilustración juega un destacado papel el populismo. El infame Donald Trump, por mirar hacia ese lado, es uno de los síntomas más repugnantes de la enfermedad: criatura-caricatura perfecta de un ambiente donde la autoridad ya no se gana por conocimiento o sentido de Estado, sino por visibilidad, agresividad y oportunismo. Ese siniestro individuo triunfa porque convierte la complejidad en melodrama binario y porque millones de personas anhelan versiones del mundo aptas para el consumo emocional. El presidente de Estados Unidos simplifica, exagera, miente, gesticula y amenaza con la naturalidad de un charlatán profesional; y su multitud lo adora porque cuando la mentira halaga complejos, carencias y resentimiento, resulta más confortable que el raciocinio y la responsabilidad.
Pero no debemos mirar a Trump como una anomalía sin parentesco europeo. Europa —y España, naturalmente— está llena de variantes locales a derecha e izquierda, algunas refinadas y otras más burdas: líderes que convierten cada problema en una guerra identitaria, cada matiz en traición y cada discrepancia en prueba de enemistad; políticos que alimentan la fatiga o el miedo del votante y luego se ofrecen como solución. Gentuza cuya habilidad consiste en rebajar el idioma, el debate y las ideas hasta un punto en que cualquiera pueda sentirse representado sin necesidad de elevarse un centímetro. Y así, la democracia que necesita ciudadanos capaces de razonar acaba produciendo ciudadanos que sólo saben reaccionar.
Por no salir de la geografía general de la infamia, Vladimir Putin representa una tentación más antigua y quizá más europea: la fascinación por el orden despótico, la pasión secreta del cobarde por el hombre fuerte, la nación endurecida, la prensa amordazada, el opositor silenciado y la verdad filtrada desde arriba. Putin —que aprendió las lecciones prácticas del nazismo, el fascismo y el comunismo— brinda virilidad política y militar a gente harta, resentida o humillada. Ofrece la ilusión de que la historia puede resolverse a golpe de disciplina, policía y represión de quien no marque el paso, y suscita aplausos incluso entre quienes viven protegidos por libertades que desprecian. Porque la libertad fatiga mucho. Obliga a pensar, a aceptar que el otro existe y quizá no piense como tú. El autoritarismo, en cambio, tiene una voz seductora para las almas cansadas: «No te calientes la cabeza, yo decidiré por ti». Y millones responden encantados: «Gracias, eso era exactamente lo que deseaba, aunque no atrevía a decirlo».
No sería honrado detenernos ahí, porque la demolición contemporánea no sólo la protagonizan autócratas, radicales religiosos o populistas, sino también esas formas supuestamente progresistas de fanatismo blando que colonizan universidades, medios, burocracias culturales y conversaciones públicas. Lo que solemos llamar wokismo empezó señalando problemas e injusticias reales. El problema es que toda causa contiene el peligro de una inquisición, y entonces ya no importan los hechos, sino la ortodoxia; no cuenta lo dicho, sino quien lo dice; no interesa escuchar, sino etiquetar a los interlocutores. La discrepancia deja de ser estímulo intelectual para tornarse delito, y este mecanismo tiene una eficacia devastadora, porque el miedo a la exclusión es uno de los resortes poderosos del animal humano. Así que la cancelación mediante redes sociales perfecciona viejas cobardías con herramientas digitales: no hay que quemar libros si se puede intimidar a quienes los escriben; no hay que encarcelar a pensadores si basta con arruinar su reputación; no hay que prohibir una obra si se hace tan peligroso defenderla que nadie se atreva a hacerlo.
De ese modo, mientras la cultura se vuelve cada vez más chata, más soluble, más descafeinada, la Europa que alumbró a genios capaces de sacudir generaciones enteras se limita hoy a parir mercancía sentimental, opiniones que no irriten y productos culturales que no dejen cicatriz. Todo es accesible, rápido, compatible con una atención fugaz. La figura del influencer es emblema de esta humillación cultural; no porque todos sean analfabetos funcionales —aunque algunos cultiven tal condición como marca registrada—, sino porque muestra el cambio de jerarquías: la ignorancia deja de ser un defecto para convertirse en alarde y modelo de negocio. Y lo grave no es que existan estos personajes, sino que millones de imbéciles los tomen como referencia. La civilización que levantó universidades, academias, bibliotecas y observatorios se entrega ahora a criaturas cuya principal virtud es dominar el ángulo de cámara y la explotación de su propia inanidad.
No faltará quien objete que todo esto suena elitista. Naturalmente que lo es, y a mucha honra. Hoy cualquier defensa del rigor y la razón suena elitista, del mismo modo que pedirle a alguien que mastique con la boca cerrada parecerá agresión clasista si se empeñan lo suficiente. Pero aquí conviene ser claro: toda civilización necesita jerarquías de competencia; no de cuna o de fortuna, sino de saber, de mérito, de trabajo intelectual. Una sociedad que deja de distinguir entre quien sabe y quien improvisa, entre quien dedicó años a estudiar algo y quien simplemente opina de todo, merece ser gobernada por charlatanes y aplaudida por idiotas.
Por eso la comparación con la caída de Roma no es coquetería retórica. Los imperios no sólo colapsan por asalto externo; se vacían desde dentro, se ablandan, se corrompen. Los ciudadanos dejan de creer que defenderlos merezca sacrificio: unos por oportunismo, otros por agotamiento, otros por indiferencia. Los bárbaros sólo empujan una puerta entreabierta desde dentro.
Desde luego, la Ilustración no fue perfecta. Ni resolvió todas las injusticias ni estuvo libre de contradicciones, cegueras ni monstruosidades. Solo un imbécil la presentaría como un paraíso de pureza. Pero eso no contradice lo esencial: su pasado cultural, su extraordinaria memoria intelectual, es la mejor defensa jamás inventada contra la barbarie. Renunciar a ella sin tener algo mejor no es progreso; es regresión disfrazada de novedad. Y lo más increíble es que quienes hoy desprecian o destruyen ese legado lo hacen desde el confort que ese legado les proporcionó: sus derechos, su bienestar, su posibilidad de disentir, de viajar, de estudiar, de blasfemar, de votar, de organizarse, de criticar a sus compatriotas sin acabar en una zanja, de amar sin pedir permiso a un obispo o a un imán, de denunciar a un gobierno sin oír de madrugada golpes en la puerta… Todo eso no cayó del cielo. Y que ahora venga una colección de papanatas, de cretinos y de analfabetos a escupir en la escalera por la que todos subieron, es una de las estampas más repugnantes de nuestro tiempo.
No habrá momento solemne en que alguien anuncie la derrota y muerte de la Ilustración. Agoniza como desaparecen las facultades de un anciano: poco a poco, mediante pequeñas renuncias sucesivas. Un día se impondrá por ley que ciertos temas no deban discutirse, que el diccionario sea proscrito, que las sensibilidades se blinden frente a toda crítica, que la universidad proteja más que eduque, que la prensa emocione en vez de informar, que la política se reserve a ignorantes, corruptos y canallas, que la lectura sea una excentricidad ridícula, que pensar y opinar sobre lo que se piensa sea cosa de arrogantes si no coinciden con la mayoría… Se acabará haciendo norma de la intolerancia hacia la razón misma y la realidad se volverá delictiva cuando no encaje en el deseo general. Nadie aceptará que una causa justa pueda errar en sus medios, que una víctima pueda mentir, que un adversario pueda tener razón y que uno mismo pueda estar equivocado.
Es posible que exagere, aunque temo que no demasiado. Aun así, que el panorama sea oscuro no exime de la obligación de pelear. Defender hoy la Ilustración no significa recitar a Voltaire entre dos copas ni adoptar poses de carca ofendido por la vulgaridad del tiempo nuevo. Es, aun sabiendo que la derrota resulta inevitable, practicar una forma de resistencia íntima y pública a la vez, leer con criterio, estudiar antes de opinar, dudar de la propia tribu. También aplaudir el rigor, desconfiar de las certezas sociales y recordar que la verdad no siempre consuela ni es simpática. Entender que el peligro de no pensar es que te acaben pensando otros.
La pregunta ya no es qué fue la Ilustración, sino si somos capaces de merecerla y defenderla en tantos frentes donde es atacada. La respuesta no invita al optimismo: vemos una Europa convertida en parque temático de su ilustre pasado, cada día más frágil e incapaz de soportar un debate intelectual. Un continente que confía su carácter a la hipocresía moral, su presente a los mediocres paniaguados de Bruselas y el futuro a los turistas que nos dan de comer. Un Viejo Mundo, en fin, decidido a suicidarse no con ademán trágico sino con una mueca de estupidez, vulgaridad, aburrimiento y desdén. Lo malo no es que la barbarie amenace, porque desde Troya hasta hoy la barbarie amenazó siempre. Lo peor es la falta de grandeza en esta agonía. Ni siquiera caemos abatidos con el estruendo de la armadura de Héctor: sólo nos dejamos ir, deslizándonos hacia la idiotez colectiva con wifi, café ecológico y una inalterable opinión sobre lo que ignoramos. Aplaudiendo a bufones y sanguijuelas mientras despreciamos a quienes todavía intentan hacernos razonar. Nada más triste que una civilización que, después de llevar al extremo el difícil arte de pensar, decidió dejar de hacerlo. Y que sonríe imbécilmente satisfecha mientras se desploma.
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Artículo publicado en el diario El Mundo el domingo 19 de abril de 2026


Perdone que sea tan simple, casi como lo que usted denuncia, pero yo lo veo en términos futbolísticos:
Mientras Europa se dedica a ganar la posesión, los individuos, que usted menciona, se proponen ganar el partido.
Sólo un apunte referido al islamismo radical, antes de que el sionismo se instalar en la antigua Palestina romana alguien los conocía? Eran una amenaza a Europa? Son un ejemplo de cómo las ideas de bombero torero no son “ilustradas”?
Ahí lo dejo.
Una cosa es el islam político (islamismo o integrismo islámico) y otra es la religión islámica. El islam-religión perdió su oportunidad cuando persiguió a Maimónides, en vez de reformarse con él y pasar por el tamiz de la filosofía. El cristianismo hizo el proceso inverso: desde el principio fue una religión revelada, como el islam, pero, sin embargo, se tomó muy en serio el desarrollo de su doctrina por medios exclusivamente racionales y un método filosófico. Eso es la teología. Por eso, se puede decir que el islam es una religión jurídica, porque la ‘ciencia’ islámica es el desarrollo de las prescripciones reveladas, mientras el cristianismo es una religión teológica y filosófica. Las escuelas teológicas en el cristianismo pueden mantener posiciones muy diferentes, incluso contrarias; han mantenido enconados debates y hasta han llegado a las manos, pero siempre han utilizado la filosofía, y la filosofía también se ha beneficiado de eso. No creo que hubiera llegado hasta nosotros un sólo pensador griego, de la misma manera que se perdió el pensamiento caldeo o persa, si el cristianismo medieval no hubiera copiado y custodiado los textos de la Antigüedad, y luego los hubiera desarrollado. Tampoco creo que hubiera habido Ilustración sin cristianismo.
Lord Acton mantenía que nuestra noción de libertad nace del enfrentamiento de la Iglesia medieval contra el poder político, hasta someterlo a unas leyes que están por encima de él. Los debates sobre el poder y sus límites eran ya antiguos cuando los ilustrados no habían nacido. Ya en el siglo XVI, pensadores de la Escuela de Salamanca mantenían que si bien todo poder tiene su origen en Dios, el ejercicio de éste había sido conferido a los hombres, tanto el poder temporal como el espiritual (distinción muy importante desde el “Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”). En cuanto al primero, son teólogos españoles los primeros que mantienen que el ejercicio del poder temporal ha sido confiado a la comunidad, no al rey. Los ilustrados, que son los precursores más inmediatos del moderno liberalismo, separaron la idea del poder de Dios, pero no siempre, porque también hubo una Ilustración católica (en España, todos lo fueron), otra protestante y hasta una Ilustración judía. En cuanto a las ciencias empíricas, la gran transformación empieza en el siglo XVII, no en el XVIII. Estoy dando brochazos que hay que desarrollar y matizar, pero es lo que da el formato comentario.
También hay que decir que los monstruos del siglo XX, es decir, los totalitarismos y, en cierto modo, el islamismo, son hijos, descarriados si se quiere, pero hijos, de la Ilustración. Son religiones de sustitución, porque cuando se quita al cristianismo, ‘algo’ viene a ocupar su lugar.
Después de este preámbulo, voy al tema propuesto por el señor Aguijón: en el siglo anterior, el islam como religión estaba confinado a la piedad interior de los estratos menos cultos de los pueblos colonizados. Las élites estaban totalmente europeizadas; Egipto y Turquía eran regímenes constitucionales antes de 1918. El resto de países islámicos de la región también lo eran cuando llegó la independencia de Israel. ¿Por qué surgió el islamismo? Yo también lo dejo ahí.
Circuló por las redes un vídeo de Nasser refiriéndose al tema, es muy esclarecedor, cuenta, entre risas de los asistentes, cómo el jefe de los hermanos musulmanes le pedía imposibles…
Hoy, por desgracia, ya no hace gracia, pues en muchos lugares, afortunadamente en Egipto todavía no, esa sinrazón se manifiesta muy fuerte.
Nasser fue profundamente antisionista y yo, sin serlo porque ni me va ni me viene, pienso que apoyar la doctrina sionista fue una mala decisión que ha consternado al mundo desde entonces.
Otra cosa diferente es que si se les ha consentido la existencia y teniendo, como tienen, capacidad y ganas de defenderse lo hagan, para el asombro de algunos…
Lo que está pasando actualmente viene de un pérfido ataque de la sinrazón, otra cosa es que se sospeche que quizá estuvo inducida por “alguien” para realizar ese ataque…
Y yo también ahí lo vuelvo a dejar.
Saludos amigo.
El islamismo radical siempre ha sido más una herramienta y un fantasma engordado y agitado por quién todos sabemos.
La mayor amenaza de los últimos tiempos, el Isis, iba con el mejor equipamiento occidental de última generación, manejaba miles de millones y nunca se dirigió hacia el sur.
Aquí nos machacaban horas y horas con los horrores que perpetraban pero fue Rusia quién acabó con ellos.
Como no funcionó el plan A luego vino el plan B. Armaron un señor de Alqaeda y de un día para otro pasó a ser nuestro amigo moderao abrazable como un peluche.
Bombardean ambulancias, hospitales, escuelas, universidades, arrasan países para robarles sus tierras y el petroleo, negocian con ellos y los matan después con sus familias,… Luego se hacen los inocentes y salen con el cuento de que nos están salvando. Ahora ni intentan disimularlo.
¡Cuerpo a tierra, que vienen los nuestros!
Se perdieron y no podían encontrar los estudios de cine al aire libre donde grababan las ejecuciones en 4k. Sólo aciertan cuando se trata de colegios y periodistas.
Nadie se puede imaginar que ahora que han perdido toda la credibilidad van a aprovechar toda la devastación para buscar a los más desesperados para entregarles un cargamento de juguetes.
Eso no ha pasado nunca, sólo quieren salvar de nuevo a la humanidad.
Como usted indica de alguna forma, don Arturo, el humanismo no lo inventó la Ilustración, lo que hizo fue recoger el guante de muchas gentes anteriores, de muchos esforzados a contracorriente, de muchos siglos de lucha contra el oscurantismo, de muchas víctimas de la defensa de la Razón. El oscurantismo, la sinrazón. Desde nuestra querida Grecia Clásica, desde Aspasia de Mileto, desde Safo, desde Artemisia, desde Solón,
Se le está dando la espalda no solamente a Voltaire, a Rousseau, al vapuleado Montesquieu (fijense, por favor en el entorno-paìs o lo que queda de él), a Jovellanos, sino también a Tomás Moro, a Petrarca, a Bruni, a Maquievelo, a Pedro Abelardo, a Christine de Pizan, a toda una sucesión de generaciones en busca de la verdad… pensando. La razón.
La razón.
La oscuridad de nuevo. Los móviles, los medios, las redes insociales, no son sino soportes, meros soportes. El relato, la posverdad, la ingeniería social, son lo que está detrás. El poshumanismo que está ganando la batalla. La oscuridad.
La deconstrucción como herramienta demoledora de toda una civilización. Nada es verdad, ni la historia, ni la sociedad, ni la verdad, ni la belleza, ni la ciencia, ni el arte que han conseguido que sea una basura entre inodoros, ni la moral, ni la vida. Todo a hacer puñetas.
Efectivamente, no se piensa, se aceptan las regurgitaciones mañaneras del cantautor de turno después de una noche entre alcohol y cocaina. Pseudo intelectuales. ¡Qué pena! Pensamientos vomitivos que se adoptan como dogmas de fe por una tropa previamente entregada. Sin pensar.
Y, realmente, no hay contrincantes al otro lado. Está vacío. El otro lado está lleno de pánfilos de narváez. Pánfilo de Nárvaez enfrentándose a Fernando VII, ¿se imaginan? Y no me refiero a nadie en concreto, o también.
Trump, Putín, se ha quedado usted corto, don Arturo. Hay más. Pero su artículo es impecable. Llega a lo más hondo. Impresionante.
La razón, la verdad, la belleza, el arte, el humanismo, la justicia, la libertad, todo está desapareciendo.
La Ilustración ya sólo está quedando para ilusos… como yo, como usted.
Don Ricarrob, suscribo cada palabra. Y gracias por haber nombrado a Aspasia, a Safo, a Christine de Pizan. Ellas también llevaron la antorcha cuando (casi) nadie se lo pedía. Lo de los ilusos me ha gustado, será porque yo también soy de ese club silencioso. Aún creo que leer, pensar y dudar vale mucho la pena, aunque a veces parezca que la batalla está perdida. Y sin embargo, aquí seguimos, porque quizá, como escribió Pío Baroja (si mal no recuerdo), lo importante no es tener razón, sino no perder la honestidad de la duda.
Dígame, don Ricarrob, ¿a qué se aferra usted cuando el desánimo aprieta? ¿A un libro, a un recuerdo, a una música? Se lo pregunto por pura curiosidad de ilusa. No quisiera para nada importunar con estas dos preguntas y, de ser así, ya perdonará.
Un saludo desde mi butaca de lectora.
No importuna usted, señora. Su comentario, este y el siguiente son impecables.
El desánimo me ha acompañado muchas veces a lo largo de mi vida. Ademàs, es un privilegio de los que somos idiosincrásicamente nostálgicos. Pero, durante muchos años, además de los buenos recuerdos, de la lectura y del ascetismo estoico, tuve unos ojos a los que mirar, unos pensamientos que compartir y otra alma gemela en la que reposar.
Hoy, sólo me quedan los recuerdos, la lectura, y el diálogo interno con quien ya no está.
Y, no sigo, por que, sin ninguna vergüenza, estoy llorando a mares, justo en una semana muy complicada en cuanto a recuerdos.
A sus pies, señora.
Don Ricarrob, me ha dejado sin palabras. Su respuesta es tan hermosa como desgarradora y me desarma por completo. Sepa usted que se lo agradezco infinito. Y es que hay silencios que acompañan más que cualquier verbo. Le he leído con todo el respeto y el temblor que inspira leer cuando una persona se expresa a corazón abierto.
No quiero añadir nada que suene a consuelo fácil. Solo quisiera decirle que, a veces, quienes ya no están se quedan de una forma tan viva en nosotros que hasta el llanto es una forma de diálogo. Lo sé porque a mi madre se la llevó un cáncer de huesos tras casi una década de durísima lucha. Yo era entonces una adolescente. Ya ve, hay pérdidas que lo reorganizan todo para siempre. A mí me dejaron la vida en otro tono. Y todavía hoy, en ciertos momentos, en ciertos recuerdos, vuelve esa conversación sin palabras. Converse usted con ella, don Ricarrob, que, como bien sabe, el diálogo íntimo es también una forma de seguir queriéndola.
No le quito más tiempo. Solo quería que supiera que, desde esta butaca de lectora, alguien ha escuchado y ha entendido.
Le voy a responder, para intentar animarnos, con un verso adaptado de Federico García Lorca y que yo mandé grabar en la tumba de Julia, mi primera esposa (q.e.p.d.): “Porque duermes en mi estás dormida”. Esas vivencias y recuerdos, en su alma y en sus ojos, siguen siendo parte de ella. Siéntala, aún está ahí, querido amigo.
Subrayo la idea central del artículo (otras partes me parecen triviales): toda civilización necesita jerarquías de competencia; no de cuna o de fortuna, sino de saber, de mérito, de trabajo intelectual.
Esto es lo que ha implementado China y por eso van por delante. Y no tiene nada que ver con el sistema político.
En occidente no se ha implementado una jerarquía de competencias de forma directa, venía establecida por el dinero, y para ganarlo era necesario producir, lo que requería saber, mérito y trabajo.
Hace décadas que EEUU cambió las reglas del juego y lo cambió por la economía financiarizada que aumenta el beneficio sin producir. No es necesario saber ni mérito, sólo es importante la cantidad de dinero para apostar, acaparar y especular.
El problema de Europa es que juega con esas reglas, vinculó su destino al dólar y a la Otan, no peleó por su autonomía. Es imposible implementar jerarquías de competencia si no puedes cambiar las reglas del juego. Y a día de hoy, con lo que estamos viendo, hablar de autonomía en Europa sigue siendo casi un delito, impensable.
Con el tema financiero ha dado usted en el clavo: las opciones y futuros, las subprime, las quiebras de los garantizados, los seguros que aseguran las pérdidas ya planificadas de antemano…
Efectivamente, el fin de una civilización es el baneficio sin producir, para que, en el otro lado del mundo, muchos, la inmensa mayoría, produzcan sin beneficio.
Lo de la autonomía de Europa en algún momento pudo ser posible. Quizás. Pero, en el 73, se dejó entrar al grupo a quién impidió hasta hace poco que fuera posible una federación europea. Una mosca cojonera que fue torpedeando toda iniciativa. Ahora, sin la mosca cojonera, sin embargo parece esto una jaula de grillos. Si a esto añadimos las autoacusaciones de eurocentrismo y de la mala conciencia del colonialismo… lo de siempre, que el último apague la luz.
Don Arturo, me ha parecido uno de los textos más brutales y certeros que he leído en mucho tiempo. No hay concesiones. Describe la agonía de la Ilustración no como un asalto externo, sino como una lenta eutanasia autoinfligida.
Y sin embargo, con su permiso, hay una palabra que no aparece en su artículo y que lo recorre de punta a punta. Soledad. La soledad de quien aún lee en un vagón de metro lleno de pantallas. La soledad de quien estudia antes de opinar mientras a su alrededor todos pontifican. La soledad de quien desconfía de los suyos y se queda sin asiento en el banquete de las certezas compartidas.
Usted describe la demolición de la Ilustración como un espectáculo público. El parque temático, la biblioteca universal convertida en sonajero, el deslizamiento sin gloria hacia la idiotez con WiFi y café ecológico. Pero la resistencia a esa demolición es, me temo, un acto privado, casi secreto. El que se libra en el refugio minúsculo de una habitación con un libro. El que no sale en los titulares ni tiene Hashtag. El que consiste, sencillamente, en no aplaudir al bufón de turno cuando todo el teatro lo ovaciona. Y en seguir leyendo, aunque sea en silencio, aunque nadie mire.
Quizá por eso su artículo duele tanto, porque describe la fiesta de la rendición colectiva. Y yo, desde mi butaca silenciosa, solo puedo tomar nota y pasar página.
A veces algunos silencios son más expresivos e importantes que cien clases de oratoria. Y las resistencias más profundas y elocuentes no son las de encadenamientos masivos con pancartas ante las instancias del poder degradado y corrupto; son pequeños gestos, aparentemente pasivos e insustanciales, que mueven a personas concretas a seguirlos y que, poco a poco, socavan y corroen el orden establecido y seguido por pusilánimes. Aquellos, como usted decía en algún comentario de la semana pasada en una cita, que pueden “cambiar el mundo”. Como los pasadizos de hormigas en sus homigueros que, al final, tras años, destrozan los cimientos de edificios enteros. Pues ahí estamos, hormiguita Vera. Un saludo.
Apreciado don Á., me ha encantado lo de las hormigas y más todavía lo de «hormiguita Vera». No sabe usted cuánto se lo agradezco. Por recordar aquella cita de Ettore Scola: «El cine no cambia el mundo, pero puede cambiar a una persona. Y una persona, a veces, puede cambiar el mundo». Por leer con esa atención y por seguir ahí, en el pasadizo minúsculo, royendo cimientos con la paciencia de los que no aplaudimos al bufón de turno. Ya lo dijo Aristóteles, mi admiradísimo Aristóteles, que las hormigas son animales políticos, de las que trabajan sin capitán ni gobernador. Un honor poder estar y pertenecer a su misma colonia, Ángel.
Saludos desde mi butaca de hormiguita.
Desde mucho tiempo ya me gusta leer y escuchar al Don Arturo, y con eso no pretendo ser zalamero, pues muchas veces estoy en un desacuerdo con él, a veces en lo superficial a veces en el fondo, pero leerlo siempre es un placer, y ese artículo,en conreto me parece de lo mejor que he leído en esos últimos años.
Dicho eso, yendo ahora por la mitad el volumen 2 de la Decadencia del Occidente de Spengler, pero tambien reclamando Juan Manuel de Prada, un pensador de aquí y ahora, yo cada vez menos tengo claro la distinción entre lo trascendental y lo mundano como fuerzas contradictorias. Y con eso no pretendo hacer apología de las religiones organizadas. Cuanta razón tenía Jung cuando de niño yendo a las misas sentí que ahí el Dios ya esta muerto (por cierto, la misma línea sigue Spengler). Ni tampoco tenemos que suponer que el pueblo alguna vez estaba en posesión de poder o querer entender lo espiritual fuera de visiones simplistas (religón protege de la experiencia religiosa, otra vez Jung). Si el ciudadano de pie no entiende el patrimonio de la Ilustración, porque tendría que entender que transmite la historia de Jesús como un drama arquetípico?
Volviendo al grano, empiezo a sentir cada vez más que el ser humano sin algo trascendental que sustenta toda su razón es incapaz de no incurrir en decadencia, libertinaje, y vaguedad. Que la razón por si sola na vale. Spengler argumente que el pensamiento científico-matemático de una civilización es el reflejo y continuación de su ser espiritual, como si fuera la religiosidad particular ateizada. Yo no se si mi pensamiento llega tan lejos como para pensar igual, pero sí pienso que cualquier civilización colapsa si sus logros solo se miden por lo material. Una Civilización que ya solo se mide en dinero esta muerta. Cuano jovenes romanos en masa se alistaban a las legiones despúes de sufrir aterradoras carnicerías a manos de Aníbal, no solo era porque su red de caminos era de mayor calidad, y su oferta de ocio (lucha de gladiatores, baños públicos) era envidiable; había algo trascendental, religioso, en el concepto de la República. Algo sagrado que hacía que todavía una persona nombrada dictador para defender la ciudad de los bárbaros viniendo del norte, una vez cumplida la misón, sin que le obligases, volvía a cultivar sus campos.
Sacrificio, esa palabra que da miedo porque tiene tintes religiosas. Una palabra malentendida. La estabilidad de la sociedad se sustenta sobre el grado del sacrificio hacia la comunidad y hacie el futuro que estan dispuestos a ofrecer los inviduos que lo componen (Peterson). Un sacrificio que rara vez se da si no hay algo trascendental detrás. Y una sociedad sin sacrificio es como la nuestra ahora, que se esta comiendo su patrimonia y se esta encaminando hacia lento colapso.
No sé por qué pero su artículo me ha hecho recordar al cuento de Wilde. Swallow, swallow, little swallow…
Qué gran articulista es usted Sr Pérez Reverte!
Suscribo todo lo que ha escrito, así pues, comentar? No hay nada que comentar, sólo admirar las frases, el vocabulario, las ideas y las conclusiones.
Lo leí, lo volví a leer y lo volveré a leer.
Cada párrafo es un caldito de sustancia como para escribir un ensayo.
Lo leí, lo volví a leer y lo volveré a leer mientras siento que un luchador de sumo se sienta en mi pecho.
Lo leí, lo volví a leer y lo volveré a leer, mientras se lo paso a cada uno de mis amigos para poder hacer corro y aplaudir de pie. Hacer ovación
Lo leí, lo volví a leer y lo volveré a leer.
La Ilustración, en mi opinión, tiene dos características fundamentales que luego impregnan, o lo intentan, todas las demás cuestiones y facetas de una cultura que hizo avanzar (y también a retroceder) la esencia del ser humano: la duda y la culpa.
Dudar y el derecho a dudar supone la libertad de escoger, de equivocarse, de no dar nada por sentado, de analizar causas, efectos y resultados, de permitir y reconocer el error como fuente de conocimiento; y la facultad de exigir, al precio que sea, que nadie se arrogue la facultad de pensar y decidir por cada individuo salvo que éste expresa y voluntariamente lo acepte.
La culpa supone hacer recaer en uno mismo o en otros las consecuencias del actuar humano, sin patrones dogmáticos, religiosos, ideológicos, sociales y políticos que previamente den por resueltas, sin análisis racional alguno, la atribución de dichas consecuencias.
Tenemos un miedo atávico a dudar y que nos señalen como culpables de dudar, a salirnos del redil y de la comodidad de delegar en otros las decisiones importantes que conlleva la existencia. Miedo a ser libres y sus consecuencias. Es mucho más fácil apostar por el que decidan otros, que piensen otros, que la responsabilidad de la elección no nos salpique en, al menos, una redundante incomodidad generadora de insatisfacción.
Y el futuro nos lleva, al parecer, a automatizar lo más posible todo el proceso (con algoritmos, programaciones, aplicaciones, códigos e inteligencias artificiales) para admitir nuestro destino sin pesar y sin pensar, sin esfuerzo y sin remordimientos. Como cerdos en el matadero.
Estimado sr. B., una cuestión fundamental de toda filosofía, de todo ser que sea realmente racional, es la duda. La duda es básica para el progreso. Los que se dicen progresistas y no dudan de su ideología, son un fiasco. En lo dogmático no hay duda, ni progreso.
De la duda, llegó el Humanismo, llegó el Renacimiento y llegó la Ilustración. Del dogma, sobrevino la URSS, el III Reich y el nacional-catolicismo. Las religiones no permiten la duda (algo tan humano), las ideologìas tampoco.
La duda. Es sano dudar hasta de sí mismo.
Un abrazo.
Noto que no se desprende del eurocentrismo; en algunos párrafos salta la liebre. Sin embargo, hay verdades irrefutables.
“Valentía, Cultura, Libertad”.
¡Buen emblema para un escudo!
Me cuesta creer que Trump pudiera ser una personaje elegido en Europa. A pesar de todo lo escrito por usted en el artículo, sobre la decadencia europea, sobre nuestros complejos, me cuesta creer que un individuo así pudiera ser apoyado por la masa en Europa. El tirano europeo es más, no sé, con más clase, menos elefante en cacharreria, más culto. Se habla mucho de Orban, de Meloni, de Marine Le Pen, de Putin, y se le compara con Trump, pero, ¿son comparables? Incluso los tiranos europeos del pasado, tenían cierto vagaje, cierta enjundia, cierta clase. A Orban, a Putin, a Meloni, no se les ocurriría meterse en un Mcdonalds a servir raciones de patatas fritas, ni llevarían puesta todos lados una ridícula gorra de béisbol roja, ni decorarían el despacho presidencial como si fuera un puticlub.
No, definitivamente hay cosas que la vieja Europa no tolera. Aunque hay otras que sí.
Yo pienso, que Donald Trump, es una bendición. Ya Don Carlos Marx predijo que el capitalismo era autodestructivo, y Donald Trump va a hacer posible esa autodestrucción.
Tirando de gramática parda, le diré que no se ha hecho nunca, tortilla sin romper huevos. En ello estamos. El capitalismo, descanse en paz, estuvo bien, consiguió que una parte de la población mundial, la de Europa Occidental y los Estados Unidos, viviera bien, en paz y concordia, durante medio siglo más o menos. Después, el afán de lucro sin freno, nos ha hecho despertar abruptamente del sueño.
El culto al dinero, don Arturo, que ha sustituido el culto a Dios.
Y eso, si que no.
Saludos.
Estaba usted enfadado eh?, pero cuanta razón tiene.
“Una revuelta de la inteligencia contra Dios.” No digamos más y no nos sorprendamos de estos resultados. Si el árbitro, ideal, juez, testigo y jurado somos nosotros, sin levantar los ojos un poco más arriba y con todos estos defectos que enumera y los que faltan por venir, este es inevitablemente el destino.
Gracias Arturo
Leo este buen artículo y me parece un resumen de un libro que estoy leyendo, “Amusing ourselves to death” de Neil Postman, quien durante cuarenta años fue profesor en la Universidad de Nueva York. Este ensayo se publicó por primera vez en 1985, y es un análisis de los peligros de la tele. Una teoría tan bien explicada que podría fecharse a 2026 y referirse al internet y la media social sin cambiar un punto ni una coma.
Lo que hace este libro doblemente interesante es que se remonta a la alfabetización estadounidense desde la colonización. He aprendido, con gran sorpresa, que el porcentaje de colonos varones que leían a finales del siglo XVII era entre un 89 y un 92%, el más alto del mundo (el de mujeres se calcula en un, también alto, 62%). Hablamos de ANTES de la Ilustración. A diferencia de Europa y sus elitistas “salones literarios”, las “salas de lectura” de las colonias eran atendidas por todos, ya fueran labriegos, mineros o sirvientas. Sirva como ejemplo de esta afición a la lectura el libro “Common Sense” de Thomas Paine, que vendió en el plazo de 2 meses en 1776 más de 100.000 copias (la población era de 3 millones). Se leía mucho más en las colonias que en Europa y me aclara, incidentalmente, el porqué de la individualidad y seguridad en sí mismo del estadounidense, punto que el europeo nunca va a compartir ni entender (ya en 1772 Jacob Duché escribió: “El obrero más humilde a orillas del Delaware se considera con derecho a expresar sus opiniones en materia de religión o política con tanta libertad como el caballero o el erudito… Tal es el gusto imperante por los libros de toda índole, que casi todo hombre es un lector”). Obvia decir que la cosa empezó a decaer ligeramente con la creación de la prensa amarillista, ampliada tras el telégrafo, y ya se fue de cabeza cuando apareció la tele (aún no he llegado a esta parte, estoy todavía en el XIX).
Por cierto, en tema aparte pero relacionado con injerencias en el artículo, no estoy de acuerdo con la visión de Trump de muchos, incluso de aquellos que se consideran por encima de manipulaciones mediáticas. Cualquiera que sepa inglés (no sólo la lengua, sino su chanza) interpretará a Trump bajo un prisma diferente. Pero, de cualquier manera, es siempre más fácil, menos peligroso, criticar al “dictador” de fuera que al hogaño.
Don Arturo, es uno de los artículos más brillantes que he podido leer en estos días.
Ya a mí edad no me quedas ganas de hacer entender lo necesario que es el conocimiento, la lectura, el cultivarse.
Usted me perdonará pero me he encerrado en mi pequeña biblioteca, en lo que considero mi pequeño mundo, y dado que creo que la batalla está perdida trato de sobrevivir en este mi pequeño espacio.
No tengo redes sociales, me borré en las que estaba por parecerme un lugar donde se daba rienda suelta a la estupidez, tengo únicamente amigos con los que conversar y discutir. Mis opiniones son muy escasas por tener la decencia de opinar sobre lo que conozco, no necesito opinar de todo, no todo es opinable y desde luego no todas las opiniones son respetables, de manera que la madurez me ha enseñado que el silencio es la forma más acertada para no caer en la estulticia.
Mientras sobrellevo mis ingentes lagunas culturales, es siempre un auténtico placer leer sus novelas y sus artículos, casi siempre muy acertados en mi parecer.
Pero sí, quizás tenga usted razón en cuanto a que incluso sabiendo de la derrota final ” no queda otra sino batirse”