Hubo un tiempo en que el cine español, con cuatro perras gordas, un decorado de cartón piedra y una censura vigilando desde la butaca, conseguía algo que hoy parece milagroso: hacernos un poco mejores. No más listos, no más modernos, no más europeos. Mejores, que no es lo mismo. Hablo de aquellas películas de los años cincuenta y sesenta como Tres de la Cruz Roja, Los tramposos, Manolo guardia urbano o El tigre de Chamberí. Títulos que hoy algunos despachan con una mueca de suficiencia, como estampitas de un país sombrío, ingenuo y pobre. Y, bueno. Éramos pobres e ingenuos a menudo, en efecto, y el blanco y negro no era del todo una metáfora. Pero en esa aparente simpleza había una dignidad y una pedagogía sentimental que ahora algunos echamos de menos, sin atrevernos a confesarlo.
Hubo en aquellas películas españolas de los años cincuenta y sesenta —después ya fue otra cosa, mucha basura incluida— algo más que una forma de contar lo que éramos: un pulso continuo entre lo que se podía decir y lo que urgía decir. Y ese pulso —ingenio, prudencia y a veces valentía— dibujó un retrato de aquel país más fiel que el que hoy pretenden las etiquetas fáciles. De una parte estaba el cine que recordamos con una sonrisa: Toni Leblanc, José Isbert, Concha Velasco, José Luis Ozores… Pero junto a ese espejo simpático había otro incómodo, que no devolvía una imagen limpia sino turbia. Y lo hacía jugando al escondite con la censura, esquivándola con una sonrisa en la cara y una verdad en el bolsillo. Ahí están Calle Mayor, La caza, Plácido, El verdugo o El pisito: películas que no podían decirlo todo, pero sí lo suficiente. Que no gritaban, pero susurraban con mala leche. Y ese cine no venía a reconfortar ni divertir; venía a inquietar, colando entre líneas una España triste, gris, miserable, tan real como la otra aunque no la nombrase en voz alta.
Sería un error —uno de tantos errores que estúpidamente simplifican lo complejo— enfrentar ambos cines como si uno desmintiera al otro. Porque eran dos caras de lo mismo. El cine amable ofrecía modelos: «Incluso aquí se puede ser decente». El cine más oscuro advertía: «Cuidado, porque también somos esto y aquello». Y los dos eran necesarios, no sólo para entender la España de entonces, sino para entendernos dentro de ella. Ambos eran valientes a su manera: las comedias optimistas defendían la decencia en un país herido y pobre; las películas duras denunciaban las mezquindades de esa misma sociedad. Si las primeras nos hacían mejores al afirmar que la bondad era posible, las segundas describían el resultado de no serlo. Unas apelaban a nuestra ternura y otras a nuestra vergüenza.
Quizá por eso, en su conjunto, el cine de aquellos años traza un retrato más completo y honrado de lo que parece. España no era sólo fútbol, amigotes y noviazgos castos, ni tampoco exclusivamente crueldad provinciana y burocracia sin alma. Era la tensión entre ambas cosas, el impulso de ser buena gente y la tentación de claudicar. Quizá por eso unas y otras películas son más que una filmografía: confirman que en tiempos de censura, escasez y miedo hubo quienes encontraron la manera de contar y contarnos, unas veces suavizándolo con humor y otras haciendo frente con talento y audacia. También confirman algo que hoy es incómodo admitir: aquel cine apelaba a lo mejor de nosotros. Buscaba hacernos más dignos en diversos sentidos; y a menudo, hasta sin proponérselo, consiguió que así fuera. Eso es lo que lo hace valioso. Lo que permite, al verlo ahora con atención, que podamos reconocernos a nosotros, y sobre todo a nuestros padres y abuelos, en lo mejor y lo peor que en otro tiempo fuimos.
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Publicado el 10 de abril de 2026 en XL Semanal.


Y vuelta la burra al trigo, al “pa’ jóvenes los de antes, y pa’ viejos los de ahora”.
Ya se lo dije, Don Arturo: sesgo de la generación definitiva.
Y no digo que aquel fuera un mal cine, todo lo contrario: usted cita obras maestras y se deja muchas otras en el tintero; lo que digo es que, antes igual que ahora, se hacían y se hacen buenas y malas películas en España.
Lo que noto en sus últimos artículos es un tono condescendiente, desde la perspectiva que le dan los años, a lo que se hace ahora, ya sea cine, periodismo, tecnología o turismo, y siempre desde la romantización del pasado, pero solo porque fue su pasado.
Insisto, ese sesgo no es nuevo: seguro que sus abuelos pensaron lo mismo de la generación de sus padres, y sus padres, de la suya.
Saludos.
En mi opinión, lo que dice don Arturo es bastante equilibrado. No veo por ningún sitio el “para jóvenes los de antes, etc,”. Eso lo interpreta usted. Precisamente, creo que usted cae en lo contrario que es la tendencia de la siciedad actual: los jóvenes actuales son el sumun y los viejos actuales son moneda sin valor ni opinión. Lo que si es evidente es que los viejos de ahora nos negamos a hacer de floreros.
Y si don Arturo tiene un cierto tono condescendiente, que yo lo interpreto como objetividad, es porque, evidentemente, estamos dentro de un marcado proceso de decadencia en todos los ámbitos. Está reflejando una realidad. Lo contrario, es lo de ese animalito tan gracioso y con tan malas pulgas que es el avestruz.
Saludos.
Ha sido moneda común a lo largo de la Historia que los mayores suspiraran murmurando “cualquier tiempo pasado fue mejor” para ser sistemáticamente desmentidos por sus sucesores en un ciclo apenas interrumpido de progreso en casi todos los órdenes.
Sin embargo, Occidente ha asistido también a momentos puntuales de decadencia en los que esos viejos gruñones han resultado tener razón y la juventud no ha traído sino involución y decadencia… de ahí la frecuente analogía del Sr. Pérez-Reverte con la caída del Imperio Romano al que podríamos estar asistiendo en la actualidad.
Un saludo.
Todos los elementos que traen la involución, la decadencia, la guerra, el ridículo,… actualmente en todo el mundo viene de la mano de señores gruñones acomplejados de la tercera edad con un ego desmesurado.
Este no es uno de esos momentos en que los viejos gruñones tienen razón. Sólo quieren ver el mundo en llamas para engordar su ego.
Esa analogía está averiada, el problema de hoy es que los jóvenes aún no se han enterado de la herencia que les van a dejar estos cab…
No “podríamos estar asistiendo”. Estamos asistiendo ya.
A partir de los 80,s con la mal llamada “Movida”, se empezó a engendrar a la bestia, los almodóvares y demás calaña progre, que se cargaron el buen cine, con la escusa de la modernidad. Casi no veo cine patrio, salvo honrosas excepciones, amén de que ahora los actores son activistas políticos, con sus pañuelos palestinos y sus puños en alto. Por otro lado, a ver si aprenden a vocalizar, que ellas hablan en susurros, como si eso fuera mas sexi y ellos parece que tienen una bola de chicle en la boca, se echan de menos aquellos actores y dobladores de antaño, donde en un perfecto castellano, te hablaban desde el otro lado de la pantalla. En fin, el cine español apesta, pero siempre nos quedará Torrente.
Cierto. A mí también me parece que no vocalizan. Un suplicio, vaya. Saludos
Comparto su opinión excepto en el Torrente de detritos que por mi parte junto al resto. Como los actores actuales españoles son malos a reventar, necesitan posicionarse políticamente en los extremismos disponibles en cada momento. Lo de la ceja quizás fue el punto culminante de tal dislate.
Los goya no es una fiesta del cine. Es una reunión de amiguetes en una fiesta progre que se dedican públicamente a masturbarse unos a otros. Es… la gan fiesta onanista. Qué buenos somos, que bien lo hacemos, quién es el màs progre, el màs antiamericano, el más antisemita, olvidémosnos de los saharahuis que ya no están de moda… a la polìtica por el cine o al cine por la política.
Y, de cine, nada de nada. Porque, realmente se les hace la boca agua intentando sin éxito imitar a Sorrentino, a Escorsese, a Kurosawa, a Cóppola o a Fellini. Y no hablemos de actores.
Saludos.
Testimonio desde el otro lado del charco: ahora, para ver una película española, hay que poner los subtítulos. Pero eso es de ahora, porque recuerdo mi dolor adolescente cuando ví esa maravilla que cita don Arturo: La caza. ¿Que él escribe con sesgo? Claro, porque es humano. ¿Acaso no recordamos todos a la banda sonora de nuestros 15 años, como la mejor música del mundo? ¿Cuál es el pecado en reconocer a esa época en que teníamos la sensibilidad a flor de piel? No he vuelto a ver El puente sobre el río Kwai, ni El expreso de von Ryan. No lo necesito, están en mi memoria como las pelis de guerra que me sacudieron la juventud. ¿Hoy hay mejores? Claro, pero las que ví siendo un chiquillo están en mi memoria como obras maestras y no quiero que una plataforma de streaming me diga un día que eran acartonadas y cajoneras, con panzers de mentira y nazis de pipiripao. No me jodan.
Totalmente de acuerdo. Y también, digamos sin ninguna vergüenza, que nos encantaban las pelis de vaqueros y el tan odiado por los progres John Wayne. Todo ello sin tantas comidas de coco pseudo-porno-esquizofrénicas y postmodernistas.
John Wayne, uno de los más grandes…
Un director que no recuerdo dijo algo así como: “¿Has visto caminar a Henry Fonda? Eso es el cine”. Pero es que ves cómo anda el Duque en “El Dorado”, con un rifle al hombro, y no hay que ser un experto para darse cuenta que ahí hay muchas horas de ensayo, tras otras muchas de observación de cómo andan los vaqueros de verdad.
Es de mala educación escribir con el palillo en la boca y las manos llenas de grasa del tocino. Se nota que usted no era el más listo de la clase, comprendo que no le guste el cine, que escriba escusa y que su obra maestra sea Torrente.
Se nota que no ha visto cine en su vida, ni del de antes ni del de ahora. Lo que a usted le gusta es la grasa, no el cine.
Ahora hay libertad y se hace de todo para todo tipo de gente, por suerte ya no todo son gorrinos pero también se hace pienso.
O eso o los ingenieros de sonido de las películas son nefastos en su oficio. Lo cierto es que el snido es una m.
Hombre, perdone con todos los respetos se lo digo, a Torrente hay que meterlo en el grupo decadente cinematográfico español de los últimos años.
Yo he ido a ver la última entrega, “Torrente Presidente “, y me he sentido estafado. No es más que un cameo continuo, con un guión predecible, sin gracia alguna.
Brillante, brillante.
Esa mirada precisa y pluma fina, plasman ideas tan claras y acertadas que es un goce para el lector.
Como dice usted , todo coexiste al mismo tiempo. Bondad/maldad, ético/corrupto, digno/indigno, blanco/negro…
Quizá, lo que es cambiante en cada sociedad, son las proporciones de cada lado de la balanza.
Gracias sr Pérez -Reverte
“Dos grupos de personas llevándose a dos hombres contra su voluntad, unos al preso y otros al verdugo”, más o menos en palabras de Berlanga. Él tenía una imagen y necesitaba una historia para rellenar hora y media, en lo que le ayudó Rafael Azcona. Si bien Berlanga habla de comedia, también quiere que el espectador salga del cine con una sensación incómoda en la boca del estómago.
Karl Kraus: “Se prohíbe, con razón, toda sátira que entienda el censor”. El cine español bajo Franco lo entendió muy bien, igual que el cubano bajo Castro. Talentosa flecha contra el maniqueísmo, entre recuerdos y certeras alusiones a tanto petulante mediocre, sea un cineasta español o cubano de ahora mismo, en Madrid, Miami y La Habana.
Efectivamente, don Arturo. De acuerdo estoy con todo su artículo. La edulcoración y los tontos del haba.
Edulcoración y hasta psicotropicidad se le puede acusar a muchos cines nacionales, no sólo al nuestro. El cine se creó como una fábrica de fantasías, como un método de escape y de huìda de la realidad sobre todo para las clases populares en las que me incluyo.
En la Urss, Stalin lo usó como herramienta de adoctrinamiento masivo. Quizás no haya existido un cine más manipulador que ese. Bueno, comparable, el de los nazis, dirigido por el maestro de la manipulaciòn, Goebbels y su útil herramienta, la sra. Leni Riefensthal. Comparado con esto, los del cine de la dictadura eran malos aprendices, con màs agujeros que un colador a pesar de la censura meapilas.
Y la manipulación política de hoy en España es caso aparte. El cine es un instrumento del adoctrinamiento y de la ingenieria social. Desde el cine se imparten dogmas y comportamientos sociales que estén en la línea de lo políticamente correcto. A la clase media que vive en una cierta asepticidad es necesario inculcarle jeringuillas colgando del brazo, multisexualidad masiva, poliamor, etc. La cama es el símbolo, como aquella serie que va a retratar toda una época: al otro lado de la cama, debajo de la cama, al lado de la cama, a los pies de la cama… … … cama, sexo, drogas, ese es el cine español actual, todo ello muy cutre.
Así que, cada vez me encantan más las películas de Asterix. O las de Sorrentino.
Esta semana les he dado trabajo extra a la panda del negativo. Je, je. ¡Ánimo muchachos!
Saludos a todos.
Cine, pelota y nostalgia.
Los sábados por la tarde emitían partidos de pelota a mano en la televisión y también el mítico “Cine de barrio” y yo pasaba unos momentos muy agradables rodeado de los míos. Para que ambos eventos fuesen un éxito incuestionable, de público que valora el espectáculo, en el frontón tenía que estar Titín y en la película don Paco, sin ningún género de dudas.
Los mayores nos recordaban:
Dos cosas tiene La Rioja
Que engrandecen la región:
Pepe Blanco en el teatro,
Barberito en el frontón.
Pues yo, que nunca vi en directo a ninguno de los dos, disfrutaba enormemente viendo a Titín por la tele (a éste sí lo he visto en directo muchas veces) y con las películas de don Paco Martínez Soria.
Dejé constancia entonces de mis gustos y preferencias.
El turismo es un gran invento.
Poco hay que más me agrade,
Y me haga tan feliz,
Que ver ganar a Titín
Un sábado por la tarde.
Felicidad que completa,
Haciendo rozar la gloria,
Don Paco Martínez Soria
Con sus poses y gracietas.
Son historias cotidianas
Que retratan un país,
Son las bolitas de anís
Del ratón de las susanas.
Una de mis favoritas
Trata el tema del turismo,
De actualidad ahora mismo
Y no por cosas bonitas,
Pues, echando mucho cuento
La cuadrilla de Varea
Ha difundido la idea:
Turismo ¡qué gran invento!
Diciembre de 2008.
Recordarán el caso de las extrañas esculturas alegóricas al vino, supuestamente de más de tres metros de altura, pagadas y nunca aparecidas en Logroño.
Hay quien juraba, y perjuraba, haberlas visto con “sus propios ojos”…
Los demás ni tan siquiera pudimos imaginarlas, eso sí, pagadas están y nadie puede negar que Logroño Turismo fue un gran invento desde el principio.
En fin, un clásico del cine español.
Saludos a la tropa.
Varea, esa ciudad romana
sobre los yacimientos
echaron cemento
Porque los ediles les dio la gana.
Buena rima.
Varea, un barrio Logroñés, un político local que vendía motos, en serio, y también un gran economista.
Ecos que dejó la Vareia romana en nuestras vidas.
Saludos amigo.
Yo no viví aquella época, pero me encanta el cine y me considero bastante cinéfila. Realmente no sé, don Arturo, si aquel cine hacía mejores a los espectadores. Sí intuyo, no obstante, que les ofrecía un lugar donde caber enteros. Y caber, en aquella España de blanco y negro y silencios obligados, era ya todo un acto de resistencia íntima.
Lo que su artículo roza sin llegar a decir del todo es que aquel código ético que destilaban aquellas películas no era tanto una pedagogía sentimental como una arquitectura de contención. La lealtad como amistad, el trabajo como orgullo, el fracaso sin vileza. Y creo que frente al vértigo del sálvese quien pueda, el cine ofrecía la posibilidad de un sálvense juntos. Y eso, en un país donde la colectividad había sido secuestrada por el nacionalcatolicismo y la miseria, era un modo subversivo de reconstruir el nosotros desde lo doméstico. Eso lo considero magnífico.
He visto mucho cine japonés, soviético, sueco, francés y estadounidense, y cuando veo películas españolas me llama la atención algo bastante peculiar. Es como si hubiera algo único y diferente en la forma en que se hicieron. Una suerte de capacidad para generar comunidad moral sin necesidad alguna de grandilocuencia. Hoy, en cambio, me temo que el cine ha sustituido la contención por la hipérbole y la comunidad por la tribu de validación instantánea. El cine español y el que no lo es. Quizás por eso aquellas películas me parecen ahora un milagro modesto, no porque fueran ingenuas, sino porque aún creían que el vecino existía. Y que fiarse de él era una forma de fianza con uno mismo.
Saludos cinéfilos.
He pensado un poco en sus palabras. En mi infancia y juventud viví esa época. Era el estertor final de un régimen, la agonía. Sì, es cierto.
Pero le voy a decir una cosa de alguien que lo vivió, igual que don Arturo. Quizás hubo un intento de secuestrar aquella sociedad pero aquella sociedad vivìa de espaldas, ajena al régimen y ajena al oscurantismo de cirio y sotana. La gente común, no los que vivìan del pesebre falangista, ignoraban como podían todo ese entramado. Iban o íbamos al cine y pasábamos a Biarritz a ver películas porno. Y buscábamos los libros prohibidos para devorarlos con fruición.
No hubo que reconstruir el “nosotros”. El “nosotros” pervivió, supero aquello y continuó. Hoy está más difícil. Sin dictadura, o eso creemos aunque yo lo dudo, la ingenierìa social se ha introyectado en la mente de muchos y es más dañina que la censura franquista. O, si no, dígame usted doña Amanda, ¿Qué espíritu de crítica hay hoy? La crítica está amordazada.
Y esto tiene relación con el cine. Se resume en una frase: dime quien te dubvenciona y te diré quién eres.
A sus pies, señora.
Señor Ricarrob, le agradezco de veras que haya pensado en mis palabras. Las suyas me obligan a una precisión que en mi primer comentario omití por despiste, no por desconocimiento. Cuando hablaba del cine que he visto, olvidé mencionar el italiano. El séptimo arte de los 50, 60 y parte de los 70. El de Rossellini, Fellini, De Sica, Visconti, Pasolini, Petri, Scola, Nanni Loy, Bertolucci, Pontecorvo y Rosi. Un cine que también supo, en sus propias coordenadas de censura y miseria, construir una comunidad moral desde lo doméstico. Ahí están para la posteridad «Ladri di biciclette» o «Una giornata particolare». En mi caso, siempre en versión original, que es como mis padres me enseñaron a ver el cine.
No es un añadido decorativo. Me parece el eslabón que me faltaba para entender que aquella anomalía de la que hablaba no era solo española, era europea. Y quizá por eso, cuando hoy veo cine, sea español, italiano o francés, echo de menos aquella mirada que aún creía que el vecino existía. Y sí, le doy la razón. Hoy el cine ha sustituido la contención por la hipérbole y la comunidad por la tribu de validación instantánea.
Respecto a su pregunta sobre el espíritu crítico, me deja rumiándola. No sé si está amordazado o si, como apunta, se ha ‘introyectado’ una mordaza más sutil. La que uno mismo se coloca por miedo a perder la tribu. Antes el censor estaba sentado en la butaca, con su lápiz rojo y su sello. Hoy, en cambio, la censura no necesita entrar por la puerta porque ya está dentro. La gente ha aprendido a callarse sola, a adivinar lo que toca decir y lo que no. Y eso, me temo, es más difícil de combatir que un funcionario franquista. Es un matiz brillante el que usted introduce, y le agradezco que me haya obligado a darle vueltas.
Ya que hablamos de cine, le dejo una cita de Ettore Scola que me parece que dialoga con todo esto. «El cine no cambia el mundo, pero puede cambiar a una persona. Y una persona, a veces, puede cambiar el mundo». ¿Usted cree que hoy alguien se atreve a filmar con esa fe?
Saludos bien cinéfilos.
Buena frase aunque el clásico de la herradura perdida es mejor en mi opinión:
Por una herradura se perdió un caballo, por un caballo se perdió un jinete, por un jinete se perdió una batalla, por una batalla se perdió un reino.
Saludos.
Señor Aguijón, en cuestión de herraduras siempre he preferido a los herreros que, con paciencia y fuego, las forjan. Que bastante ya tiene el mundo con perder reinos como para no celebrar de vez en cuando al jinete que, contra todo pronóstico, se mantuvo sobre la montura. La cita de Scola, con todos sus peros, me parece de esa segunda estirpe. Y no es una cita menor, se lo aseguro. No es de las que se dicen por decir ni de las que se olvidan al salir de la sala.
Ahora bien, ya que saca usted a relucir refranes de buena cepa, con posos de sabiduría clásica, me pica la curiosidad. ¿Usted cree que aquel cine español, el que firmaban, por ejemplo, Berlanga, Marco Ferreri o Fernán Gómez como director («El extraño viaje», «La vida por delante», «El mundo sigue»), era más de herraduras perdidas o de herreros pacientes? Porque según se mire, la filmografía cambia.
Aquel cine español, que usted rememora, lo que tenía era actores, precisamente lo que le falta a éste.
Landa, López Vázquez, Fernán Gómez, Somoza, Ozores…
Prendes, Cava Alba, Velasco, Isbert…
Y, por supuesto, Sáenz de Heredia, Lazaga, Masó…
Le dije una vez que sobre gustos se venden los géneros y yo siempre respetaré los de los demás pero el público es soberano y cada vez que se vuelven a emitir siempre son un éxito dos películas:
Don erre que erre y Se armó el Belén.
Ambas dirigidas por Sáenz de Heredia y protagonizadas por Martínez Soria.
Para algunos serán “obras menores”, para mí son SOBERBIAS.
Saludos.
Me quito el sombrero, su lista de actores es irrebatible. Landa, López Vázquez, Fernán Gómez, la Velasco, Isbert… Sin ellos no se entiende aquel cine ni, me atrevería a decir, este país.
En cuanto a Paco Martínez Soria, le confieso que «La ciudad no es para mí» me parece una obra de arte. Una película que, sin pretenderlo, retrata una España que se despedía del campo para lanzarse al asfalto sin saber muy bien cómo. Agustín Valverde volviendo a su pueblo, con la maleta y la dignidad intactas, es una de las imágenes más melancólicas y certeras de nuestro cine.
Pero fíjese que usted ha respondido a mi pregunta con otra cosa. Y lo ha hecho, intuyo, porque no quiere mojarse y, oiga, le entiendo. A mí también me costaría elegir entre herraduras perdidas y herreros pacientes, así que se lo pondré más fácil, si me permite. ¿Cree usted que Paco Martínez Soria, en esa película que tanto admiramos, era más de herraduras perdidas o de herreros pacientes? Porque Agustín Valverde pierde la batalla con la gran ciudad, sí, pero vuelve a su pueblo con la lección aprendida. ¿Eso es derrota o es victoria?
Saludos.
Es España, dolor hasta en la victoria y pesar por la eterna derrota.
Doña Amanda no tenemos más remedio que seguir pensando que somos lo que somos y así seguiremos siendo, si nos atacan de fuera lo tienen crudo pero entre nosotros seguiremos a la gresca ya sea campo y ciudad, villa arriba y villa abajo y en lenguaje arriero “huesque” y “huellao”…. así somos.
Apreciado Sr. Aguijón,
Tiene razón en lo de que nos duele hasta la victoria y que la gresca es parte de nuestro paisaje. Somos el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra, y hasta le ponemos orgullo. Pero también sabemos reconocer el traspié, a veces, aunque sea tarde.
Buenas tardes. Extemporánea respuesta la mía para señalar que hoy sábado, 25 de abril del 2026, en tv1 han vuelto a reponer su arriba citada “La ciudad no es para mi”, de Paco Martínez Soria. Tras recordar su comentario la he vuelto a ver con otros ojos, y aún así saco la misma conclusión que ya tenía antes de su comentario: Agustín Valverde no pierde la batalla con la gran ciudad, como usted considera. Yo pienso justo lo contrario, que vence por goleada a la gran ciudad porque ya ha ganado allí todas las batallas familiares que descubrió al llegar a Madrid. Y por eso vuelve al pueblo, su entorno natural, como un adalid al que la ciudad ya no le ofrece retos a su altura. Allí ya sólo queda artificialidad mundana, falta general de valores importantes, soledad motivada por frialdad en las relaciones y el trato personal, e intrascendencia de la bondad humana en el entorno urbano.
Se vuelve porque la ciudad ya no le ofrece algo verdaderamente importante por lo que luchar. La escala, siempre la escala, que en la ciudad equivale a invisibilidad. Un saludo afectuoso.
Yo, querido y estimado Aguijón, el clásico de la herradura me lo sabía de otra manera, en que se resalta más, creo, la necesidad e importancia de lo básico y sencillo: “Por un clavo se pierde una herradura, por una herradura se pierde un caballo, por un caballo se pierde un general, por un general se pierde una batalla y por una batalla se pierde un imperio. Y ya si mezclamos esa cita con la de Scola, citada por Amanda, verificamos que, a veces, por un mal general perdido (no ha habido muchos con bondad) se puede cambiar el mundo. Y yo me invento otra: “Clavos del mundo…uníos”. Un risueño saludo a ambos.
Efectivamente, la clave fue el clavo…
Pero también se dice que un clavo saca otro clavo.
Saludos.
¡Rafael Somoza, el binomio y amigo en la vida real de Paco Martínez Soria! Le alabo el gusto.
Somoza contrató a Paco cuando éste tenía carné de la CNT… se conocían desde siempre, fue junto a Dionisio Ramos el más cercano en su trabajo.
Ambos tanto don Rafael como don Paco llevaban la profesión en las venas, tuvieron compañía propia y ambos se contrataron mutuamente.
Además don Paco fue dueño de un teatro algo que sólo hizo también, que yo recuerde, doña Lina Morgan, otro magnífico ejemplo que antes no nombre, porque eran tantos y tan buenos los profesionales que sería imposible nombrarlos todos.
No me resisto a dejar en el tintero a don Manolo Moran y a don Pepe Isbert, antes citaba a María entre las actrices.
Saludos.
Es verdad, sólo alguien que lleve la profesión en las venas es capaz de invertir el dinero que ha ganado en un teatro. Suscribo la lista que hace usted, y añadiría a José Orjas, Fernando Sancho, José Suárez, José Marco Davó, Gerard Tichy, Antonio Ferrandis y a mi admirado Roberto Camardiel.
¡Me ha tocado usted la fibra! Soy un amante, aunque por edad no me corresponde, de ese cine que relata en el artículo. También soy un amante, en general, del cine italiano, desde el neorrealismo, hasta la década de los setenta. Y también, ya puestos, del cine negro, westerns, comedias, bélico…del hollywood de la época dorada.
Pero centrándome en las películas de aquella época, hechas en España, me han dicho más, títulos como “La Guerra de Dios”, “Bienvenido Mister Marshall”, “El Verdugo” o “Plácido”, que muchos de los bodrios que se dan a luz ahora, ¡ojo!, con muchos más medios. También me han dicho más desde la pantalla, actores como, López Vázquez, Landa, Rabal, Isbert, Martínez Soria, Julia Caba-Alba, Emma Penella o Lola Gaos, que cualquiera de los figurantes que pululan ahora por los estudios de grabación.
Como Vargas Llosa, nos deberíamos preguntar, ¿cuándo se empezó a joder el Perú, en el cine español?.
Sic tránsit gloria mundi.
Saludos.
Creo que la respuesta a esa pregunta la dio don Pepe Cuervo en el comentario anterior.
En los 80.
Comenzaron a hacer cine los “súper mega híper” y don José Luis Saenz de Heredia dejó de hacerlo.
Es cierto que alguna cosa se salva pero, por lo general, la mediocridad y el mal gusto llenaron las pantallas.
Mis disculpas a Garci, Miró…y poco más la verdad, al final ganaron los mediocres.
Hombre, si es verdad que hay honrosas excepciones, en los 80, 90, e incluso actualmente.
Para mi, Garci, es un cineasta de los años 50, que nació para el cine en los años setenta. Tiene dos de las mejores películas de cine negro-policíaco, no sólo del cine español, sino del cine mundial, en mi opinión: El Crack I y II, con un inmenso Alfredo Landa, en el papel de el detective Germán Areta. Lástima que estropeara la saga, con El Crack 2.0, hecha en la década pasada, con actores que no tienen nada que ver con los de las dos primeras, y realizada en blanco y negro.
Saludos.
De acuerdo con Garci y Landa en El Crack.
Saludos
Era un país sombrío, rural, pobre, con hambre y analfabetismo generalizado, ropa llena de remiendos, casi sin asfalto ni desagües, embrutecido, dominado por curas y caciques en cada pueblo, el negro en todas partes, bares llenos de mugre y borrachos atiborrados de vino rancio desde antes de las 12 del medio día,… En las ciudades era algo distinto, porque había más espacio para otras cosas pero no era representativo de cómo vivía la mayoría.
La doble moral era la norma, lo más importante era la imagen que se mostraba ante la vigilancia delatora del resto del pueblo. Se vivía en una mentira constante, todo era aparentar, la premisa principal era evitar el escándalo y escarnio en la plaza pública. La premisa no era ser mejores.
Lo que más se añora de aquella época era cómo se vivía el cine, la radio, los libros,…, eran un acontecimiento porque nadie tenía acceso a todo eso en su casa, había que compartirlo con otros. Ahora todos tenemos exceso de todo y acceso a todo en una mano, estamos aislados en nuestra burbuja individualista.
La realidad era peor que en esas películas.
¡¡Cuánta razón tiene usted!! La España de aquel cine no era la España real, era una España posible. Y ahí, precisamente, residía su rara decencia. No hacía mejores a los espectadores mostrándoles lo que eran, sino recordándoles lo que algunos, aun en medio de la mugre, el hambre y la doble moral, aún querían ser. El cine como ensayo de dignidad y no como espejo, sino como horizonte. Y eso, con todos los peros que usted tan bien describe, no es poca cosa.
Estoy totalmente de acuerdo con su comentario anterior, ha explicado muy bien esta idea, sólo he ampliado con una descripción lo dura y fea que era esa realidad. Pienso que ese cine era una escapatoria, un consuelo y una esperanza, ese horizonte y esa dignidad a la que necesitaba agarrarse una sociedad desgraciada.
Con torrentes en los comentarios ni he querido entrar en la desgracia adicional de las mujeres. En esa sociedad de tan buena gente muchas mujeres sacaban adelante familias trabajando como mulas desde la infancia y aguantaban palizas sin rechistar por el que dirán mientras el maltratador seguía siendo un señor respetable y un vecino estupendo.
Para muchos la felicidad era dormir mejor pensando que había gente más desgraciada que ellos. Idealizar aquello no es más que melancolía de la juventud
No era difícil hacernos mejores, suscribo cada palabra que ha escrito. Muchas gracias, también, por haber mencionado a las mujeres, porque en aquella España de blanco y negro, ser mujer significaba cargar con la losa del régimen y además con la de una moral que las reducía a cuerpo tutelado. Cuerpo para parir, cuerpo para servir, cuerpo para callar y acatarlo todo. La Sección Femenina instruía para ser esposa y madre, no ciudadana, sino súbidita. Sin cuenta corriente propia a menos que el marido firmara, sin poder viajar solas, sin patria potestad sobre los hijos. Vamos, menores de edad perpetuas, sobre el papel y en la vida.
Y mientras tanto, como usted bien apunta, sacaban adelante familias enteras con las manos agrietadas y la espalda rota. Trabajaban de sol a sol en el campo, en la fábrica, de criadas y cocineras en casas ajenas, y luego volvían a la propia para seguir sirviendo. Si el marido llegaba con vino rancio en el aliento y ganas de descargar la miseria a golpes, la consigna era la de siempre, la de «Aguanta y calla, qué dirán.». Él, mientras, seguía siendo el señor respetable, el vecino estupendo, el magnífico y ejemplar padre de familia.
Aquel cine ofrecía un horizonte de dignidad, sí, pero para ellas era un horizonte doblemente lejano, innacesible, diría yo. Por eso, cuando veo aquellas películas, no puedo evitar pensar en las mujeres de aquellos años. En cuántas mujeres sostuvieron un país en silencio sin que nadie les dedicara un solo plano. ¡Cuánta historia no contada! ¡Cuánta resistencia anónima sin épica ni banda sonora!
Como profesora, a mis alumnos no solo les pongo cine americano, también les pongo cine español. Para que aprendan a discernir, a debatir por ellos mismos y a leer la historia a través de la mirada del cine. Que una filmografía es también una arqueología moral. Y no hay documento más revelador que aquello que una sociedad decide mostrar de sí misma, incluso cuando miente.
Ha mencionado usted, doña Amanda a la Sección Femenina. Ya, muy pocos la recuerdan. Puso Franco al mando nacional de esa institución falangista a la hermana del Ausente, para quitársela de encima, versión años 40 de la Monja Alférez, ejemplar único de fanatismo monolìtico, ya que no pudo casarla con Hitler (menuda pareja hubieran hecho).
Mi difunta esposa, de joven, cuando comenzó a trabajar, tuvo obligatoriamente que hacer un cursillo en la Sección Femenina, de aleccionamiento en cómo ser madre, esposa, llevar las tareas del hogar, coser, bordar, cocinar y seguir los principios del glorioso Movimiento Nacional.
La Pilar Primo de Rivera era ideológicamente tan dogmática y sectaria como las dos monteros que trufan nuestra actualidad (no me refiero a la escritora, excepcional persona y admirada por mí). Adivine usted a quienes me refiero. Una opta ahora por un sonadìsimo descalabro electoral autonómico.
¿Se imagina usted a Hitler follando con la Pilar, para engendrar hijos falangisto-nazis? Parece ser que a Hitler no le cuadró la Monja Alférez y se decantó por la insulsa Evita (por supuesto no me refiero a la otra Evita que tuvo sus escarceos con Franco, para oprobio de la collares).
Pero esto iba de cine ¿no?
Porque, como entrenadores de futbol, directores de cine puede ser cualquiera. Y, si no, vean como el mismo Franco dirigió una pelìcula (o más). Como a Hitler pintor, si le hubieran dejado a Franco ser director de cine nos hubiéramos ahorrado un dictador y los alemanes a otro.
Si es que, está claro, no hay que poner trabas a las vocaciones de la gente.
Espero haberle amenizado el dìa.
A sus pies, señora.
Don Ricarrob, con su comentario no solo me amenizó e ilustró la tarde de ayer viernes. Lo de la Monja Alférez y el frustrado idilio con Hitler no lo conocía, gracias por compartírmelo.
De la Sección Femenina algo sabía, se lo confieso, pero no porque la viviera, que yo no había nacido, sino por lo que me contaban mis dos abuelas y por lo que luego, ya de adulta, he ido leyendo y documentándome. Ellas, como tantas otras mujeres, sí pasaron por aquellos cursillos de aleccionamiento: coser, bordar, cocinar y callar. Mis abuelas eran mujeres muy instruidas, leídas y cultas. Las dos fueron maestras. Y mi abuela paterna, además de Magisterio, estudió nutrición (o dietética, como se dijera entonces) y durante la guerra civil estuvo ayudando en un hospital de Barcelona capital. Imagínese a una mujer joven, con esa cabeza y esa vocación, en medio del espanto, curando heridos sin más armas que sus manos, su comprensión y su saber. Y ya ve usted, luego, años después, tener que agachar la mirada ante la Sección Femenina. Y aun así sacaron adelante a sus familias con una entereza que todavía hoy me sobrecoge. A todos sus hijos les dieron educación universitaria, incluso alguno hasta el doctorado. Todos. Como para que luego digan que aquellas mujeres solo sabían coser y callar.
En cuanto a lo de adivinar a qué monteros se refiere, me temo que pillé la referencia a la primera. Y créame que prefiero no abundar, que bastante tengo con el cine como para meterme en política. De todas formas, si quiere saber lo que opino de la política actual, solo ha de ir a un comentario que dejé aquí en Zenda respecto a los premios AENA.
Puesto que usted mismo lo dice, esto iba de cine, me ha dejado con una duda que quizá pueda resolverme. Si Franco hubiera sido director de cine en lugar de dictador, ¿qué tipo de películas cree que habría filmado? ¿Comedias amables al estilo de Sáenz de Heredia o algo más turbio? Porque según lo imagino, me sale un Berlanga sin talento y, para más inri, subvencionado. Y eso sí que hubiera sido una tragedia.
Saludos.
Le voy a decir a usted algo más de aquellos años, algo real. Una gran parte de España, sobre todo la mitad sur, en los años 50 todavìa pasaba hambre y necesidades. En Andalucìa ejercía sus funciones una institución falangista que se llamaba Auxilio Social y que se dedicaban a repartir leche (la leche en la España de Franco era un artículo de lujo) y comida a los niños. Las encargadas de hacer esos repartos a los niños de los colegios eran las señoritas de la Sección Femenina, vestidas de estricto uniforme de Falange. Dos niños, hermanos, chico y chica, en Jaén, se pusieron en la cola para que les dieran leche (por cierto, era leche en polvo, hidratada y proveniente de las ayudas limosnarias de los americanos). El hermano tenía hambre, mucha, y se puso a la cola por segunda vez. La mala pécora (malafollá, como dicen en Jaén), nacida en mal día, se dió cuenta y le arreó al niño una impresionante hostia con en cucharón. No sólo eran fanáticas y doctrinarias sino rambién gente amargada y con muy mala leche.
Jaén era una tierra conquistada y ocupada ya que estuvo en zona roja hasta última hora y habían practicado el reparto de tierras y la colectivización. Por cierto, igual que Málaga, sufrió un bombardeo peor que el de Guernica que estuvo a punto de destruir la excepcional catedral renacentista de Vandelvira. Pero, como Málaga no tuvo un Picasso que la pintara.
Saludos, doña Amanda.
Por cierto, se me ha olvidado decirle que la principal película dirigida por Franco fue “Raza” que se representó en todos los cines nacionales.
Buenas tardes, don Ricarrob,
Muchas gracias por seguir compartiendo. Lo de la leche en polvo y el cucharón se me ha quedado grabado. Hay imágenes que duelen mucho, pero mucho.
Y lo de «Raza», desconocía que el caudillo había hecho una película. Pero, puesto que usted me lo ha mencionado, me he estado documentando un poco. Y he llegado a la conclusión de que si Franco hubiera sido cineasta, seguro que habría hecho algo así, grandilocuente, patriotero y con menos gracia que un entierro.
Resulta que el argumento lo escribió él mismo bajo el seudónimo de Jaime de Andrade, y la dirigió su primo José Luis Sáenz de Heredia.
La historia que narra, la de cuatro hermanos durante la guerra, es, sin duda, toda una alegoría de la España de Franco, donde el bueno es el militar que lucha por la patria, el malo es el republicano que la traiciona, y el cura, fiel a su papel en el relato, aparece fusilado con honores. Todo muy redondo, todo muy previsible, sin espacio para la ambigüedad, ni para la duda, ni para ese aire berlanguiano que convierte las miserias en algo casi tierno. En aquella cinta todo apunta a que se reducía a la tesis de Dios, patria, raza y punto. ¡Uf! Menos mal que Franco no se dedicó al cine, porque sus películas habrían sido, como mínimo, tan rígidas y totalitarias como su régimen.
Saludos y gracias por enriquecerme cada vez que escribo y usted responde.
Y para ellas fue así hasta la vejez. Muchos señores jubilados -ellas seguían sirviendo- les recordaban hasta hace poco todo lo que ellas no pudieron hacer.
Es imposible creerse a los que idealizan aquello. Mucho nostálgico pero no ves a nadie que siga con el blanco y negro.
Están todos enganchados a ver vídeos en el móvil, a alexa, al 4k, de terrazas y restaurantes casi todos los días, cruceros y viajes cada pocas semanas… Es terrible lo mal que lo pasan ahora.
Señor mío, moderese, por favor. Le intuyo un cierto odio al jubilado, un estado al que todos llegamos (si no, malo, malo) después de muchos años de trabajo.
Los casos y las circustancias son muchos y variados. Yo soy jubilado y no me reconozco en su descripción en absoluto. No veo televisión, el móvil lo tengo para llamadas, ignoro lo de alexa y, le puedo jurar que mi pensión (y creo que la de pocos) no da para terrazas y restaurantes todos los días y cruceros cada pocas semanas. Hice un crucero hace muchos años, cuando no estaba jubilado, y no volveré nunca a hacer otro. La experiencia me resultó de lo más cutre. Los juicios malintencionados, superficiales, es esa mala costumbre de homogeneizar colectivos y alimentar la posverdad.
Usted está describiendo, creo que malintencionadamente, una situación en la que los jubilados cobrarían 9.000 euros al mes. Jubilados que hagan lo que usted dice hay muy poquitos en todo este país.
Conozco jubilados volcados con sus familias, jubilados con actividades sociales y culturales (muchos con su pensión, se están pagando un grado universitario o asisten a las clases de la universidad para mayores), jubilados que prestan su ayuda a onges, y conozco a muchos con graves achaques de salud que tienen coartada totalmente la capacidad de disfrute. Y también hay jubilados que, cuando nuestras obligaciones lo permiten, nos pasamos los días leyendo como principal afición.
Tengo que decirle, tristemente, que usted ha ofendido gravemente a todo un colectivo que se ha ganado un justo descanso y que ha vivido unas circunstancias mucho menos favorables que las suyas en las que, a la mayoría de ustedes, se lo han dado todo hecho, no han hecho el servicio militar, y no se han tenido que poner a trabajar desde los 14 años. Ofende usted a una generación que, de niños, como es el caso de la familia de mi difunta esposa, tuvieron que ir todos los años a recoger la aceituna. Porque, señor mío, los que hoy tienen más de 65 años, han conocido y han experimentado trabajar de niños, sobre todo en la mitad sur de España, aunque también en la norte, incluido yo mismo, sin que esto se reconozca en las cotizaciones de la S. Social.
¡Qué vergüenza que las generaciones de yogurines critiquen sin piedad a los mayores! La falta de respeto es notoria. Una sociedad sana se distingue, durante toda la historia, por el respeto y la consideración a los mayores.
Pero, bueno, detecto que quizàs su idiosincrasia esté ahí, en lo que usted harìa cuando se jubile.
Respecto a sus desafortunadas palabras hacia las mujeres jubiladas, decirle que son precisamente la generación de mujeres más libre y más feminista de nuestra historia. Ni comparación con el triste espectáculo de las feministas actuales. El verdadero feminismo y las libertades se fraguaron con esas mujeres que merecen un homenaje. Y no todos los jubilados y jubiladas, tristemente, podemos disfrutar de nuestra pareja.
Me han indignado sus palabras, señor.
Sin saludos.
¿Odio al jubilado? ¿Ofendido gravemente a un colectivo?
No sé qué comentario ha leído, he repasado el mío y no he encontrado dónde está el odio y la ofensa. Si son intuiciones suyas, son para usted, la adivinación no es lo mío.
Sólo he hecho referencia con sarcasmo a que pese a que hay algunos nostálgicos de la miseria y el atraso la tercera edad nunca ha disfrutado la vida como lo hace ahora.
Sólo hay que salir a la calle para ver que nunca han vivido así y que en sus caras no se ve ese terrible sufrimiento.
No sé en qué país cuesta salir a comer un par de veces o tres por semana y darse dos o tres viajes al año 9000€ al mes. La pensión mínima son 13.106,80 euros al año en 14 pagas, con cónyuge a cargo 17.592,40. Sin hipotecas, y me va a decir que no puede gastarse 200€ al mes en salir a comer y hacerse 2 o 3 viajes (todos los años le envían una carta del imserso y están tirados de precio).
En cuanto al uso del móvil y la tecnología la gran mayoría renegaba de ella pero casi todos la han adoptado. Muchos no paran de ver vídeos de youtube, de enviarse cosas, de hablar con los nietos,…
No he hablado de su caso particular, si no usa el móvil, le gusta leer y ayudar a sus hijos, las actividades culturales,… me parece perfecto pero nada de eso le impide hacer nada de lo que he comentado. Nada de lo que he dicho es excluyente.
Tampoco he hablado mal de las mujeres jubiladas, todo lo contrario. Lo que he dicho es que las mujeres trabajaron como mulas desde la infancia y que en la vejez ni tuvieron jubilación, siguieron trabajando. Y pese a eso no han tenido reconocimiento, tuvieron que aguantar en silencio al marido jubilado diciéndoles que estuvo en tal sitio comiendo y que era estupendo, que fue a tal sitio maravilloso, que sus amigos del trabajo eran estupendos y se lo pasaban muy bien,… Yo yo yo.
No me venga con cuentos, si no vive así es porque no quiere o no le gusta. Punto. No he hablado de situaciones particulares o de lo que a usted le guste, he hablado de lo que la mayoría hace. No me lo puede negar, sólo hay que salir a cualquier ciudad a la hora de comer y darse una vuelta por Benidorm o hacerse un crucero para verlo.
¡¡Y me parece estupendo!!! Lo merecen.
Señor, No era difícil hacernos mejores, permítame un apunte. En su primer comentario le di la razón en casi todo. La España de aquel cine no era la España real, era una España posible. Y las mujeres, como bien apuntó usted y luego desarrollé, cargaban con una losa doble y hasta ahí, totalmente de acuerdo.
Pero en lo que ha escrito después sobre los jubilados, me temo que ha patinado y mucho. Y no se lo digo yo, que no soy quién. Se lo acaba de decir don Ricarrob con una contundencia que, francamente, comparto, porque una cosa es señalar las contradicciones de la nostalgia y otra muy distinta despachar a toda una generación con un trazo grueso que no hace justicia a la diversidad de vidas que hay detrás. Jubilados que estudian, que cuidan nietos, que leen, que militan en ONGs, que arrastran achaques con dignidad. Y jubiladas, sobre todo, que son la generación de mujeres más libre y más luchadora de nuestra historia reciente. Las que se quitaron el pan de la boca para que sus hijos e hijas fueran a la universidad. Las que callaron para que sus hijas pudieran hablar.
Quizá solo le faltó afinar la puntería. A todos nos ha pasado alguna vez.
Gracias po el apoyo, doña Amanda.
No he dejado de señalar las contradicciones de la nostalgia ni he despachado a una generación.
Las intuiciones del señor ricarrob son eso, intuiciones.
Le entiendo. Pero lo que dijo sobre los jubilados fue demasiado general, y quizás no fue la forma más acertada de expresarlo. Don Ricarrob, que no es de los que hablan por hablar, se sintió aludido y con razón. A veces, sin querer, se nos va la mano al referirnos a colectivos en su conjunto.
En lo demás, estoy totalmente de acuerdo con usted. La España de blanco y negro no era la del cine, y las mujeres cargaron con una doble losa. Eso es innegable.
Solo le pido, con el mismo respeto con el que usted escribe, que no se confunda la crítica social con el olvido de todo lo que los mayores han peleado y sufrido, que bastantes facturas ya han pagado.
No he hecho ninguna crítica social a ningún colectivo.
Estaba en lo cierto de que era mejor no entrar a comentar ni abrir ciertos temas en territorio comanche.
No pude evitarlo porque no me gusta la deriva apocalíptica que propagan muchos cenizos.
No ofenderé más, les dejo con sus cosas.
Usted mismo lo ha reconocido, es mejor no entrar en ciertos temas, pues tan sencillo como esto, no entre. Generalizar como hizo con los jubilados, sin matices, no es crítica social, es la realidad de no haber medido bien el alcance de lo que se dice. Sinceramente usted se pasó varios pueblos, y eso es lo que me chirrió de su comentario. Don Ricarrob no habla desde «intuiciones», sino desde su propia vida, y sus palabras pesan más que cualquier excusa.
Y ya puestos, lo de llamar «territorio comanche» a los comentarios en este artículo de Zenda me parece de lo más desafortunado. Aquí discrepamos, sí, pero este es un ágora estupenda donde la mayoría venimos a aprender, a compartir y a respetarnos. Cuando no se está de acuerdo con algo, se puede decir sin necesidad de recurrir a calificativos como «cenizos», que lo único que consiguen es empobrecer el intercambio de ideas. Porque yo, al menos, no he insultado a nadie ni he puesto etiquetas descalificadoras. Solo he pedido un poco de cuidado al hablar de colectivos concretos.
Además, no olvide algo muy obvio como es que todos, si tenemos suerte, llegaremos a mayores. Entonces quizá entienda mejor que generalizar sobre quienes ya han recorrido ese camino no es justo ni elegante.
Lo que más me ha sorprendido es que en ningún momento haya reconocido que patinó, porque, mire, de eso se trata, de reconocer cuando uno se ha pasado de frenada. Y no pasa nada, es humano, a todos nos ocurre. Pero si ni siquiera se admite la posibilidad de haberse equivocado y encima se insulta a quienes discrepan, tachándoles de «cenizos», cualquier diálogo se vuelve estéril. Y lo de su «deriva apocalíptica» suena más a un intento de justificar su propia salida de tono que a un diagnóstico real de nada.
Por mi parte, doy por cerrado el asunto. Me quedo con lo que nos une, si es que queda algo, el deseo de no caer en nostalgias vacías y todo el respeto a quienes sí han luchado, lo han tenido bien difícil y aún así han sobrevivido con la cabeza bien alta. Dicho esto, no voy a seguir tragando ni dándole vueltas a lo mismo, que ni ganas ni tiempo tengo para ello.
Es imposible no generalizar cuando se opina de un conjunto, lo hacemos todo el tiempo.
La crítica estaba acotada y todo lo que dije del colectivo me parecía bien.
Previamente sí se han hecho comentarios ofensivos y nadie ha censurado ninguna opinión.
Aquí discrepan muy poco y al mínimo que alguien utiliza el sarcasmo sin intención de ofender se lanzan en grupo.
Ofenderse es gratuito, el comentario era tan terrible que fue necesaria una respuesta interminable, falsa y victimista.
Es territorio comanche que el 90% de los comentarios sean de hombres con gustos muy concretos y opiniones muy similares.
No he llamado cenizos a los que discrepan ni me refería a nadie en particular, he llamado cenizos a los que quieren que todo sea negro y lo propagan como una peste.
Las nostalgias vacías suelen derivar en esto. Ensucian y destruyen el mundo actual para volver a su mundo idealizado que nunca existió. La juventud no vuelve.
Todas las épocas tienen cosas buenas y malas pero el bienestar actual no tiene precedentes. Es muy fácil acostumbrarse, lo apreciarán cuando lo pierdan.
Sólo he aclarado una crítica falsa, mi única referencia a sus comentarios consiste en decirle que ha explicado muy bien la idea que comparto. No busco uniones ni desuniones, unas veces estamos de acuerdo y otras no, así es la vida.
Les dejo en paz y armonía, hay sitios en los que es mejor no entrar aunque las puertas estén abiertas.
Que el bienestar actual no tiene precedentes es dudoso: en tiempo del generalisimo habia gente que, en medio de pobreza para muchos, viajaban por el mundo y nada les faltaba. Y hoy chavales jóvenes no llegan a un techo propio sin ayuda de los padres, sin mencionar el paro y otra bondades endemicas para muchos, que hacen del bienestar algo para ver en el cine, no en sus vidas. Parafraseandolo, ese “bienestar actual sin precedentes” es para muchos jovenes un mundo idealizado que no existe para ellos. Quien no tiene padres con pasta ese bienestar le esta vedado, ayer como hoy.
Había que decirse, y se dijo.
Absolutamente de acuerdo con usted: en este supuesto foro “plural”, siempre se cojea y se ataca hacia el mismo lado.
Buenas tardes. La verdad no se que tiene que ver un machismo ingrato y nostálgico con un uso abusivo de la tecnología moderna, la pasión por los viajes, por la restauración fuera de casa e, incluso, por la inteligencia artificial.
La cobardía, el mal gusto y la gilipollez mental, creo, las ha habido, las hay y, por desgracia, las habrá en toda la escala social y en toda la gama de edades, sin que sea, creo, patrimonio de ninguna en especial.
Admito mi oscuridad y estupor mental y le agradecería mucho, muchísmo, el esclarecimiento de esa relación. Gracias y un saludo.
Claro que tiene que ver. El machismo, la miseria, el analfabetismo, el hambre, la mugre, la doble moral,… es el retrato de una época. Disfrutar de la vida incluso en la vejez y tener todas las comodidades es el retrato de otra.
Quédese con la que más le guste.
Y, sin embargo, el durísimo trabajo, el aguante, el silencio fozado, incluso la emigración y el continuado esfuerzo en la primera es la que nos proporciona el disfrute de la segunda, especialmente a las jubiladas y jubilados. Una simple cuestión de justicia, no de privelegio alguno. Ese es el retrato completo, no hay elección alguna, ambas se complementan y derivan una de otra. Esa es mi opinión.
Buenas tardes
No he negado nada de lo que usted dice.
En ningún momento hablé de privilegios. Señala cosas que no he dicho.
Hay retratos mejores y retratos peores. No implica renegar de ninguno.
Pues yo veo imágenes filmadas de aquellos tiempos y la gente sonreía de una manera que ahora no veo. Sí he visto esa forma de sonreír y mostrar alegría en países pobres. Debe ser que les estaban apuntando con una pistola.
La realidad posterior fue magnífica, no cabe duda, total el cine quinqui no era real, sólo ficción…
Heroína, delincuencia, terrorismo, paro, prostitución en las calles, inseguridad ciudadana…
Lo he debido soñar.
En fin, qué buenos somos todos gracias al cine.
En mi opinión todos los comentarios leídos hasta ahora son acertados. Todos tienen, al menos, parte de razón.
Me parece que todo se basa en tres conceptos a nivel mundial, no solamente en España: realidad, escala y pertenencia.
Realidad: hoy nos parece normal contemplar una película del oeste o de aventuras de época donde, sí o sí, aparecen siempre algún personaje de raza negra o una mujer super empoderada dando caña. Algunos y algunas habría, pero la realidad general no era esa. El cine es siempre fruto de la realidad del presente en el que se hace, y los actores, directores, técnicas, paradigmas y bulos o relatos socio-ideológicos pertenecen a su realidad y su tiempo. Y a los espectadores, no lo olvidemos, a los que va destinado, para conformar, retratar, negar, enmascarar o intentar cambiar esa realidad subyacente.
Escala: hoy todo espectáculo suele ir dirigido a un público genérico y asimilable en casi cualquier lugar. La escala de destinatarios es casi mundial, global, porque global y mundial es el mundo que vivimos, donde la juventud o los maduros medios con algún poder adquisitivo suelen responder a unos patrones similares o, al menos, entendibles en cualquier lugar del orbe. En los años cincuenta, sesenta y setenta eso no era así, la escala del cine español era de un país y, como mucho, de sus vecinos limítrofes. Casi imposible compararlos con los márgenes actuales de erasmus y ciudadanos del mundo. Y por eso cada segmento de población con edades diferentes tienen su segmento de espectáculo asignado, en el que encuentra incluido y retratado y en el que está confortablemente situado, incluso en el espacio físico de contemplación: la sala de un cine, entonces, o el salón de la casa o habitación, ahora.
Pertenencia (muy unido al anterior): en aquellos años indicados por don Arturo, se pertenecía especialmente a núcleos familiares y de barrio. Casi todo sucedía (educación, vida social, relaciones, amistades, ocio, muchas veces trabajo…) a nivel de barrio. Hoy el círculo de pertenencia se ha ampiado muchìsimo y abarca como mínimo ciudades o países y, muchas veces, continentes.
Somos fruto de nuetra época, de nuestra edad, y nuestra experiencia vital. Y eso marca. Mucho. A todos.
Señor Basurillas, ¡qué comentario tan bueno el suyo! Los tres conceptos que maneja, realidad, escala y pertenencia, me parecen de una estructura impecable para entender no solo aquel cine, sino cualquier manifestación cultural de cualquier época. Acierta plenamente cuando señala que somos fruto de nuestro tiempo y nuestra experiencia vital. Y por supuesto que eso marca, y mucho. A todos y a todas.
Permítame, sin embargo, que añada un humilde matiz a esa idea de la escala. Es cierto que aquel cine se hacía para un país y, como mucho, para sus vecinos limítrofes. Pero puede que por eso mismo, por no aspirar a la globalidad, lograra algo que hoy se nos escapa. Retrataba lo pequeño sin complejos, el barrio, la familia, el vecino… Y al hacerlo, paradójicamente, se volvía universal. Y es que lo pequeño bien contado atraviesa fronteras mejor que lo global mal disfrazado. Ahí están para la posteridad «Ladri di biciclette» o «El verdugo», que así lo demuestran. Películas de una Italia y una España concretísimas que, sin embargo, emocionan en cualquier latitud.
Hoy la escala es mundial, sí, pero, tal como lo entiendo yo, la pertenencia se ha vuelto líquida. Pertenecemos a muchas partes y a ninguna del todo. Ese desarraigo, me temo, también se nota en la pantalla. Quizá por eso, cuando vemos aquellas películas de barrio, de familias apiñadas y vecinas cotilleando, sentimos como una punzada de nostalgia. No por aquella España, que era durísima y gris, sino por aquella certeza de saber a quién pertenecías. Aunque fuera para bien y para mal.
Saludos muy cinéfilos.
Desde luego. Su comentario y el mío se complementan. Son la virtud y el análisis de una realidad que produce cierta añoranza por la ausencia actual de esa clara relación de pertenencia, que nos hace casi transparentes y huérfanos de algo a lo que agarrarse como lapas en momentos complejos y que no tiene precio, aunque quieran ponerlo ahora, como a casi todo. Y tampoco tenía precio económico entonces porque casi nadie podía pagarlo, pues la miseria y la penumbra lo abarcaba todo, incluso a los maravillosos valores sociales que pudieran aflorar.
Se ha hecho usted acreedora, con esa finura intelectual, a que responda a su familiaridad en comentarios de otras semanas atrás, creo que al entrañable amigo señor Ricarrob, citando su nombre de pila. El mío es Ángel. El tuteo puede ser también un símbolo de pertenencia a este maravilloso club de comentaristas semanales aficionados de don Arturo. Algo a lo que agarrarse.
Un saludo desde el mágico bosque animado. Me encanta esa película, sin tabaco hasta el final, que retrata muchas cosas, a caballo entre una y otra época cinéfila.
Ángel, me dejas sin palabras o, mejor dicho, me dejas con las justas. Porque lo de la miseria que todo lo abarcaba, incluso los valores que afloraban a pesar de ella, es una de las verdades que duelen y consuelan a partes iguales. Duelen porque retratan una dureza que hoy ni imaginamos. Consuelan porque nos recuerdan que la dignidad, a veces, crece mejor en la penumbra que bajo los focos.
Acepto el tuteo de muy buen grado y con gratitud, también el nombre. El mío ya lo sabes. Me considero muy afortunada por poder pertenecer a este club de comentaristas que, como las lapas a la roca, nos agarramos cada semana a las palabras de don Arturo y de otros y otras articulistas para no quedarnos transparentes del todo. Algo tendrá el cine cuando hasta en los debates nos devuelve un pedacito de identidad, ¿verdad?
Y ya que mencionas «El bosque animado», ¡chapeau! Película mágica donde las haya, con aquella aldea gallega llena de fantasmas, vivos y muertos, y una frase final que todavía hace mella en mí: «La felicidad es una cosa que no existe. Lo que existe es el deseo de ser feliz». Quizá por eso volvemos cada semana a este rincón; por el deseo, que ya es mucho.
Un saludo desde la butaca.
Y también “Surcos” de Nieves Conde (un falangista, uy, anatema) que muestra a gente de pueblo que llegan a la ciudad y qué allí se encuentran, y no es un camino de rosas precisamente… La Censura obligó a cambiar el final porque era muy duro, así que podemos hacernos una idea de lo que allí se muestra…
Chamberí es el barrio donde nací y el ya desaparecido cine Quevedo uno de tantos los que mi padre nos llevaba.
Reconozco que las películas de culto en blanco y negro, no las vi en el momento de su estreno, sino cuando ya tenía más cultura cinéfila.
Nos parecían españoladas y todos queríamos ver cine de arte y ensayo, a Bergman y los filmes americanos en color que todavía permanecen y que ( algunos) nunca morirán.
A medida que una cumplía años se iba perfeccionando el gusto por determinados actores y géneros. Entonces no importaba el director, eran los intérpretes quienes podían conseguir el éxito o el fracaso de la película.
En mi juventud tenía las tapas de los cuadernos llenos de títulos de películas y más tarde con un marido cinéfilo, completé mi formación sobre el Séptimo Arte
Era un placer disfrutar del ritual del cine, entonces la gente era más baja de estatura y no se colocaban en la butaca delante de mí. Se comentaban y debatían las escenas, el mensaje, la actuación, los exteriores y todo era mágico.
Hace años que no voy al cine, la última película que vi con mis hijos fue una de Indiana Jones en 2008 y ahora no tengo interés en las nuevas producciones.
Cualquier tiempo pasado fue mejor?
Quizás no, pero los Boomer fuimos privilegiados, tuvimos todas las novedades y oportunidades culturales, aprovechadas o no, que nos permitieron mantener un interés permanente por todo lo que ocurría a nuestro alrededor.
Como siempre, cada uno habla de la feria según le fue en ella.
El punto de vista del observador hace que la realidad cambie.
Sí señor, totalmente cierto. Pura mecánica cuántica aplicada al séptimo arte.
Y, doña Julia, lo importante de la feria es la ilusión con la que se asiste a ella y, al salir, querer volver otro día u otra década a repetir la experiencia. Siempre habrá nuevas atracciones aunque siempre ofrezca lo mismo: algo de riesgo, emoción y, a ser posible, buenas compañías con la que disfrutarla. Un saludo a los dos.
Películas aparte, la realidad española de los años cincuenta y sesenta (“en lo mejor y lo peor que en otro tiempo fuimos”) se me hace que respecto de lo peor no se quiere ver ni hablar ahora con igual atención. La represión franquista contra los familiares de republicanos, demócratas, socialistas, comunistas y anarquistas fue un Terror Atroz ( Secuestro de niños republicanos; esposas y madres de republicanos humilladas públicamente, sufriendo el rapado de pelo, la ingesta forzada de aceite de ricino y desfiles vejatorios por las calles, etc.) Y que decir de las miles de personas que fueron fusiladas y enterradas en fosas comunes sin identificar hasta hoy.
Sí, horrible, criminal y genocida, una desgracia inabordable. Y si, tal vez, toda esa camarilla de supuestos republicanos, comunistas, independentistas, anarquistas y demás tropa (que no se soportaban unos otros en mil rencillas, sabotajes mutuos, personalismos sin freno y barbaridades y rivalidades asqueantes) hubieran actuado siempre de común acuerdo, fijando la única y verdadera prioridad que era ganar la guerra al bando levantisco, tal vez, digo, la história hubiera podido escribirse de otro modo muy diferente y más satisfactorio (al menos hasta que los oscuros y maléficos nazis hubieran traspasado los Pirineos, arrasando toda la península a sangre y fuego para conquistar el Peñón de Gibraltar). También es curioso que, a pesar de relatos reiterados de las izquierdas cuando ya nada podía cambiarse hasta el momento presente, puede que no exista ninguna película que narre esa ucrónica confluencia de ayuda mutua y hermanamiento entre todos esos partidos y organizaciones del supuesto mismo bando. Una lástima. No doy ideas.
Al leerlo inmediatamente recordé algo:
Allá, por el 2010 en “Días de cine” -de aquella RTVE-, Fernando Trueba, hablaba de su secuencia preferida. No era otra que la secuencia de la boda de “El Verdugo”. Una muestra maravillosa de como, Luis García Berlanga y Rafael Ascona, logran meter un golpe a la censura de la época.
No soy español y, sin embargo conozco, algo de su historia solo por esa cosa llamada “cultura general” y mucha curiosidad.
Por ello veo con estupor cómo mucha gente joven, que no sabe dónde les queda el ombligo y que vociferan la palabra “Facha” con tanta facilidad, deberían ver esas películas donde, tal como usted escribe, “el blanco y negro no era del todo una metáfora.”